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domingo, 28 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 18.



Otro de los acontecimientos importantes de «mi vida entre canciones» fue la creación, a finales de 1983, de la Asociación de la Música Popular. Un gran proyecto en el que un grupo de «creyentes» (y amantes) de la «canción de autor» depositamos muchas ilusiones y muchas horas de trabajo. Entre todos conseguimos que iniciara su vuelo, pero la realidad fue que, en menos de un año, se convirtió en una aventura imposible al no poder contar con los medios imprescindibles para que ese vuelo inicial fuese sostenible.


El origen de esta asociación tuvo lugar pocos meses después de que Felipe González llegara a ser Presidente del Gobierno con mayoría absoluta tras las elecciones generales celebradas el 28 de octubre de 1982. Ante esta nueva situación política, Elisa Serna (cantautora a la que le gusta autodenominarse «trovadora castellana») publicó un artículo en la sección Tribuna abierta del diario El País titulado «Los trovadores, parientes pobres de la cultura» en el que, entre otras opiniones y valoraciones, escribía lo siguiente:

«Ser trovador podría ser el oficio más divertido del mundo si no fuera porque subsistimos sometidos a los bandazos de la industria discográfica, los secretos convenios del "marketing", unos circuitos paralelos difícilmente mantenibles, unos representantes exhaustos –antes, por la burocracia de la censura, y ahora, por la incomprensión del hecho cultural–, una política de subvenciones que nunca nos ha favorecido, unos alquileres de teatros donde al final hay que poner dinero, interminables letras de furgones y equipos de sonorización millonario... En fin, todo un panorama que hace de un trabajo tan noble la hija pobre de las artes [...]

»Seguimos hablando de una sociedad capitalista, pero existe un camino intermedio para conseguir que la música y el arte, en general, no sigan siendo un valor de cambio –que se compra y se vende– y se vaya convirtiendo en lo que es: un valor de uso –disfrute e intercambio– de toda la población. Existe una tercera vía entre el silencio y el someterse a la ley de la oferta y la demanda.

Elisa Serna.
»Me decido a proponer la fundación del Instituto de Canción Popular, cuya gestión debería encomendarse a filólogos, pedagogos, musicólogos y enseñantes que hayan trabajado en torno a la canción popular, con la siguiente estructura: auditorios profesionales estables y escuelas talleres por todas las ciudades; una coordinadora de recitales que programe en estos auditorios y en todos los que dispone el Ministerio de Cultura, ayuntamientos y diputaciones; una colección de "canción popular" en la Editora Nacional; una ley del disco que desgrave el impuesto de lujo a discos culturales; la desgravación del impuesto de lujo en equipos de sonorización, furgones e instrumentos musicales; impulsar la creación de programas de "canción popular" en los medios de comunicación; la supresión del play-back en los medios, auditorios o locales; y la creación de un premio».

A los pocos días de la publicación de aquel artículo, Elisa, a la que ya entonces me unía una buena amistad, me llamó por teléfono para organizar una reunión urgente. Quedamos en vernos al día siguiente en la cafetería del Ateneo de Madrid. Me contó su proyecto de crear un Instituto de Canción Popular y me pidió que la ayudara a ponerlo en marcha. Por supuesto, acepté. Elisa, cuando se lo propone, es irresistible.

Lo primero que hicimos fue constituir un grupo de trabajo para pensar y elaborar una propuesta concreta. Grupo de trabajo inicialmente formado por Elisa Serna, Julia León, Claudina, Raúl Ruiz, Víctor Claudín, Jorge Morgan y yo. (Por cierto, un recuerdo muy especial y lleno de cariño para Raúl Ruiz, abogado, poeta y amigo que se nos fue. Nunca olvidaré nuestros paseos poéticos a orillas del Guadalquivir).

En la primera reunión del grupo decidimos darle un giro a la idea del Instituto y optar mejor por una Asociación de la Música Popular. A partir de ahí redactamos unos estatutos, elaboramos un presupuesto y, con todo ello, nos dirigimos al Ministerio de Cultura; en concreto a la Dirección General de la Música, dirigida en aquel momento por José Manuel Garrido.

A los pocos días el proyecto fue aceptado por el Ministerio y se nos concedió una subvención para ponerlo en marcha, cosa que hicimos de inmediato. 

Por decisión de los primeros asociados, que enseguida se unieron a la iniciativa, Elisa ocupó la presidencia de la Asociación y yo asumí la vicepresidencia. Alquilamos unos locales en la calle Navas de Tolosa; diseñamos un logotipo, nos distribuimos las tareas para que el proyecto pudiera arrancar y empezamos a trabajar.

Elisa Serna "al frente". Detrás Fernando G. Lucini, Raúl Marcos y Víctor Claudí.
Fotografía tomada el día de la inauguración de la Asociación.
Cástor conversa con Fernando y Elisa con Luis Pastor.
Al fondo, en el centro, Jorge Morgan.

En menos de un año, el tiempo que pudimos mantener viva la asociación, pusimos en marcha prácticamente todas las grandes acciones que consideramos que debían promoverse para la conservación, promoción y desarrollo de la «canción de autor» y, en general, de la música popular.

Intentaré enumerarlas de la forma más breve posible; tarea que no será fácil porque lo vivido aquel año en la Asociación fue realmente intenso y apasionante.

Creamos y lanzamos la revista Música Popular, dirigida por Álvaro Feito y diseñada por Jorge Morgan; publicación bimensual, a todo color, de 64 páginas. 

Fue una revista fundamentalmente informativa y de difusión musical, centrada sobre todo en los universos de la «canción de autor» y del folk, aunque, por supuesto, abierta a todo tipo de tendencias y géneros musicales. Aún hoy sigo pensando que fue una extraordinaria publicación alternativa que vino a ocupar de manera muy oportuna el vacío cultural e informativo que dejó la revista Ozono cuando suspendió su publicación en 1979.

De Música Popular, lamentablemente, solo pudimos publicar tres números. El primero (febrero y marzo de 1984) fue un monográfico dedicado a Pablo Guerrero, complementado con artículos y reseñas sobre Gato Pérez, Natxo de Felipe, Aute y Sisa. El segundo número (abril y mayo del mismo año), lo protagonizó el dúo Vainica Doble junto a artículos centrados en el grupo Milladoiro, Ruper Ordorika, Los Jaivas, La Mode, Marina Rossell, Benito Moreno y una magnífica reflexión titulada «Música de fusión. Diálogos oriente y occidente». Por último, el tercer número tuvo que retrasarse un mes a causa de la crisis que ya empezaba a anunciarse en la asociación. Salió en julio y estuvo dedicado a Lluís Llach, acompañado de artículos sobre el grupo Al Tall, Violeta y Ángel Parra, Nicomedes Santa Cruz y Daniel Viglietti.


