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sábado, 6 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 13.



Siempre lo he dicho, y lo mantengo: A lo largo de los prácticamente cincuenta años en que vengo amando y reivindicando la "canción de autor" en ningún momento he querido ser (nunca me lo he propuesto) un crítico musical especialista en ese género. ¡No me interesa! ¿Quién soy yo para criticar la calidad del trabajo de nadie? ¿Con qué criterios? 

Para mi, cada día más, el criterio esencial de calidad (yo diría el único) que considero imprescindible en relación a la expresión artística, en cualquiera de sus manifestaciones, no es más que uno: LA EMOCIÓN. "Me emociona", o "no me emociona". Quizá pueda parecer un criterio demasiado simplista, subjetivo y personal, pero qué le vamos a hacer, esa es mi posición ya inmodificable a estas alturas de la película

No, yo nunca he sido, ni voy a ser un crítico de la "canción de autor"; soy simplemente uno de sus cronistas, sin duda, de los más apasionados. He contado su historia y su evolución desde diferentes perspectivas; la he reivindicado y defendido siempre y a través de todos los medios posibles como un género con características propias; y me encanta y siento la necesidad de apoyar, recomendar y difundir todas aquellas canciones, y a aquellos cantautores o cantautoras, que consiguen emocionarme cuando crean belleza y conjugan en armonía palabra, música, sensibilidad y bien cantar. No me importa el tema desarrollado en la canción: con el amor y para la pasión, o contra la violencia y la injusticia, me es igual. ¡Pero que consiga emocionarme!


Esta forma de pensar no siempre es bien comprendida y aceptada, sobre todo por algunos cantautores y cantautoras jóvenes. Hay en algunos de ellos tanto ombliguismo y tanta prepotencia que si un día comentas, o les dices, "no me emociona (o sea, no me gusta) lo que compones y lo que cantas", inmediatamente reaccionan afirmando, con altas dosis de "cabreo" (llegando incluso a negarte el saludo), que les estás criticando. Alguno de ellos incluso me ha llegado a decir que le estaba insultando. ¡Es lamentable!

Pues no, yo no soy crítico, ni quiero serlo. Soy un cronista de la "canción de autor" como género musical y poético; lo que, por supuesto, no me impide sentir y decir, en privado y a quien me apetezca, "me emociona" o "no me emociona", "me gusta" o "no me gusta". Eso sí, también tengo muy claro que no voy a dejar de apoyar, recomendar y difundir apasionadamente aquello que me emocione y que me guste (que es mucho). De lo demás, como dice la copla, "prefiero olvidarme".

Hecha la anterior aclaración, creo que necesaria, voy a dedicar este capítulo de "mi vida entre canciones" a evocar el momento y las circunstancias en que empecé a escribir y a publicar mis primeras crónicas periodísticas.

Ya en los años sesenta escribí algunos artículos (simples colaboraciones muy esporádicas) sobre la relación entre la música y la pedagogía en publicaciones como Mundo Obrero, Triunfo, o Cuadernos para el Diálogo, donde tuve la suerte y el inmenso placer de conocer y mantener una entrañable relación con grandes y admirables hombres como Enrique Miret Magdalena o Joaquín Ruiz Jiménez.


Pero, en realidad, mi primera experiencia periodística más sistemática la inicié, en octubre de 1976, en un periódico escolar editado en Sevilla con un nombre que nunca me gustó, pero que sin duda fue una publicación tremendamente innovadora, me refiero al periódico escolar Saeta Azul que fue galardonado con el Premio Nacional de Prensa Infantil y Juvenil en 1975.

Unos meses después de publicar el libro Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas, recibí una carta en el ICCE, procedente de Sevilla, en la que Manuel Suárez Piñero, editor del periódico escolar Saeta Azul, me solicitaba una entrevista. La verdad es que aunque aquello de la "saeta" y del "azul" no me sonaba muy bien, y me producía, inconscientemente, un cierto rechazo (me hacía recordar a la "Falange Española de las Jons" que tanto detestaba), me cité con él en mi casa y mantuvimos una larga entrevista.

Manuel Suárez Piñeiro me mostró el periódico y me informó de que su fundador, en 1973, y su director, desde entonces, era José María Javierre; periodista (en aquel momento también director del El Correo de Andalucía), hacia el que, sin conocerle personalmente, yo sentía una gran admiración. Hombre de tremenda sensibilidad democrática, magnífico escritor, defensor apasionado de los derechos humanos, y sacerdote rebelde y crítico. (Antonio Lorca, también periodista, llegó a calificarle como "la sonrisa seductora de la Iglesia")

He de decir que, con sola esta información que Piñeiro me proporcionó, mi rechazo previo al periódico, por culpa de su nombre, empezó a desaparecer. Con un fundador y director como Javierre era totalmente imposible que aquella publicación tuviera ningún tipo de connotación llamémosle "derechista", y, por supuesto, aún menos, falangista. Es más, ya desde aquel momento, sentí que iba a ser para mi un gran honor poder conocer y trabajar cerca de un gran periodista como José María.

Después el editor me explicó que Saeta Azul era el primer periódico escolar que se había publicado en España; que salía quincenalmente, y que llegaba a cientos de colegios, y de alumnos y alumnas, fundamentalmente de toda Andalucía.

En concreto, y descendiendo ya al motivo central de la entrevista, Suárez Piñeiro me hizo llegar el deseo de José María Javierre de que yo pudiera colaborar quincenalmente en el periódico con una sección monográfica dedicada a la "canción de autor". El proyecto me pareció muy atractivo y necesario (siempre llevar la canción a la escuela ha sido una de mis obsesiones) y acepté su solicitud asegurándome de que sería totalmente libre no solamente en la creación de la nueva sección, sino, y sobre todo, en la selección y en el desarrollo de sus contenidos. Por supuesto (así era Javierre) les pareció lógico y hasta positivo mi planteamiento y acordamos que en pocos días les mandaría una propuesta para iniciar la colaboración en el curso escolar 1976-1977.

Aquella propuesta, que fue aceptada inmediatamente, consistió en la creación de una sección a la que llamamos Nueva Canción que ocuparía completa la última página del periódico, y en la que, cada semana, haríamos una amplia presentación de la obra (un LP) de uno de nuestros cantautores o cantautoras; presentación, planteada como una especie de "guía para la audición", que se complementaría quincenalmente con unas actividades, o sugerencias didácticas, para poder trabajar dicha obra discográfica en el aula.

Os aseguro que aquel fue uno de los trabajos más hermosos y más gratificantes que he hecho en mi vida; creo que llegó a ser una experiencia innovadora y verdaderamente revolucionaria, sobre todo pensando en los años y en el contexto social y político en que pude desarrollarla. (Ya me gustaría a mi que en este momento se estuvieran realizando iniciativas similares.)

Hace unas semanas, cuando decidí escribir Mi vida entre canciones, empecé a buscar en mis archivos algún ejemplar de aquel periódico escolar y lamentablemente no lo encontré. Es probable que se perdiera en algunos de los varios traslados de casa que he vivido a lo largo de los años pasados. (Sé perfectamente que tenía guardados en una carpeta todo los ejemplares en los que colaboré). 

Al no encontrarlos tomé la decisión de ir a la Biblioteca Nacional, donde se conserva una muy completa hemeroteca, para intentar reencontrarme con aquella documentación que personalmente considero de gran valor histórico

En la Biblioteca Nacional, afortunadamente, me encontré con todos los ejemplares de Saeta Azul en los que había colaborado. ¡Qué vértigo! ¡Fue muy emocionante; hasta se me saltaron las lágrimas! Aquellos periódicos sí que eran presencias y realidades tangibles de Mi vida entre canciones

Como no me permitieron ni hacer fotocopias, ni fotografías, me pasé varias horas tomando notas con las que voy a intentar rescatar lo que fue aquella experiencia: 

Escribí quincenalmente en Saeta Azul desde la segunda quincena de octubre de 1976, a la primera quincena de marzo de 1978. Un total de 24 artículos. (Hay que tener en cuenta que durante las vacaciones escolares el periódico no se publicaba.)

