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lunes, 31 de agosto de 2020

LLEGA SEPTIEMBRE, 30 DÍAS PARA BUSCARLE “ALAS” AL PROYECTO “UNIVERSO MUSICAL EN LA OBRA POÉTICA DE FEDERICO GARCIA LORCA”.


Después de dos años y medio de trabajo ininterrumpido, el proyecto de investigación “Universo Musical en la Obra Poética de Federico García Lorca” está prácticamente terminado, aunque –como suelo decir– siempre será un proyecto inacabado y en permanente actualización.

En este tiempo he recogido, analizado y clasificado más de 6000 canciones –registros sonoros– compuestas –en 60 países– sobre textos poéticos de Lorca, que vienen a ratificar tres conclusiones iniciales: 

1. Que Federico García Lorca ha sido el poeta mundialmente más musicalizado y cantado de la Literatura Universal.

2. Que ha sido musicalizada y cantada más del 90% de su obra poética.

3. Y que la poesía de Lorca –siempre viva– ha sido ininterrumpidamente inspiradora de composiciones en todo tipo de géneros musicales creados entre 1931 a la actualidad.

Para poder llegar justificadamente a estas conclusiones he tenido que dedicar al proyecto mucha ilusión, muchas horas de trabajo y una inversión económica imprescindible. Ahora que el proyecto ha alcanzado un primer e importante nivel de desarrollo siento la necesidad de buscarle las “alas” necesarias para que se eche a volar y pueda ser compartido y conocido por las personas que en todo el mundo puedan estar interesadas en él. 

Estoy convencido de que los resultados han sido magníficos, mucho mejores de los que inicialmente pensaba, y siento y creo que sería culturalmente muy lamentable que “lo dejara dormir” en mi ordenador sin que tuviera mayor transcendencia.

No sé si voy a ser capaz de encontrarle y de proporcionarle al “Universo Musical en la Obra Poética de Federico García Lorca” esas “alas” –que yo en solitario y sin ayuda no voy a poder darle-–, pero VOY A INTENTARLO

Durante todo el mes de Septiembre voy a emprender dos tipos de acciones:

• Voy a dedicarme a buscar colaboraciones y ayudas de institucionales culturales que apoyen el proyecto y se comprometan a difundirlo sin exigir imposibles. Sé que no es fácil, ya lo vengo comprobando desde hace varios meses. 

Si a final de septiembre no he encontrado esa ayuda me replantearé si es posible seguir adelante con el proyecto  de espaldas a las instituciones que pienso deberían ser sus naturales patrocinadoras.

Por supuesto iré informando detalladamente de todas esas gestiones y de sus resultados.

• En segundo lugar dedicaré todos los 30 días del mes de Septiembre a Federico García Lorca y al universo musical que se ha creado durante muchos años. y se sigue creando, en torno a su poesía y su mágica y comprometida personalidad:

– Los 30 “BUEN DÍA” de Septiembre, que habitualmente comparto en mi muro de Facebook, los realizaré con 30 de las más de 6000 canciones que se ha compuesto sobre textos lorquianos.

– Por otra parte, durante el mes de Septiembre, voy a crear una sección de “BUENAS TARDES” en la que compartiré canciones creadas por cantautores y cantautoras de todo el mundo dedicadas a Federico García Lorca. Será una selección de las más de 120 canciones que tengo recogidas en ese sentido.

– Y, como antes decía, voy a proporcionar una información permanente de las gestiones que iré realizando –y de sus resultados– con nuestras instituciones culturales solicitándoles su colaboración económica y estratégica para que el proyecto se eche a volar cuanto antes.

En fin, a la vista todo un mes de Septiembre para cantarle apasionadamente a Lorca y para la “esperanza” en que se pase de la “fácil palabrería a la acción real y concreta” en la defensa de la memoria y del extraordinario universo musical creado en todo el mundo en torno a uno de nuestros más grandes poetas.

miércoles, 12 de agosto de 2020

NUEVA INFORMACIÓN SOBRE EL PROYECTO "UNIVERSO MUSICAL EN LA OBRA POÉTICA DE FEDERICO GARCÍA LORCA"

En el mes de agosto sigo trabajando en el proyecto con el fin de que en la primera quincena de septiembre tenga todo preparado para que, después de más de dos años de trabajo, pueda tomar la decisión sobre cómo y con quién hacerlo público y compartirlo. Espero encontrar algún modo de que sea posible.

