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martes, 9 de octubre de 2012

VICTOR JARA I - INFANCIA Y SENSIBILIDAD

Víctor Jara.

Víctor nació en Chillán, provincia de Ñuble, el 28 de septiembre de 1932. Sus padres, Manuel y Amanda, eran campesinos. Manuel trabajaba en las labores propias del campo intentando obtener algún rendimiento de una parcela que había alquilado para poder sobrevivir, y Amanda, de origen mapuche, ayudaba a su marido y cuidaba de sus seis hijos, entre los que Víctor ocupaba el cuarto lugar.

Cuando nació el último de los hijos, la familia se trasladó a Lonquén, localidad próxima a Santiago. 

Permitirme hacer aquí un paréntesis para escuchar la canción titulada precisamente "Lonquén", creada por la compositora y cantante chilena Francesca Ancarola evocando la infancia de Víctor en la escuela de Lonquén. 


«En una escuela de Lonquén
sin bancos y sin ventanas
un niño aprende con ganas
los números del uno al cien,
la madre siempre el sostén
fue cantora y cocinera
con ella la vez primera
en escuchar la tonada
Amanda como si nada
va cantando la quimera.
Se le ha escapado un suspiro
entre el murmullo del agua
canto que cuando se fragua
brota por ancho camino».


Poco tiempo después, María –la hermana mayor de Victor– sufrió un grave accidente y fue ingresada, durante un año, en un hospital de Santiago, motivo por el que, para estar lo más cerca posible de ella, Amanda decidió irse a vivir, con toda la familia a la población de Los Nogales, uno de los suburbios de la capital. Allí se puso a trabajar en un negocio de comidas próximo al mercado.

«Era un lugar gris y deprimente –comenta Joan Jara, viuda de Víctor, refiriéndose a Los Nogales– ; caluroso y polvoriento en verano [...]. Aquella fue la primera experiencia urbana de Víctor. Apiñados en una sola habitación, durmiendo juntos en colchones sobre el suelo, los chicos se sentían en un medio hostil. Después de la calma campestre, los ruidos, la mugre y la falta de intimidad eran insoportables». (Texto recogido por José Manuel García en el libro "Como una historia. Guía para escuchar a Víctor Jara", 2000).

En Los Nogales, Víctor hizo buenos amigos. Uno de ellos, Julio Morgado, lo recuerda: «Creamos un grupo de amigos entre los que íbamos juntos al colegio o vivíamos por allí. Pasábamos el rato en la cancha de fútbol o nos reuníamos en alguna plaza. A Víctor ya le gustaba mucho cantar. A veces decía: "Chiquillos, ¿les canto?", y tomaba el palo de una escoba, haciendo ver que era una guitarra, y se ponía a cantar canciones de Lucho Gatica o cuecas del folclore chileno". (Omar Jurado y Juan Miguel Morales. "Víctor Jara. Te recueda Chile", 2003).

Monumento a Víctor Jara.

Aquella afición a cantar la había heredado Víctor, sin duda, de su madre. «Recuerdo –narra Juan Pinto, cuñado de Víctorque la señora Amanda cantaba muy lindo. Solía cantar en las reuniones familiares. Tenía una voz muy suave». Por otra parte Víctor conocía a Omar Pulgar, un muchacho que vivía dos casas más abajo de la suya y que tocaba muy bien la guitarra; él fue su maestro: «A veces –sigue recordando Juan Pinto–, cuando yo llegaba en las tardes de trabajar, me lo encontraba tocando alguna melodía, yo no podía distinguir cuál de los dos era el que tocaba. El Tito, como le llamábamos a Víctor, tocaba muy lindo la guitarra; tocaba preciosa la música popular». (Omar Jurado y Juan Miguel Morales"Víctor Jara. Te recueda Chile", 2003).

Durante aquellos años, Víctor se incorporó a un grupo de Acción Católica que solía reunirse en una iglesia del barrio, experiencia que le sirvió para desarrollar una gran sensibilidad religiosa fundamentada en los valores evangélicos que poco a poco fue descubriendo; valores y sensibilidad en torno a los que, años después, surgiría, por toda Latinoamérica, la "teología de la liberación", tan lamentable e injustamente perseguida y condenada por el conservadurismo eclesial y por los gobiernos reaccionarios.

A Víctor, el despertar de esa sensibilidad religiosa le sirvió para sentar las bases del compromiso social y político sobre el que, a partir de entonces, fundamentó su vida y su obra. Prueba de ello, y valga como ejemplo, fue su canción "Plegaria de un labrador" –creada en colaboración con Patricio Castillo, que llegó a convertirse –tanto en América como en España– en un auténtico himno solidario y revolucionario; una canción en la que, basándose e inspirándose en el "padrenuestro" católico, formuló una hermosa invocación al trabajo y a la solidaridad del campesinado frente a la injusticia.


«Levántate y mira la montaña
de donde viene el viento, el sol y el agua.
Tú que manejas el curso de los ríos,
tú que sembraste el vuelo de tu alma.

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

Líbranos de aquel que nos domina en la miseria.
Tráenos tu reino de justicia e igualdad.
Sopla como el viento la flor de la quebrada.
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil.

Hágase por fin tu voluntad aquí en la tierra.
Danos tu fuerza y tu valor al combatir.
Sopla como el viento la flor de la quebrada.
Limpia como el fuego el cañón de mi fusil.

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amen. Amén. Amén».