El primero de aquello artículos, que fue la presentación y el despegue de la sección "Nueva Canción", lo inicié con la siguiente introducción que, hoy por hoy, pasados tantos años, sigo suscribiendo palabra por palabra. (No olvidemos que iba dirigida a niños y adolescentes en situación de escolarización y que estamos hablando del año 1976):

«Iniciamos hoy esta nueva sección de Saeta Azul dedicada a la música de juventud y la iniciamos pensando mucho en ti porque sabemos que la música te entusiasma. ¿No es cierto?. Queremos ofrecerte y conseguir dos cosas fundamentales: Por una parte presentarte una serie de discos que se van editando y que nos parece son interesantes, y, por otra, darte y daros a todos sugerencias sobre como un disco, una música, una canción puede ser muy importante para vuestra formación porque cuando la canción es buena y posee calidad siempre tiene algo que comunicarnos, un mensaje que transmitirnos, una experiencia que el autor o el intérprete quiere darnos a conocer, y que hemos de saber captar y asimilar.

Piensa que la música y la canción es una forma de lenguaje, una forma extraordinariamente bella de expresión, una forma de recreación de la vida y no solo un producto más de consumo y entretenimiento. Por supuesto hablamos de la "buena canción", no de ese gran conjunto de canciones que no dicen nada y que nada tienen que ver con la vida y con los problemas reales de las personas, de los jóvenes o de ti mismo.» 

Introducción, de aquel primer artículo, que iba seguida de la reseña del disco de Miguel Ríos. La huerta atómica, y de la propuesta de actividad correspondiente.

A continuación voy a realizar una relación de los titulares correspondientes a los 24 artículos que escribí y publiqué en el periódico Saeta Azul. Creo que en su conjunto nos ofrecen una visión bastante completa de nuestra "canción de autor" a mediados de los setenta:

• 1ª quincena de octubre de 1976: Miguel Ríos. La huerta atómica.
• 2ª quincena de octubre de 1976: La canción satírica y las charangas. Forgesound.
• 1ª quincena de noviembre de 1976: León Felipe y sus intérpretes.
• 2ª quincena de noviembre de 1976: Los Juglares y su idilio con la poesía. (LP: Está despuntando el alba de Miguel Hernández.)


• 1ª quincena de diciembre de 1976: Luis Pastor. La voz del pueblo. (LP: Vallecas.)
• 2ª quincena de diciembre de 1976: Un nuevo año de canciones (Resumen anual).
• 2ª quincena de enero de 1977: Canciones para un niño nuevo.
• 1ª quincena de febrero de 1977: En dirección del viento con Mercedes Sosa.
• 2ª quincena de febrero de 1977: Taburiente  o el folclore vivo de un pueblo. (LP: Nuevo cauce.)
• 1ª quincena de marzo de 1977: Los comuneros de Nuevo Mester de Juglaría.
• 2ª quincena de marzo de 1977: Carlos Cano y la nueva canción andaluza. (LP: A duras penas.)
• 1ª quincena de abril de 1977: La Bullonera: Aragón tiene la palabra.
• 1ª quincena de mayo de 1977: Miro Casabella. Ti Galiza.
• 2ª quincena de mayo de 1977: Maria del Mar Bonet y el folklore balear.
• 1ª quincena de junio de 1977: Víctor Jara. Derecho a vivir en paz.
• 1ª quincena de octubre de 1977: Abiertos al futuro con José Antonio Labordeta. (LP: Labordeta en directo.)
• 2ª quincena de octubre de 1977: Manuel Soto Sordera. Cantes de la calle nueva.
• 1ª quincena de noviembre de 1977: El apasionante lenguaje musical de Jordi Sabater.
• 2ª quincena de noviembre de 1977: Fuxan os Ventos. O tequeletequele.
• 1ª quincena de diciembre de 1977: Luis Eduardo Aute. 24 canciones breves.
• 2ª quincena de diciembre de 1977: Buena música y canciones para vacaciones. (Marina Rosell, La Fanega, Lole y Manuel, Joaquín Carbonell, Luis Pastor, Indio Juan, Oskorri, etc.)
• 1ª quincena de febrero de 1978: La Fanega. Voz del pueblo castellano leonés.
• 2ª quincena de febrero de 1978: Misa campesina nicaragüense. Carlos Mejía Godoy.
• 1ª quincena de marzo de 1978: A la luz de los cantares de Carlos Cano.

Concretamente el último artículo, dedicado a Carlos Cano (por cierto, último que escribí en Saeta Azul) lo finalizaba con el siguiente texto dedicado, como diría Blas Infante, a la "patria andaluza":

«Y ahora solo me queda recomendados la audición de las canciones. Seáis de donde seáis, compararlas con eso que se llama "folclorismo andaluz" y juzgar, contrastar y opinar. Y, sobre todo, intentar penetrar, gustar, percibir y sentir esa realidad de país que se llama Andalucía.»

Recuerdo que fue con motivo de la publicación de este artículo cuando conocí personalmente a Carlos Cano, y como a partir de aquel encuentro iniciamos una gran amistad que desembocó en la escritura de su biografía que publiqué en 1983, o sea, cinco años después.

Carlos Cano.

Colaborando en el periódico Saeta Azul, un buen día de febrero de 1977, hablando con Luis Suárez Rufo, que en aquel momento era mánager de Luis Pastor, me propuso que le sustituyera como cronista musical en la revista Noticias Obreras (boletín de la HOAC). (Imposible olvidar a Rufo en Mi vida entre canciones. Se nos fue en el año 2004, pero aquí sigue, en mi universo afectivo y en el de la "canción de autor". Rufo poseía una hermosa y profunda humanidad; compartíamos un gran amor hacia la música; y ha sido, sin duda, un personaje clave –en la sombra– en la historia de nuestra canción popular durante los años setenta y ochenta.)

Rufo en aquel momento estaba saturado de trabajo y le resultaba imposible mandar puntualmente a Noticia Obreras el artículo quincenal que venía escribiendo y publicando desde hace tiempo; fue en esas circunstancias en las que me pidió que le sustituyera; propuesta que me encantó, sobre todo, porque se me abría la posibilidad de escribir y dirigir mis crónicas a un mayor número de personas que nada tenían que ver directamente con el mundo educativo.


El primer artículo quincenal que publiqué en Noticias Obreras estuvo dedicado al grupo canario Taburiente y salió en marzo de 1977 (compaginándolo con mi colaboración en Saeta Azul). 

Curiosamente, el último que escribí, en junio de 1982, lo protagonizó también Carlos Cano. Se tituló Carlos Cano, desde dentro. Recuerdo perfectamente que en aquel momento ya había iniciado mis conversaciones con María de Calonje para escribir su biografía de Carlos y publicarla en la colección Los Juglares, de Editorial Júcar, que ella dirigía. 

miércoles, 3 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 12.



En el ICCE se editaban varias revistas y una colección de libros llamada Educación 96 en la que, poco antes de que yo me incorporara como colaborador, había publicado uno de sus títulos Ricardo Cantalapiedra, concretamente Música pop y juventud. Libro que en muy pocos meses tuvo que ser reeditado.