He de decir que desde el día en que tuvo que suspenderse la edición de la revista Música Popular vengo sintiendo la necesidad y la ausencia de una publicación periódica similar con una clara apuesta por la «canción de autor». Espero que algún día (¡ojalá sea pronto!) podamos disfrutarla.

En la Asociación de la Música Popular también nos propusimos lanzar una colección de libros testimoniales sobre la realidad, pasada, presente y futura, de la «canción de autor» en nuestro país. Solo llegaría a publicarse un título: Pueblo que canta, en colaboración con el Grupo Cultural Zero Zyx, coordinado por Víctor Claudín, y con unas magníficas ilustraciones y diseño de cubierta de Jorge Morgan.


Aquel primer libro fue realmente una plataforma de opinión sobre la identidad de lo que llamamos «canción de autor» o, más «canción popular». Aparte de mí, colaboraron Francisco Almazán, Elfideo Alonso, Moncho Alpuente, Luis Eduardo Aute, Benedicto, Carlos Cano, Adolfo Celdrán, Víctor Claudín, Joaquín Díaz, Álvaro Feito, Manuel Gerena, Antonio Gómez, Pablo Guerrero, José Antonio Labordeta, Julia León, Luis Pastor, Raimon, Marina Rossell, Joaquín Sabina y Elisa Serna. Creadores que en aquel momento ya formaban parte de la Asociación.

En aquel libro fue donde publiqué el artículo «Nuestros más hermosos sueños a la luz de la palabra», al que añadí, como complemento, un cuadro estadístico del número de canciones grabadas en el estado español de 1961 a 1982 (más de 3.200) clasificadas por núcleos temáticos. Documento que, ya en aquel momento, me estaba sirviendo de base para la elaboración de los cuatro tomos de Veinte años de canción en España, que publicaría al poco tiempo.


En la Asociación creamos también un sello discográfico y lo pusimos en marcha con un homenaje a Agapito Marazuela Albornos, nacido en Valverde del Majano, Segovia, en 1891, y fallecido en 1983. Agapito fue un folclorista, musicólogo y destacado dulzainero que dedicó toda su vida a la recopilación de la tradición musical castellana, amenazada de extinción. Homenaje que se tradujo en la grabación de un entrañable y bellísimo LP interpretado por el grupo Mosaico (Eliseo Parra, Luis Gutiérrez y Juan de Dios Martínez) con colaboraciones de Pablo Guerrero, Elisa Serna, Luis Pastor, Julia León, Manuel Luna, Vainica Doble, Chicho Sánchez Ferlosio, Rosa Giménez, Claudina y Alberto Gambino, Jorge Pardo y Joaquín Sabina. ¡Un lujazo!

De igual forma, el día 27 de marzo de 1984, a las 20:30 de la tarde, en el Teatro Alcalá de Madrid, montamos un inolvidable concierto al que llamamos Cantar en Madrid.


En aquel concierto intervinieron (por orden de actuación): Chicho Sánchez Ferlosio, Raúl Alcover, Mosaico, Pepe Habichuela y Enrique Morente, Luis Paniagua, Claudina y Alberto Gambino, Julia León, Manuel Gerena, Elisa Serna, Joaquín Lera, Naxo y Bravo, Juan Velasco, Juan Antonio Muriel, Javier Bergia (con Luis Delgado, Juan Alberto Arteche y Begoña Olavide), Hilario Camacho, Luis Pastor y Pablo Guerrero (que estrenaron conjuntamente la canción «¡Evohé!»), la Orquesta de las Nubes (a la que acompañó Pablo Guerrero), Antonio Resines, Joaquín Sabina y Vainica DobLe. No pudieron participar por compromisos adquiridos ante de cerrar la fecha del recital, Aute, Amancio Prada y Suburbano. Todos miembros de la Asociación.

Al mismo tiempo (¿cómo iba faltar?), organizamos un seminario sobre «Música, canción popular y pedagogía liberadora» que tuve el placer de diseñar y dirigir. El objetivo era introducir la «canción de autor» en las escuelas y en el marco de los programas escolares de enseñanza y aprendizaje.

Lo celebramos los sábados por la mañana y los miércoles por la tarde del mes de mayo de 1984, en la escuela de magisterio ESCUNI. Recuerdo que una vez lanzada la convocatoria se agotaron las plazas en menos de una semana.


Los amigos que me acompañaron e intervinieron en las sesiones de trabajo del seminario fueron Enrique Brovia (profesor de EGB), Ángel de Benito (en aquel momento decano de la Facultad de Ciencias de la Información), Elisa Serna, Luis Eduardo Aute, Manuel Picón, Álvaro Feito, Antonio Gómez, Víctor Claudín, Carlos Cano, Carmen Santonja (del dúo Vainica Doble), Consuelo Maqueda (profesora de Historia y Arte en la escuela de magisterio), Pedro Martínez Montávez (catedrático de Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid) y José Antonio Labordeta.

Las conferencias, mesas redondas, coloquios y sesiones prácticas del seminario giraron en torno a los siguientes temas:

• La pedagogía liberadora y la canción. ¿En qué pueden influirse y relacionarse?
• Situación actual (en aquel momento) de la enseñanza y utilización de la música y la canción popular en la escuela y en los centros culturales.
• Contenido social y antropológico de la música y la canción popular
• La música y la canción popular y sus aplicaciones didácticas en el marco de la pedagogía liberadora.
• Presentación, audición y análisis de las posibilidades didácticas de la obra Crónicas granadinas de Carlos Cano.
• Música, expresión plástica y montajes audio-visuales.
• Realización de montajes audio-visuales sobre las obras de los grupos Suburbano, La Banda y Babia.
• La técnica del disco-fórum.
• Disco-fórum en torno a la obra de José Antonio Labordeta.
• Presentación de la canción social desde la perspectiva del valor de la esperanza.
• Elaboración en equipos de un disco-fórum sobre los temas de la emigración, el cuidado de la naturaleza y las experiencias de la vida y la muerte.

Finalmente, es importante hacer una breve referencia a otras dos acciones emprendidas en la sede de la Asociación. Creamos una biblioteca sobre temas relacionados con la música y el canto popular; y una fonoteca en la que empezamos a recoger y a clasificar todas las grabaciones realizadas por los cantautores entre 1970 y 1983.

Fernando G. Lucini, Álvaro Feiro y Luis Eduardo Aute
en la sede de la Asociación de la Música Popular.

