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jueves, 11 de julio de 2024

MIS MEMORIAS BIBLIOGRÁFICAS (11): VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA (1963-1983). VOLUMEN 4: "DE UN TIEMPO, DE UN PAÍS" (1987)

Finalmente, el cuarto volumen de Veinte años de canción en España (1963-1983): De un tiempo y un país salió en 1987. Era el punto final de un gran proyecto y de una etapa muy importante en la historia de «mi vida entre canciones».


Tuve la suerte de que las cubiertas las ilustrase la pintora salmantina Isabel Villar. Artista plástica que, cinco años antes, había creado el lienzo que Fernando Trueba utilizó para el cartel de su película Mientras que el cuerpo aguante; documental sobre la vida, las canciones y el mágico universo imaginativo y creador de Chicho Sánchez Ferlosio.




El prólogo correspondió en esta ocasión al filósofo, catedrático de Ética y Sociología, y ensayista José Luis López Aranguren. Hombre radicalmente demócrata y apasionado por y para la libertad que, en 1965, fue expulsado de la universidad junto a Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo, acusados por Franco de incitar en sus clases a la subversión.


Yo siempre había sentido una muy profunda admiración hacia Aranguren, había leído y subrayado sus libros y me lo había encontrado más de una vez como espectador en los conciertos de los cantautores en Madrid durante los años de la transición. Fue precisamente en uno de esos conciertos donde me acerqué a saludarle y mantuvimos nuestra primera conversación. 



Recuerdo que Luís Llach viajó a Madrid para presentar su disco Astres (1986) en el teatro Monumental; maravilloso concierto del que pudimos disfrutar varios días. En aquellos tiempos era bastante habitual que los creadores catalanes, vascos o gallegos cantasen en Madrid; tenían bastantes posibilidades de hacerlo y un público que llenaba sus conciertos. Hoy por hoy, ese disfrute resulta cada vez más impensable en una ciudad que, como tantas otras, es capaz de llenar un polideportivo para escuchar a alguien que canta en inglés, pero que pasa casi absolutamente de descubrir y disfrutar la obra de creadores catalanes, valencianos, vascos o gallegos que componen y cantan en sus propias lenguas. Esto es algo que no puedo entender y que me cabrea bastante. 


El día del estreno de Astres, al llegar al teatro Monumental y sentarme en la butaca, me di cuenta de que dos filas más adelante estaba el profesor Aranguren. No pude reprimir las ganas de saludarle y, en el descanso del concierto, me acerqué a él. Hablamos no más de cuatro minutos y, con verdadera sorpresa y mucha alegría por mi parte, me dijo que tenía y había consultado alguna vez mis libros de Veinte años de canción en España. Jamás lo habría imaginado. Cuando terminó el concierto volvimos a vernos en el camerino saludando a Llach y José Luis me dio su teléfono. Me invitó a volver a encontrarnos para continuar nuestra conversación.



Esa misma semana llamé a Aranguren y quedamos en su casa. Me comentó que estaba escribiendo un nuevo libro de ensayos al que iba a titular Ética de la felicidad y otros lenguajes (que llegó a ser Premio Nacional de Ensayo en 1989) y a partir de ahí nos pusimos a hablar de la «canción de autor». Descubrí que en ese terreno compartíamos pasiones y convicciones. José Luis Aranguren era un verdadero adicto a la «canción de autor».


En el contexto de aquella conversación le propuse que me escribiera, si podía y le apetecía, el prólogo del cuarto volumen de Veinte años de canción en España que, además, cerraba el proyecto. Me dijo que sí. Le mandé el original. A los pocos días volvimos a encontrarnos en su casa y ya lo tenía.


En aquel prólogo había dos reflexiones que, desde que las leí por primera vez, me gustaron y me llamaron la atención.


Una de ellas es la utilización que hace Aranguren de la expresión «razón utópica», entendida como capacidad para pensar que un mundo mejor es posible y que, en consecuencia, merece la pena esforzarse por conseguirlo. Ya lo habíamos comentado antes en su casa: las canciones de los años sesenta, setenta e inicios de los ochenta alimentaron y fortalecieron la «razón utópica» de un amplio sector de la ciudadanía, o sea, alimentaron y fortalecieron nuestro pensamiento esperanzado. Ya nos lo cantaba y nos lo advertía precisamente Llach: «Si cal, refarem tots els signes ⁄ d'un present tan difícil i esquerp, / però no abarateixis el teu somni mai més» («Y si es preciso, reharemos todos los signos / de un presente tan difícil y arisco, / pero no empobrezcas tu sueño nunca más»). A partir de aquella reflexión de Aranguren cambié mi forma de pensar, de hablar y de escribir la palabra «utopía» por aquella expresión mucho más concreta y comprometida: la «razón utópica».


La otra reflexión que me impactó del prólogo de Aranguren fue la que formuló al inicio del último párrafo, referida al libro: «Es una bella historia de la España contemporánea a través de las canciones». Es cierto, lo he afirmado muchas veces y durante muchos años: en la actualidad y en el futuro, si alguien quiere conocer la verdadera historia contemporánea de nuestro país, tendrá necesariamente que acudir a la «canción de autor», crónica directa y clara del acontecer histórico de «un tiempo y de un país» durante los últimos años de la dictadura franquista y los años nada fáciles (y creo que aún sin cerrar) de la llamada transición democrática. Convicción que, años después, en 1998, dio título a otro de mis libros: Crónica cantada de los silencios rotos.