Ricardo Cantalapiedra, nacido en León, era en aquel momento un magnífico y muy popular cantautor que, como tantos otros jóvenes democráticos y antifranquistas, había surgido de las llamadas "comunidades cristianas de base". Personalmente le conocí y entablamos una buena amistad coincidiendo con el inicio de mi colaboración en el ICCE. En aquel momento Ricardo había publicado varios discos de gran calidad en los que se fundían una tremenda sensibilidad hacia los valores y los derechos humanos, con una directa y muy lúcida capacidad crítica traducida musical y literariamente dentro del género de la sátira. Entre esos discos merece la pena destacar, y no olvidar, tres: El profeta (1972), De oca en oca y canto porque me toca (1973) y En casa de la Maruja (1975).


Hablando una tarde con Ricardo y con la persona que dirigía la colección Educación 96, me propusieron que escribiera un libro recogiendo mis puntos de vista sobre la relación entre la "canción de autor" y la pedagogía, y sobre las técnicas y experiencias que en ese sentido estaba trabajando con niños, jóvenes y educadores. 

No me lo pensé mucho y les dije que sí, ¡que adelante! Inmediatamente me puse a pensar y a ordenar los contenidos que podría tener aquel libro, y en poco más de dos meses lo tuve terminado y entregado. Le llamé Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas

Nada más terminar de escribir aquel libro sentí la necesidad de dedicárselo a los cantautores y cantautoras que, en aquel momento, tanto me habían acompañado con sus canciones, y que tanto me habían hecho sentir. Aquella dedicatoria decía así: «A la autenticidad, a la lucha por la verdad, por la libertad y el amor, a Elisa Serna y Labordeta, a Víctor Manuel y a Ana, a Adolfo Celdrán y Gerena, a Cantalapiedra y a Luis Pastor, a María del Mar Bonet y a Paco Ibáñez, a Pablo Guerrero y a Pi de la Serra, a Lluís Llach y a Amancio Prada, a Aute y a Hilario Camacho, a Raimon y a Rosa León y a tantos otros que hoy "son canto y mañana serán vida", con mi fe, compartida con muchos, en su autenticidad y su lucha siempre adelante.»

El libro (hoy difícil de encontrar) lo dividí en tres partes: La primera, más teórica, presentando la relación que debería existir y establecerse en las programaciones escolares entre la canción y la pedagogía. La segunda la dediqué a ofrecer algunas técnicas, o recursos didácticos, para trabajar en ese sentido en las aulas o con planteamientos extraescolares. Y la tercera parte, dedicada a ofrecer una selección de discos y de canciones, agrupadas por temas, que podrían ser escuchadas y trabajadas a través de las técnicas o recursos propuestos.


Hoy, cuarenta años después, al reencontrándome con aquel libro, me encanta constatar que en su tercera parte ya ofrecí entonces una inicial selección de canciones agrupadas por temas, que, en realidad, fue el antecedente (en aquel momento impensable para mí) de lo que en 1984 sería la base de los cuatro volúmenes que escribir con el título genérico de Veinte años de canción en España (1963-1983) y a los que haré referencia más adelante. 

De la misma forma, a través de este reencuentro con mi primer libro, he descubierto (lo tenía olvidado) que concluye con una selección discográfica sobre el flamenco que le solicité a José María Velázquez Gaztelu, prestigioso flamencólogo con el que sigo teniendo una buena amistad. (Siempre he destacado, y lo seguiré haciendo, las muchas y muy hermosas incursiones que han realizado los grandes cantaores y cantaoras flamencas en el universo de la "canción de autor": El Cabrero, Gerena, Morente, Menese, Camarón, José y Vicente Soto, Diego Clavel, Luis Marín, Carmen Linares, Mayte Martín, Miguel López, Calixto Sánchez, El Lebrijano, Niño de Elche, Miguel Poveda, Fraskito y un largo etcétera.)

Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas., lo presentamos en diciembre de 1975, en una de las aulas del ICCE, apadrinado por Ricardo Cantalapiedra, Víctor Manuel San José y Ana Belén. Recuerdo que también participaron en el acto Patxi Andión y el dúo Los Juglares, integrado por Ángeles Ruibal y Sergio Aschero. (Por cierto, al mes siguiente, organicé un concierto de Los Juglares, en el ICCE, en el que nos presentaron su disco Está despuntando el alba, dedicado íntegramente a la poesía de Miguel Hernández.)

Asociadas a la publicación de este primer libro hay dos anécdotas que me gustaría compartir:

Estaba ya el original del libro en imprenta y a punto de publicarse, cuando una noche Tonona y yo acudimos a uno de los conciertos de Amancio Prada en el Pequeño Teatro (TEI) de la calle Magallanes, de Madrid, donde presentó su disco Vida e morte (1974), editado inicialmente en Francia por la discográfica La Boîte à musique. 



A mi, la voz, la presencia, la música y las canciones de Amancio, por lo que hasta entonces había escuchado, me gustaban muchísimo. Aquel día, durante el concierto me dejó sencillamente fascinado; tanto, que a la salida pude hacerme con una fotografía suya tocando la guitarra y pensé que esa, y no otra, tenía que ser la que ocupara la portada de mi libro. 

A la mañana siguiente llamé muy temprano a la imprenta para solicitarles por favor que retiraran, si fuera posible, la cubierta que les había mandado, para sustituirla por un nueva, que iba a hacerles llegar, en la que había decidido cambiar la imagen. Me pusieron todo tipo de pegas para hacerlo, pero al final lo aceptaron, eso sí, haciéndome saber que ese parón supondría un retraso en la salida del libro. No me importó, merecía la pena. 

Hace unos días me comentaba Amancio que tras aquellos conciertos en el Pequeño Teatro decidió trasladarse a vivir a Segovia, y que estando allí alguien, que no recuerda, le llevó mi libro. «Me sorprendió muchísimo. Me asombró que alguien reparara en mi hasta ese punto de ponerme en la portada de su libro.» Evidentemente para mi, aquel gesto, en aquel momento, era imprescindible.

La segunda anécdota que me apetece compartir ocurrió poco después. El día 19 de noviembre de 1975, por la mañana, me llamaron del ICCE para decirme que a media tarde tendría los primeros ejemplares de mi libro y que, si quería, pasara a recogerlos. Llegada la tarde me fui para allá todo nervioso. Fue muy emocionante. Lo recuerdo bien: tocar, ver, oler y pasar las páginas de uno de aquellos libros (mi primer libro) me produjo un placer inmenso. Y allí, en la cubierta, estaba, por fin, la imagen de Amancio Prada retocada en amarillo.

Regresé a casa, lo celebramos, y al día siguiente me desperté muy temprano. Era 20 de noviembre. Tenía muchas ganas de enseñarle el nuevo libro a mis amigos y alumnos. Y, mira por donde, ¡que casualidad!, antes de salir de casa nos llegó, primero el rumor, y enseguida la confirmación, de que Francisco Franco había muerto. 


Ante la noticia no lo dudé ni un momento, me fui a Aula Nueva (donde se decidió suspender las clases) con mis libros debajo del brazo y al medio día, durante la comida fundimos, con un brindis, una doble celebración: la salida del libro y el que aquel día podría ser el final de una cruel dictadura. Fue una coincidencia que nunca he olvidado.

Sobre el libro Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas se publicaron varias reseñas en prensa y en revistas pedagógicas, que me hicieron muy feliz. Siempre es una alegría que se reconozca y se valore tu trabajo. De aquellas reseñaS voy a reproducir, seguidamente, tres fragmentos:

«Dentro del apasionante mundo de la música, en estos momentos más que en ningún otro, está naciendo en nuestro país, con una fuerza auténticamente imparable, el fenómeno de la nueva canción popular. La canción que se hace postura frente a las inquietudes, esperanzas, aspiraciones, búsquedas y problemas del pueblo y de los hombres que viven en él. Una canción, que rompiendo con el comercialismo y los fáciles textos y arreglos musicales, se hace grito y portavoz de una realidad que a todos nos interpela e implica: nuestra propia realidad más existencial, nuestra propia vida.