Como ya dije antes, tuvimos que interrumpir y poner fin a este gran proyecto al año de su inicio, pasado el verano de 1984. El motivo fue sencillamente la falta de medios económicos para poder mantenerla. Con la ayuda que nos dio inicialmente el Ministerio de Cultura hicimos frente a los gastos mínimos de la puesta en marcha, los gastos imprescindibles de infraestructura y la inversión que hubo que realizar para el arranque de los proyectos, pero, pasado un año, era necesario volver a contar con un nuevo impulso económico que nunca llegó a materializarse. El Ministerio de Cultura nos comunicó que no contáramos con la renovación de su ayuda económica.

La verdad es que nunca llegué a entender muy bien aquella posición del Ministerio, sobre todo teniendo en cuenta que siempre se habló de que se trataría de un ayuda anual y renovable, y que alguno de los proyectos que tan ilusionadamente iniciamos (como la revista, los libros o el sello discográfico) estaban empezando a ofrecernos expectativas favorables de autofinanciación, e incluso de una pronta y posible rentabilidad, justo cuando tuvimos que cerrar. No lo entendí y traté de encontrarle una justificación lógica y coherente. Hoy por hoy, pasado el tiempo y tras haber vivido experiencias similares, creo que lo tengo mucho más claro.

La «canción de autor», entendida como «canto libre», tanto para los políticos de derechas como para los de la izquierda acomodada y mediocre, es un riesgo (es, podríamos decir, hablando mal y pronto, bastante tocapelotas). Pudimos comprobarlo en 1986, cuando un sector de cantautores se echó a la calle a cantar en contra del ingreso de España en la OTAN o, lo que es lo mismo, a cantar contra las armas y contra los incumplimientos electorales del Partido Socialista. Era evidente: los mismos creadores que habían favorecido con sus canciones la llegada al poder de ciertos políticos, podían, si se lo proponían, devaluar del mismo modo su prestigio e incluso la seguridad de sus cargos y mayorías absolutas.

Teniendo en cuenta esa realidad y evocando todo el trabajo y la ilusión que pusimos en la Asociación de la Música Popular, pienso que aquella subvención inicial no fue otra cosa más que un agradecimiento a Elisa Serna, luchadora incansable, por los servicios prestados y, a partir de ahí, si te he visto no me acuerdo. 


La verdad es que, hasta la fecha, al menos en lo que a mí y a mis proyectos relacionados con la «canción e autor» se refiere, nadie se ha acordado. Situación que, por supuesto, muchas veces me ha causado gran indignación, pero nunca ha logrado quebrantar mis sueños porque creo, con León Felipe en la voz de Adolfo Celdrán, que «soñar es decir 4.444 veces, por ejemplo, yo no quiero verme en el tiempo, ni en la tierra, ni en el agua sujeto. Quiero verme en el viento». «El cor al vent buscant la llum».

miércoles, 17 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 17.



A lo largo de «mi vida entre canciones» jamás se me ocurrió crear poesía y, menos aún, publicar un libro de poemas. En ese sentido, por no escribir, no he escrito ni la letra de una canción. 

Amo la poesía, la he disfrutado mucho y ha sido muy importante en mi vida; tanto es así que siento una inmensa admiración hacia nuestros poetas (hombres y mujeres) y un profundo respeto al lenguaje poético.

No obstante, alguna vez, muy tocado por dentro, me he puesto a escribir y, de repente, he sentido que lo que me estaba saliendo del alma, al menos en apariencia y sin yo proponérmelo, rozaba con el verso libre o la prosa poética. Por supuesto, cuando me ha ocurrido, nunca he reprimido el impulso, pero siempre he tenido muy claro que el resultado de esa expresión era para mí mismo, para mi intimidad, y no para ser publicado.

Siendo del todo cierto lo que acabo de decir, tengo que mencionar una excepción. En 1983, cuando Carlos Cano me pidió que le escribiera un texto para la carpeta de su disco Si estuvieran abiertas todas las puertas, me puse a escribir y el resultado, inevitablemente, fue algo próximo a un texto poético. Incluso le di su correspondiente estructura formal. Cuando lo terminé se lo mostré a Carlos y se emocionó. Dadas las circunstancias, y pensando en que se trataba de un texto suelto para la carpeta del disco de un buen amigo, permití a la discográfica que lo publicara y lo incorporamos también al libro de Júcar. 

Fotografía de Carlos Cano que apareció acompañando
al texto que escribí para su disco
"Si estuvieran abiertas todas las puertas" (1983).

El texto es el siguiente. Vuelvo a leerlo y aunque sigo pensando que literariamente es un poco pretencioso, ¡a mí me gusta!

«Por encima del tiempo y el espacio;
por encima de estructuras, intereses y sistemas,
en la raíz del hombre y de lo humano,
cuando menos se espera.
o tal vez,
cuando uno empieza a sentir
el cansancio de la espera,
surge el SILENCIO.

Y en el silencio, hoy de nuevo, la ESPERANZA,
y el sueño, y la fe, y la UTOPÍA.
Y en el silencio la visión conmovedora
de una puerta,
una sólida y desafiante puerta, cerrada desde siglos,
que cobra ligereza en su apertura;
y con ella mil puertas que se abren,
¡todas las puertas!
de palacios y chabolas,
de cárceles, manicomios y vecinos,
la puerta del amigo y también del enemigo,
tu puerta y mi puerta,
todas nuestras puertas:
corazones que laten, que palpitan.

¡Ay!
¡Si estuvieran abiertas todas las puertas!
¿qué pasaría?
…y el sueño, la fe y la esperanza continúan…
(¡Necesito creer en la utopía!).
Pasarían la libertad, el cariño y la ternura,
la ilusión vestida de sonrisa,
el beso y la caricia sencilla y transparente,
el refugio de unos ojos, la armonía,
el amor: aliento de la vida.

Pero el tiempo y el espacio con frecuencia me encadenan,
y surge de nuevo ante mí, lo inevitable:
la insensibilidad y el miedo,
la desconfianza y el agobio.
(¿Por qué hemos amordazado la utopía?).
Y las puertas se cierran en mi cara,
se alquilan porteros y guardias que vigilan,
se sofistican los sistemas del blindaje,
urge la “mirilla” descarada y espiante,
surge la soledad y el abandono,
la mediocridad y el “ha salido, no está en casa”,
lo mío y lo tuyo,
lo de dentro y lo de fuera,
el de arriba y el de abajo...
... y, mientras tanto, la historia,
nuestra corta historia, continúa...