Seguidamente, reproduzco el prólogo del que venimos hablando:



«Llega la presente obra aquí a su cuarto y último volumen. Los dos primeros fueron dedicados, en una bien hecha repartición de materias, a los sentimientos fundamentales que animaron a la canción española y con los que ella animó a los españoles de los años sesenta y setenta: esperanza, ansia de libertad, búsqueda de una identidad y el amor. Yo no olvidaré nunca la presentación todavía en una política intimidad, si es que pueden casarse estas dos palabras, y desde luego en una intimidad políticamente asediada, que en la sesión de clausura de un congreso internacional nuestro sobre "nouveau roman" y el realismo social, hicieron José María Castellet y sus amigos catalanes de la cançó, de Raimon. Fue un acontecimiento memorable.


»Si la poesía, y en ella, y con ella, la canción, fue "un arma cargada de futuro", los sentimientos políticos suscitados por nuestros cantautores, lejos de oscurecer los problemas –despersonalización, emigración, guerra y violencia, destrucción de la naturaleza, pobreza, injusticia, marginación, lucha de clases, inmovilismo e hipocresía– los pusieron de manifiesto en pujante movimiento de solidaridad, estudiado en el tercer volumen de esta obra. Se tratará con él, nada menos que de hacer caer la "estaca a la que estábamos todos atados”. (A Lluís Llach, hoy buen amigo, lo conocí personalmente mucho más tarde que a Raimon, en el homenaje que ofrecimos en la plaza de toros de Valencia a Joan Fuster. Y por entonces conocí también a José Antonio Labordeta).



José Luis Aranguren con Joaquín Carbonell.


»Mas antes de empezar a hablar del presente volumen, quiero hacer una referencia al epílogo puesto por Antonio Gómez al segundo tomo. Entre tantas cosas agudas como él dice, quiero destacar la observación del nuevo y artificial papel al que, caída la dictadura, ya en la transición, quiso someterse el cantante, cuya función tiene poco que ver con la del político, y menos cuando este se conduce en plan electoral.


»El volumen que ahora aparece es, en su primera parte, el que estudia la canción desde un punto de vista más filosófico, o próximo a la filosofía, y quizá por ello pensó su autor en mí como su prologuista. Trata del sentido de la vida, el tiempo de vivir, la vida como opción liberadora, el sí a la vida; y, por su envés, de la muerte, "una luz que se apaga", la muerte asumida y anticipada y, en fin, la trascendencia de la muerte en la palabra y en el canto. Es, se diría, la gran diferencia entre la "nueva canción" y el "nuevo rock", al que también de refería Antonio Gómez en el mencionado epílogo, el cual, deliberadamente, está compuesto y contado "para pasar" y no "para quedar" o trascender. 


»La segunda parte de este volumen, menos filosófica, es, en cambio, más crítica de una temática concreta: la educación y la escuela, el campo, y, en general, la vida rural, su abandono y su crisis, por una parte; la vida del mar, los marineros y pescadores, por la otra.


»El libro se cierra volviendo, otra vez, a la filosofía poética "de un tiempo y un país", el nuestro, a la esperanza que nunca ha de perderse, el resumen de lo que, a lo largo de doce años, ha aportado la canción a la lucha contra la dictadura y al testimonio de lo que ella ha sido en estos ocho años de transición, hasta el 83, transición al cambio verdadero, que no acaba de llegar, y en cuya espera somos mantenidos por nuestra "razón utópica".


»Sí, una bella historia de la España contemporánea a través de su canción, además de una bella historia de la canción en España, es lo que Fernando González Lucini ha sabido darnos en los cuatro tomos de esta admirable obra».

martes, 2 de julio de 2024

MIS MEMORIAS BIBLIOGRÁFICAS (10): "VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA". TERCER VOLUMEN: "LOS PROBLEMAS SOCIALES Y LA SOLIDARIDAD" (1986)

El tercer volumen de Veinte años de canción en España (1963-1983), se publicó en enero de 1986 y se centraba en los problemas sociales y la solidaridad; problemas sociales como la despersonalización, la emigración, la guerra y la violencia, la destrucción de la naturaleza, la pobreza y la injusticia, o el inmovilismo y la hipocresía.


La cubierta la creó la grandísima e inolvidable pintora figurativa Amalia Avia, fallecida el 30 de marzo de 2011.


Cuando le hablé del libro a Amalia, me sorprendió a las pocas semanas con un óleo extraordinario en el que aparecen dos emigrantes con sus maletas en una estación de ferrocarril al comienzo de una desgarradora fuga hacia Irún para buscarse la vida en Alemania y encontrar la esperanza que en España se les negaba.




El prólogo lo escribió Manuel Vázquez Montalbán, escritor catalán hacia el que empecé a sentir una gran admiración en 1972 tras la lectura de su libro biográfico dedicado a Serrat, publicado en la colección Los Juglares de Editorial Júcar. Admiración que se acrecentó el día que tuve la oportunidad de disfrutar de su antología Cancionero general I, editado en Lumen también en 1972.


Aquel Cancionero general fue, y sigue siendo, otro de los libros de referencia de «mi vida entre canciones». Recuerdo que cuando pude comprarme el primer tomo y leí el prólogo pensé: «A mí me gustaría ser como este señor y hacer con la “canción de autor” algo similar a lo que él ha hecho con el cancionero popular del franquismo entre 1939 y 1975». Fue así como Vázquez Montalbán se convirtió en el investigador enamorado de la canción que me sirvió de modelo y que, desde entonces, he tenido siempre presente en mi trabajo.