Se trata, en síntesis, del nacimiento de un nuevo lenguaje, de una nueva forma extraordinariamente bella y comprometida de expresión, que crea un cauce también nuevo de comunicación popular. Un nuevo cauce sencillo y espontáneo a partir del cual el hombre puede no sólo autoeducarse, sino incluso llegar a un encuentro consigo mismo y con lo que está latiendo de una forma más o menos consciente en su intimidad.

Paralelamente a ese fenómeno sociocultural y en torno a él, están surgiendo secciones especializadas en revistas y periódicos, así como diferentes obras que lo abordan en uno u otro sentido. Una de esas obras es el libro "Nueva canción: Disco-forum y otras técnicas", de Fernando González Lucini.» (Revista Yelda. Diciembre 1976.)

«Educación y música pop son dos términos que han parecido, y aún parecen, antagónicos a muchos […]. Trabajos como el que reseñamos de Fernando González Lucini puede hacer que se desmorone esa opinión, porque a lo largo de esta breve y concisa obra abre perspectivas inéditas a los educadores para el empleo de esta música con fines formativos.

Y son los Labordeta y Llach, los Celdrán y Aute, las Serna y Bonet y toda esa larga serie de cantantes que se han planteado su oficio con unas miras distintas de las listas de éxito, quienes aparecen continuamente. Fernando González Lucini logra así desdoblar su libro en obra imprescindible para educadores conscientes del lenguaje que emplea el joven de hoy, y en guía valiosa para quienes pretenden adentrarse en un tipo de música que la mayor parte de las veces debe emplear medios paralelos de difusión, por las dificultades que encuentran en los cauces normales.» (José Ramón Pardo. "Blanco y negro". 17 de enero de 1976.)

«Los pueblos (nuestros pueblos de España) van a cantar en vasco o en gallego, en catalán o en castellano. […] Si los políticos entendieran de música y juventud, si leyeran, pongamos (es un poner), tu capítulo "la canción y la música, experiencia y medio de comunicación interjuvenil", a lo mejor un día se estudiaba en las Cortes un documento sobre la nueva canción.» (Demetrio González. "Revista de Pastoral Juvenil". Diciembre, 1975.)

lunes, 1 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 11.



Si como decía Don Miguel de Unamuno, y yo siempre lo he creído, «el pueblo necesita que le canten, que le rían y que le lloren mucho más que el que le enseñen», evidentemente uno de los primeros retos que se me plantearon como maestro, una vez que al fin, terminada la mili, pude iniciar con tranquilidad el curso 1974 - 1975 en Aula Nueva, fue incorporar la "canción de autor" en mis clases, o sea, integrarla, siempre que fuera posible y sin forzarlo, en los procesos de enseñanza y aprendizaje que cotidianamente programaba.

Fue entonces cuando, trabajando con alumnos de 10 años, quinto de E.G.B., empecé a buscar y a seleccionar canciones que fui incorporando en mis clases de Lengua y Literatura, en Ciencias Sociales –entonces se le llamaba Conocimiento del Medio–, en Educación Artística y por supuesto en las clases de Religión y de Ética, que en algún momento, años después, se reforzaron con el área de Educación del Comportamiento Afectivo-Social, y, más recientemente, con la polémica, y para mí imprescindible, Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos.

En aquel mismo curso escolar, y con planteamientos extraescolares, empecé también a trabajar con alumnos de secundaria la técnica del disco-forum; la creación de montajes audiovisuales, con diapositivas, a partir de los sentimientos suscitados y de las situaciones planteadas en determinadas canciones; y un seminario permanente sobre "canción de autor" centrado en la audición, análisis y disfrute de la obra de determinados cantautores (algunos totalmente desconocidos para quienes participaban en el seminario); y en el conocimiento y la interiorización de los planteamientos descritos o reflejados, a través de la "canción de autor", sobre experiencias o temas monográficos como la libertad, la solidaridad, el amor, la esperanza, la paz, el racismo, la pobreza, la emigración o la soledad.


Hoy en día, pasados más de cuarenta años, me resulta profundamente gratificante recibir, a través de las redes sociales, mensajes o correos de antiguos alumnos de los años setenta que todavía recuerdan aquellas clases y, que me aseguran, lo cuál me resulta muy emocionante, que fue en aquellos momentos, y a partir de entonces, cuando empezaron a descubrir este género al que llamamos "canción de autor" hacia el que, de alguna forma, continuaban sintiéndose interesados.

He de decir que en realidad, todas aquellas iniciativa pedagógicas no me fueron difíciles de emprender gracias a que, ya a mediados de los setenta, mi discoteca personal crecía por días con discos que me compraba siempre que podía, o que me empezaron a mandar algunas casas discográficas que tomaron la decisión empresarial de apoyar la "canción de autor", y que se sintieron interesadas por mi trabajo. (Hay que tener en cuenta que en aquel momento este tipo de canción tenía un mercado amplio que comercialmente resultaba rentable.)

Entre aquellas empresas discográficas estaban, por ejemplo, Edigsa, que continuaba editando prioritariamente a los grandes autores catalanes, y que creó los sellos Herri-Gogoa, para ediciones en euskera, y Xistral, para autores gallegos. (Jamás olvidaré a Cucha Salazar que, en aquel momento era la representante y el alma de Edigsa en Madrid, y que años más tarde creó, junto a Mario Pacheco, la magnífica discográfica Nuevos Medios).

Destacar especialmente también ¡como no! el trabajo discográfico que desarrollaron a mediados de los setenta dos empresas que fueron claves para la promoción y el desarrollo de la "canción de autor" en nuestro país: Movieplay y Ariola. Movieplay  con la creación del sello GONG, dirigido y producido por Gonzalo García Pelayo con las colaboraciones de Antonio Gómez y Julio Palacios; y Ariola con el sello PAUTA dirigido por Charo García (¡cuántos preciosos ratos compartidos!) con el asesoramiento de José Manuel Caballero Bonald. (En este momento, mirando hacia atrás y hacia adelante, tengo que citar también el trabajo y la sensibilidad de grandes hombres relacionados con el universo discográfico de la "canción de autor" como Alain Milhaud, Manolo Díaz o Manolo Domínguez.)


