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sábado, 10 de febrero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 20.



El primer volumen de Veinte años de canción en España (1963-1983), editado en septiembre de 1984, lo dediqué al tema de la esperanza, sin duda uno de los valores que más se han cantado en nuestro país. Incluye también varios apéndices, entre ellos, una aproximación global al nacimiento y a los contenidos básicos desarrollados por la «canción de autor» en esos años; así como una enumeración clasificada de las más de tres mil canciones aparecidas a lo largo de la obra.

Las ilustraciones de la cubierta y de la contra fueron creadas por Luis Eduardo Aute; dos bellísimos cuadros que forman parte de mi colección (y que espero que pronto puedan ser contemplados en el Centro de la Canción de Autor en el que sigo creyendo y soñando). El prólogo me lo escribió Antonio Gala.


Decía en el capítulo anterior que cada volumen de Veinte años de canción en España tiene su propia historia, y es cierto. Son cuatro historias relacionadas con sus prólogos que creo que merece la pena compartir.

Yo nunca me pude imaginar, por ejemplo, que Antonio Gala acabaría escribiendo un texto dedicado a mi trabajo en 1984. Aquel mismo año había publicado su Trilogía de la libertad, libro en que recogió tres de sus más reconocidas obras teatrales: Petra regalada, La vieja señorita del paraíso y El cementerio de los pájaros; y ya había editado Charlas con Troylo donde recopilaba sus artículos publicados en el El País Dominical con ese mismo título.

Tonona y yo admirábamos profundamente a Antonio. Habíamos visto y disfrutado sus obras de teatro y éramos fieles seguidores de sus artículos en el El País Dominical. A mí lo que más me sedujo siempre de él fue su permanente clamor a la esperanza, aun en los momentos más dolorosos de sus escritos siempre aparecía un destello de luz y un horizonte.

Aquel año, 1984, en la planta baja de mi casa (vivíamos en la calle Doctor Gómez Ulla de Madrid) tenía su sede el Instituto Cultural Andaluz al que yo pertenecía y del que, además, era miembro de la junta directiva. Sede que, en realidad, se componía de un salón no muy amplio, un despacho y un cuarto de baño que bien podríamos llamar «mini-wáter». 

El 28 de febrero de 1984, a última hora de la tarde, organizamos una fiesta en el Instituto para celebrar el Día de Andalucía. Entre los invitados estaba Antonio Gala, al que no conocía en persona.

ANTONIO GALA.

A aquella celebración del Día de Andalucía acudieron muchas más personas de las que habíamos previsto, incluido Antonio. El piso se llenó por completo. En un momento determinado de la fiesta, pasadas las doce de la noche, Pedro Martínez Montávez (presidente del Instituto) me dijo que Antonio Gala tenía necesidad de ir al baño y que, como yo vivía en la quinta planta, si no me importaba que subiera un momento al de mi casa. El del local del Instituto, después de pasar tanta gente por allí a lo largo de la tarde, estaba bastante asqueroso.

Por supuesto, le dije que sin problemas. Se lo sugerimos a él y aceptó encantado. Y allí me tenéis subiendo con Antonio Gala en el ascensor. Antes no había podido intercambiar ni una palabra con él. Cuando llegamos al quinto piso, tocamos al timbre (no me había bajado la llave) y, de repente, Tonona abrió la puerta con cara de sueño para encontrarse de golpe y porrazo con Antonio Gala en carne y hueso, con bastón incluido. ¿Era un sueño o una realidad? Pues sí, una realidad. 

Antonio entró en nuestro baño y cuando salió de hacer sus necesidades nos comentó que le habían gustado mucho unas cerámicas de Sargadelos que teníamos justo en la pared, encima de la taza del retrete. Creo recordar que nos contó que estaba escribiendo precisamente la biografía del marqués. Estuvimos charlando un rato y luego Antonio y yo volvimos a la fiesta. 

Al bajar en el ascensor no pude resistir la tentación y le conté que estaba a punto de publicar un libro sobre el valor de la esperanza tal y como se había planteado en la «canción de autor» a lo largo de los últimos veinte años. Inmediatamente después, antes de que el ascensor parara, le dije que me haría inmensamente feliz si pudiera leer mi original y, si le gustaba y le parecía oportuno, escribirme un prólogo. Os aseguro que las piernas me temblaron por mi juvenil atrevimiento. 

Sorprendentemente, me dijo que le mandara el original al día siguiente, que lo leería y que ya me contaría. ¡Me quedé mudo! Volvimos a la fiesta y cuando finalizó, antes de salir, Antonio me dio una tarjeta con su dirección y me dijo: «¡Mañana lo espero!». Y claro, ¡desde luego que se lo llevé! No pude dormir en toda la noche de los nervios.

A la semana de dejarle el original en su casa, me llamó por teléfono su secretario para decirme que a Antonio le había gustado muchísimo el libro y que pasara a recoger el prólogo que me había escrito. Me fui para allá corriendo. Cuando llegué, la persona que me abrió la puerta me dijo que Antonio estaba fuera, pero que había dejado un sobre a mi nombre. (¡Y mi corazón a tope!). Ya en la calle no me pude resistir, abrí el sobre y me encontré una preciosa carta manuscrita y el siguiente texto mecanografiado y firmado:

«Uno de los dos rieles por donde circula toda mi obra –sin el cual descarrilaría– es la esperanza. (El otro es la búsqueda de la justicia. Entre ambos, aparte de mi obra, sostienen algo mucho más importante: La libertad). Pero cuando hablo de esperanza no me refiero a una actitud sedente, paralizada, alucinógena. No la confundo jamás con la vana ilusión, que es una esperanza acariciada sin fundamento, la sitúo cerca de la "ilusión real", esa hermosa contradicción humana de la que, como de otras muchas contradicciones, alimenta sus verdes cánticos la vida. Para mí, la esperanza –a menudo lo he dicho– es una virtud bajita e inquieta, una virtud con las piernas muy cortas que, no se sabe cómo, arrastra tras de sí y con la lengua fuera a sus hermanas, más altas e importantes, la fe, la caridad, la prudencia, la fortaleza, todas.

Dibujos de Federico Delicado creado a partir
del anterior párrafo del prólogo de Antonio Gala.

»Si hay algo que distinga tajantemente al ser humano de todos lo demás –incluidos Dios y los ángeles– es su capacidad de esperanza. De una esperanza activa y consoladora, esa certeza de que los momentos más negros de la noche son los que preceden precisamente al alba. Cuando el contenido copioso y abigarrado de la caja de Pándora se desvanecía, quedó en su fondo un último rehén: el brillo de la esperanza, un patrimonio que el hombre usa en exclusiva mientras su vida dura. Porque cuando concluye la esperanza, sobreviene la muerte verdadera. Mientras hay vida hay esperanza, decimos. Y es verdad. Y también es verdad lo contrario. Lo que empuja a la muerte, lo que mata, no es la desesperación –cuyo oscuro ímpetu es todavía cosa de la vida, su desmelenamiento, su alarido–, sino la desesperanza, cotidiana vanguardia de la muerte.

»¿Qué sería del mundo si no hubiera esperanza? ¿A santo de qué se movería, en qué dirección, con cuál  motivo? Se ha pretendido, a veces, que la esperanza es la minadora del presente, el aplazamiento que –por mirar al futuro– deja escapar la flor de hoy. En ese sentido de frágil remisión "sine die", de vergonzante delegación, no uso yo la palabra. Más aún, la detesto. Sin embargo, creo que apenas el presente existe sin su proyección hacia el futuro –un futuro más grande, más abierto, más noble, más alegre– en que cada instante comienza a convertirse.