Pasado el verano de 1985, un buen día (de los buenos no, ¡de los buenísimos!) me invitaron a ir a Barcelona a una cena que iba a celebrarse con Mario Benedetti en la Brasserie Flo con motivo de la publicación de dos discos de canciones basadas en sus poemas: El Sur también existe, de Serrat; y A dos voces, con Daniel Viglietti (obra grabada en directo en Buenos Aires). Por supuesto, aunque fue un viaje relámpago, acudí a la cena. Antes de salir de Madrid me enteré de que en la cena también iba a estar Manuel Vázquez Montalbán, así que decidí llevarme a Barcelona los dos primeros volúmenes de Veinte años de canción en España para regalárselos y expresarle con ellos mi admiración.

Al final de la cena, hablé con Manuel y le di los libros. Me preguntó si habría un tercero y le dije que sí. Fue él mismo quien me propuso que, si quería, le mandara el original, porque estaría encantado de prologarlo. ¡Menuda alegría! Y, ¡claro!, el original viajó al día siguiente a Barcelona. A los pocos días me mandó el siguiente texto al que tituló: «La ambición documental de Fernando González Lucini».


«Solo alguien que en su tiempo, hace ya mucho tiempo, trató de ofrecer a la ciudadanía de este país un inventario de lo que el pueblo había cantado entre 1939 y el infinito, está en condiciones de entender el esfuerzo de Fernando González Lucini por inventariar la canción popular española, hija de la cultura de masas. La búsqueda del sexo de la canción popular tenía sentido hasta hace veinte o treinta años. ¿Qué era canción popular hace veinte o treinta años? Pues residuos en retroceso de la canción tradicional y una memoria viva o latente de las canciones vulgarizadas por los medios de comunicación de masas. Fue nuestra promoción, la de los escritores treintañeros al final de los años sesenta, la que reivindicó la canción de consumo como una huella de la sentimentalidad colectiva y descubrió que eran más sintomáticas de un temple popular que una canción tradicional definitivamente arqueologizada por la radio, el cine o la televisión.


»Ante la crítica sociológica, o simplemente aristocrática, de que la canción de consumo era una inculcación externa de una sensibilidad artificial, promovida por el poder político o por la industria de la canción, había que aceptar estas dos evidencias, pero también la de la función social que había ejercido y ejercía la canción de consumo. Al margen de la intencionalidad del inculcador, había que valorar el uso que hacía el inculcado y, valorando el uso, se descubría que el público se había apropiado sobre todo de canciones que le ayudaban a identificarse o vaciarse de las iras abstractas. En el feed-back del público había muchas veces otra lectura bien diferente de la que podía hacer el sociólogo crítico: era la lectura del que no tiene a Eliot para expresarse a través de él o de Jorge Guillén, sino las canciones de Rafael de León o de Manolo Escobar o de los Sirex o de quien sea. Inventariar la canción de consumo significa poner las bases para la comprensión de la evolución de un tono social, entre la espontaneidad de la oferta y la demanda y los acondicionamientos de una cultura dirigida por un poder totalitario bajo el franquismo y por un poder industrial multinacional bajo la democracia.


»Mi empeño de hace quince años, mucho menos ambicioso que el de Lucini, se vio condenado a un relativo fracaso por culpa de la Sociedad General de Autores que presionó a la editorial en demanda de derechos de autor por las canciones reproducidas, demanda utópica que llevó a Esther Tusquets ante el posible paredón de la insolvencia y al segundo tomo de mi Cancionero General a un limbo casi definitivo. Celebro que Lucini haya encontrado circunstancias mejores y que haya trabajado más y mejor que yo para ofrecer al público de hoy y al de mañana un censo importantísimo de lo que los españoles han cantado, e insisto en que lo han cantado, aunque haya sido en silencio.


»Nada quiero añadir a lo que otros epiloguistas o prologuistas han escrito para los volúmenes anteriores de la Summa Cantora de González Lucini, pero sí quisiera señalar la importancia del que tenemos entre manos, porque recoge el documento de esa "otra canción" cargada de buenas intenciones históricas.


»La Nova Cançó catalana, de la que el recopilador traduce abundantes muestras en este libro, abrió la vía de una canción popular crítica que influyó en otros lugares de España. Estas canciones pueblan el bajofranquismo de contenidos que apuestan por otra visión de la realidad y, en definitiva, por otra realidad. Abordando la crítica de las estructuras y de las relaciones sociales y psicológicas existentes, estas canciones forcejeaban con los códigos de la verdad establecida y contribuían al doble juego de reflejar la España oculta por la información y la cultura oficial y divulgar nuestras visiones de los hechos, las personas y las cosas que reeducaban la conciencia democrática y crítica de la ciudadanía. Fernando González Lucini ha recurrido a una clasificación temática del análisis de los contenidos y ha escogido, o mejor dicho, ha encontrado, familias de temas predominantes: la despersonalización, la emigración, la guerra y la violencia, la destrucción de la naturaleza, la pobreza y la injusticia, el inmovilismo y la hipocresía, la solidaridad.


»Más que el resultado de una investigación, parece un programa de lucidez y rearme ético de la sociedad. Y es que las canciones son a la vez paisaje de un tiempo, huella de quienes las cantaron y fotografía de los suspiros tolerados o prohibidos de una sociedad».


Años después, en el 2000, Manuel Vázquez Montalbán volvió a publicar su Cancionero general con el título de Cancionero general del franquismo (1939-1975) en una preciosa edición de la editorial  Crítica. Me lo regalaron mis hijos y, leyendo el nuevo prólogo que encabezaba el libro, me llevé la gran sorpresa, unida a un tremendo agradecimiento, de que me citaba y, además, muy cariñosamente. 