Entre los discos, atesorados en mi discoteca, que solía utilizar en las clases y en las actividades pedagógicas a lo largo de los años 1974 y 1975 estaban, por ejemplo, los siguientes: Cantar i callar y Tiempo de espera, de Labordeta. Silencio y 4444 veces por ejemplo, de Adolfo Celdrán. A pesar de todo y De paso, de Hilario Camacho. Los primeros LP's de Cecilia. A cántaros y En el Olympia, de Pablo Guerrero. 24 canciones breves, Rito y Espuma, de Aute. Cada vez más cerca, Apocalipsis y La casa de San Jamás, del grupo Aguaviva. Dame la mano, Todos tenemos un precio y Cómicos de Víctor Manuel. Con viento fresco, de Julia León. Nuestra Andalucía y Andalucía vive, de Jarcha. De alguna manera y Al alba, de Rosa León. Retratos, Once canciones entre paréntesis, Palabra por palabra o Como el viento del norte, de Patxi Andión. De oca en oca y canto porque me toca y En casa de la Maruja, de Ricardo Cantalapiedra. Heliotropo y el primer álbum de Vainica Doble. Desde Santurce a Bilbao blues band y Las madres del cordero, de Moncho Alpuente. Todo está muy negro (disco colectivo) y Fidelidad, de Luis Pastor. Tierra y Calle del Oso, de Ana Belén. Cantes del pueblo para el pueblo y Cantes andaluces de ahora, de Manuel Gerena. Homenaje flamenco a Miguel Hernández, de Enrique Morente. Desde Para piel de manzana a Ara que tinc vint anys, pasando por Miguel Hernández y Dedicado a Antonio Machado de Serrat. Ara i aquí, Com un arbre nu, A l'Olympia, I si canto trist y Viatje a Itaca, de Lluís Llach. De A l'Olympia a Qu`volem aquista gent, de Maria del Mar Bonet. De Campus de Bellaterra a Disc antològic de les seves cançons, de Raimon. Tot l'enyor de demà y Onze cançons amb esperança, de Xavier Ribalta. És tard, de Joan Isacc. Cançó de carrer, de Ramón Muntaner. De Salvat-Papasseit a Un entre tanta, de Ovidi Montllor. De A l'Olympia a Triat i garbellat, de Pi de la Serra. De Visca l'amor a Guillermotta en el país de las Guillerminas, de Guillermina Motta. Ahi ven o maio, de Luis Emilio Batallán. …Eta maita herria, üken dezadan plazera, Oro laño mee batek… y el primer LP de Benito Lertxundi. Bat-Hiru y Bertolt Brecht, de Mikel Laboa. Los primeros LP's de Xabier Lete y Lourdes Iriondo. Canto la poesía de mis compañeros, de Soledad Bravo. Fulgor y muerte de Joaquín Murieta y Caraballo mató a un gallo, de Manuel Picón y Olga Manzano. Aquí donde nos ven y Canciones de amor armado, de Claudina y Alberto Gambino. De Poemas y canciones a A mis amigos, de Alberto Cortez. Y los primeros discos que nos llegaron de Horacio Guarany, Facundo Cabral, Mereces Sosa, Víctor Jara, Atahualpa, Violeta Parra, Daniel Viglietti, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés.

A todos aquellos discos se unían también los grabados fuera de España, o en el exilio.

Hondarribia.

los años setenta Tonona y yo, con los hijos, solíamos pasar todo el verano en Hondarribia (entonces le llamábamos Fuenterrabía), y aprovechando que teníamos muy cerca la frontera con Francia solíamos pasar a Hendaya, por Irún, para comprar aquellos discos que en nuestro país estaban totalmente prohibidos. A veces incluso nos desplazábamos hasta Biarritz para conseguirlos. Encontrarlos y comprarlos era fácil, lo peor era luego colarlos por la frontera. Al final, acudiendo a todo tipo de triquiñuelas (como cambiarles sus fundas por otras de Sara Montiel o de Julio Iglesias; o esconderlos furtivamente debajo de las alfombrillas de los coches) siempre conseguíamos pasarlos.

Entre aquellos discos del exilio logré incorporar a mi discoteca, entre otros, la serie España de hoy y siempre. Los unos por los otros, de Paco Ibáñez; Canciones de la resistencia española, de Chicho Sánchez Ferlosio; Vida e morte, de Amancio Prada; Quejido, de Elisa Serna; Canciones de España y de América Latina, de Carmela; Canciones del pueblo. Canciones de Rey y Aprés le silence, de Ismael; La guerra civil española y Miguel Hernández, de Paco Curto; Orain borronean y Herriak ez du barkatuko, de Imanol; Chansons de Lorca, de Mara; Manifiesto y Volver, no es volver atrás, de Pedro Faura (seudónimo de Bernardo Fuster); Guanyarem, Ganaremos, de Joan & José; El hombre nuevo cantando, de Pedro Ávila; y los discos colectivos Galicia canta (LP grabado en Venezuela en 1970 con la participación de Benedicto, Xavier González del Valle, Xerardo Moscoso, Miro Casabella, Guillermo Rojo, Xoán Rubia, y Xulio Formoso), Contra la muerte. Espagne en marche (grabado en París, en 1974, por Elisa Serna, Imanol y Michel Arbatz), y Cerca de mañana (LP editado Francia en 1972 el que participaron Benedicto, Imanol Larzabal, Pablo Guerrero, Adolfo Celdrán, Julia León, Elisa Serna, Lluís Llach, Bibiano, Suso Vaamonde, Xavier Ribalta, Luis Mendo y Emilio Martínez.)

Gracias a la celebración del seminario permanente sobre "canción de autor", al que antes hacía referencia, y a través de uno de sus participantes, tuve la oportunidad de entrar en contacto con Demetrio González, director del ICCE (Instituto Calasanz de Ciencias de la Educación) que estaba situado en la calle Eraso 3 de Madrid; centro que tenía, entre una de sus prioridades, la realización de cursos y actividades enfocadas a la formación del profesorado. 

Tras varias conversaciones con Demetrio y su equipo, acordamos poner en marcha mi colaboración con el objetivo de incorporar la música y la "canción de autor" en sus programas formativos.

A partir de aquel día empecé a colaborar en las revistas del ICCE, presentando y comentando determinados discos, e iniciamos un curso sobre el tema de "La música y la canción de autor en el aula" dirigido a profesoras y profesores de Secundario y Bachillerato.


De aquel primer curso, que fue realmente muy interesante, tengo un recuerdo que seguidamente voy a compartir porque creo que es muy significativo de lo que suponía la represión y la censura en aquel momento. Momento especialmente crítico (mayo de 1975) porque ya empezaban a circular noticias e informaciones de que Franco estaba muy enfermo y en estado muy grave.

Una tarde planteamos en el curso el tema de la "libertad" y su presencia en la "canción de autor". Hacía mucho calor, y teníamos las ventanas del aula abiertas de par en par. Estábamos escuchando, concretamente, el Canto a la libertad, de José Antonio Labordeta, cuando, de repente, entró en el aula el recepcionista del Centro con dos policías. Por lo vistos dichos policías estaban haciendo "la calle" por Eraso, escucharon que salía por nuestra ventana un canto –ellos nos dijeron "un grito"– a la "libertad", y decidieron que aquello era inadecuado y no estaba permitido. Por mucho que intenté explicarles quiénes éramos y lo que estábamos haciendo, no me hicieron ni caso. Nos mandaron desalojar el aula y, sin más ni más, me confiscaron todos los discos que ese día había llevado al curso. Nunca más volví a recuperarlos. Después intentaron que el curso se suspendiera y no lo consiguieron; al día siguiente lo continuamos celebrándolo en otra aula y ¡eso sí! con las ventanas cerradas.

Pocos meses después, el 20 de noviembre, murió Franco. Aquel día fuimos muchos los que nos creímos que por fin había llegado el momento de lo que, tan apasionadamente, nos anunciaba Labordeta: «Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad.»

sábado, 30 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 10



Ya con el título de maestro, Carmina Pascual, gran amiga y directora del colegio madrileño Aula Nueva en el que ya había colaborado como auxiliar en 1967, me ofreció trabajo y, por supuesto, acepté. Pero, en realidad, tendrían que pasar casi tres años para que pudiese empezar a dar clase de forma estable y definitiva. Como todos los «españolitos» varones, tenía que hacer la mili (¡me niego a llamarlo servicio militar!) que en aquel momento duraba dos años, era obligatoria y resultaba una absoluta pérdida de tiempo, sobre todo para personas como yo que, desde muy pequeño, he rechazado la violencia, he odiado las guerras y las armas y, en ese sentido, he adquirido una clara y definitiva vocación de desertor y antimilitarista.

Teniendo en cuenta aquella circunstancia, empecé a dar clases en Aula Nueva en el curso 1970-1971, consciente de que al curso siguiente, después de solicitar y agotar todas las prórrogas posibles, no me iba a quedar más remedio que regalar dos años de mi vida a los militares. Menos mal que, como después contaré, trampeé la situación como pude y conseguí que aquel tiempo llegara a ser bastante más útil y hasta más apasionante de lo que podía haberme imaginado.