»Este libro, para el que escribo con tanto amor las líneas iniciales, es una prueba de cuanto venero. No se trata en él de recoger unas esperanzas acobardadas, reacias, contentadizas. Se trata de ofrecernos un ramo de esperanzas sonoras, vociferantes, contestatarias. Se trata de una esperanza en marcha, que se echó a cantar por las caminos apasionadamente. Porque si ella es el sabor de la vida, también es cierto que la vida en ocasiones –largas, largas a veces– no amarga. Y es preciso sacarnos su amargura, a gritos, de la boca. Eso hicieron los hombres y mujeres cuyas canciones recopila y ordena este libro, contagiarnos desesperadamente su esperanza.

»Prologarlo, por tal causa, era un deber para mi conciencia y una feliz necesidad para mi corazón. Es difícil que un libro de sociología equivalga, en una época coronada de espinas, al libro que el lector tiene en sus manos. Para dar las gracias a quienes lo protagonizan y al enamorado coleccionador de tanta humanidad, estampo aquí mi firma. No tiene más mérito que ser esperanzada y solidaria como lo que es esta obra».


Como habréis podido comprobar, la generosidad manifestada por Antonio Gala hacia mi persona fue inmensa. Nunca sabré cómo agradecérsela. Lo que sí hice fue encargarle a unos amigos gallegos que me mandaran unas cerámicas de Sargadelos iguales a las que tenía en mi baño, ponerles el mismo marco y regalárselas… 

Verdaderamente, la vida, cuando menos te lo esperas, te sorprende, y cuando así ocurre a uno no le queda más remedio que acordarse de Violeta y cantar con ella.

lunes, 5 de febrero de 2018

PRESENTACIÓN EN MADRID DEL LIBRO "EN LA RAÍZ DEL SILENCIO"

El jueves, día 15 de febrero, a las 19:00, en el Café Libertad 8, de Madrid, vamos a presentar y celebrar la edición del libro "EN LA RAÍS DEL SILENCIO" de Antonio Mata; vamos a brindar porque le hemos ganado un pulso al olvido; y vamos a realizar un anticipo –en directo– del disco homenaje a Antonio que el miércoles entra en proceso de fabricación... ¡ME ENCANTARÁ COMPARTIR ESTE MOMENTO CON TODOS LOS AMIGOS Y AMIGAS QUE OS APETEZCA Y PODAIS PARTICIPAR!



sábado, 3 de febrero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 19.



En el año 1983, mientras publicaba la biografía de Carlos Cano y poníamos en marcha la Asociación de la Música Popular, inicié también una aventura apasionante. Quizá de las más apasionantes que he vivido en «mi vida entre canciones». Me refiero a los tres años que dediqué a la creación y posterior publicación de los cuatro volúmenes de Veinte años de canción en España (1963-1983).

En aquel momento, mientras mi casa se iba llenando de vinilos (todos relacionados, directa o indirectamente, con la «canción de autor»), en mi sensibilidad y mi memoria auditiva se acumulaban miles de canciones que revoloteaban alborotadas. Era como si aquel universo sonoro, musical y poético, me hubiera invadido definitivamente. Canciones que se entremezclaban y se fundían entre sí, aportando cada una, desde su individualidad, nuevos matices y perspectivas a las otras. Y todo ello introduciéndome en el conocimiento sensitivo de la realidad, o sea, de la vida, sin racionalismos; a golpe de sentimientos y latidos. 

Aquel acercamiento activo que mantuve con nuestra «canción de autor» fue tan intenso y tan plural, que llegué al convencimiento (que hoy sigo manteniendo) de que, con el paso de los años, nada relacionado con la vida y la existencia humana le había sido ajeno. O lo que es lo mismo, que toda la realidad humana, en todas sus vertientes y manifestaciones, había sido cantada.

Frente a este convencimiento, que en realidad era una intuición, sentí la necesidad de comprobarlo objetivamente y pensé que la mejor forma de hacerlo era a través del análisis y la clasificación temática de esas miles de canciones para, luego, relacionarlas entre sí, buscar sus posibles complementariedades y, a partir de ahí, elaborar un pensamiento global referido a cada uno de los temas seleccionados. De hecho, en 1975, en el libro Nueva canción: disco fórum y otras técnicas, ya había iniciado algo similar, aunque con menos discos y menos canciones.

El trabajo a realizar estaba claro y era una investigación realmente provocadora. Tenía muy claros sus objetivos y disponía de una gran parte del material discográfico que necesitaba para iniciarlo. El problema que se me planteaba era cómo llevarlo a la práctica. Era un trabajo muy intenso y, teniendo en cuenta los medios de que disponía en aquel momento, resultaba una auténtica locura, sobre todo teniendo en cuenta que, por ejemplo, en aquel momento no podía disponer de un ordenador y no me quedaba otra alternativa que acudir a la más pura artesanía. Menos mal que ahí estuvieron Tonona, que se entregó al proyecto en cuerpo y alma (sin ella habría sido imposible) y María José Garralón, amiga de toda la vida y amante de la «canción de autor» gallega que nos estuvo ayudando en todo lo que pudo.


Diseñamos una ficha que incluiría la letra de cada canción, su autor, el disco al que pertenecía y la referencia temática. Si la canción estaba compuesta en catalán, en euskera o en gallego, la ficha se duplicaba, una en castellano y otra en la lengua correspondiente. Imprimimos varios miles. Nos compramos unos ficheros metálicos donde poder ir guardándolas debidamente clasificadas y ¡a trabajar! 

Lo primero que hice fue un listado de temas relacionados con la identidad humana (sobre todo desde la perspectiva de los valores básicos) y con la realidad social vivida en aquel momento en nuestro país. Temas que, a lo largo del proceso de investigación, se fueron concretando y ampliando. Entre ellos, la libertad, la igualdad, el amor, la solidaridad, la amistad, el miedo, la vida y la muerte; o temas relacionados con problemas concretos como la pobreza, la represión, la guerra, la violencia, la emigración y la destrucción de la naturaleza.

A partir de ahí nos pusimos a trabajar intensamente en la elaboración del fichero. Nuestra hija Dácil había nacido y ya éramos seis en la familia.


En el curso de la investigación fueron surgiendo problemas que tuvimos que afrontar con mucha imaginación e invirtiendo todos nuestros ahorros. Tuvimos que buscar y pagar a traductores para los textos catalanes, vascos y gallegos que en los discos no venían en versión castellana; tuvimos que transcribir canciones escuchándolas varias veces porque las letras no se incluían en las carpetas de los discos; realizamos varios viajes para ampliar la información y comprar algunos discos importantes que nos faltaban y que eran difíciles de conseguir en Madrid. En fin, un trabajo duro y de muchas horas que en realidad nos resultó muy gratificante. Tonona y yo éramos muy conscientes de que merecía la pena lo que estábamos haciendo.

De aquellos viajes que hicimos para completar la información y nuestra discoteca recuerdo en especial, por lo mucho que me impactó, el de San Sebastián. Conseguimos una entrevista con Antton Valverde, tremendo cantautor del que me había hablado Xabier Lete. Nos citamos en el taller de artes gráficas que dirigía y el encuentro fue sencillamente maravilloso. En poco tiempo me ofreció una visión global deslumbrante de la canción vasca. ¡Cuánto aprendí aquel día y cuánto se reforzó en mí la admiración que ya sentía por la canción en euskera! Al día siguiente nos pasamos toda la mañana y parte de la tarde buscando y comprando los discos que Antton nos había recomendado. Compramos hasta quedarnos sin un céntimo e inmediatamente nos volvimos a Madrid. Recuerdo el regreso devorando aquellas carpetas y deseando llegar a casa para poder escuchar los discos: Maite Idirin, Txomin Artola, Aitor Badiola, Iñaki Eizmendi, Errobi, Gorka Knorr, Imanol, Oskorri, Peio Ospital y Pantxoa Carrere, Urko. ¡Y muchas más traducciones por hacer!