En este momento estoy en una fase del proyecto muy estimulante consistente en crear un "documento por canción" en el que aparece la obra de Federico a la que pertenece, el texto del poema correspondiente, y la referencia completa a todas las versiones cantadas que han sido creadas y grabadas de ese poema. (Por supuesto estoy hablando de cientos de documentos.)

A continuación, y como ejemplo, comparto el documento correspondiente a la canción "Son de negros en Cuba" del libro "Poeta en Nueva Yoirk". Como siempre advierto, se trata de un documento "provisional" que siempre estará abierto a la incorporación de posibles nuevas versiones y/o grabaciones.

La verdad es que me siento muy satisfecho del trabajo que he realizado; enorme satisfacción que solamente se ve "nublada" por la inseguridad del futuro del proyecto. ¡Abrazo grande!


domingo, 9 de agosto de 2020

MI VIDA ENTRE CANCIONES 6


Llegué a la estación de autobuses de Madrid y, después de hacer varias averiguaciones, pude encontrar por fin el Colegio Mayor Pío XII que era donde se iban a celebrar las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes de Acción Católica. No conocía a ninguna de las cincuenta y dos personas que habían llegado de diecinueve provincias distintas pero, curiosamente, en cuanto nos vimos, al presentarnos y contarnos de dónde veníamos, sentí una gran complicidad con todos ellos.


Muy cerca del Pio XII se encontraba el colegio de las Escolapias, donde estaban celebrando sus Jornadas Nacionales las responsables de las llamadas, también absurdamente, «menores», o sea, como los «aspirantes» pero en femenino. En aquel momento, lo de la coeducación no existía: «Los niños con los niños y las niñas con las niñas».

Aquella primera noche, un grupo de los recién llegados nos acercamos al colegio de las Escolapias y salimos con varias compañeras a cenar y a tomarnos un helado. Hacía una noche preciosa y nos encontrábamos tan a gusto que, no sé si dándonos cuenta o provocándolo, se nos pasó la hora del cierre de los colegios y no pudimos entrar hasta la mañana siguiente. Así que nos pasamos toda la noche paseando, hablando, disfrutando y echando alguna que otra cabezada en los bancos de la Castellana.

Hablamos de muchos temas, nos contamos muchas cosas e incluso nos hicimos más de una confidencia. Lo de «los chicos con las chicas» ciertamente funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! 

Uno de los temas de conversación, como era lógico dadas las circunstancias, fue que en las jornadas que íbamos a celebrar en los días siguientes teníamos que unirnos para conseguir al menos dos objetivos: suprimir y cambiar lo de «menores», «aspirantes» e «instructores», y hacer un colectivo único en el que chicos y chicas pudiéramos trabajar juntos.

Pasada la noche, dejamos a las «instructoras» en las Escolapias y regresamos al Pío XII. A las diez de la mañana empezamos las Jornadas.

Uno de los asuntos que se plantearon aquellos días fue la renovación del Secretario General del Equipo Nacional de Aspirantes. En aquel momento desempeñaba el cargo Santiago Baña y, por cuestiones personales, estaba a punto de dejarlo.

El Secretario General tenía que ser una persona dispuesta a ser «liberada», así se le llamaba, lo que significaba vivir en Madrid y tener una dedicación exclusiva. 

La sede del Equipo Nacional de los Aspirantes, junto con el resto de los demás equipos nacionales, Menores, JOC (Juventud Obrera Católica), JARC (Juventud Agrícola y Rural Católica), JEC (Juventud Estudiantil Católica), JIC (Juventud Independiente Católica), HOAC, Revista Signos, etc…, estaba en la calle Alfonso XI, donde actualmente se encuentra la COPE. Un lugar del centro de Madrid que nada tenía que ver en absoluto con lo que hoy es, hay y se hace dentro de ese edificio.

A los llamados «liberados» se les asignaba un pequeño sueldo mensual. Trabajaban y dormían en el mismo despacho en el que había una cama plegable que se abría por las noches. Las comidas y  cenas se hacían en un lúgubre comedor privado que había en el sótano y que resultaba muy económico. Comedor que, con cierta frecuencia, recibía la visita de la policía, y en el que se produjo más de una redada. Situación normal porque muchos de los jóvenes que vivían entonces en aquella casa eran considerados «rojos», comunistas, y, por tanto, antifranquistas, aunque oficialmente consentidos y, en cierta medida, protegidos por un sector progresista (¡que lo había!) de la jerarquía de la Iglesia Católica.