Refiriéndose a la evolución de la canción popular en España posterior a 1975, escribía lo siguiente:


«Pero esta es otra guerra que dejo a la responsabilidad ajena. Desde 1972 han aparecido dos obras singulares: la trilogía de González Lucini [evidentemente, Manuel no conocía el cuarto tomo] Veinte años de canción en España, dedicada a glosar la canción del periodo 1963-1983, espléndido análisis crítico, y los glosarios fenomenológicos y anecdóticos de Manuel Román: Canciones de nuestra vida y Memorias de la copla.


Cuando allá en 1983 inicié con tantas dificultades e ilusiones el proyecto de Veinte años de canción en España, nunca pude imaginarme que me iba a dar tanto reconocimiento y tantas generosas gratificaciones.


jueves, 27 de junio de 2024

MIS MEMORIAS BIBLIOGRÁFICAS (9): "VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA". SEGUNDO VOLUMEN: "LIBERTAD, IDENTIDAD Y AMOR" (1985)

El segundo volumen de Veinte años de canción en España (1963-1983), editado en abril de 1985, se centra fundamentalmente en la libertad, la identidad y el amor, temas a los que añadí otros dos complementarios: el profundo valor del sentimiento y la amistad. La ilustración de la cubierta la creó Rafael Alberti, el prólogo lo escribió Gabriel Celaya y el epílogo, titulado «De la crisis y la renovación», corresponde al periodista Antonio Gómez.

Cuando terminé el original de este segundo volumen pensé que me encantaría que lo prologase Rafael Alberti, uno de los poetas que más se había musicalizado y cantado en aquel momento. Lo pensé y decidí intentarlo. 


Conocía muy poco a Rafael, solo de encontrarnos en algunos actos organizados en el Instituto Cultural Andaluz. 


Sabía que por entonces el poeta vivía en un piso de la Plaza de los Cubos, en la zona madrileña de Princesa, y que por las tardes solía bajar a merendar o a cenar a la cafetería del VIPS que había debajo de su casa. En la librería de aquel VIPS vendían algunas de sus obras y el poeta, con gran amabilidad, solía dedicárselas a las personas que las compraban.


Una tarde decidí presentarme en aquella cafetería con el original del libro, acercarme a Rafael, hablarle del proyecto que estábamos poniendo en marcha y decirle que me encantaría que me prologase el segundo volumen que estaba a punto de editarse.



Cuando Alberti vio que me acercaba, no me reconoció, pensó que era alguien que iba a solicitarle un autógrafo, lo que le hizo mostrarse sonriente y amable; pero cuando le expliqué quién era y lo que en realidad quería, no os podéis hacer ni idea del cabreo que se pilló. Reacción que justificó diciéndome a gritos que lo estábamos explotando, que no le dejábamos en paz y que no iba a escribirle prólogos a nadie más, sobre todo si encima se lo pedíamos gratis. La verdad es que en aquel momento la situación económica de los poetas comprometidos con los derechos humanos y la democracia era insostenible.


El enfado fue tan estruendoso que yo me sentí absolutamente avergonzado y no supe qué hacer ni dónde meterme. Entonces, para intentar calmarle, ingenuamente, se me ocurrió decirle: «Rafael, no te enfades y perdona. Olvídate de lo que te he dicho y no te preocupes. Le pediré el prólogo a Celaya que como es buen amigo seguro que me lo escribe». En aquel momento ya conocía a Gabriel Celaya, teníamos una gran amistad.



Cuando Rafael escuchó aquello se enfadó aún más: «¡Celaya, Celaya! ¡Claro que te lo escribirá! ¡Y a lo mejor sin leerse el libro!». Y entonces yo, sin saber cómo salir de aquella situación, intenté despedirme y largarme; pero entonces, cambiando totalmente de tono, me dijo el poeta: «¡Espera! ¡Déjame el libro y pásate mañana por mi casa».


Al día siguiente, fui a su casa, me recibió él mismo y, nada más saludarme, me entregó un sobre y me dijo: «Toma, esto para ti, para que lo pongas en tu libro. Pero no lo abras ahora, ábrelo si quieres en el ascensor. Y que el prólogo te lo haga Celaya o quien sea». Nos despedimos y nada más salir de su casa leí lo que me había escrito en el sobre: 


Abrí el sobre y descubrí que lo que él había llamado «eso» era el hermoso dibujo de una paloma rodeado de un pequeño poema que recogía maravillosamente el contenido global de aquel segundo volumen:



De la casa de Rafael, inmensamente feliz, me fui directo a la de Gabriel y Amparo. ¡No salíamos del asombro! Después de reírnos y charlar un buen rato, Celaya me dijo: «Aprovecha y pon el dibujo de Rafael en la portada, y el prólogo que yo te iba a escribir para el volumen dedicado a los problemas sociales te lo hago para este». Y dicho y hecho. A los pocos días, Gabriel me mandó su prólogo acompañado de una tarjeta en la que ponía: «Querido amigo. Te envío el prólogo que te prometí. Ya me dirás si te sirve. Perdona mi pésima mecanografía. Llevo sesenta años dándole a la máquina y todavía no he aprendido. ¡Abrazos!»


Aquel prólogo decía así:


«Creo que mi condición de vasco y el hecho de que la poesía de mi país, precisamente por su carácter originario eminentemente oral –poesía más cantada y salmodiada que leída o escrita– contribuyó a que con esa agresividad típica de la juventud me dirigiera contra el pobre Gutenberg y contra la imprenta. Algún fondo de razón tenía. La poesía, tanto en la Grecia Clásica como en la España Medieval y en mil otros lugares, siempre nació unida a la música y al canto. Pero también sería una simplicidad que junto a ese "mester de juglaría", a cuyo renacimiento asistimos hoy en día, se desconociera el "mester de clerecía", es decir, una poesía escrita y quizá un poco marisabidilla que surgió poco más tarde. A mi modo de ver, lo importante no es optar entre una y otra forma de expresión, sino recordar, como toda la historia de la poesía no los demuestra en nuestro país y en cualquier otro, que siempre hubo una mutua y recíproca influencia de ambas formas de expresión y que si la canción popular revitalizó mil veces la poesía sabia, esta, además de aprovecharla, la llevó a altos resultados de los que, en último término, la canción utilizó también mucho.