Pero en la historia
aún laten con su magia y con su grito,
y también con su aparente y hasta molesta e inexplicable locura,
los profetas,
y con ellos irresistible e imperecedera,
de nuevo la esperanza, el sueño y la utopía.

¿Qué ha de ser el cantor popular, sino un profeta?

Carlos Cano, hombre y cantor, en su trabajo, 
nos reafirma en su ya madura profecía. 
Por encima del tiempo y el espacio,
por encima de estructuras, intereses y sistemas,
él se atreve a tomar su propia entraña,
traducida en palabras de silencios,
y en un gesto de generosa apertura,
con fuerte brazo y en grito desgarrado,
en la plaza pública la tiende,
a las miradas
y también a las pisadas
de todos los que pasan.

Si estuvieran abiertas todas las puertas;
nueve canciones y una despedida,
una declaración de fe en la esperanza,
en el sentimiento,
en el sueño,
en la utopía...
¡He aquí una puerta que se abre!
Cruza su umbral,
pasa y siente...
¡He aquí al hombre!...

Y ahora escucho su voz:
“Amor mío, adiós,
despierta del sueño”.
... y una sólida y desafiante puerta,
cerrada desde siglos,
definitivamente hoy cobraba ligereza en su apertura».

Entrada del concierto celebrado en el Teatro Salamanca,
de Madrid, en el que Carlos Cano presentó
su disco "Si estuvieran abiertas todas las puertas.
(Viernes 21 de octubre de 1983.)

domingo, 14 de enero de 2018

DISCOS DEL EXILIO RESCATADOS: "¡SALUD!" DE JULIO MATITO (1976. ALEMANIA).

Algo que siempre me ha resultado apasionante a lo largo de mi "vida entre canciones" ha sido explorar en la historia de la "canción de autor" a la búsqueda, y al encuentro, de una de sus principales señas de identidad: Su desmedido y apasionado posicionamiento en defensa de la "LIBERTAD", y su actitud, siempre crítica, ante todo lo que, en todos los ámbitos de la existencia, pretendiera anularla o reprimirla.

En ese contexto, me ha resultado especialmente apasionante conocer, escuchar y analizar la que suelo llamar "canción del exilio"; canción grabada durante los años sesenta y setenta fuera de España; por lo general, descarada y felizmente antifranquista; de carácter revolucionario; y por supuesto liderada por "creadores" situados políticamente en la antípodas de la dictadura.

Uno de esos creadores fue JULIO MATITO, bajista y voz del grupo SMASH –mítico grupo pionero del rock andaluz– puesto en marcha en 1968 y disuelto en 1973.

Julio Matito.

Tras la disolución de Smach, Julio creó otro nuevo grupo llamado "La Cooperativa"; grabó un single con dos canciones –"Al despertar" y "Tú"– y, tres meses después, decidió retirarse del mundo de la música.

Retirado en Chipiona –donde montó un "chiringuito"– Julio conoció a un Felipe González –por entonces verdaderamente socialista y revolucionario– que acaba de ser elegido secretario genera del PSOE. Con su característico poder de seducción Felipe consiguió que se implicara en el partido, y que volviera a cantar en apoyo al PSOE y a sus mítines y campañas. 

(No olvidemos que en aquellas mismas circunstancias, en Andalucía, Carlos Cano había optado por apoyar al Partido Socialista Andaluz y había compuesto su canción "Por un poder andaluz", y que el Partido Comunista se había insinuado a Antonio Mata sin conseguir seducirle.)

Embarcado en esa nueva aventura político-musical Julio en 1976 grabó un LP en Sevilla que fue editado en Alemania y que nunca se distribuyó en España; disco descaradamente creado en apoyo al PSOE y en defensa de los derechos humanos y los valores auténticamente democráticos, al que tituló "¡SALUD!".

Cubierta del disco de Julio Matito en la que
aparece la imagen de Pablo Iglesias, fundador del PSOE
.

En este LP Julio Matito incluyó nueve canciones, cinco compuestas por él –letra y música–, y cuatro compuestas sobre poemas de José Miranda de Sardi, escritor y político de Chipiona (Cádiz) fusilado en 1936. Concretamente esas nueve canciones fueron las siguientes:

1. Burgués (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
2. Andaluces (Julio Matito).
3. Maldición (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
4. En memoria de un dictador (Julio Matito).
5. Poema a José Miranda (Julio Matito).
6. Pistolas (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
7. Razones (José Miranda de Sardi - Julio Matito).
8. Amada mía (Julio Matito).
9. Explosión (Julio Matito).

Curiosamente, en aquel disco, sobre el fondo de la bandera republicana, aparecía el siguiente texto de Felipe Gonzalez que nos devuelve la bendita "memoria":


«El socialismo ha luchado siempre por liberar al hombre de sus cadenas socioeconómicas. De esta ruptura surgirá necesariamente un hombre nuevo: individuos que parten de sí mismos dentro de unas relaciones y condiciones históricas socialistas.

En la certeza de que ese momento no está lejos, los actuales socialistas queremos evitar la tentación idealista de quien olvida la actualidad de los medios para el cambio de la estructura socioeconómica y también la tentación cientifista de quien se niega a imaginar el hombre futuro.

Por el contrario, creemos que el nuevo hombre socialista y la nueva cultura que produzca, está ocurriendo ya dentro de la militancia de la lucha política y cultural.

Y con esta lucha, pretendemos que nos sea devuelta la producción de los objetos externos necesarios para nuestros impulsos; y ello mediante el cambio de las relaciones en que dicha producción se alinea dentro de una sociedad capitalista.

Queremos responder históricamente a lo que somos por naturaleza y cultura.»

Poco tiempo después de la edición de este disco, JULIO MATITO, bastante decepcionado por el desarrollo de la verdadera práctica política, decidió cambiar de rumbo y volver al rock itentando retomar el gran proyecto de SMASH. Lamentablemente Julio falleció en un accidente de coche el 13 de julio de 1979 a la edad de treinta y tres años.

Para concluir este "cuelgue" me parece interesante compartir el siguiente enlace de youtube en el que puede escucharse completo el disco "¡SALUD!" de Julio Matito:


sábado, 13 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 16.



Carlos Cano ha sido, sin la menor duda, uno de los cantautores y amigos a los que más he admirado y querido a lo largo de mi vida. Sus composiciones y los años en que compartimos una intensa amistad (junto a Alicia, Tonona y los hijos) han sido parte muy importante de «mi vida entre canciones». Lo fueron y aún lo siguen siendo, porque es imposible olvidar lo mucho que compartimos, reímos, trabajamos y soñamos juntos.

