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miércoles, 13 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 5



Terminado el bachillerato, como en Jaén no había universidad y la situación económica en casa era cada vez peor, no pude trasladarme a Granada para cursar una carrera universitaria como solía hacerse en las familias «de posibles». Por otra parte, aquello de la universidad quedaba lejos de mis intereses y mis pretensiones. Yo lo que quería en aquel momento era poder ganar algo de dinero para aportar a la familia y conseguir, en la medida de mis posibilidades, reducir las permanentes tensiones y violencias a las que nos sentíamos sometidos en casa y, de esta forma, devolverles un poco de paz y alegría a mis padres y a mi hermano. Pero, además, por encima de todo, deseaba salir cuanto antes de aquel Jaén agobiante. «El cor al vent buscant la llum» era en aquel momento el pensamiento que me dominaba.

En marzo de 1963 tomé una decisión: matricularme como alumno libre en la Escuela de Comercio con el fin de hacer una carrera breve y convertirme pronto en todo un perito mercantil; profesión que no me interesaba en absoluto, pero que me permitiría ponerme a trabajar enseguida.

Me convalidaron un montón de asignaturas por tener aprobado el bachillerato y tuve que superar otras (no sé cómo pude conseguirlo) como Contabilidad, Mercancías, Economía y Estadística, Taquigrafía o Mecanografía. De todas ellas, la única que me interesó y que me ha sido útil fue Mecanografía.

Entre junio y septiembre del 63 lo aprobé todo y, en tan solo seis meses, me convertí en un perito mercantil dispuesto a lo que fuera. Y ocurrió al momento: un mes más tarde, recomendado por mi tío (el que me liberó de las monjas), empecé a trabajar en el Servicio Nacional del Trigo, donde gané mi primer salario que, muy orgulloso, se lo di a mi madre. No me pagaban mucho, no recuerdo la cantidad, pero en casa provocó, lo recuerdo muy bien, un «Gracias a Dios» y una sonrisa. ¡Falta nos estaba haciendo!

En el Servicio Nacional del Trigo trabajé en el departamento de personal y tuve dos responsabilidades que llegarían a encantarme porque me permitieron mantener una relación muy directa con algunos compañeros. 

Por una parte, yo era quien preparaba a diario la lista de firmas que colocaba sobre una mesa a la entrada de la oficina para que el personal fichara su llegada puntual al trabajo. Lista que retiraba media hora después y que entregaba al jefe que controlaba a los que llegaban tarde o faltaban sin permiso para tenerlo en cuenta en la nómina de fin de mes. (En más de una ocasión hice alguna que otra trampa y permití a algún compañero que firmara a destiempo aprovechando que el jefe había salido del despacho. Venían a contarme el problema que habían tenido y yo, sin hacer más averiguaciones, siempre que podía, les ayudaba sin importarme demasiado si estaba bien o mal. Lo del «bien» y el «mal», ya en aquel momento, me parecía muy relativo. A fin de cuentas, se trataba solo de una firma furtiva y reconfortante).

Mi segunda responsabilidad era mecanografiar la nómina mensual del personal y preparar, uno a uno, los sobres con el salario en metálico que le correspondía a cada trabajador; sobres que mi jefe entregaba en mano el día 1 de cada mes. Recuerdo perfectamente las caras de algunos de mis compañeros de entonces abriendo el sobre y comprobando si el contenido era correcto. Para muchas de aquellas personas, cada primero de mes, con aquel sobre en las manos, suponía un volver a empezar siempre esperanzado. Evidentemente, los que no hacían cola para cobrar su sueldo eran los jefes, ¡claro!, a ellos les llevaba yo el sobre personalmente a su despacho. 

Los sábados y los domingos continuaba participando en las reuniones de la parroquia donde, semana a semana, seguí descubriendo realidades, posibilidades y valores humanos y democráticos que hasta entonces prácticamente desconocía y que iban desencadenando una transformación cada vez más consciente de mi personalidad; situación de cambio personal reafirmada, después de las reuniones, en largos anocheceres de chatos de vino y buen queso en El Gorrión.

Un libro que para mí fue esencial en aquel momento (más que esencial ¡definitivo!), fue La revisión de vida, de Albert Marechal, que se convirtió en el hilo conductor de los encuentros parroquiales y, posteriormente, en un referente vital de mi vida. Fue, sin duda, uno de los libros clave en la construcción del pensamientos democrático de muchos jóvenes españoles de los años sesenta a los que se nos calificaba, de forma peligrosamente despectiva, «rojos» o «de izquierdas».


«Ver, juzgar y actuar». Ese era el itinerario que Marechal nos proponía para poder vivir con dignidad: «Ver» conscientemente lo que acontecía en nosotros mismos y a nuestro alrededor; «valorar y juzgar» lo percibido y, a partir de ahí, «actuar» coherentemente y comprometiéndolo todo. En particular, y sobre todo, «la voz del corazón». Años más tarde, el poeta Celso Emilio Ferreiro me ratificaría aquella forma de actuar en las voces del grupo Aguaviva diciéndome: «O corazón é quen manda i eu obedezco». («El corazón es quien manda y yo obedezco».).