Xabier Lete y Antton Valberde.

Pasados varios meses, cuando tuvimos hechas y clasificadas la mayoría de las fichas, me puse a trabajar en cada uno de los temas seleccionados. Primero analizaba el contenido poético de cada canción y anotaba el aspecto o la dimensión temática que abordaba; después establecía las relaciones temáticas que me iba encontrando entre ellas y, por último, redactaba un ensayo sobre el tema propiamente dicho que incluía los textos poéticos que lo fundamentaban. Redacción escrita a máquina, corregida y vuelta a escribir. Ese fue realmente el momento en que sentí la necesidad de darle las gracias a la vida por haberme permitido aprender mecanografía durante el tiempo que estudié para perito mercantil. Como ya conté anteriormente, esa fue la única asignatura que me interesó en mi paso por la Escuela de Comercio.

Mientras realizaba todo ese trabajo, primero me preocupó y luego llegó a obsesionarme qué hacer con los resultados de aquella investigación para que no se quedara en casa o, en otras palabras, qué hacer para darla a conocer y compartirla. En aquel momento empezaba a tener muy claro que el resultado que iba obteniendo era de tal magnitud que superaba con creces la posibilidad de publicarlo en un solo libro. Pensaba que, en caso de editarse, habría que hacerlo, al menos, en cuatro volúmenes.

Inmerso en aquella preocupación y rodeado en casa de fichas, discos y canciones, tuve la suerte de conocer a otro maravilloso personaje que compartía muchas de mis locuras, Javier Aisa. Javier era el coordinador del consejo de redacción de la Editorial ZERO de Madrid (Grupo Cultural Zero), una editorial que había surgido durante la transición y que era heredera ideológica de la mítica editorial ZYX que había sido clausurada a la fuerza por el gobierno en 1969. Le conté a Javier la investigación que estaba haciendo y él, que también amaba la «canción de autor», me propuso publicar el proyecto en su editorial aunque teniendo en cuenta que era una empresa pequeña, prácticamente familiar, y con muy pocos medios. No obstante, le pareció bien lo de publicarlo en cuatro volúmenes. El trabajo realizado, según él, lo merecía. Como os podréis imaginar, sin dudarlo ni un segundo y sintiéndome un ser de lo más afortunado, le dije que sí y firmamos el contrato.

Y así fue. A la investigación la llamamos Veinte años de canción en España (1963-1983) y la publicó el Grupo Cultural Zero en cuatro volúmenes que fueron saliendo anualmente entre 1984 y 1987.


Dos años después, Javier Aisa, por desgracia, tuvo que cerrar la empresa y los libros pasaron a formar parte del catálogo de Ediciones de la Torre. Jose María Gutiérrez de la Torre, su fundador y director, reeditó los cuatro volúmenes en 1989. La vida ha sido buena y tierna conmigo, jamas podré agradecerle su generosidad tanto como se merece.

Publicado el primer volumen, centrado fundamentalmente en el valor de la esperanza, decidimos presentarlo el 24 de octubre de 1984 en el Palacio de Longoria, sede de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Fue un acto inesperadamente hermoso y muy emocionante. En él participaron, entre otros amigos y cómplices, Teddy Bautista, María Asquerino (que leyó el prólogo de Antonio Gala), Gabriel Celaya y Amparo Gastón, Antonio Buero Vallejo, Ana Diosdado, Basilio Martín Patino, Genovés, Alcorlo, Paco Ibáñez, Joaquín Sabina, Pi de la Serra, Antonio Resines, Luis Euardo Aute, Javier Krahe, Benedicto, Carlos Cano, Chicho Sánchez Ferlosio, Lole y Manuel, Pablo Guerrero, Vainica Doble (Carmen y Gloria), Amancio Prada, José Antonio Labordeta, Elisa Serna, Víctor Claudín, Antonio Gómez, Marina Rossell, Raul Alcover, Adolfo Celdrán, Claudina y Alberto, Caco Senante, Elfidio Alonso y Joan Baptista Humet.


Al día siguiente de la presentación, Ana Diosdado escribió en el periódico Diario 16 una preciosa crónica titulada «De los cantautores y otros amigos del alba»; texto del que quisiera compartir el siguiente fragmento:

«Desde luego, no es un juego de palabras. Sí que pueden ser calificados de "amigos del alma" los cantautores, claro que sí, y por muchas razones, pero como efectivamente es a la hora del alba cuando solemos los seres humanos ser más vulnerables al desaliento, a la angustia, al miedo, es también a esa hora cuando la voz de un amigo entrañable, al que conocemos, o no, puede desde un disco puesto al mínimo volumen, escuchado con recogimiento y comunión, sernos más preciada, acompañarnos más, darnos más ánimo.

»Bálsamo, fuerza y moral, los cantautores.

»Hace pocos días, el palacio de Longoria abría sus puertas para una celebración. Los autores festejaban en su sede la presentación de un libro, bellamente prologado por Antonio Gala. Veinte años de canción en España, de Fernando González Lucini.

»Y allí estaban todos, bien pocos faltarían, aunque algunos habían tenido que viajar para acudir a la celebración (Pi de la Serra llegaba directamente desde el aeropuerto, Paco Ibáñez había volado desde Francia, Luis Eduardo Aute apresuraba un regreso que había previsto para más tarde), pero allí estaban, abarrotando salones, escalera y pasillos, "departiendo amigablemente", como dice esa frase oficial que quiere decir charlando; allí estaban encontrándose, cambiando abrazos, sorpresa y comentarios, atrapando canapés y una copa, y entre frase y frase, entre recuerdo y recuerdo, entre proyecto y proyecto, allí estaban con sus miradas brillantes, alegres, con sus risas. Allí estaban heterogéneos, alborotadores, hermanos y libres. Allí estaban, libres... Dios mío, libres».

Después de presentar el libro Veinte años de canción en España (1963-1983)
nos fuimos a cenar a Casa Gades.

Por último, he de decir que la gran cantidad de críticas y reseñas que se publicaron en la prensa sobre el libro me resultaron tremendamente gratificantes y compensaron con creces el trabajo y el esfuerzo realizados. Me apetece evocar y compartir, pasado el tiempo, algunas de ellas.

«Es el estudio más serio, riguroso y documentado que se ha escrito sobre la canción española de autor». (Antonio Gómez. El País. 28 de octubre de 1984)

«Esta obra quedará como punto de partida inevitable para historiadores, estudiosos y pedagogos de una cierta literatura musical en este país». (Álvaro Feito. Guía del Ocio. 15 de octubre de 1984)

«Hay obras que por estricta justicia se hacen merecedoras de los más entrañables parabienes. González Lucini ha realizado un enorme esfuerzo cuyos resultados pueden ser calificados de perfectos. Creo que no había otra forma de hacerlo distinta a como él lo ha hecho, y es que detrás del trabajo lento y minucioso de ordenación y catalogación de los materiales, existe algo que no quiero pasar por alto: su entusiasmo. La seducción que sobre él ejerce la canción, la poesía de los textos, es evidente. Se diría que entre ellos hay una convivencia de largos años y de ahí ha surgido una verdadera pasión». (Santiago Alonso. Reseña. Mayo de 1986)

«Fernando González Lucini pertenece a esa extraña raza de gente que, de puro generosa y apasionada, debe estar a punto de extinción...; es uno de esos locos rara avis que decide empeñarse en un proyecto titánico que no tiene por objeto ni el poder, ni la fama, ni la gloria, ni el éxito económico, sino el hedonismo exacerbado y algo masoquista de trabajar sobre un material que le resulta esencialmente grato: la canción de autor». (Luis Eduardo Aute. Dominical del diario Ya. 8 de junio de 1986)

Teniendo en cuenta que los cuatro volúmenes de Veinte años de canción en España (1963-1983) tienen su propia historia particular y entrañable, a continuación me propongo dedicar un capítulo a cada uno de ellos.

domingo, 28 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 18.