La primera vez que supe de la existencia de Carlos y que le escuché cantar fue a través de su primer LP, A duras penas; disco de referencia que me dejó tremendamente impactado. Una obra (por cierto, hoy perfectamente recuperable) en la que se funden una calidad humana de una sensibilidad extraordinaria (hasta en el quejido y la amargura); una conciencia social desgarrada (que Enrique Morente reforzó) y un sentido del humor muy fino que, cuando Carlos se lo proponía (porque era necesario) podía llegar a ser mordazmente hiriente. Todo ello sobre la base de unas composiciones musicales y una forma de cantar de raíz sureña que ya, desde aquel primer momento, transpiraba un sabor y unos aires verdaderamente populares. Al escuchar a Carlos nunca pude dejar de pensar en Antonio Machado en la voz de Juan de Mairena. Él de verdad canta como «el pueblo lo siente y lo piensa, y así como lo expresa y plasma en la lengua que él más que nadie ha contribuido a formar».


Fue tanto lo que me prendió aquel primer disco de Carlos que, cuando tuve la oportunidad de empezar a redactar mis crónicas en el periódico escolar Saeta Azul, le dediqué una de ellas. Se publicó en la segunda quincena de marzo de 1977, Carlos Cano y la Nueva Canción Andaluza. El alcance que llegó a tener aquel artículo fue sorprendente, en particular por tratarse de un periódico tan bien distribuido en Andalucía. Recuerdo muy bien que aquel número de la revista (el 56) tuvo que reeditarse.

En el momento en que publiqué aquella crónica, Carlos estaba grabando su segundo LP, A la luz de los cantares. Un buen día, cuando ya lo tuvo terminado y a punto de publicar, me llamó por teléfono Antonio Muñoz, que en aquel momento era su manager y su mano derecha.

Antonio, consciente de la trascendencia que había tenido el artículo publicado en Saeta Azul sobre A duras penas, me preguntó si era posible hacer algo similar con el nuevo disco. Yo estaba a punto de dejar el periódico por sobrecarga de trabajo pero, por supuesto, le dije que sí. Tenía curiosidad, estaba convencido de que aquel segundo disco de Carlos Cano sería tan bueno como el primero y de que merecería la pena escribir sobre él y recomendarlo.

Por su parte, Antonio me informó de que Carlos y él iban a estar próximamente en Madrid de promoción (ellos vivían en Granada) y que si me parecía bien y me apetecía podríamos concertar una entrevista para conocernos y charlar.


Recibido el nuevo disco, escribí y publiqué la crónica correspondiente y, una vez que el periódico estuvo distribuido, llamé a Antonio y a Carlos, que estaban en Madrid. Decidimos citarnos los tres en el hotel Abeba, donde se hospedaban. El encuentro fue inolvidable. Carlos me habló de su nuevo proyecto, Crónicas granadinas, prolongamos la entrevista con una cena y aquel día marcó el inicio de nuestra amistad.

A partir de entonces, entre 1978 y 1983, fue rara la semana en que no nos llamáramos por teléfono o el mes en que Carlos y yo no nos encontráramos en Granada, en Madrid, en Sevilla (en casa de Diego de los Santos) o en Barcelona, donde teníamos amigos comunes como Carlos Herrera, Antonio Guerrero o Nuria Ribó.

En aquellos años Carlos grabó y pudimos disfrutar sus Crónicas granadinas (1978), De la luna y el sol (1980) y El gallo de Morón (1981). Tres hermosísimos discos que, lamentablemente, no llegaron a tener, al menos fuera de Andalucía, la valoración que en justicia merecían.


Ante esta situación, cuando Carlos empezó a pensar en su siguiente disco, que se titularía Si estuvieran abiertas todas las puertas, decidimos pasar unos días en una casa que había alquilado yo en la sierra de Madrid para charlar con calma y pensar qué podríamos hacer para promocionar el nuevo disco por todo el país con mejores resultados.

Una de las posibles acciones que se me ocurrieron y que le propuse a Carlos fue escribir un libro con su biografía que podríamos publicar haciéndolo coincidir con la salida al mercado del nuevo disco, prevista para finales de 1983. A Carlos le pareció bien. El problema que se nos planteaba no era escribirlo, ya le conocía bien y además tenía suficiente tiempo para hacerlo, el problema era quién podría editarlo.

Enseguida pensé en la magnífica colección Los Juglares de la Editorial Júcar. En aquel momento ya habían aparecido en ella, entre otras, las biografías de Dylan, Jacques Brel, Brassens, Serrat, Pi de la Serra, Víctor Manuel, Labordeta, Vainica Doble, Raimon y Aute.

Nada más regresar de la sierra solicité una entrevista a María de Calonje y a Silverio Cañada, que en aquel momento dirigían lo colección, y les conté el proyecto.

En un principio parecía que aquello no iba a prosperar. Carlos aún no era lo bastante conocido como para que su biografía despertara demasiado interés y pudiera venderse, me dijeron que era una inversión arriesgada. Entonces se me ocurrió plantear la posibilidad, para reducir los gastos, de que yo mismo, además de escribir el libro, podría hacerme cargo de su maquetación y su diseño sin cobrarles nada. Por otra parte, también les propuse (por supuesto, después de consultárselo a Carlos) que estábamos dispuestos a percibir los derechos de autor no en dinero, sino en libros. A María y a Silverio aquellos planteamientos les parecieron aceptables (¿cómo no?) y el libro se pudo hacer realidad. Lo publicamos en los primeros días de octubre de 1983, coincidiendo, tal y como habíamos previsto, con la salida del disco Si estuvieran abiertas todas las puertas, obra en la que Carlos incluyó canciones referenciales de su repertorio como «Tango de las madres locas», «La metamorfosis», «Elisa», «Hijos de la calle» y «La estrella perdida».


Recuerdo, a modo de anécdota, que cuando firmamos el contrato pensamos que solo utilizaríamos una parte de los libros que nos tenían que entregar (llegaron a ser más de trescientos) para la promoción del disco, cosa que no tuvimos más remedio que hacer con todos, puesto que la editorial, al entregárnoslos, ya se encargó de estampar en todos y cada uno de ellos un sello bien visible que ponía: «Ejemplar NO VENAL».

La redacción de aquel libro fue una aventura apasionante. Me planteé como objetivo penetrar en lo que llamé «el umbral del silencio» de Carlos, con el fin de ir mucho más allá de sus datos biográficos y llegar, en lo posible, al descubrimiento de su humanidad y su mundo interior, de donde, sin duda, nacían sus canciones.