»La gran ventaja de la poesía oral o cantada sobre la poesía leída radica en que el oído es el más primario, directo y total de nuestros sentidos. El primero que experimentan los niños y el último que pierden los agonizantes. Pero también es cierto que leer, precisamente porque nos es tan fácil y tan inmediato como oír, exige un esfuerzo de atención que nos lleva a profundizar en los textos más de lo que percibimos en una primera lectura. En este sentido, quiero decir que al releer los textos que creía conocer y que Fernando González Lucini ha recopilado, me he dado cuenta de que hay muchos mejores de lo que me parecieron cuando los oí de pasada. Y esto, a fin de cuentas, confirma que, como antes decía, los creadores de la canción popular no ignoraban la poesía culta de su época, sino que la cantaban a su aire y con su modo propio, revitalizándonos a los escritores. Aunque creo que nosotros también les ayudábamos a ellos.


»Creo que el trabajo que está realizando Fernando González Lucini tiene un valor inmenso, no solo porque es un documento esencial para comprender nuestra época, sino porque además de que tiene un valor poético en sí, nos muestra el camino de un nuevo género literario que yo presentía allí en mi juventud y que hoy día es una realidad. Yo pensaba, y creo que tenía razón, que la poesía cantada estaba llamada a renacer, porque si la imprenta había estado a punto de enterrarla, los nuevos medios de comunicación –radio, televisión, tocadiscos, micros, altavoces, etcétera– estaban llamados a resucitar esa forma de expresión que tan antigua parecía en cierto momento, y que tan actual y llena de porvenir ha llegado a ser en nuestro tiempo.


»En el libro que ahora prologo se habla de la libertad, de la identidad y del amor. Se habla de temas que el hombre lleva, ha llevado y llevará siempre dentro mientras viva. Responde así a algo que hace treinta o más años yo pedía: "Cantemos como quien respira". Porque eso es la libertad, porque eso es el decir quiénes somos, porque eso es el amor: Respirar o cantar. Porque ambas cosas son la misma: Poesía».



La presentación de este segundo volumen la hicimos en Alcalá de Guadaira (Sevilla), el 13 de junio de 1985, a las nueve de la noche. Estuvo organizada por la Consejería de Cultura de Andalucía y el Ayuntamiento de Alcalá. Fue un encuentro inolvidable en el que participaron Luis Eduardo Aute, Joaquín Sabina, Luis Pastor, Carlos Cano, Gualberto, Antonio Gómez y Lole y Manuel. Recuerdo a Alba Molina muy pequeñita y preciosa (aún no había cumplido los siete años) correteando por allí. Hoy Alba es una magnífica cantora. Me tiene completamente enamorado con el disco que grabó en 2016 dedicado a sus padres: Alba Molina canta a Lole y Manuel. ¿Y cómo no recordar también en este momento a Manuel, que nos dejó en mayo de 2015? 


Aquel día, después de la presentación, me consta que se organizó un fiestón en la plaza de Alcalá. Carlos Cano y yo nos la perdimos porque aquella misma noche nos tuvimos que ir en coche a Sevilla para hacer con Jesús Quintero su inolvidable y mágico programa El loco de la colina.

sábado, 15 de junio de 2024

MIS MEMORIAS BIBLIOGRÁFICAS (8): "VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA". PRIMER VOLUMEN: "DE LA ESPERANZA/APÉNDICES" (1984)

El primer volumen de Veinte años de canción en España (1963-1983), editado en septiembre de 1984, lo dediqué al tema de la esperanza, sin duda uno de los valores que más se han cantado en nuestro país. Incluye también varios apéndices, entre ellos, una aproximación global al nacimiento y a los contenidos básicos desarrollados por la «canción de autor» en esos años; así como una enumeración clasificada de las más de tres mil canciones aparecidas a lo largo de la obra.



Las ilustraciones de la cubierta y de la contra fueron creadas por Luis Eduardo Aute, y el prólogo me lo escribió Antonio Gala.

Decía en el "cuelgue" anterior que cada volumen de Veinte años de canción en España tiene su propia historia, y es cierto. Son cuatro historias relacionadas con sus prólogos que creo que merece la pena compartir.


Yo nunca me pude imaginar, por ejemplo, que Antonio Gala acabaría escribiendo un texto dedicado a mi trabajo en 1984. Aquel mismo año había publicado su Trilogía de la libertad, libro en que recogió tres de sus más reconocidas obras teatrales: Petra regalada, La vieja señorita del paraíso y El cementerio de los pájaros; y ya había editado Charlas con Troylo donde recopilaba sus artículos publicados en el El País Dominical con ese mismo título.



Tonona y yo admirábamos profundamente a Antonio. Habíamos visto y disfrutado sus obras de teatro y éramos fieles seguidores de sus artículos en el El País Dominical. A mí lo que más me sedujo siempre de él fue su permanente clamor a la esperanza, aun en los momentos más dolorosos de sus escritos siempre aparecía un destello de luz y un horizonte.


Aquel año, 1984, en la planta baja de mi casa (vivíamos en la calle Doctor Gómez Ulla de Madrid) tenía su sede el Instituto Cultural Andaluz al que yo pertenecía y del que, además, era miembro de la junta directiva. Sede que, en realidad, se componía de un salón no muy amplio, un despacho y un cuarto de baño que bien podríamos llamar «mini-wáter». 