Otro de los acontecimientos importantes de «mi vida entre canciones» fue la creación, a finales de 1983, de la Asociación de la Música Popular. Un gran proyecto en el que un grupo de «creyentes» (y amantes) de la «canción de autor» depositamos muchas ilusiones y muchas horas de trabajo. Entre todos conseguimos que iniciara su vuelo, pero la realidad fue que, en menos de un año, se convirtió en una aventura imposible al no poder contar con los medios imprescindibles para que ese vuelo inicial fuese sostenible.


El origen de esta asociación tuvo lugar pocos meses después de que Felipe González llegara a ser Presidente del Gobierno con mayoría absoluta tras las elecciones generales celebradas el 28 de octubre de 1982. Ante esta nueva situación política, Elisa Serna (cantautora a la que le gusta autodenominarse «trovadora castellana») publicó un artículo en la sección Tribuna abierta del diario El País titulado «Los trovadores, parientes pobres de la cultura» en el que, entre otras opiniones y valoraciones, escribía lo siguiente:

«Ser trovador podría ser el oficio más divertido del mundo si no fuera porque subsistimos sometidos a los bandazos de la industria discográfica, los secretos convenios del "marketing", unos circuitos paralelos difícilmente mantenibles, unos representantes exhaustos –antes, por la burocracia de la censura, y ahora, por la incomprensión del hecho cultural–, una política de subvenciones que nunca nos ha favorecido, unos alquileres de teatros donde al final hay que poner dinero, interminables letras de furgones y equipos de sonorización millonario... En fin, todo un panorama que hace de un trabajo tan noble la hija pobre de las artes [...]

»Seguimos hablando de una sociedad capitalista, pero existe un camino intermedio para conseguir que la música y el arte, en general, no sigan siendo un valor de cambio –que se compra y se vende– y se vaya convirtiendo en lo que es: un valor de uso –disfrute e intercambio– de toda la población. Existe una tercera vía entre el silencio y el someterse a la ley de la oferta y la demanda.

Elisa Serna.
»Me decido a proponer la fundación del Instituto de Canción Popular, cuya gestión debería encomendarse a filólogos, pedagogos, musicólogos y enseñantes que hayan trabajado en torno a la canción popular, con la siguiente estructura: auditorios profesionales estables y escuelas talleres por todas las ciudades; una coordinadora de recitales que programe en estos auditorios y en todos los que dispone el Ministerio de Cultura, ayuntamientos y diputaciones; una colección de "canción popular" en la Editora Nacional; una ley del disco que desgrave el impuesto de lujo a discos culturales; la desgravación del impuesto de lujo en equipos de sonorización, furgones e instrumentos musicales; impulsar la creación de programas de "canción popular" en los medios de comunicación; la supresión del play-back en los medios, auditorios o locales; y la creación de un premio».

A los pocos días de la publicación de aquel artículo, Elisa, a la que ya entonces me unía una buena amistad, me llamó por teléfono para organizar una reunión urgente. Quedamos en vernos al día siguiente en la cafetería del Ateneo de Madrid. Me contó su proyecto de crear un Instituto de Canción Popular y me pidió que la ayudara a ponerlo en marcha. Por supuesto, acepté. Elisa, cuando se lo propone, es irresistible.

Lo primero que hicimos fue constituir un grupo de trabajo para pensar y elaborar una propuesta concreta. Grupo de trabajo inicialmente formado por Elisa Serna, Julia León, Claudina, Raúl Ruiz, Víctor Claudín, Jorge Morgan y yo. (Por cierto, un recuerdo muy especial y lleno de cariño para Raúl Ruiz, abogado, poeta y amigo que se nos fue. Nunca olvidaré nuestros paseos poéticos a orillas del Guadalquivir).

En la primera reunión del grupo decidimos darle un giro a la idea del Instituto y optar mejor por una Asociación de la Música Popular. A partir de ahí redactamos unos estatutos, elaboramos un presupuesto y, con todo ello, nos dirigimos al Ministerio de Cultura; en concreto a la Dirección General de la Música, dirigida en aquel momento por José Manuel Garrido.

A los pocos días el proyecto fue aceptado por el Ministerio y se nos concedió una subvención para ponerlo en marcha, cosa que hicimos de inmediato. 

Por decisión de los primeros asociados, que enseguida se unieron a la iniciativa, Elisa ocupó la presidencia de la Asociación y yo asumí la vicepresidencia. Alquilamos unos locales en la calle Navas de Tolosa; diseñamos un logotipo, nos distribuimos las tareas para que el proyecto pudiera arrancar y empezamos a trabajar.

Elisa Serna "al frente". Detrás Fernando G. Lucini, Raúl Marcos y Víctor Claudí.
Fotografía tomada el día de la inauguración de la Asociación.
Cástor conversa con Fernando y Elisa con Luis Pastor.
Al fondo, en el centro, Jorge Morgan.

En menos de un año, el tiempo que pudimos mantener viva la asociación, pusimos en marcha prácticamente todas las grandes acciones que consideramos que debían promoverse para la conservación, promoción y desarrollo de la «canción de autor» y, en general, de la música popular.

Intentaré enumerarlas de la forma más breve posible; tarea que no será fácil porque lo vivido aquel año en la Asociación fue realmente intenso y apasionante.

Creamos y lanzamos la revista Música Popular, dirigida por Álvaro Feito y diseñada por Jorge Morgan; publicación bimensual, a todo color, de 64 páginas. 

Fue una revista fundamentalmente informativa y de difusión musical, centrada sobre todo en los universos de la «canción de autor» y del folk, aunque, por supuesto, abierta a todo tipo de tendencias y géneros musicales. Aún hoy sigo pensando que fue una extraordinaria publicación alternativa que vino a ocupar de manera muy oportuna el vacío cultural e informativo que dejó la revista Ozono cuando suspendió su publicación en 1979.

De Música Popular, lamentablemente, solo pudimos publicar tres números. El primero (febrero y marzo de 1984) fue un monográfico dedicado a Pablo Guerrero, complementado con artículos y reseñas sobre Gato Pérez, Natxo de Felipe, Aute y Sisa. El segundo número (abril y mayo del mismo año), lo protagonizó el dúo Vainica Doble junto a artículos centrados en el grupo Milladoiro, Ruper Ordorika, Los Jaivas, La Mode, Marina Rossell, Benito Moreno y una magnífica reflexión titulada «Música de fusión. Diálogos oriente y occidente». Por último, el tercer número tuvo que retrasarse un mes a causa de la crisis que ya empezaba a anunciarse en la asociación. Salió en julio y estuvo dedicado a Lluís Llach, acompañado de artículos sobre el grupo Al Tall, Violeta y Ángel Parra, Nicomedes Santa Cruz y Daniel Viglietti.


He de decir que desde el día en que tuvo que suspenderse la edición de la revista Música Popular vengo sintiendo la necesidad y la ausencia de una publicación periódica similar con una clara apuesta por la «canción de autor». Espero que algún día (¡ojalá sea pronto!) podamos disfrutarla.

En la Asociación de la Música Popular también nos propusimos lanzar una colección de libros testimoniales sobre la realidad, pasada, presente y futura, de la «canción de autor» en nuestro país. Solo llegaría a publicarse un título: Pueblo que canta, en colaboración con el Grupo Cultural Zero Zyx, coordinado por Víctor Claudín, y con unas magníficas ilustraciones y diseño de cubierta de Jorge Morgan.