Compartimos y hablamos relajadamente muchas horas, lo que me permitió conocer bien su intimidad y su pensamiento, al mismo tiempo que fuimos afianzando entre nosotros una más sólida relación de amistad y de cariño.


A finales del verano de 1983 montamos una pequeña oficina en Madrid desde donde pusimos en marcha la estrategia de promoción que habíamos diseñado durante meses. Un plan que consistía básicamente en la presentación del libro y del disco. 

Fue un trabajo duro y pasamos bastantes nervios pero, en realidad, nos reímos mucho y compartimos no pocas satisfacciones. En aquellos días presenté a Carlos a una serie de amigos que, tras conocerle y escuchar sus canciones, decidieron ayudarnos. Entre ellos, Eduardo Úrculo, Amadeo Gabino, Fernando Bellver, Manuel Arcorlo, José Hernández, Isabel Villar, Eduardo Sanz, José Luis Verdes, Rafael Canogar, Amalia Avia, Basilio Martín Patino y Fernando Savater. 

La presentación del libro la hicimos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 18 de octubre y corrió a cargo de Fernando Savater, Maria de Calonge y un servidor. Fue todo un éxito. Carlos, con su acostumbrada timidez, en un momento determinado desapareció. Menos mal que al final pudimos rescatarle para que firmara algunos libros conmigo. 


Por cierto, relacionada con aquella presentación hay una anécdota que voy a referir porque me parece divertida y entrañable. Como andábamos muy mal de dinero, decidimos preparar nosotros mismos el aperitivo que íbamos a ofrecer después de las palabras de presentación. Lo hicimos en mi casa, entre Carlos, Alicia (el gran amor en la vida de Carlos), Tonona, mis hijos y yo. Preparamos las tortillas de patatas y los canapés, cortamos queso y jamón, compramos frutos secos y lo trasladamos todo en un taxi. Cuando llegamos al Círculo dispusimos las mesas con sus manteles y las viandas correspondientes y, a decir verdad, nos quedó mucho mejor que si se lo hubiéramos encargado al mejor bar de la zona. Así se hacían las cosas por entonces, y así era como los sueños se podían ir haciendo realidad.

A los cinco días de la presentación del libro, es decir, el 23 de octubre, presentamos el disco Si estuvieran abiertas todas las puertas con un concierto de Carlos celebrado en el teatro Salamanca de Madrid. Precioso concierto en el que felizmente tuvimos que colgar el ambiciado cartel de «Agotadas las localidades».

Con motivo de ambas presentaciones se me ocurrió crear un grabado o un aguafuerte de corta tirada que fuera un recuerdo testimonial de aquel momento en la vida profesional de Carlos, al tiempo que una invitación muy especial para la participación de las personas más amigas en los dos encuentros que habíamos organizado. Para ello hablé con el escultor Amadeo Gabino, con quien mantenía una muy buena amistad. Le encantó la idea y nos pusimos a trabajar en ella. Una vez creada la plancha por Amadeo, realizamos la estampación en el taller de otro gran pintor amigo, Fernando Bellver.

La imagen del aguafuerte representa una puerta que se abre a la posibilidad de la luz y la utopía, e iba acompañada de dos fragmentos poéticos manuscritos. El de la parte superior está tomado de un texto que le escribí a Carlos para la carpeta de su disco, y el de la parte inferior es un fragmento de la canción «La estrella perdida» de Carlos Cano.


«Por encima del tiempo y el espacio;
surge el SILENCIO.
y en el silencio hoy de nuevo, la ESPERANZA,
y el sueño, y la fe, y la UTOPÍA.
Y en el silencio la visión conmovedora
de una puerta,
una sólida y desafiante puerta, cerrada desde siglos,
que cobra ligereza en su apertura».
(Fernando González Lucini)

«La utopía
abrirá las fronteras
que al mundo separan
de la inmensidad».
(Carlos Cano)

A partir de 1983 se inició una nueva etapa en la carrera artística y discográfica de Carlos que se concretaría en 1985 con la aparición del álbum Cuaderno de coplas, publicado por Ariola.

Mientras acontecía todo lo que acabo de narrar, el 4 de marzo de 1983 Luis Eduardo Aute dio, también en el teatro Salamanca, su mítico concierto Entre amigos, acompañado de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat y Teddy Bautista. El 7 y el 8 de junio, se presentó en el mismo teatro el espectáculo Sudacas, creado por Manuel Picón, Olga Manzano, Rafael Amor y Claudina y Alberto Gambino. Y, por desgracia, el 14 de octubre, en Burgos, perdimos a Jesús de la Rosa, fundador y alma del grupo Triana, que falleció como consecuencia de un accidente de tráfico.

Finalmente, para concluir este capítulo, voy a reproducir un texto de Carlos Cano tomado de la biografía que publiqué en Júcar. Es un texto que retrata muy bien su personalidad y lo que fueron las raíces vinculantes de nuestra amistad. Recordemos que justo por aquel entonces yo estaba reivindicando el valor del silencio y de la interiorización en la «Sinfonía pedagógica en tres tiempos».


«Reivindico el silencio, reivindico la soledad, digo que no es mala, digo que el silencio es un tiempo que tenemos que recuperar, que hay que empezar a escuchar y a comprender la realidad desde el silencio para llegar a encontrarnos de verdad con nosotros mismos. Reivindico el derecho a decir: "Me encuentro tierno y sensible, sin que me dé la más mínima vergüenza. Reivindica la sensibilidad como fortaleza».

jueves, 11 de enero de 2018

PASKUAL KANTERO "MUERDO" EN WARNER MUSIC, NUEVO DISCO Y UNA INTUICIÓN FELIZMENTE CONFIRMADA.

Me siento feliz de poder compartir aquí donde CANTAMOS COMO QUIEN RESPIRA la noticia de que el cantautor PASKUAL KANTERO "MUERDO" ha fichado para la compañía discográfica Warner Music, y que en este momento se encuentra grabando su cuarto disco titulado "LA MANO EN EL FUEGO", producido por Fernando Illán.

Paskual Kantero "Muerdo"

Esta buena noticia viene a confirmarme una convicción personal que yo mismo manifestaba en este blog hace seis años –concretamente en diciembre de 2011– tras conocer y escuchar cantar a Muerdo por primera vez. Decía entonces:

«Me aventuro a afirmar –motivos tengo– que Paskual Kantero "Muerdo" puede llegar a convertirse, en poco tiempo, en uno de nuestro "cantautores" de mayor inspiración y calidad. Yo así lo creo. [...] "Muerdo" cuando se echa a cantar tiene la capacidad de fundir en su voz la fuerza de sus convicciones y de sus creencias –que tiene bien asentadas, y que son profundamente críticas y, a la vez, esperanzadoras–, con la intimidad que se le desboca de los sentimientos, de los latidos y de las ternuras que se niega a reprimir o a enmascarar. Una forma de cantar con sangre; con el alma; con todo su pasión  y su rebeldía...; y además de cantar bien.»