El 28 de febrero de 1984, a última hora de la tarde, organizamos una fiesta en el Instituto para celebrar el Día de Andalucía. Entre los invitados estaba Antonio Gala, al que no conocía en persona.


A aquella celebración del Día de Andalucía acudieron muchas más personas de las que habíamos previsto, incluido Antonio. El piso se llenó por completo. En un momento determinado de la fiesta, pasadas las doce de la noche, Pedro Martínez Montávez (presidente del Instituto) me dijo que Antonio Gala tenía necesidad de ir al baño y que, como yo vivía en la quinta planta, si no me importaba que subiera un momento al de mi casa. El del local del Instituto, después de pasar tanta gente por allí a lo largo de la tarde, estaba bastante asqueroso.


Por supuesto, le dije que sin problemas. Se lo sugerimos a él y aceptó encantado. Y allí me tenéis subiendo con Antonio Gala en el ascensor. Antes no había podido intercambiar ni una palabra con él. Cuando llegamos al quinto piso, tocamos al timbre (no me había bajado la llave) y, de repente, Tonona abrió la puerta con cara de sueño para encontrarse de golpe y porrazo con Antonio Gala en carne y hueso, con bastón incluido. ¿Era un sueño o una realidad? Pues sí, una realidad. 


Antonio entró en nuestro baño y cuando salió de hacer sus necesidades nos comentó que le habían gustado mucho unas cerámicas de Sargadelos que teníamos justo en la pared, encima de la taza del retrete. Creo recordar que nos contó que estaba escribiendo precisamente la biografía del marqués. Estuvimos charlando un rato y luego Antonio y yo volvimos a la fiesta. 

Al bajar en el ascensor no pude resistir la tentación y le conté que estaba a punto de publicar un libro sobre el valor de la esperanza tal y como se había planteado en la «canción de autor» a lo largo de los últimos veinte años. Inmediatamente después, antes de que el ascensor parara, le dije que me haría inmensamente feliz si pudiera leer mi original y, si le gustaba y le parecía oportuno, escribirme un prólogo. Os aseguro que las piernas me temblaron por mi juvenil atrevimiento. 


Sorprendentemente, me dijo que le mandara el original al día siguiente, que lo leería y que ya me contaría. ¡Me quedé mudo! Volvimos a la fiesta y cuando finalizó, antes de salir, Antonio me dio una tarjeta con su dirección y me dijo: «¡Mañana lo espero!». Y claro, ¡desde luego que se lo llevé! No pude dormir en toda la noche de los nervios.


A la semana de dejarle el original en su casa, me llamó por teléfono su secretario para decirme que a Antonio le había gustado muchísimo el libro y que pasara a recoger el prólogo que me había escrito. Me fui para allá corriendo. Cuando llegué, la persona que me abrió la puerta me dijo que Antonio estaba fuera, pero que había dejado un sobre a mi nombre. (¡Y mi corazón a tope!). Ya en la calle no me pude resistir, abrí el sobre y me encontré una preciosa carta manuscrita y el siguiente texto mecanografiado y firmado:


«Uno de los dos rieles por donde circula toda mi obra –sin el cual descarrilaría– es la esperanza. (El otro es la búsqueda de la justicia. Entre ambos, aparte de mi obra, sostienen algo mucho más importante: La libertad). Pero cuando hablo de esperanza no me refiero a una actitud sedente, paralizada, alucinógena. No la confundo jamás con la vana ilusión, que es una esperanza acariciada sin fundamento, la sitúo cerca de la "ilusión real", esa hermosa contradicción humana de la que, como de otras muchas contradicciones, alimenta sus verdes cánticos la vida. Para mí, la esperanza –a menudo lo he dicho– es una virtud bajita e inquieta, una virtud con las piernas muy cortas que, no se sabe cómo, arrastra tras de sí y con la lengua fuera a sus hermanas, más altas e importantes, la fe, la caridad, la prudencia, la fortaleza, todas.


»Si hay algo que distinga tajantemente al ser humano de todos lo demás –incluidos Dios y los ángeles– es su capacidad de esperanza. De una esperanza activa y consoladora, esa certeza de que los momentos más negros de la noche son los que preceden precisamente al alba. Cuando el contenido copioso y abigarrado de la caja de Pándora se desvanecía, quedó en su fondo un último rehén: el brillo de la esperanza, un patrimonio que el hombre usa en exclusiva mientras su vida dura. Porque cuando concluye la esperanza, sobreviene la muerte verdadera. Mientras hay vida hay esperanza, decimos. Y es verdad. Y también es verdad lo contrario. Lo que empuja a la muerte, lo que mata, no es la desesperación –cuyo oscuro ímpetu es todavía cosa de la vida, su desmelenamiento, su alarido–, sino la desesperanza, cotidiana vanguardia de la muerte.


»¿Qué sería del mundo si no hubiera esperanza? ¿A santo de qué se movería, en qué dirección, con cuál  motivo? Se ha pretendido, a veces, que la esperanza es la minadora del presente, el aplazamiento que –por mirar al futuro– deja escapar la flor de hoy. En ese sentido de frágil remisión "sine die", de vergonzante delegación, no uso yo la palabra. Más aún, la detesto. Sin embargo, creo que apenas el presente existe sin su proyección hacia el futuro –un futuro más grande, más abierto, más noble, más alegre– en que cada instante comienza a convertirse.