El 6 de abril de 1971, aprovechando las vacaciones de Semana Santa, Tonona y yo decidimos casarnos y lo hicimos en Tenerife. Ese mismo día nos volvimos a Madrid y celebramos la noche de bodas en casa de mi madre aprovechando que ella, que fue la madrina, se había quedado a pasar unos días más en Tenerife. 

No hicimos viaje de novios, en primer lugar porque no teníamos dinero y, en segundo, porque habíamos alquilado un mini piso vacío justo al lado del de mi madre y teníamos que amueblarlo y acondicionarlo a ser posible antes de que yo tuviera que volver al colegio.

Jamás olvidaré aquel piso de la calle Quintiliano. Pasamos estrecheces, tuvimos mucho frío y vivimos mucho amor. Decidimos tener hijos pronto y en los ocho años que vivimos en aquella casa nacieron tres: Fernando, Javier y Maite (Dácil, la cuarta, nació poco después en un piso un poquito más grande que alquilamos en la calle Gómez Ulla).

Este ha sido mi equipo.

Tonona, que era aparejadora, aunque lo intentó, no logró encontrar trabajo. Por aquel tiempo, trabajar de aparejadora en Madrid, y recién casada, era prácticamente imposible. Por otra parte, ella había optado libremente, con una desbordante ternura y generosidad, por hacerse responsable directa de la crianza y la educación de nuestros hijos; tarea que, como todas las demás, procuramos compartir. Fue una experiencia que siempre que recuerdo me evoca la canción «Nos ocupamos del mar», de Javier y Jorge Krahe que justo descubrimos por aquel entonces, concretamente en 1973, interpretada por Rosa León en su primer LP, De alguna manera: «Nos ocupamos del mar / y tenemos dividida la tarea; / ella cuida de las olas / yo vigilo la marea / […] Todas las cosas tratamos / según es nuestro talante. / Yo lo que tiene importancia / ella todo lo importante. / Es cansado / por eso al llegar la noche / ella descansa a mi lado / mis manos en su costado».

Aquella primera casa, en Quintiliano, y años después la que alquilamos en Gómez Ulla, llegó a parecer, como decía Indio Juan, la «casa del cantautor». Recuerdo momentos, tenderetes, risas, canciones, conspiraciones, proyectos y charlas hasta altas horas de la madrugada con Olga Manzano y Manuel Picón, Hilario Camacho y Jean Pierre Torlois, Taburientes, Los Juglares, Los Calis, Claudina y Alberto Gambino, Moncho Alpuente, Pepe Menese, Carlos Cano, Caco Senante, Quintín, Ricardo Cantalapiedra, o, muy en particular, con nuestros muy queridos Amparo Gastón y Gabriel Celaya (Tonona y yo éramos como sus hijos).


El 15 de julio de 1971 llegó el momento temido, uno de esos momentos de mi vida que recuerdo con más rabia e impotencia. Tenía que presentarme por la mañana temprano en el C.I.R. (Centro de Instrucción de Reclutas) número 1 para empezar aquella mili que, para empezar, consistía en estar encerrado más de dos meses, soportar por narices un «machismo ibérico» de pata negra, doblegarte a una disciplina militar que tenía como objetivo anular la personalidad, aprender a usar las malditas y repugnantes armas y preparar, durante horas y horas, ese acto patriótico ridículo y absurdo de la jura de bandera.

Tonona estaba embarazada de nuestro primer hijo y decidimos que durante aquellos meses de acuartelamiento en los que difícilmente nos podríamos ver (las visitas dominicales al C.I.R. eran patéticas), se marcharía con sus padres a Tenerife.

Recuerdo perfectamente aquel día 15 de julio. El viaje en tren hasta Comenar Viejo. La llegada masiva de muchachos al campamento, la mayoría mucho más jóvenes que yo, cada uno con su macuto. Unos soldaduchos agresivos que nos daban órdenes y nos gritaban sin saber el motivo. Largas horas esperando no se sabía qué y tirados por el suelo. Un tipejo con galones que pasó por mi lado y me dijo: «Levántese, póngase firme y salude. Pa' que se vaya acostumbrando!». Y yo lloraba. 

Sí, lloraba de soledad, de rebeldía ante lo absurdo y de añoranza. ¡Qué difícil se me hacía pensar en Tonona tan lejos y en el hijo que ya empezábamos a sentir tan cerca! ¡Me buscaba las alas y no me las encontraba por ninguna parte!

Mi cartilla militar.

Durante varios días tomé la decisión de autoanularme y refugiarme, siempre que me fue posible, en el radiocasete con el que escuchaba las cintas que me había grabado previamente en casa temiéndome lo que podría ocurrir. ¡Cuánto me ayudaron, sin saberlo, Lluís Llach, Aguaviva, Humet, Aldolfo Celdrán, Serrat, Morente, Maria del Mar Bonet, Víctor y Vainica Doble! ¡Qué bien me habría venido tener en aquel momento la grabación de la canción «Un, dos, tres, cuatro» que Javier Álvarez interpretó y grabó en su primer disco publicado en 1995!).

Finalmente, pasada una semana, tomé una decisión. ¡Ya estaba bien! Tenía que alzar el vuelo y escaquearme como fuera de las horas de instrucción, de las teorías guerreras, de los pasos ligeros y de las interminables horas en el puesto de guardia. Lo pensé un buen rato y, de repente, se me ocurrió una posible estrategia para conseguirlo. 

Estaba sentado frente a mi barracón y me di cuenta de que sobre la puerta de entrada había un gran espacio de pared completamente en blanco. Así que, sin pensarlo mucho, fui directamente al despacho del capitán de mi unidad (creo que así se llamaba) y le comenté que estaría muy bien pintar un gran tanque en aquel muro; seguro que sería un puntazo para el día de la jura de bandera y la visita del capitán general. A aquel patriotazo le pareció una idea genial. Por supuesto, le dije inmediatamente que yo podía ocuparme de ello. Afirmación totalmente gratuita y arriesgada porque, en realidad, no tenía ni idea de como dibujar un tanque, y mucho menos a tamaño gigante y en una pared. No había pintado un tanque en mi vida. «Lo que pasa», le comenté, «es que hay que poner un andamio. La pared es grande y tardaré en hacerlo». ¡Sin problema! Llamó al sargento y le dijo: «Que se ponga ahí un andamio ahora mismo y que el recluta Lucini empiece cuanto antes a pintar el tanque». Para realizar aquella misión me dieron de baja de la instrucción, de las teóricas, de las guardias y hasta de la cocina, ¡y a pintar!

Aquella misma noche pensé que haría el dibujo utilizando el sistema de cuadricular lo más posible la ilustración de un tanque tomada de un libro, reproducir la cuadrícula en la pared y después, despacito (había que alargar el proceso lo más posible), ir copiando, primero a lápiz y luego con un pincel, lo que se veía en cada recuadro. Me instalaron el andamio, me puse a pintar, me salió sorprendentemente bien, me felicitaron e, incluso, cuando lo terminé, hasta conseguí un permiso especial de fin de semana.

Por otra parte, le hice saber al capitán que yo era maestro. Así que por las tardes empecé a darle clases a un compañero recluta, albañil de profesión, que era analfabeto integral. En aquel tiempo, el analfabetismo existía ¡y de qué manera! Recuerdo que conseguí enseñarle a leer y a escribir en dos meses utilizando un método, o mejor una estrategia, que tuve que improvisar. 