Cuando se planteó en la reunión la renovación del Secretario Nacional de los Aspirantes, yo, sin pensarlo mucho, me presenté como candidato. Lo tenía muy claro. Por una parte sentía verdadera necesidad de salir de Jaén y, por otra, aquella era una oportunidad para transformar, desde dentro, un «aspirando» ante el que me sentía cada vez más implicado y más crítico.

Además, pensé que aquella nueva situación me permitiría, en cuanto me fuera posible, encontrar la forma en que mis padres y mi hermano se mudaran a Madrid. Su situación personal, económica y social en Jaén se hacía cada vez más insostenible. Mi padre estaba bastante enfermo y se me rompía el alma cada vez que pensaba en él, consciente de que se sentía moralmente deshecho y fracasado.

Presentada mi candidatura, fue aprobada y, a partir del 1 de septiembre de 1964, fui Secretario General de los «Aspirantes» de Acción Católica.



Al día siguiente volví a Jaén para anunciarles a mis padres la noticia y para pedir la baja en el Servicio Nacional del Trigo. Dos días más tarde me desplacé definitivamente a Madrid. En la maleta metí muy pocas cosas, lo imprescindible, entre ellas aquel single de Raimon que me regalaron un año antes; en realidad era como mi amuleto. «El cor al vent buscant la llum».

Creo que fue entonces la primera vez que sentí en mi vida la experiencia y el vértigo de la libertad, mi «pequeña libertad», como realidad posible.

Me instalé en uno de los pequeños despacho-dormitorios de la quinta planta interior de Alfonso XI y  Madrid me atrapó al instante. Se dice que es una ciudad acogedora y es cierto. El tiempo y los acontecimientos parecieron dispararse.

A los pocos días de mi llegada, Fernando Oliván, que era el Presidente del Equipo Nacional de Aspirantes, tomó la decisión de dejar su cargo y, en un «plis-plas», yo, que acababa de debutar como Secretario, tuve que asumir la presidencia y formar mi propio y renovado equipo de trabajo en el que, desde un principio, ¡por supuesto!, pedí la colaboración de las compañeras de «Menores» que residían en la sexta planta del mismo edificio.

De aquel primer grupo de trabajo con el que tuve la suerte de compartir momentos y experiencias inolvidables, no puedo dejar de evocar, entre otros, a colaboradores y entrañables amigos como José Manuel Estepa, de Andújar (Jaén); Alfredo Larreta, de Navarra; Daniel, Miguel, Fuentes y Pili Bobes, de Asturias; Paco Tapia, de Granada; Fernando Urbaneja, de Burgos; Javier Badiola y Merche Lavía, de Bilbao; Julián Mota, de Sevilla; Joaquín Domingo, de Girona; Mercedes de Frutos, de Segovia; o Blanca, Ramón Y Margarita, de Madrid. Todos ellos fueron un impulso de vida.



Mi posición en aquel momento era clara. Asumía gustoso aquella nueva responsabilidad, pero con la condición de plantearme y poner en marcha, de inmediato, una renovación pedagógica del llamado «Aspirantado». Objetivo que, tras muchos encuentros y reuniones de trabajo y de consulta por toda España (no paré de viajar durante tres meses) conseguimos alcanzar en la primavera de 1965 con la aprobación oficial y puesta en marcha del Movimiento Junior, colectivo infantil y adolescente comprometido, en la medida de sus posibilidades reales y no como simple «aspiración», a reivindicar y defender los derechos humanos y los valores evangélicos más auténticos.

No voy a entrar en más detalles respecto a lo que fue y cómo se desarrolló la puesta en marcha del «Junior», así lo llamábamos, porque esa es una larga y apasionante historia que en sí misma necesitaría todo un libro. Lo menciono porque fue ahí y en ese tiempo donde consolidé mi pensamiento y mi vocación pedagógica. Y porque, al desplazarme a Madrid y tener que viajar por todo el Estado, tuve la oportunidad de aproximarme de forma directa y tener un primer conocimiento del universo de la «canción de autor» que en aquel momento estaba empezando a surgir y que pronto se convertiría, junto con la pedagogía, en uno de los tres pilares esenciales, o coordenadas, de mi personalidad y mi proyecto de vida.