Aquel primer libro fue realmente una plataforma de opinión sobre la identidad de lo que llamamos «canción de autor» o, más «canción popular». Aparte de mí, colaboraron Francisco Almazán, Elfideo Alonso, Moncho Alpuente, Luis Eduardo Aute, Benedicto, Carlos Cano, Adolfo Celdrán, Víctor Claudín, Joaquín Díaz, Álvaro Feito, Manuel Gerena, Antonio Gómez, Pablo Guerrero, José Antonio Labordeta, Julia León, Luis Pastor, Raimon, Marina Rossell, Joaquín Sabina y Elisa Serna. Creadores que en aquel momento ya formaban parte de la Asociación.

En aquel libro fue donde publiqué el artículo «Nuestros más hermosos sueños a la luz de la palabra», al que añadí, como complemento, un cuadro estadístico del número de canciones grabadas en el estado español de 1961 a 1982 (más de 3.200) clasificadas por núcleos temáticos. Documento que, ya en aquel momento, me estaba sirviendo de base para la elaboración de los cuatro tomos de Veinte años de canción en España, que publicaría al poco tiempo.


En la Asociación creamos también un sello discográfico y lo pusimos en marcha con un homenaje a Agapito Marazuela Albornos, nacido en Valverde del Majano, Segovia, en 1891, y fallecido en 1983. Agapito fue un folclorista, musicólogo y destacado dulzainero que dedicó toda su vida a la recopilación de la tradición musical castellana, amenazada de extinción. Homenaje que se tradujo en la grabación de un entrañable y bellísimo LP interpretado por el grupo Mosaico (Eliseo Parra, Luis Gutiérrez y Juan de Dios Martínez) con colaboraciones de Pablo Guerrero, Elisa Serna, Luis Pastor, Julia León, Manuel Luna, Vainica Doble, Chicho Sánchez Ferlosio, Rosa Giménez, Claudina y Alberto Gambino, Jorge Pardo y Joaquín Sabina. ¡Un lujazo!

De igual forma, el día 27 de marzo de 1984, a las 20:30 de la tarde, en el Teatro Alcalá de Madrid, montamos un inolvidable concierto al que llamamos Cantar en Madrid.


En aquel concierto intervinieron (por orden de actuación): Chicho Sánchez Ferlosio, Raúl Alcover, Mosaico, Pepe Habichuela y Enrique Morente, Luis Paniagua, Claudina y Alberto Gambino, Julia León, Manuel Gerena, Elisa Serna, Joaquín Lera, Naxo y Bravo, Juan Velasco, Juan Antonio Muriel, Javier Bergia (con Luis Delgado, Juan Alberto Arteche y Begoña Olavide), Hilario Camacho, Luis Pastor y Pablo Guerrero (que estrenaron conjuntamente la canción «¡Evohé!»), la Orquesta de las Nubes (a la que acompañó Pablo Guerrero), Antonio Resines, Joaquín Sabina y Vainica DobLe. No pudieron participar por compromisos adquiridos ante de cerrar la fecha del recital, Aute, Amancio Prada y Suburbano. Todos miembros de la Asociación.

Al mismo tiempo (¿cómo iba faltar?), organizamos un seminario sobre «Música, canción popular y pedagogía liberadora» que tuve el placer de diseñar y dirigir. El objetivo era introducir la «canción de autor» en las escuelas y en el marco de los programas escolares de enseñanza y aprendizaje.

Lo celebramos los sábados por la mañana y los miércoles por la tarde del mes de mayo de 1984, en la escuela de magisterio ESCUNI. Recuerdo que una vez lanzada la convocatoria se agotaron las plazas en menos de una semana.


Los amigos que me acompañaron e intervinieron en las sesiones de trabajo del seminario fueron Enrique Brovia (profesor de EGB), Ángel de Benito (en aquel momento decano de la Facultad de Ciencias de la Información), Elisa Serna, Luis Eduardo Aute, Manuel Picón, Álvaro Feito, Antonio Gómez, Víctor Claudín, Carlos Cano, Carmen Santonja (del dúo Vainica Doble), Consuelo Maqueda (profesora de Historia y Arte en la escuela de magisterio), Pedro Martínez Montávez (catedrático de Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid) y José Antonio Labordeta.

Las conferencias, mesas redondas, coloquios y sesiones prácticas del seminario giraron en torno a los siguientes temas:

• La pedagogía liberadora y la canción. ¿En qué pueden influirse y relacionarse?
• Situación actual (en aquel momento) de la enseñanza y utilización de la música y la canción popular en la escuela y en los centros culturales.
• Contenido social y antropológico de la música y la canción popular
• La música y la canción popular y sus aplicaciones didácticas en el marco de la pedagogía liberadora.
• Presentación, audición y análisis de las posibilidades didácticas de la obra Crónicas granadinas de Carlos Cano.
• Música, expresión plástica y montajes audio-visuales.
• Realización de montajes audio-visuales sobre las obras de los grupos Suburbano, La Banda y Babia.
• La técnica del disco-fórum.
• Disco-fórum en torno a la obra de José Antonio Labordeta.
• Presentación de la canción social desde la perspectiva del valor de la esperanza.
• Elaboración en equipos de un disco-fórum sobre los temas de la emigración, el cuidado de la naturaleza y las experiencias de la vida y la muerte.

Finalmente, es importante hacer una breve referencia a otras dos acciones emprendidas en la sede de la Asociación. Creamos una biblioteca sobre temas relacionados con la música y el canto popular; y una fonoteca en la que empezamos a recoger y a clasificar todas las grabaciones realizadas por los cantautores entre 1970 y 1983.

Fernando G. Lucini, Álvaro Feiro y Luis Eduardo Aute
en la sede de la Asociación de la Música Popular.

Como ya dije antes, tuvimos que interrumpir y poner fin a este gran proyecto al año de su inicio, pasado el verano de 1984. El motivo fue sencillamente la falta de medios económicos para poder mantenerla. Con la ayuda que nos dio inicialmente el Ministerio de Cultura hicimos frente a los gastos mínimos de la puesta en marcha, los gastos imprescindibles de infraestructura y la inversión que hubo que realizar para el arranque de los proyectos, pero, pasado un año, era necesario volver a contar con un nuevo impulso económico que nunca llegó a materializarse. El Ministerio de Cultura nos comunicó que no contáramos con la renovación de su ayuda económica.

La verdad es que nunca llegué a entender muy bien aquella posición del Ministerio, sobre todo teniendo en cuenta que siempre se habló de que se trataría de un ayuda anual y renovable, y que alguno de los proyectos que tan ilusionadamente iniciamos (como la revista, los libros o el sello discográfico) estaban empezando a ofrecernos expectativas favorables de autofinanciación, e incluso de una pronta y posible rentabilidad, justo cuando tuvimos que cerrar. No lo entendí y traté de encontrarle una justificación lógica y coherente. Hoy por hoy, pasado el tiempo y tras haber vivido experiencias similares, creo que lo tengo mucho más claro.

La «canción de autor», entendida como «canto libre», tanto para los políticos de derechas como para los de la izquierda acomodada y mediocre, es un riesgo (es, podríamos decir, hablando mal y pronto, bastante tocapelotas). Pudimos comprobarlo en 1986, cuando un sector de cantautores se echó a la calle a cantar en contra del ingreso de España en la OTAN o, lo que es lo mismo, a cantar contra las armas y contra los incumplimientos electorales del Partido Socialista. Era evidente: los mismos creadores que habían favorecido con sus canciones la llegada al poder de ciertos políticos, podían, si se lo proponían, devaluar del mismo modo su prestigio e incluso la seguridad de sus cargos y mayorías absolutas.