Aquel libro, que todavía conservo, fue, sin duda, el fundamento y la inspiración del que escribí veintisiete años después, titulado Música, canción y pedagogía; en el que el hermanamiento entre la «canción de autor» y la pedagogía ya era en mí un hecho consumado. En aquella publicación compartí una de las propuestas educativas de las que más satisfecho me siento, la llamé: «Sinfonía Pedagógica en Tres Tiempos». Más adelante hablaré de ella pero, de momento, he de reconocer que esos tres tiempos pedagógicos no son más que los que aprendí y viví en el que antes califiqué como itinerario de Marechal. 


Vuelvo de nuevo a mis reuniones parroquiales de 1963 para evocar uno de los hechos o circunstancias que influyeron decisivamente en mi vida y, en particular, en mi vocación pedagógica. 

Una tarde observé que, al mismo tiempo que nos reuníamos los jóvenes, se reunía también un grupo de niños de entre 7 y 12 años coordinados por un «instructor». Pregunté si aquel grupo pertenecía también a la comunidad y me dijeron que sí, que era un grupo de «aspirantes», o sea, niños y niñas que se estaban preparando para ser jóvenes de Acción Católica. 

Las palabras «instructor» y «aspirante», desde el primer día que las escuché, no me gustaron nada. Quizá por ese motivo, o sencillamente porque así tenía que ocurrir, me sentí muy atraído por la dinámica y las actividades que estaba realizando aquel grupo de muchachos. 

Recuerdo muy bien que estaban desarrollando una campaña de formación y acción a la que llamaban «Construyamos nuestro mundo». Durante varias semanas les pedí que me permitieran participar en sus reuniones y, en muy poco tiempo, llegué a la conclusión de que lo de «aspirantes» no tenía ningún sentido. Les llamaban así porque se decía que aspiraban a ser jóvenes para poder adquirir un compromiso ético y social, pero observándoles y escuchándoles era evidente que aquellos niños no aspiraban realmente a nada, porque ya se estaban comportando como personas con deseos y capacidad de construir un mundo mejor. Varias veces pensé que a aquel proyecto o movimiento de chavales (¡que me entusiasmó!) se le debía cambiar el nombre.

Tanto me impliqué en aquel llamado «Aspirantado» que, a los pocos meses, me convertí en su responsable diocesano y a los pocos días estaba pidiendo un permiso en el Servicio Nacional del Trigo para poder desplazarme a Madrid del 28 de agosto al 2 de septiembre para participar en las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes.

Madrid surgió así, de forma inesperada, en mi horizonte y un 27 de agosto de 1964 me «eché a volar» hacia allí nervioso y entusiasmado. Realicé el vuelo en autobús, en la famosa «pava». Recuerdo la sensación de aire y de libertad que sentí en el momento en que atravesamos  Despeñaperros. ¡Emocionante!, ¡hermoso! «Al vent…, buscant la lum»


Mientras tanto, Paco Ibáñez acababa de grabar en París su primer disco cantando a Góngora y a Federico García Lorca; un LP hermosamente ilustrado por Salvador Dalí. ¡Disco que pude acariciar y escuchar por primera vez pocos meses después!.


«Ismael» Peña Poza, de Torreadrada (Segovia), residiendo también en París, grabó en 1964 su primer LP titulado Canciones del pueblo. Canciones del Rey, por el que le fue concedido el Gran Premio del Disco de la Academia Charles Cros.

Mikel Laboa, cantautor vasco, grabó aquel mismo año su primer single en Bayona, publicado por la editorial Goiztiri: Azken, compuesto de cuatro canciones tradicionales: «Amonatxo», «Bereterretxen kanthoria», «Aurtxo txikia» y «Oi Pello». ¡Imposible imaginarme en aquel momento la admiración y la linda amistad que, pasado un tiempo, llegué a sentir y compartir con Mikel años después!



Y en Montevideo (Editorial El Siglo Ilustrado) se publicaba en castellano el libro Cantos de la Nueva Resistencia Española (1939-1961), de los periodistas italianos Sergio Liberovici y Michele L. Straniero. Publicado en italiano dos años antes, en sus páginas los autores recogían los resultados de una investigación que llevaron a cabo en 1961 en torno a los cantos populares que surgieron de forma espontánea y subversiva en España a modo de protesta y resistencia frente a la dictadura franquista a la vez que como expresión del deseo y la reivindicación popular de un futuro libre y democrático. Fue en este libro donde me encontré, más tarde, con las primeras canciones de Chicho Sánchez Ferlosio que, por cierto, figuraban como anónimas; o con «Pueblo de España ponte a cantar», tema compuesto sobre un poema de Jesús López Pacheco que, en 1970, Adolfo Celdrán incorporaría a su primer LP Silencio).

1 comentario:

  1. Pasó para decirte que me encantó el libro...cada página. ..esto se traduce en que me encantó tu vida...claro, es hermosa una vida entre canciones.
    Un besazo, maestro!!!
    Gracias por ser!!!

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