La pedagogía, la «canción de autor» y, ya en aquel momento, mi claro y decidido posicionamiento de lo que se entendía por entonces como una persona de izquierdas; radicalmente antifranquista y apasionado amante de la libertad. De mi libertad personal y de la de aquella España «de todos los demonios» que, como escribía Jaime Gil de Biedma, tenía y tiene el derecho «a que sea el hombre el dueño de su historia». Hermoso y duro poema que, en 1978, musicalizó y cantó Paco Ibáñez en su disco A flor de tiempo.

Mi primera aproximación directa a la «canción de autor», entre 1964 y 1965, tuvo varios frentes.

En uno de mis viajes a Barcelona para reunirme con los responsable del naciente Movimiento Junior catalán, tuve la oportunidad de comprarme la primera biografía de Raimon escrita por Joan Fuster (Ediciones Alcides. Barcelona, 1964). Estaba escrita en catalán pero, por supuesto, no me importó. También tuve la magnífica oportunidad de asistir una noche a un concierto del grupo Els 4 Gats en el que participaba Quico Pi de la Serra. Fue la primera vez que le vi y que le escuché cantar, y me quedé fascinado con su música (¡maravilloso cómo toca la guitarra!), sus textos y sus comentarios breves, cargados de ironía y de «disparo certero». Al día siguiente, antes de regresar a Madrid, me regalaron el segundo single de Quico, que acababa de publicar Edigsa, en el que interpretaba cuatro canciones, entre ellas, «L'home del carrer» y «Els fariseus». ¡Impresionantes!


En la reunión que tuve poco después en Donostia, un compañero, consciente del interés que empezaba a despertarme la «canción de autor», me trajo desde Hendaya el primer LP de Paco IbáñezGóngora y Lorca!) que había grabado recientemente en París. Lo escuchamos juntos en su casa. ¡Todo un descubrimiento! Góngora y Lorca empezaron a existir de verdad en mi vida desde aquel momento, y gracias a Paco.

Y en la Navidad del 65 aterrizó Víctor Jara en mi vida. Una amiga chilena de la JOC (Juventud Obrera Católica) me habló de Violeta Parra y de él. Escuchamos juntos las dos canciones de Víctor grabadas en su primer single en solitario: «La cocinerita» y «El cigarrillo». Me resultó sorprendente y muy esperanzador descubrir que la «canción de autor» existía y era también una realidad más allá de nuestras fronteras.


En aquel momento, inmerso en un intenso proceso de crecimiento y construcción personal, justo en aquellas Navidades, le encontré a mi hermano un trabajo en una librería y conseguí que mis padres se vinieran con él a Madrid. Yo seguí viviendo en mi despacho del Junior y ellos se instalaron en un pisito amueblado que nos prestó generosamente una buena amiga. Aquello supuso el punto final de una etapa de mi vida y el inicio de la aventura insospechada y apasionante que me estaba aguardando. Años más tarde comprendí, gracias a Joan Manuel Serrat, que la vida me empezaba a dar un inmenso beso en la boca. «De vez en cuando la vida / nos besa en la boca / y a colores se despliega como un atlas».

domingo, 2 de agosto de 2020

MI VIDA ENTRE CANCIONES 5


Terminado el bachillerato, como en Jaén no había universidad y la situación económica en casa era cada vez peor, no pude trasladarme a Granada para cursar una carrera universitaria como solía hacerse en las familias «de posibles». Por otra parte, aquello de la universidad quedaba lejos de mis intereses y mis pretensiones. Yo lo que quería en aquel momento era poder ganar algo de dinero para aportar a la familia y conseguir, en la medida de mis posibilidades, reducir las permanentes tensiones y violencias a las que nos sentíamos sometidos en casa y, de esta forma, devolverles un poco de paz y alegría a mis padres y a mi hermano. Pero, además, por encima de todo, deseaba salir cuanto antes de aquel Jaén agobiante. «El cor al vent buscant la llum» era en aquel momento el pensamiento que me dominaba.

En marzo de 1963 tomé una decisión: matricularme como alumno libre en la Escuela de Comercio con el fin de hacer una carrera breve y convertirme pronto en todo un perito mercantil; profesión que no me interesaba en absoluto, pero que me permitiría ponerme a trabajar enseguida.

Me convalidaron un montón de asignaturas por tener aprobado el bachillerato y tuve que superar otras (no sé cómo pude conseguirlo) como Contabilidad, Mercancías, Economía y Estadística, Taquigrafía o Mecanografía. De todas ellas, la única que me interesó y que me ha sido útil fue Mecanografía.