Teniendo en cuenta esa realidad y evocando todo el trabajo y la ilusión que pusimos en la Asociación de la Música Popular, pienso que aquella subvención inicial no fue otra cosa más que un agradecimiento a Elisa Serna, luchadora incansable, por los servicios prestados y, a partir de ahí, si te he visto no me acuerdo. 


La verdad es que, hasta la fecha, al menos en lo que a mí y a mis proyectos relacionados con la «canción e autor» se refiere, nadie se ha acordado. Situación que, por supuesto, muchas veces me ha causado gran indignación, pero nunca ha logrado quebrantar mis sueños porque creo, con León Felipe en la voz de Adolfo Celdrán, que «soñar es decir 4.444 veces, por ejemplo, yo no quiero verme en el tiempo, ni en la tierra, ni en el agua sujeto. Quiero verme en el viento». «El cor al vent buscant la llum».

miércoles, 17 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 17.



A lo largo de «mi vida entre canciones» jamás se me ocurrió crear poesía y, menos aún, publicar un libro de poemas. En ese sentido, por no escribir, no he escrito ni la letra de una canción. 

Amo la poesía, la he disfrutado mucho y ha sido muy importante en mi vida; tanto es así que siento una inmensa admiración hacia nuestros poetas (hombres y mujeres) y un profundo respeto al lenguaje poético.

No obstante, alguna vez, muy tocado por dentro, me he puesto a escribir y, de repente, he sentido que lo que me estaba saliendo del alma, al menos en apariencia y sin yo proponérmelo, rozaba con el verso libre o la prosa poética. Por supuesto, cuando me ha ocurrido, nunca he reprimido el impulso, pero siempre he tenido muy claro que el resultado de esa expresión era para mí mismo, para mi intimidad, y no para ser publicado.

Siendo del todo cierto lo que acabo de decir, tengo que mencionar una excepción. En 1983, cuando Carlos Cano me pidió que le escribiera un texto para la carpeta de su disco Si estuvieran abiertas todas las puertas, me puse a escribir y el resultado, inevitablemente, fue algo próximo a un texto poético. Incluso le di su correspondiente estructura formal. Cuando lo terminé se lo mostré a Carlos y se emocionó. Dadas las circunstancias, y pensando en que se trataba de un texto suelto para la carpeta del disco de un buen amigo, permití a la discográfica que lo publicara y lo incorporamos también al libro de Júcar. 

Fotografía de Carlos Cano que apareció acompañando
al texto que escribí para su disco
"Si estuvieran abiertas todas las puertas" (1983).

El texto es el siguiente. Vuelvo a leerlo y aunque sigo pensando que literariamente es un poco pretencioso, ¡a mí me gusta!

«Por encima del tiempo y el espacio;
por encima de estructuras, intereses y sistemas,
en la raíz del hombre y de lo humano,
cuando menos se espera.
o tal vez,
cuando uno empieza a sentir
el cansancio de la espera,
surge el SILENCIO.

Y en el silencio, hoy de nuevo, la ESPERANZA,
y el sueño, y la fe, y la UTOPÍA.
Y en el silencio la visión conmovedora
de una puerta,
una sólida y desafiante puerta, cerrada desde siglos,
que cobra ligereza en su apertura;
y con ella mil puertas que se abren,
¡todas las puertas!
de palacios y chabolas,
de cárceles, manicomios y vecinos,
la puerta del amigo y también del enemigo,
tu puerta y mi puerta,
todas nuestras puertas:
corazones que laten, que palpitan.

¡Ay!
¡Si estuvieran abiertas todas las puertas!
¿qué pasaría?
…y el sueño, la fe y la esperanza continúan…
(¡Necesito creer en la utopía!).
Pasarían la libertad, el cariño y la ternura,
la ilusión vestida de sonrisa,
el beso y la caricia sencilla y transparente,
el refugio de unos ojos, la armonía,
el amor: aliento de la vida.

Pero el tiempo y el espacio con frecuencia me encadenan,
y surge de nuevo ante mí, lo inevitable:
la insensibilidad y el miedo,
la desconfianza y el agobio.
(¿Por qué hemos amordazado la utopía?).
Y las puertas se cierran en mi cara,
se alquilan porteros y guardias que vigilan,
se sofistican los sistemas del blindaje,
urge la “mirilla” descarada y espiante,
surge la soledad y el abandono,
la mediocridad y el “ha salido, no está en casa”,
lo mío y lo tuyo,
lo de dentro y lo de fuera,
el de arriba y el de abajo...
... y, mientras tanto, la historia,
nuestra corta historia, continúa...

Pero en la historia
aún laten con su magia y con su grito,
y también con su aparente y hasta molesta e inexplicable locura,
los profetas,
y con ellos irresistible e imperecedera,
de nuevo la esperanza, el sueño y la utopía.

¿Qué ha de ser el cantor popular, sino un profeta?

Carlos Cano, hombre y cantor, en su trabajo, 
nos reafirma en su ya madura profecía. 
Por encima del tiempo y el espacio,
por encima de estructuras, intereses y sistemas,
él se atreve a tomar su propia entraña,
traducida en palabras de silencios,
y en un gesto de generosa apertura,
con fuerte brazo y en grito desgarrado,
en la plaza pública la tiende,
a las miradas
y también a las pisadas
de todos los que pasan.

Si estuvieran abiertas todas las puertas;
nueve canciones y una despedida,
una declaración de fe en la esperanza,
en el sentimiento,
en el sueño,
en la utopía...
¡He aquí una puerta que se abre!
Cruza su umbral,
pasa y siente...
¡He aquí al hombre!...

Y ahora escucho su voz:
“Amor mío, adiós,
despierta del sueño”.
... y una sólida y desafiante puerta,
cerrada desde siglos,
definitivamente hoy cobraba ligereza en su apertura».

Entrada del concierto celebrado en el Teatro Salamanca,
de Madrid, en el que Carlos Cano presentó
su disco "Si estuvieran abiertas todas las puertas.
(Viernes 21 de octubre de 1983.)

domingo, 14 de enero de 2018

DISCOS DEL EXILIO RESCATADOS: "¡SALUD!" DE JULIO MATITO (1976. ALEMANIA).

Algo que siempre me ha resultado apasionante a lo largo de mi "vida entre canciones" ha sido explorar en la historia de la "canción de autor" a la búsqueda, y al encuentro, de una de sus principales señas de identidad: Su desmedido y apasionado posicionamiento en defensa de la "LIBERTAD", y su actitud, siempre crítica, ante todo lo que, en todos los ámbitos de la existencia, pretendiera anularla o reprimirla.

En ese contexto, me ha resultado especialmente apasionante conocer, escuchar y analizar la que suelo llamar "canción del exilio"; canción grabada durante los años sesenta y setenta fuera de España; por lo general, descarada y felizmente antifranquista; de carácter revolucionario; y por supuesto liderada por "creadores" situados políticamente en la antípodas de la dictadura.

Uno de esos creadores fue JULIO MATITO, bajista y voz del grupo SMASH –mítico grupo pionero del rock andaluz– puesto en marcha en 1968 y disuelto en 1973.

Julio Matito.

Tras la disolución de Smach, Julio creó otro nuevo grupo llamado "La Cooperativa"; grabó un single con dos canciones –"Al despertar" y "Tú"– y, tres meses después, decidió retirarse del mundo de la música.

Retirado en Chipiona –donde montó un "chiringuito"– Julio conoció a un Felipe González –por entonces verdaderamente socialista y revolucionario– que acaba de ser elegido secretario genera del PSOE. Con su característico poder de seducción Felipe consiguió que se implicara en el partido, y que volviera a cantar en apoyo al PSOE y a sus mítines y campañas. 

(No olvidemos que en aquellas mismas circunstancias, en Andalucía, Carlos Cano había optado por apoyar al Partido Socialista Andaluz y había compuesto su canción "Por un poder andaluz", y que el Partido Comunista se había insinuado a Antonio Mata sin conseguir seducirle.)