Aquella intuición personal, fundamentada en mis muchos años de acercamiento, audición y disfrute de la "canción de autor", hoy se está haciendo realidad gracias al empeño, al trabajo y el "buen hacer" –no siempre fáciles– de Paskual a lo largo de estos seis últimos años.


PASKUAL KANTERO "MUERDO" en estos seis últimos años ha sabido rodearse de muy buenos músicos; ha grabado tres discos; ha cantado y ha contado con la colaboración de Luis Eduardo Aute, Pedro Guerra, El Kanka, Rozalén, Rocío Ramos, Laura Granados, Lichis, Amparo Sánchez "Amparanoia", Perotá Chingó, Pascuala Ilabaca, Dani Aguilera, Kamankola o Mr. Kilombo; ha viajado por toda Latinoamérica empapándose del sentir, de la sensibilidad y de la música latina en todas sus manifestaciones; no ha dejado –contra "viento y marea"– de ofrecernos magníficos conciertos acústicos o acompañado por toda su banda; y, sobre todo, ha ido siendo capaz de engrandecer su riqueza y su pluralidad rítmica y melódica, y de imprimirle a sus canciones una indentidad crecientemente solidaria, humanizante y de absoluta credibilidad.

CD: "Flores entre el acero" (2011). Primera y segunda edición.
 CD: "Tocando tierra" (2013).
CD: "Viento sur" (2015).

Hoy "MUERDO" por derecho, y en justicia, ha logrado encontrar y disfrutar el reconocimiento a su trabajo y a su calidad, y yo lo celebro; primero porque supone una aportación importante, enriquecedora e innovadora para nuestra "canto popular" y para nuestra "canción de autor"; y en segundo lugar por el cariño y la amistad que compartimos.

Aposté por Paskual Kantero hace seis años, –como lo hice igualmente por Rozalén, o años antes por Carlos Cano, o lo estoy haciendo en este momento por la recuperación poética de Antonio Mata– y me siento afortunado de haber acertado.

¡Felicidades Paskual! ¡Mucha suerte! ... ¡Y a disfrutar, como sabes hacerlo, de tu nuevo disco "LA MANO EN EL FUEGO" y de la gira que vas a emprender por toda España a partir del 8 de marzo... Evidentemente, como vivo en Madrid, estaré contigo en el JOY ESLAVA el 22 de marzo.


Para obtener una mayor información sobre la gira "En el Fuego Tour 2018" de "MUERDO" puede acudirse al siguiente enlace: 

miércoles, 10 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 15.



Durante los años en que estuve publicando mis crónicas sobre la «canción popular» en Saeta Azul y Noticias Obreras, continué dando clases en el colegio Aula Nueva y seguí pensando e investigando sobre la ya mencionada relación, ya ni sé cuantas veces repetida, entre la canción y la pedagogía. Evidentemente, es un claro empeño que me ha acompañado siempre y que hoy sigue latente en lo que mi buen amigo Antonio Fernández Ferrer, uno de los fundadores del colectivo Manifiesto Canción del Sur, llama, cariñosamente, mi «empecinamiento».

A finales de 1979 se produjeron dos acontecimientos muy importantes en mi vida. Por una parte, conocer personalmente a Paulo Freire y tener la oportunidad de escudriñar con él su pensamiento pedagógico; y, por otra, empezar a dar clases en la Escuela de Magisterio ESCUNI de Madrid. Dos acontecimientos que se fundieron de inmediato y que dieron origen a la publicación de mi segundo libro, Música, canción y pedagogía.


Poco antes de empezar el curso académico 1979-1980, Dolores María Álvarez, directora de ESCUNI, me propuso impartir clases en la Escuela de Magisterio con el fin de hacerles llegar a los futuros maestros mis inquietudes y experiencias sobre la posibilidad de incorporar la «canción de autor» en las aulas y en las programaciones educativas. 

Por supuesto, la propuesta me encantó, la acepté y estuve dando clases en ESCUNI hasta 1988. Recordar a Dolores María, que ya se nos fue, me causa una serena emoción; ella ha sido una persona importante en mi vida profesional, sobre todo porque siempre confió en mis proyectos e hizo todo lo posible por impulsarlos. Además, nos unió una gran amistad. Sencillamente nos quisimos.

Justo en aquel momento, en el verano de 1979 (¡qué casualidad!), yo estaba replanteándome todo y creando un nuevo proyecto educativo incidiendo de nuevo en la necesidad de que la «canción de autor» entrara en las aulas. Proyecto al que decidí llamar «Sinfonía pedagógica en tres tiempos». «Este nombre», comentaría meses después, «surgió como una especie de broma entre amigos. Ahora me resulta familiar, me gusta y creo que traduce el contenido de lo que quiero expresar. Es un proyecto que desde que lo empecé a poner en marcha me produjo la sensación de estar inmerso en una especie de apasionante sinfonía liberadora».

Por entonces, acababa de conocer en persona a Freire y de «reempaparme» de su pensamiento. A la vez, me sentía muy impactado por la reciente lectura del libro Percepción y creatividad, de Óscar Oñativia. 


Con Paulo Freire en la presentación
del libro "Música, canción y pedagogía".
Inmerso en ese espléndido conjunto de referencias, aquel verano retomé el proceso «ver, juzgar y actuar» descubierto en los años sesenta en la obra Revisión de vida de Albet Marechal (que siempre ha sido para mí como una brújula), y lo modifiqué en tres nuevos tiempos: «percibir de forma creadora», «interiorizar críticamente» y «comprometer en la acción toda nuestra realidad corporal»; tres tiempos que, al entrar en relación con la música y la «canción de autor», se armonizaron para dar origen a una auténtica «sinfonía».

Cuando Dolores María me hizo su propuesta de trabajar en la Escuela de Magisterio le sugerí la posibilidad de crear una asignatura optativa que podría llamarse «Música, canción y pedagogía» en la que se presentara y se pusiera en práctica mi recién creada «Sinfonía pedagógica en tres tiempos». A Dolores le gustó el proyecto y, en septiembre, junto a otras asignaturas de libre elección, presentamos mi optativa al alumnado de segundo curso. 

Recuerdo que, desde aquel año que dejé ESCUNI en 1988, «Música, canción y pedagogía» se convirtió en la optativa más elegida. Siempre se cubrió el cupo de matriculación el primer día, en cuanto se abría la posibilidad de que los alumnos realizaran su elección entre las optativas propuestas.