Empecé leyéndole, a petición suya, las cartas que cada semana le mandaba su novia y escribiéndole las respuestas que él mismo me dictaba. Pasados unos días, le hice sentir que aquella correspondencia era en realidad algo muy íntimo y le propuse que, aprovechando que lo de las cartas era una necesidad y una gran motivación para él, podría intentar enseñarle a leer y a escribir y, así conseguir que pudiera comunicarse con su novia en privado y sin necesitarme. Recuerdo que las dos primeras palabras que le enseñé a leer y a escribir fueron «te amo». Al final, Rafa consiguió escribir cartas muy simples y repletas de faltas de ortografía, pero os aseguro que rebosantes de cariño y agradecimiento. Después del campamento estuvimos en contacto un tiempo. Hoy no sé que habrá sido de él. Me haría muy feliz volver a encontrarle.

El último episodio de mi pasada por Colmenar Viejo que me apetece compartir es la forma en que me fue otorgado un atributo personal que figura en mi expediente militar y del que me siento muy orgulloso: «Inútil en lanzamiento de granadas». 

"¡Un, dos, tres...!" Jurando bandera por narices y, por supuesto,
maldiciendo la guerra, las armas y la violencia. Eso sí, conseguí
que me otorgaran el atributo de: "Inútil en lanzamiento de granadas".

El caso es que durante la mili, cuando nos llevaban a hacer prácticas de tiro y había que hacer pruebas de lanzamiento de granada, yo las lanzaba de tal forma que su trayectoria era muy corta y tenía tan poco alcance que acababa siendo una verdadera amenaza no para el enemigo, sino para los propios atacantes. Me hicieron repetir el lanzamiento no sé cuantas veces y ¡nada! Aquello me producía tanta repugnancia que cada vez procuraba hacerlo peor, con menos energía y menos impulso. Al final el sargento me dijo: «¡Eres un inútil!». Y ante el riesgo que podía provocar mi inutilidad en caso de guerra, decidieron que eso quedara inscrito en mi expediente. ¡Bendita inutilidad!

El 30 de septiembre de 1971, tras la jura de bandera, finalizó mi instrucción militar en Colmenar y me trasladaron a la Escuela Politécnica Superior del Ejército, en Madrid, donde conseguí trabajar por las mañanas de secretario de un nuevo capitán. Dada mi condición de casado y a la espera de un hijo, conseguí que me concedieran el pase pernocta, que era un permiso especial para pasar las tardes y las noches fuera del cuartel, menos cuando me tocaba padecer aquellas interminables horas en el puesto de guardia.

Tonona volvió de Tenerife y reemprendimos la vida juntos manteniéndonos de lo que me pagaban en el colegio por las horas que iba por la tarde, y dando, los dos, clases particulares. Por las noches empezamos a ir a algunos conciertos en los que conocimos personalmente a Elisa Serna, Pablo Guerrero, Luis Pastor (que ya vivía en Vallecas), Ricardo Cantalapiedra, Ana Belén, Víctor, Gerena y Aute.

El 25 de marzo de 1972 nació nuestro primer hijo, Fernando. Y, felizmente, el 15 de julio de 1973, acabé la mili y pasé oficialmente a la reserva. Aquel día pensé, lo recuerdo muy bien: «¡A la mierda! ¡A mí no me volvéis a pillar ni loco!».


Mientras tanto, Carlos Cano, en representación del colectivo sureño «Manifiesto Canción del Sur», participó en el Primer Homenaje Mundial de la UNESCO a Federico García Lorca, celebrado en París el 14 de diciembre de 1972. Homenaje en el que, además de Carlos, participaron Amancio Prada, Enrique Morente, Manuel Gerena, Manuel Cano, Francis Bebey (de Camerún) y Drahomira Biligova (pianista nacida en Bratislava).

Carlos Cano, diciembre de 1972, en París.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 9.



Cuando tuve que abandonar el Junior y me quedé en la calle sin saber qué hacer de mi vida, mi familia, sobre todo mi madre, me recomendó que me presentara a unas oposiciones que acababa de convocar el Banco de España, no recuerdo muy bien para qué tipo de trabajo.

Yo, preocupado en aquel momento por el futuro, a sabiendas de que aquella propuesta no me interesaba nada, les hice caso y me presenté en la Central del Banco, que sigue estando en Cibeles, para que me informaran y me dieran el papeleo necesario para realizar los trámites burocráticos previos a opositar.

Recuerdo que tuve que hacer una cola muy larga y que, cuando llegué por fin a la ventanilla, una señorita, harta ya de repetir lo mismo un montón de veces al día, decidió no dirigirme la palabra, se limitó a darme un sobre repleto de papeles y a exclamar: «¡El siguiente!».

Ya fuera del Banco (hacía un día maravilloso) y sin abrir el sobre, subí hacia la Puerta de Alcalá donde me esperaba Tonona, que estaba pasando unos días en Madrid. Nos sentamos en uno de nuestros chiringuitos preferidos del Retiro, pedimos una cerveza y creo que, al mirarnos, pensamos lo mismo: «¿Qué hace un tipo como tú con un sobre lleno de papeles para opositar a "no sé qué" en el Banco de España?». Conclusión: el sobre sin abrir quedó abandonado en una papelera y nosotros nos buscamos un banco de los otros que no estuviera muy visible para hartarnos a besos. La decisión estaba tomada. Estudiar Magisterio, que era lo que de verdad me gustaba.


Me matriculé y empecé a estudiar en la Escuela de Magisterio Pablo Montesinos en septiembre de 1967. Fueron tres años de estudio inolvidables, no tanto por lo que aprendí en las clases, que también, sino por lo mucho, muchísimo, que pude leer e investigar a través de la bibliografía que se nos recomendaba en cada asignatura y la que yo mismo me buscaba. Tres años de estudio que concluyeron el 2l de julio de 1970 según figura en mi Título de Maestro de Primera Enseñanza ratificado, ni más ni menos, que por S. E. el Jefe de Estado Español. 

Acabé la carrera con Sobresaliente y muchas ganas y necesidad de ponerme a trabajar. Y con un montón de amigos de quienes lamentablemente he perdido la pista.

De aquellos tres años en la escuela de Magisterio tengo muchísimos y muy buenos recuerdos; así como numerosas experiencias de aprendizaje que luego han sido fundamentales en mi vida. De entre todas hay una que en este momento me parece imprescindible recordar, ya comprenderéis el motivo.

Un día, en clase de Pedagogía General, la profesora Paz Ramos (por cierto, maravillosa e inolvidable) nos sugirió la lectura del libro Amor y pedagogía de Don Miguel de Unamuno. La propuesta me encantó porque hacía bastante tiempo que admiraba mucho a Don Miguel. Hubo una época, estando todavía en Jaén, en que me compré y leí varias de sus obras publicadas en la magnífica colección Austral de Espasa Calpe. 

Por aquella época tenía la costumbre de subrayar en los libros las frases o los párrafos que más me impactaban o llamaban mi atención. Lo hacía con bolígrafo azul o rojo, según la intensidad del impacto; por supuesto, el rojo lo utilizaba en los textos que me producían mayor emoción o con los que me sentía más identificado.

Pues bien, aprovechando la sugerencia de la profesora, antes de comprarme el libro que nos había recomendado, busqué entre mi pequeña biblioteca personal las obras de Miguel Unamuno que viajaron conmigo de Jaén a Madrid. Entre ellas encontré un libro que me llamó la atención porque estaba más deteriorado que los demás. Evidenciaba las huellas y las consecuencias de haber sido más leído y manoseado que los otros. Se trataba de Almas de jóvenes (1958), que recoge ocho ensayos de Unamuno.

Me sorprendió que el libro lo tuviera tan subrayado, sobre todo el ensayo «Los naturales y los espirituales». ¡Subrayado y en rojo!, de lo que deduzco que la primera vez que que lo leí, calculo que a principios de los sesenta, debió de causarme una gran impresión.