Embarcado en esa nueva aventura político-musical Julio en 1976 grabó un LP en Sevilla que fue editado en Alemania y que nunca se distribuyó en España; disco descaradamente creado en apoyo al PSOE y en defensa de los derechos humanos y los valores auténticamente democráticos, al que tituló "¡SALUD!".

Cubierta del disco de Julio Matito en la que
aparece la imagen de Pablo Iglesias, fundador del PSOE
.

En este LP Julio Matito incluyó nueve canciones, cinco compuestas por él –letra y música–, y cuatro compuestas sobre poemas de José Miranda de Sardi, escritor y político de Chipiona (Cádiz) fusilado en 1936. Concretamente esas nueve canciones fueron las siguientes:

1. Burgués (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
2. Andaluces (Julio Matito).
3. Maldición (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
4. En memoria de un dictador (Julio Matito).
5. Poema a José Miranda (Julio Matito).
6. Pistolas (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
7. Razones (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
8. Amada mía (Julio Matito).
9. Explosión (Julio Matito).

Curiosamente, en aquel disco, sobre el fondo de la bandera republicana, aparecía el siguiente texto de Felipe Gonzalez que nos devuelve la bendita "memoria":


«El socialismo ha luchado siempre por liberar al hombre de sus cadenas socioeconómicas. De esta ruptura surgirá necesariamente un hombre nuevo: individuos que parten de sí mismos dentro de unas relaciones y condiciones históricas socialistas.

En la certeza de que ese momento no está lejos, los actuales socialistas queremos evitar la tentación idealista de quien olvida la actualidad de los medios para el cambio de la estructura socioeconómica y también la tentación cientifista de quien se niega a imaginar el hombre futuro.

Por el contrario, creemos que el nuevo hombre socialista y la nueva cultura que produzca, está ocurriendo ya dentro de la militancia de la lucha política y cultural.

Y con esta lucha, pretendemos que nos sea devuelta la producción de los objetos externos necesarios para nuestros impulsos; y ello mediante el cambio de las relaciones en que dicha producción se alinea dentro de una sociedad capitalista.

Queremos responder históricamente a lo que somos por naturaleza y cultura.»

Poco tiempo después de la edición de este disco, JULIO MATITO, bastante decepcionado por el desarrollo de la verdadera práctica política, decidió cambiar de rumbo y volver al rock itentando retomar el gran proyecto de SMASH. Lamentablemente Julio falleció en un accidente de coche el 13 de julio de 1979 a la edad de treinta y tres años.

Para concluir este "cuelgue" me parece interesante compartir el siguiente enlace de youtube en el que puede escucharse completo el disco "¡SALUD!" de Julio Matito:


sábado, 13 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 16.



Carlos Cano ha sido, sin la menor duda, uno de los cantautores y amigos a los que más he admirado y querido a lo largo de mi vida. Sus composiciones y los años en que compartimos una intensa amistad (junto a Alicia, Tonona y los hijos) han sido parte muy importante de «mi vida entre canciones». Lo fueron y aún lo siguen siendo, porque es imposible olvidar lo mucho que compartimos, reímos, trabajamos y soñamos juntos.

La primera vez que supe de la existencia de Carlos y que le escuché cantar fue a través de su primer LP, A duras penas; disco de referencia que me dejó tremendamente impactado. Una obra (por cierto, hoy perfectamente recuperable) en la que se funden una calidad humana de una sensibilidad extraordinaria (hasta en el quejido y la amargura); una conciencia social desgarrada (que Enrique Morente reforzó) y un sentido del humor muy fino que, cuando Carlos se lo proponía (porque era necesario) podía llegar a ser mordazmente hiriente. Todo ello sobre la base de unas composiciones musicales y una forma de cantar de raíz sureña que ya, desde aquel primer momento, transpiraba un sabor y unos aires verdaderamente populares. Al escuchar a Carlos nunca pude dejar de pensar en Antonio Machado en la voz de Juan de Mairena. Él de verdad canta como «el pueblo lo siente y lo piensa, y así como lo expresa y plasma en la lengua que él más que nadie ha contribuido a formar».


Fue tanto lo que me prendió aquel primer disco de Carlos que, cuando tuve la oportunidad de empezar a redactar mis crónicas en el periódico escolar Saeta Azul, le dediqué una de ellas. Se publicó en la segunda quincena de marzo de 1977, Carlos Cano y la Nueva Canción Andaluza. El alcance que llegó a tener aquel artículo fue sorprendente, en particular por tratarse de un periódico tan bien distribuido en Andalucía. Recuerdo muy bien que aquel número de la revista (el 56) tuvo que reeditarse.

En el momento en que publiqué aquella crónica, Carlos estaba grabando su segundo LP, A la luz de los cantares. Un buen día, cuando ya lo tuvo terminado y a punto de publicar, me llamó por teléfono Antonio Muñoz, que en aquel momento era su manager y su mano derecha.

Antonio, consciente de la trascendencia que había tenido el artículo publicado en Saeta Azul sobre A duras penas, me preguntó si era posible hacer algo similar con el nuevo disco. Yo estaba a punto de dejar el periódico por sobrecarga de trabajo pero, por supuesto, le dije que sí. Tenía curiosidad, estaba convencido de que aquel segundo disco de Carlos Cano sería tan bueno como el primero y de que merecería la pena escribir sobre él y recomendarlo.

Por su parte, Antonio me informó de que Carlos y él iban a estar próximamente en Madrid de promoción (ellos vivían en Granada) y que si me parecía bien y me apetecía podríamos concertar una entrevista para conocernos y charlar.


Recibido el nuevo disco, escribí y publiqué la crónica correspondiente y, una vez que el periódico estuvo distribuido, llamé a Antonio y a Carlos, que estaban en Madrid. Decidimos citarnos los tres en el hotel Abeba, donde se hospedaban. El encuentro fue inolvidable. Carlos me habló de su nuevo proyecto, Crónicas granadinas, prolongamos la entrevista con una cena y aquel día marcó el inicio de nuestra amistad.

A partir de entonces, entre 1978 y 1983, fue rara la semana en que no nos llamáramos por teléfono o el mes en que Carlos y yo no nos encontráramos en Granada, en Madrid, en Sevilla (en casa de Diego de los Santos) o en Barcelona, donde teníamos amigos comunes como Carlos Herrera, Antonio Guerrero o Nuria Ribó.

En aquellos años Carlos grabó y pudimos disfrutar sus Crónicas granadinas (1978), De la luna y el sol (1980) y El gallo de Morón (1981). Tres hermosísimos discos que, lamentablemente, no llegaron a tener, al menos fuera de Andalucía, la valoración que en justicia merecían.


Ante esta situación, cuando Carlos empezó a pensar en su siguiente disco, que se titularía Si estuvieran abiertas todas las puertas, decidimos pasar unos días en una casa que había alquilado yo en la sierra de Madrid para charlar con calma y pensar qué podríamos hacer para promocionar el nuevo disco por todo el país con mejores resultados.

Una de las posibles acciones que se me ocurrieron y que le propuse a Carlos fue escribir un libro con su biografía que podríamos publicar haciéndolo coincidir con la salida al mercado del nuevo disco, prevista para finales de 1983. A Carlos le pareció bien. El problema que se nos planteaba no era escribirlo, ya le conocía bien y además tenía suficiente tiempo para hacerlo, el problema era quién podría editarlo.

Enseguida pensé en la magnífica colección Los Juglares de la Editorial Júcar. En aquel momento ya habían aparecido en ella, entre otras, las biografías de Dylan, Jacques Brel, Brassens, Serrat, Pi de la Serra, Víctor Manuel, Labordeta, Vainica Doble, Raimon y Aute.