»Este libro, para el que escribo con tanto amor las líneas iniciales, es una prueba de cuanto venero. No se trata en él de recoger unas esperanzas acobardadas, reacias, contentadizas. Se trata de ofrecernos un ramo de esperanzas sonoras, vociferantes, contestatarias. Se trata de una esperanza en marcha, que se echó a cantar por las caminos apasionadamente. Porque si ella es el sabor de la vida, también es cierto que la vida en ocasiones –largas, largas a veces– no amarga. Y es preciso sacarnos su amargura, a gritos, de la boca. Eso hicieron los hombres y mujeres cuyas canciones recopila y ordena este libro, contagiarnos desesperadamente su esperanza.


»Prologarlo, por tal causa, era un deber para mi conciencia y una feliz necesidad para mi corazón. Es difícil que un libro de sociología equivalga, en una época coronada de espinas, al libro que el lector tiene en sus manos. Para dar las gracias a quienes lo protagonizan y al enamorado coleccionador de tanta humanidad, estampo aquí mi firma. No tiene más mérito que ser esperanzada y solidaria como lo que es esta obra».


Como habréis podido comprobar, la generosidad manifestada por Antonio Gala hacia mi persona fue inmensa. Nunca sabré cómo agradecérsela. Lo que sí hice fue encargarle a unos amigos gallegos que me mandaran unas cerámicas de Sargadelos iguales a las que tenía en mi baño y regalárselas… A partir de aquel día mantuvimos una bonita amistad. 


Verdaderamente, la vida, cuando menos te lo esperas, te sorprende, y cuando así ocurre a uno no le queda más remedio que acordarse de Violeta Parra y cantar con ella su "Gracias a la vida".


lunes, 9 de octubre de 2017

UNA LOCA Y APASIONANTE AVENTURA: «VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA (1963-1983)».

(Texto tomado del capítulo 19 del libro 
"Mi vida entre canciones")

En el año 1983, mientras publicaba la biografía de Carlos Cano y poníamos en marcha la Asociación de la Música Popular, inicié también una aventura apasionante. Quizá de las más apasionantes que he vivido en «mi vida entre canciones». Me refiero a los tres años que dediqué a la creación y posterior publicación de los cuatro volúmenes de «Veinte años de canción en España (1963-1983)».


En aquel momento, mientras mi casa se iba llenando de vinilos (todos relacionados, directa o indirectamente, con la «canción de autor»), en mi sensibilidad y mi memoria auditiva se acumulaban miles de canciones que revoloteaban alborotadas. Era como si aquel universo sonoro, musical y poético, me hubiera invadido definitivamente. Canciones que se entremezclaban y se fundían entre sí, aportando cada una, desde su individualidad, nuevos matices y perspectivas a las otras. Y todo ello introduciéndome en el conocimiento sensitivo de la realidad, o sea, de la vida, sin racionalismos; a golpe de sentimientos y latidos. 

Aquel acercamiento activo que mantuve con nuestra «canción de autor» fue tan intenso y tan plural, que llegué al convencimiento (que hoy sigo manteniendo) de que, con el paso de los años, nada relacionado con la vida y la existencia humana le había sido ajeno. O lo que es lo mismo, que toda la realidad humana, en todas sus vertientes y manifestaciones, había sido cantada.

Frente a este convencimiento, que en realidad era una intuición, sentí la necesidad de comprobarlo objetivamente y pensé que la mejor forma de hacerlo era a través del análisis y la clasificación temática de esas miles de canciones para, luego, relacionarlas entre sí, buscar sus posibles complementariedades y, a partir de ahí, elaborar un pensamiento global referido a cada uno de los temas seleccionados. De hecho, en 1975, en el libro «Nueva canción: disco fórum y otras técnicas», ya había iniciado algo similar, aunque con menos discos y menos canciones.

El trabajo a realizar estaba claro y era una investigación realmente provocadora. Tenía muy claros sus objetivos y disponía de una gran parte del material discográfico que necesitaba para iniciarlo. El problema que se me planteaba era cómo llevarlo a la práctica. Era un trabajo muy intenso y, teniendo en cuenta los medios de que disponía en aquel momento, resultaba una auténtica locura, sobre todo teniendo en cuenta que, por ejemplo, en aquel momento no podía disponer de un ordenador y no me quedaba otra alternativa que acudir a la más pura artesanía. Menos mal que ahí estuvieron Tonona, que se entregó al proyecto en cuerpo y alma (sin ella habría sido imposible) y María José Garralón, amiga de toda la vida y amante de la «canción de autor» gallega que nos estuvo ayudando en todo lo que pudo.

Ilustraciones de Luis Eduardo Aute
para el primer volumen de "Veinte años de canción en España"
y de Amalia Avia para el tercer volumen.

Diseñamos una ficha que incluiría la letra de cada canción, su autor, el disco al que pertenecía y la referencia temática. Si la canción estaba compuesta en catalán, en euskera o en gallego, la ficha se duplicaba, una en castellano y otra en la lengua correspondiente. Imprimimos varios miles. Nos compramos unos ficheros metálicos donde poder ir guardándolas debidamente clasificadas y ¡a trabajar! 

Lo primero que hice fue un listado de temas relacionados con la identidad humana (sobre todo desde la perspectiva de los valores básicos) y con la realidad social vivida en aquel momento en nuestro país. Temas que, a lo largo del proceso de investigación, se fueron concretando y ampliando. Entre ellos, la libertad, la igualdad, el amor, la solidaridad, la amistad, el miedo, la vida y la muerte; o temas relacionados con problemas concretos como la pobreza, la represión, la guerra, la violencia, la emigración y la destrucción de la naturaleza.

A partir de ahí nos pusimos a trabajar intensamente en la elaboración del fichero. Nuestra hija Dácil había nacido y ya éramos seis en la familia.