Volví a leer aquel ensayo fijándome especialmente en los textos subrayados y me di cuenta de que no solo seguía identificándome con ellos, sino que incluso había algunas expresiones y afirmaciones del gran filósofo que, pasados los años, tenían incluso una mayor significación para mí, sobre todo en aquel momento en que buscaba y empezaba a encontrar la relación necesaria entre la «canción de autor» y la pedagogía.

Estos son tres de aquellos textos subrayados:

«Hasta las más elevadas hipótesis de la ciencia y de los intelectuales hay que hacerlas poesía, que es el alimento que recibe el pueblo, no hay doctrina que se asimile mientras no se haga poética».

«Debemos todos abrirnos ante el pueblo el pecho del alma, desgarrarnos las vestiduras espirituales, y mostrándole nuestras entrañas decirle: “He aquí el hombre”. Y el pueblo que se eduque a ver hombres acabará por buscarse, zahondar en sus entrañas espirituales, descubrir en ellas la fuente de la vida, y decir a los demás pueblos: "¡He aquí el pueblo!”».

«El pueblo necesita que le canten, que le rían y que le lloren mucho más que el que le enseñen».

¡Totalmente de acuerdo! Ya lo creía entonces y hoy en día mucho más. «El pueblo necesita que le CANTEN mucho más que el que le enseñen». Breve pero genial e inolvidable lección magistral de Don Miguel de Unamuno.

Mientras tanto, entre 1967 y 1970, la «canción de autor» seguía naciendo y extendiéndose por todos los rincones de nuestro país sin que nada ni nadie pudiera detenerla, o sea, burlando hábil y descaradamente a la censura.

El 24 de marzo de 1968, en Galicia, ADE (Asociación Democrática de Estudiantes), apoyada por algunos profesores y catedráticos universitarios, tomó la iniciativa de organizar un primer recital de «canción gallega» en la Escuela de Peritos Agrícolas de Lugo en el que iban a actuar dos jovencísimos cantautores: Benedicto y Xavier González del Valle. El recital no pudo celebrarse porque, aun habiendo sido previamente autorizado, fue prohibido por el gobernador civil una hora antes de iniciarse.

Aquella inexplicable suspensión se convirtió en una especie de reto que desencadenó una mayor y cada vez más urgente necesidad de cantar en gallego. Justamente un mes después, el 26 de abril, se organizó un nuevo recital en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago que sí pudo celebrarse y en el que actuaron, además de Benedicto y Xavier, Xerardo Moscoso, Vicente Araguas, Guillermo Roxo y el poeta Alfredo Conde. A partir de ahí surgió el nacimiento del colectivo de cantautores «Voces Ceibes» al que se unieron, entre otros, Suso Vaamonde, Miro Casabella y Bibiano. 


En esa misma línea de creación poética y musical surgieron también otras voces como las de Xoan Rubia o Jei Noguerol. Imposible olvidar a Andrés do Barro que, en otro contexto, grabó en 1969 su primer single con cuatro canciones interpretadas en gallego.

Ese mismo año, 1968, el poeta Juan de Loxa fundó en Granada el colectivo «Manifiesto Canción del Sur» integrado por Antonio Mata, Carlos Cano, Esteban Valdivieso, Nande Ferrer (Antonio Fernández Ferrer), Enrique Morataya, Ángel Luis Luque, Juan Titos, Pascual Pérez de Chaparro, José María Agüí, Miguel Ángel González, Raúl Alcover y Aurora Moreno. Colectivo sureño que se presentó oficialmente en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Granada el 14 de febrero de 1969.


A su vez, en Sevilla, Gonzalo García Pelayo y Gualberto García fundaron Smash, una banda de rock progresivo, y crearon el llamado «Manifiesto del borde», definido por el crítico Jesús Ordovás en su obra Historia de la música pop española (Alianza, 1987) como «el primer documento escrito en el que un grupo de rock español se plantea el hacer música como algo unido indisolublemente a una visión del mundo y a una forma de vida. […] La diversión no es el cachondeo, sino la bronca que te pega la belleza».

Simultáneamente, en la Universidad de La Laguna (Tenerife) se organizaron, dentro del programa de actividades culturales universitarias, los llamados «recitales de poesía y canciones», de los que surgió en 1970 el colectivo canario «Pueblo, Palabra y Canción» en el que participaron, entre otros, Juan Carlos Senante, Julio Fajardo, Pepe Paco, Suso Junco, Manuel Luis Medina y grupos como Taburiente, Canto 7, Magna 12, Chácara, o Pluma y Voz.

También en 1968 José Antonio Labordeta, aragonés, grabó su primer single en la empresa discográfica Fidias-Edumsa con el sello Andros; un disco que incluyó cuatro de sus primeras canciones: «Réquiem por un pequeño burgués», «Los leñeras», «Los masoveros» y «Las arcillas». Esta grabación que pasaría prácticamente inadvertida hasta su reaparición en 1971, incorporada al libro de José Antonio Cantar y callar, pórtico de lo que inmediatamente iba a originar el nacimiento de una «nueva canción aragonesa» a la que, junto a Labordeta, se incorporaron, entre otros, Tomás Bosque, Joaquín Carbonell, Ana Martín y Valentín Mairal.


En esos mismos años, Joan Manuel Serrat decidió empezar a cantar en castellano, sin dejar de hacerlo también en catalán, y publicó su LP dedicado a Antonio Machado. Mientras Lluís Llach nos ofrecía un álbum recopilatorio de sus primeros éxitos en catalán. También grabaron sus primeros discos Maria del Mar Bonet, Quico Pi de la Serra, Guillermina Motta, Ovidi Montllor, Enric Barbat, Rafael Subirach, Delfí Abella, Dolores Laffitte, Pau Riba, Jaume Arnella y Xabier Ribalta. En el País Vasco lo hicieron Mikel Laboa, Benito Lertxundi, Lourdes Irionso, Xavier Lete e Imanol. Los nuevos cantautores gallegos nos ofrecieron sus primeras grabaciones con el sello discográfico Xistral, de Edigsa, y se grabó y editó en Venezuela el disco Galicia Canta con Benedicto, Xerardo Moscoso, Miro Casabella Guillermo Roxo, Xoan Rubia, Xurxo Formoso y la colaboración de Celso Emilio Ferreiro. Aute publicó Diálogos de Rodrigo y Ximena y sus 24 canciones breves, Patxi Andión nos compartió sus Retratos y Manolo Díaz, tras grabar sus primeros discos, lanzó junto a José Antonio Muñoz al grupo Aguaviva con su primer LP Cada vez más cerca. Aparecieron las maravillosas Vainica Doble, los primeros singles de Pablo Guerrero, que había llegado a Madrid procedente de Extremadura, y las primeras canciones de Víctor Manuel llegadas de Asturias. Grabaron Hilario Camacho, Elisa Serna, Adolfo Celdrán y surgió el grupo Almas Humildes, liderado por Antonio Resines. Moncho Alpuente apareció con su grupo Las Madres del Cordero y nos sorprendió muy gratamente con el espectáculo Castañuela 70. Por su parte, Ismael y Paco Ibáñez seguían en el exilio cantando a nuestros poetas.

Y yo en Madrid, estudiando Magisterio, informándome y empapándome de todo ese «nuevo cantar» naciente, empezando a tener mi primera colección de vinilos y, ya en aquel momento, totalmente convencido de lo que, años después, escribiría Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de uno de mis libros: que la «canción de autor» es «paisaje de un tiempo, huella de quienes la cantaron y fotografía de los suspiros tolerados y prohibidos de una sociedad».

¡ALEGRÍA DE PODER COMPARTIR UN GRAN ACONTECIMIENTO!...

ALEGRÍA DE PODER COMPARTIR ESTE GRAN ACONTECIMIENTO: A partir del próximo 25 de septiembre va a reponerse en cines la película CHICHO o MIEN...