Nada más regresar de la sierra solicité una entrevista a María de Calonje y a Silverio Cañada, que en aquel momento dirigían lo colección, y les conté el proyecto.

En un principio parecía que aquello no iba a prosperar. Carlos aún no era lo bastante conocido como para que su biografía despertara demasiado interés y pudiera venderse, me dijeron que era una inversión arriesgada. Entonces se me ocurrió plantear la posibilidad, para reducir los gastos, de que yo mismo, además de escribir el libro, podría hacerme cargo de su maquetación y su diseño sin cobrarles nada. Por otra parte, también les propuse (por supuesto, después de consultárselo a Carlos) que estábamos dispuestos a percibir los derechos de autor no en dinero, sino en libros. A María y a Silverio aquellos planteamientos les parecieron aceptables (¿cómo no?) y el libro se pudo hacer realidad. Lo publicamos en los primeros días de octubre de 1983, coincidiendo, tal y como habíamos previsto, con la salida del disco Si estuvieran abiertas todas las puertas, obra en la que Carlos incluyó canciones referenciales de su repertorio como «Tango de las madres locas», «La metamorfosis», «Elisa», «Hijos de la calle» y «La estrella perdida».


Recuerdo, a modo de anécdota, que cuando firmamos el contrato pensamos que solo utilizaríamos una parte de los libros que nos tenían que entregar (llegaron a ser más de trescientos) para la promoción del disco, cosa que no tuvimos más remedio que hacer con todos, puesto que la editorial, al entregárnoslos, ya se encargó de estampar en todos y cada uno de ellos un sello bien visible que ponía: «Ejemplar NO VENAL».

La redacción de aquel libro fue una aventura apasionante. Me planteé como objetivo penetrar en lo que llamé «el umbral del silencio» de Carlos, con el fin de ir mucho más allá de sus datos biográficos y llegar, en lo posible, al descubrimiento de su humanidad y su mundo interior, de donde, sin duda, nacían sus canciones.

Compartimos y hablamos relajadamente muchas horas, lo que me permitió conocer bien su intimidad y su pensamiento, al mismo tiempo que fuimos afianzando entre nosotros una más sólida relación de amistad y de cariño.


A finales del verano de 1983 montamos una pequeña oficina en Madrid desde donde pusimos en marcha la estrategia de promoción que habíamos diseñado durante meses. Un plan que consistía básicamente en la presentación del libro y del disco. 

Fue un trabajo duro y pasamos bastantes nervios pero, en realidad, nos reímos mucho y compartimos no pocas satisfacciones. En aquellos días presenté a Carlos a una serie de amigos que, tras conocerle y escuchar sus canciones, decidieron ayudarnos. Entre ellos, Eduardo Úrculo, Amadeo Gabino, Fernando Bellver, Manuel Arcorlo, José Hernández, Isabel Villar, Eduardo Sanz, José Luis Verdes, Rafael Canogar, Amalia Avia, Basilio Martín Patino y Fernando Savater. 

La presentación del libro la hicimos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 18 de octubre y corrió a cargo de Fernando Savater, Maria de Calonge y un servidor. Fue todo un éxito. Carlos, con su acostumbrada timidez, en un momento determinado desapareció. Menos mal que al final pudimos rescatarle para que firmara algunos libros conmigo. 


Por cierto, relacionada con aquella presentación hay una anécdota que voy a referir porque me parece divertida y entrañable. Como andábamos muy mal de dinero, decidimos preparar nosotros mismos el aperitivo que íbamos a ofrecer después de las palabras de presentación. Lo hicimos en mi casa, entre Carlos, Alicia (el gran amor en la vida de Carlos), Tonona, mis hijos y yo. Preparamos las tortillas de patatas y los canapés, cortamos queso y jamón, compramos frutos secos y lo trasladamos todo en un taxi. Cuando llegamos al Círculo dispusimos las mesas con sus manteles y las viandas correspondientes y, a decir verdad, nos quedó mucho mejor que si se lo hubiéramos encargado al mejor bar de la zona. Así se hacían las cosas por entonces, y así era como los sueños se podían ir haciendo realidad.

A los cinco días de la presentación del libro, es decir, el 23 de octubre, presentamos el disco Si estuvieran abiertas todas las puertas con un concierto de Carlos celebrado en el teatro Salamanca de Madrid. Precioso concierto en el que felizmente tuvimos que colgar el ambiciado cartel de «Agotadas las localidades».

Con motivo de ambas presentaciones se me ocurrió crear un grabado o un aguafuerte de corta tirada que fuera un recuerdo testimonial de aquel momento en la vida profesional de Carlos, al tiempo que una invitación muy especial para la participación de las personas más amigas en los dos encuentros que habíamos organizado. Para ello hablé con el escultor Amadeo Gabino, con quien mantenía una muy buena amistad. Le encantó la idea y nos pusimos a trabajar en ella. Una vez creada la plancha por Amadeo, realizamos la estampación en el taller de otro gran pintor amigo, Fernando Bellver.

La imagen del aguafuerte representa una puerta que se abre a la posibilidad de la luz y la utopía, e iba acompañada de dos fragmentos poéticos manuscritos. El de la parte superior está tomado de un texto que le escribí a Carlos para la carpeta de su disco, y el de la parte inferior es un fragmento de la canción «La estrella perdida» de Carlos Cano.


«Por encima del tiempo y el espacio;
surge el SILENCIO.
y en el silencio hoy de nuevo, la ESPERANZA,
y el sueño, y la fe, y la UTOPÍA.
Y en el silencio la visión conmovedora
de una puerta,
una sólida y desafiante puerta, cerrada desde siglos,
que cobra ligereza en su apertura».
(Fernando González Lucini)

«La utopía
abrirá las fronteras
que al mundo separan
de la inmensidad».
(Carlos Cano)

A partir de 1983 se inició una nueva etapa en la carrera artística y discográfica de Carlos que se concretaría en 1985 con la aparición del álbum Cuaderno de coplas, publicado por Ariola.

Mientras acontecía todo lo que acabo de narrar, el 4 de marzo de 1983 Luis Eduardo Aute dio, también en el teatro Salamanca, su mítico concierto Entre amigos, acompañado de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat y Teddy Bautista. El 7 y el 8 de junio, se presentó en el mismo teatro el espectáculo Sudacas, creado por Manuel Picón, Olga Manzano, Rafael Amor y Claudina y Alberto Gambino. Y, por desgracia, el 14 de octubre, en Burgos, perdimos a Jesús de la Rosa, fundador y alma del grupo Triana, que falleció como consecuencia de un accidente de tráfico.

Finalmente, para concluir este capítulo, voy a reproducir un texto de Carlos Cano tomado de la biografía que publiqué en Júcar. Es un texto que retrata muy bien su personalidad y lo que fueron las raíces vinculantes de nuestra amistad. Recordemos que justo por aquel entonces yo estaba reivindicando el valor del silencio y de la interiorización en la «Sinfonía pedagógica en tres tiempos».


«Reivindico el silencio, reivindico la soledad, digo que no es mala, digo que el silencio es un tiempo que tenemos que recuperar, que hay que empezar a escuchar y a comprender la realidad desde el silencio para llegar a encontrarnos de verdad con nosotros mismos. Reivindico el derecho a decir: "Me encuentro tierno y sensible, sin que me dé la más mínima vergüenza. Reivindica la sensibilidad como fortaleza».

III - Y AHORA ¡A DISFRUTAR CON "PABLO.CANO" ESCUCHANDO LAS CANCIONES DE SU "FLOR DE HABANERA" !... Y ALGO MÁS.

Después de los dos "cuelgues" que publiqué hace unos días dedicados al disco "FLOR DE HABANERA" – opera prima del cantau...