Entre junio y septiembre del 63 lo aprobé todo y, en tan solo seis meses, me convertí en un perito mercantil dispuesto a lo que fuera. Y ocurrió al momento: un mes más tarde, recomendado por mi tío (el que me liberó de las monjas), empecé a trabajar en el Servicio Nacional del Trigo, donde gané mi primer salario que, muy orgulloso, se lo di a mi madre. No me pagaban mucho, no recuerdo la cantidad, pero en casa provocó, lo recuerdo muy bien, un «Gracias a Dios» y una sonrisa. ¡Falta nos estaba haciendo!

En el Servicio Nacional del Trigo trabajé en el departamento de personal y tuve dos responsabilidades que llegarían a encantarme porque me permitieron mantener una relación muy directa con algunos compañeros. 

Por una parte, yo era quien preparaba a diario la lista de firmas que colocaba sobre una mesa a la entrada de la oficina para que el personal fichara su llegada puntual al trabajo. Lista que retiraba media hora después y que entregaba al jefe que controlaba a los que llegaban tarde o faltaban sin permiso para tenerlo en cuenta en la nómina de fin de mes. (En más de una ocasión hice alguna que otra trampa y permití a algún compañero que firmara a destiempo aprovechando que el jefe había salido del despacho. Venían a contarme el problema que habían tenido y yo, sin hacer más averiguaciones, siempre que podía, les ayudaba sin importarme demasiado si estaba bien o mal. Lo del «bien» y el «mal», ya en aquel momento, me parecía muy relativo. A fin de cuentas, se trataba solo de una firma furtiva y reconfortante).

Mi segunda responsabilidad era mecanografiar la nómina mensual del personal y preparar, uno a uno, los sobres con el salario en metálico que le correspondía a cada trabajador; sobres que mi jefe entregaba en mano el día 1 de cada mes. Recuerdo perfectamente las caras de algunos de mis compañeros de entonces abriendo el sobre y comprobando si el contenido era correcto. Para muchas de aquellas personas, cada primero de mes, con aquel sobre en las manos, suponía un volver a empezar siempre esperanzado. Evidentemente, los que no hacían cola para cobrar su sueldo eran los jefes, ¡claro!, a ellos les llevaba yo el sobre personalmente a su despacho. 

Los sábados y los domingos continuaba participando en las reuniones de la parroquia donde, semana a semana, seguí descubriendo realidades, posibilidades y valores humanos y democráticos que hasta entonces prácticamente desconocía y que iban desencadenando una transformación cada vez más consciente de mi personalidad; situación de cambio personal reafirmada, después de las reuniones, en largos anocheceres de chatos de vino y buen queso en El Gorrión.



Un libro que para mí fue esencial en aquel momento (más que esencial ¡definitivo!), fue La revisión de vida, de Albert Marechal, que se convirtió en el hilo conductor de los encuentros parroquiales y, posteriormente, en un referente vital de mi vida. Fue, sin duda, uno de los libros clave en la construcción del pensamientos democrático de muchos jóvenes españoles de los años sesenta a los que se nos calificaba, de forma peligrosamente despectiva, «rojos» o «de izquierdas».

«Ver, juzgar y actuar». Ese era el itinerario que Marechal nos proponía para poder vivir con dignidad: «Ver» conscientemente lo que acontecía en nosotros mismos y a nuestro alrededor; «valorar y juzgar» lo percibido y, a partir de ahí, «actuar» coherentemente y comprometiéndolo todo. En particular, y sobre todo, «la voz del corazón». Años más tarde, el poeta Celso Emilio Ferreiro me ratificaría aquella forma de actuar en las voces del grupo Aguaviva diciéndome: «O corazón é quen manda i eu obedezco». («El corazón es quien manda y yo obedezco».).


Aquel libro, que todavía conservo, fue, sin duda, el fundamento y la inspiración del que escribí veintisiete años después, titulado Música, canción y pedagogía; en el que el hermanamiento entre la «canción de autor» y la pedagogía ya era en mí un hecho consumado. En aquella publicación compartí una de las propuestas educativas de las que más satisfecho me siento, la llamé: «Sinfonía Pedagógica en Tres Tiempos». Más adelante hablaré de ella pero, de momento, he de reconocer que esos tres tiempos pedagógicos no son más que los que aprendí y viví en el que antes califiqué como itinerario de Marechal.


