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jueves, 14 de agosto de 2014

RERATO ÍNTIMO DE «PEDRO GUERRA»

PEDRO GUERRA

Habíamos iniciado ya la década de los noventa y éramos muchos los que andábamos con los pensamientos y los sentimientos de acá para allá, intentando adivinar, de una vez por todas, qué estaba pasando en éste  nuestro "viejo país ineficiente" –como llamó a España Gil de Biedma, en su poema "De vita beata"–... La desmoralización seguía extendiéndose, como si fuera un fantasma del desengaño que intentaba atraparnos, a todos, en su maraña gris de insatisfacción y del fracaso de la utopía democrática...; la tentación en aquel momento, al menos para mi, estaba precisamente en aquello que Gil de Biedma añadía a su poema: «En un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia».

Viviendo inmerso en esa situación, un buen día de aquellos, me llamó y vino a verme a casa un joven canario al que había conocido, pocos años atrás, como uno de los componentes del grupo Taller. Hablamos un buen rato de la música y de la canción, y recuerdo que, de entrada, me impresionaron su sinceridad y su entusiasmo; había decidido dejar las islas y venirse a Madrid para dedicarse a cantar y a seguir creando la música y los textos que le gustaban y en los que él creía –yo tentado de dejar de leer y de escribir "arruinada entre las ruinas de mi inteligencia», y él, ¡tan descaradamente joven!, creyendo en lo mismo que yo creía, pero plantándole cara a la vida de una forma descarada–. Aquella entrevista y su presencia –a él nunca se lo he comentado– actuó en mi interior como el salvavidas que andaba buscando; él vino a reencarnar en el presente, y en mi propia casa, toda mi memoria y, en ella, todo lo que fui y todo lo que llegué a creer a través de la música y de las canciones.

Me dejó una cinta, con algunas de sus canciones, y se marchó. Nada más cerrarse la puerta escuché aquella grabación; en todas y en cada una de sus creaciones fui encontrándome con algo que me sobrecogía y me hacía cada vez más atrayente la figura de aquel muchacho: PEDRO GUERRA, con una tremenda fidelidad a la tradición –asumiendo poética y musicalmente toda la herencia ética, estética y cultural en la que había crecido–, respiraba frescura y aire limpio; en todas sus canciones se desvelaban un sentido profundo y, a la vez, directo de la realidad; un tono íntimamente esperanzador, y una ternura suave y envolvente. 


Me hablaba de palotes y de polos de limón, de adoquines de tiza y del creyón, de un sol de plastilina y de las gafas de Lennon... –«tengo en un baúl, me decía, dos mil recuerdos que quedaron de aquel tiempo donde guardo la ilusión»–... La ilusión, palabra mágica que, en aquel momento, las circunstancias políticas y sociales estaban sometiendo a un "tercer grado" de impotencia... De repente, el buen Pedro va y me canta: «No es bueno quedarse colgados de un sueño, habrá que empujarlo llegado el momento»...

Aquellas mismas canciones se las volví a escuchar pocos meses después, ya en directo, en Libertad 8 –buen nombre para uno de los cafés madrileños donde están naciéndole a este país nuestro una canción y unos planteamientos culturales alternativos–; allí estaba él, con su guitarra, con su voz, con su tímida sencillez y «empujando su sueño»; empujando, en realidad, todos nuestros sueños...; ¡de ruinas nada!... PEDRO GUERRA se estaba encargando de reconstruir sobre los cimientos de sólidas y ancestrales esperanzas, una nueva forma de cantarles a la ilusión y a la vida.

Después, caminando por la vereda de lo auténtico, con esa hermosa sencillez que le caracteriza, y a la que sé que no va a estar dispuesto a renunciar, Pedro se ha convertido felizmente en uno de nuestros músicos y poetas populares más queridos, más admirados y más escuchados... Pedro, a corazón abierto, le está abriendo caminos nuevos a  nuestro futuro.