En el curso de la investigación fueron surgiendo problemas que tuvimos que afrontar con mucha imaginación e invirtiendo todos nuestros ahorros. Tuvimos que buscar y pagar a traductores para los textos catalanes, vascos y gallegos que en los discos no venían en versión castellana; tuvimos que transcribir canciones escuchándolas varias veces porque las letras no se incluían en las carpetas de los discos; realizamos varios viajes para ampliar la información y comprar algunos discos importantes que nos faltaban y que eran difíciles de conseguir en Madrid. En fin, un trabajo duro y de muchas horas que en realidad nos resultó muy gratificante. Tonona y yo éramos muy conscientes de que merecía la pena lo que estábamos haciendo.

De aquellos viajes que hicimos para completar la información y nuestra discoteca recuerdo en especial, por lo mucho que me impactó, el de San Sebastián. Conseguimos una entrevista con Antton Valverde, tremendo cantautor del que me había hablado Xabier Lete. Nos citamos en el taller de artes gráficas que dirigía y el encuentro fue sencillamente maravilloso. En poco tiempo me ofreció una visión global deslumbrante de la canción vasca. ¡Cuánto aprendí aquel día y cuánto se reforzó en mí la admiración que ya sentía por la canción en euskera! Al día siguiente nos pasamos toda la mañana y parte de la tarde buscando y comprando los discos que Antton nos había recomendado. Compramos hasta quedarnos sin un céntimo e inmediatamente nos volvimos a Madrid. Recuerdo el regreso devorando aquellas carpetas y deseando llegar a casa para poder escuchar los discos: Maite Idirin, Txomin Artola, Aitor Badiola, Iñaki Eizmendi, Errobi, Gorka Knorr, Imanol, Oskorri, Peio Ospital y Pantxoa Carrere, Urko. ¡Y muchas más traducciones por hacer!

Pasados varios meses, cuando tuvimos hechas y clasificadas la mayoría de las fichas, me puse a trabajar en cada uno de los temas seleccionados. Primero analizaba el contenido poético de cada canción y anotaba el aspecto o la dimensión temática que abordaba; después establecía las relaciones temáticas que me iba encontrando entre ellas y, por último, redactaba un ensayo sobre el tema propiamente dicho que incluía los textos poéticos que lo fundamentaban. Redacción escrita a máquina, corregida y vuelta a escribir. Ese fue realmente el momento en que sentí la necesidad de darle las gracias a la vida por haberme permitido aprender mecanografía durante el tiempo que estudié para perito mercantil. Como ya conté anteriormente, esa fue la única asignatura que me interesó en mi paso por la Escuela de Comercio.

Ilustraciones de Isabel Villar
para el cuarto volumen de "Veinte años de canción en España"
y de Rafael Alberti para el segundo volumen.

Mientras realizaba todo ese trabajo, primero me preocupó y luego llegó a obsesionarme qué hacer con los resultados de aquella investigación para que no se quedara en casa o, en otras palabras, qué hacer para darla a conocer y compartirla. En aquel momento empezaba a tener muy claro que el resultado que iba obteniendo era de tal magnitud que superaba con creces la posibilidad de publicarlo en un solo libro. Pensaba que, en caso de editarse, habría que hacerlo, al menos, en cuatro volúmenes.

Inmerso en aquella preocupación y rodeado en casa de fichas, discos y canciones, tuve la suerte de conocer a otro maravilloso personaje que compartía muchas de mis locuras, Javier Aisa. Javier era el coordinador del consejo de redacción de la Editorial ZERO de Madrid (Grupo Cultural Zero), una editorial que había surgido durante la transición y que era heredera ideológica de la mítica editorial ZYX que había sido clausurada a la fuerza por el gobierno en 1969. Le conté a Javier la investigación que estaba haciendo y él, que también amaba la «canción de autor», me propuso publicar el proyecto en su editorial aunque teniendo en cuenta que era una empresa pequeña, prácticamente familiar, y con muy pocos medios. No obstante, le pareció bien lo de publicarlo en cuatro volúmenes. El trabajo realizado, según él, lo merecía. Como os podréis imaginar, sin dudarlo ni un segundo y sintiéndome un ser de lo más afortunado, le dije que sí y firmamos el contrato.

Y así fue. A la investigación la llamamos «Veinte años de canción en España (1963-1983)» y la publicó el Grupo Cultural Zero en cuatro volúmenes que fueron saliendo anualmente entre 1984 y 1987. 

Dos años después, Javier Aisa, por desgracia, tuvo que cerrar la empresa y los libros pasaron a formar parte del catálogo de Ediciones de la Torre. Jose María Gutiérrez de la Torre, su fundador y director, reeditó los cuatro volúmenes en 1989. La vida ha sido buena y tierna conmigo, jamas podré agradecerle su generosidad tanto como se merece.

NOTA: UNO de los ejemplares de estos libros –totalmente agotados– voy a ofrecerlo próximamente como "recompensa muy especial" dentro de la campaña de "verkami" que he lanzado recientemente para hacer posible el libro-disco "EN LA RAÍZ DEL SILENCIO. CON ANTONIO MATA". Ver la campaña en el siguiente enlace: 

CADA VEZ QUE CONTEMPLO UNA IMAGEN DEL DOLOR Y DE LA DESGARRADORA Y CRUEL INJUSTICIA QUE ESTA VIVIENDO "CUBA Y EL PUEBLO CUBANO" SE ME ROMPE EL ALMA...

... se me saltan las lágrimas, me desespero por la impotencia y siento un infrenable ODIO –¡sí! odio!- hacia el repugnante  Donald Trump y s...