Vuelvo de nuevo a mis reuniones parroquiales de 1963 para evocar uno de los hechos o circunstancias que influyeron decisivamente en mi vida y, en particular, en mi vocación pedagógica. 

Una tarde observé que, al mismo tiempo que nos reuníamos los jóvenes, se reunía también un grupo de niños de entre 7 y 12 años coordinados por un «instructor». Pregunté si aquel grupo pertenecía también a la comunidad y me dijeron que sí, que era un grupo de «aspirantes», o sea, niños y niñas que se estaban preparando para ser jóvenes de Acción Católica. 

Las palabras «instructor» y «aspirante», desde el primer día que las escuché, no me gustaron nada. Quizá por ese motivo, o sencillamente porque así tenía que ocurrir, me sentí muy atraído por la dinámica y las actividades que estaba realizando aquel grupo de muchachos. 

Recuerdo muy bien que estaban desarrollando una campaña de formación y acción a la que llamaban «Construyamos nuestro mundo». Durante varias semanas les pedí que me permitieran participar en sus reuniones y, en muy poco tiempo, llegué a la conclusión de que lo de «aspirantes» no tenía ningún sentido. Les llamaban así porque se decía que aspiraban a ser jóvenes para poder adquirir un compromiso ético y social, pero observándoles y escuchándoles era evidente que aquellos niños no aspiraban realmente a nada, porque ya se estaban comportando como personas con deseos y capacidad de construir un mundo mejor. Varias veces pensé que a aquel proyecto o movimiento de chavales (¡que me entusiasmó!) se le debía cambiar el nombre.

Tanto me impliqué en aquel llamado «Aspirantado» que, a los pocos meses, me convertí en su responsable diocesano y a los pocos días estaba pidiendo un permiso en el Servicio Nacional del Trigo para poder desplazarme a Madrid del 28 de agosto al 2 de septiembre para participar en las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes.

Madrid surgió así, de forma inesperada, en mi horizonte y un 27 de agosto de 1964 me «eché a volar» hacia allí nervioso y entusiasmado. Realicé el vuelo en autobús, en la famosa «pava». Recuerdo la sensación de aire y de libertad que sentí en el momento en que atravesamos  Despeñaperros. ¡Emocionante!, ¡hermoso! «Al vent…, buscant la lum». 

Mientras tanto, Paco Ibáñez acababa de grabar en París su primer disco cantando a Góngora y a Federico García Lorca; un LP hermosamente ilustrado por Salvador Dalí. ¡Disco que pude acariciar y escuchar por primera vez pocos meses después!.


«Ismael» Peña Poza, de Torreadrada (Segovia), residiendo también en París, grabó en 1964 su primer LP titulado Canciones del pueblo. Canciones del Rey, por el que le fue concedido el Gran Premio del Disco de la Academia Charles Cros.


Mikel Laboa, cantautor vasco, grabó aquel mismo año su primer single en Bayona, publicado por la editorial Goiztiri: Azken, compuesto de cuatro canciones tradicionales: «Amonatxo», «Bereterretxen kanthoria», «Aurtxo txikia» y «Oi Pello». ¡Imposible imaginarme en aquel momento la admiración y la linda amistad que, pasado un tiempo, llegué a sentir y compartir con Mikel años después!


Y en Montevideo (Editorial El Siglo Ilustrado) se publicaba en castellano el libro Cantos de la Nueva Resistencia Española (1939-1961), de los periodistas italianos Sergio Liberovici y Michele L. Straniero. Publicado en italiano dos años antes, en sus páginas los autores recogían los resultados de una investigación que llevaron a cabo en 1961 en torno a los cantos populares que surgieron de forma espontánea y subversiva en España a modo de protesta y resistencia frente a la dictadura franquista a la vez que como expresión del deseo y la reivindicación popular de un futuro libre y democrático.


Fue en este libro donde me encontré, más tarde, con las primeras canciones de Chicho Sánchez Ferlosio que, por cierto, figuraban como anónimas; o con «Pueblo de España ponte a cantar», tema compuesto sobre un poema de Jesús López Pacheco que, en 1970, Adolfo Celdrán incorporaría a su primer LP Silencio).

INFORME SOBRE EL BLOG: “LA POESÍA Y SU UNIVERSO MUSICAL”

Tras más de cinco años de investigación sobre la poesía musicalizada y cantada de grandes autores como Migu...