La experiencia vivida aquel primer año con los futuros maestros fue extraordinaria, ¡cómo pude disfrutar y cuánto lo hicimos! Fueron muchas horas de percibir e interiorizar muchas canciones juntos, de comunicamos en torno a lo que aquellas canciones nos hacían sentir. Horas de sensibilidad compartida que no solo tenían una proyección pedagógica, sino que, como grupo, nos permitieron sentirnos y descubrirnos cada día más próximos, humanos y solidarios.

Conforme el curso avanzaba, fui tomando la decisión de escribir un libro que recogiera, en su primera parte, los fundamentos y los principios esenciales de la «Sinfonía pedagógica en tres tiempos», y, seguidamente, las experiencias y las vivencias que, semana a semana, íbamos compartiendo en las clases de ESCUNI.

Empecé a escribir mi nuevo libro aprovechando mi tiempo libre y lo publiqué aquel mismo año en la colección Audiovisuales EDEBÉ, de la Editorial Don Bosco. ¡Claro!, el libro se tituló Música, canción y pedagogía, igual que la optativa.

Quizá lo más novedoso para mí de aquella experiencia fue descubrir el valor del silencio y experimentar su elocuencia. Silencio imprescindible para poder interiorizar la música, disfrutarla y percibir lo que puede llegar a confiarnos o hacernos sentir en un momento dado e inesperado.

En ese sentido, empezamos a trabajar y a experimentar no solo con la «canción de autor», sino además con otras expresiones musicales. Recuerdo por ejemplo, y así queda reflejado en el libro, los montajes audiovisuales y las actividades de expresión que realizamos a partir de las composiciones de grupos como Secta Sónica, el grupo francés OSE con música de Herve Picart, o piezas instrumentales de Jordi Sabatés, Tete Montoliu, Santi Arisa, Manel Camp, Toti Soler o George Winston. Recuerdo también, muy especialmente, los hermosísimos momentos que vivimos aplicando la «Sinfonía pedagógica» a El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns.

Ver desarrollo y resultados de la experiencia vivida
con niños y niñas de 8 años en el siguiente enlace de este mismo blog:
http://fernandolucini.blogspot.com.es/2014_03_29_archive.html

Del libro Música, canción y pedagogía conservo una reseña publicada en la revista Bordón (Revista de la Sociedad Española de Pedagogía) que, en su momento, cuando la leí, me produjo una tremenda satisfacción. En dicha reseña, firmada por Ignacio González Carrasco en junio de 1980, se decía lo siguiente: «Música, canción y pedagogía es el fruto del estudio profundo de la pedagogía de Paulo Freire, junto a una larga experiencia en el campo de la enseñanza. En el libro encontramos el puesto que la música y la canción deben ocupar en el proyecto educativo que busca no solo la liberación del hombre, sino su formación integral como persona. […] Se trata de un libro no solo para educadores y especialistas, sino para quienes comprenden que, en toda cultura, arte y vida están profundamente relacionados».

lunes, 8 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 14.



Antes de proseguir con «mi vida entre canciones» a partir de la década de los ochenta, voy a realizar un paréntesis, creo que necesario, para aclarar desde mi experiencia personal la situación por la que tuvo que atravesar la «canción de autor» y, en particular, sus creadores, a partir de 1975, año en que muere el dictador Francisco Franco y se inicia la transición democrática.

De paso, en este paréntesis también me propongo desenmascarar a todos los «enterradores» (de entonces y de ahora) que, por diferentes motivos, se sacaron y se siguen sacando de la manga una crisis de la «canción de autor» que, personalmente, como vengo diciendo y escribiendo desde hace mucho tiempo, considero inexistente. 

Es curioso, y resulta bastante surrealista, que muchos de esos «enterradores» actuales (que los hay a puñados y muy radicales) ni siquiera habían nacido cuando Aute compuso «Las cuatro y diez», Llach «La gallineta», Cecilia «Dama dama» o Pablo Guerrero «A cántaros». Cuando les escucho o leo sus escritos por las redes sociales y les percibo tan seguros y prepotentes, no puedo dejar de preguntarme: ¿y estos «súperespecialistas» saben realmente de lo que hablan? ¿Cuál es en realidad su memoria y su experiencia histórica? ¿De dónde les viene la información? ¿Se la habrán contado o se la estarán inventando?

Vayamos por partes. Para empezar hay un hecho evidente y difícilmente discutible. Durante los últimos años de la dictadura franquista, sobre todo a partir de 1969, la «canción de autor» y los cantaturores, reafirmando su identidad rebelde, democrática y contestataria, fueron quienes mejor y más clara y directamente supieron expresar, cantando, el hecho cotidiano y real de la represión, el dolor y la barbarie originada por Francisco Franco y sus acólitos, que eran muchos, cerriles y muy peligrosos.

Por otra parte, también fueron ellos, los cantautores, quienes manifestaron y nos contagiaron la esperanza en que, con y desde la unidad y la solidaridad, era posible que «terminara la larga noche y clareara la mañana», como cantaba José Menese con versos de Francisco Moreno Galván. Posicionamiento y actitud valiente, arriesgada y necesaria que, en realidad, no contó con más apoyo que el del sector de la ciudadanía que, identificándose con ellos y con sus canciones, reafirmaba y coreaba, también valientemente, sus denuncias, sus sueños de libertad y su clara voluntad democrática.

Hay que decir y recordar que en aquellos años, bien por la imposibilidad establecida por la censura o por el miedo y el riesgo ante cualquier tipo de represalia arbitraria e impune que pudiera producirse, la «canción de autor» no pudo contar con un apoyo real de los medios de comunicación, ni con la apuesta, por supuesto arriesgada, de la gran industria discográfica. No obstante, es justo reconocer  que en los últimos años de la dictadura surgieron algunas iniciativas de claro carácter local y alternativo que llegaron a ser realmente esenciales para el nacimiento y la difusión de la «canción de autor». Es el caso, por ejemplo, de los sellos discográficos Edigsa, en Cataluña; Xistral, en Galicia; Edumsa, en Madrid; Artezi, Elkar o Herri Gogoa, en el País Vasco; Sonoplay, Nóvola o Acción

Aquella falta de apoyo o de respaldo a la «canción de autor» fue cambiando conforme la dictadura empezó a dar sus últimos coletazos y la ciudadanía, en particular el sector juvenil, empezó a tomar conciencia de que, por fin, «estaba despuntando el alba». 

Fue en esas circunstancias cuando, a finales de 1974 y en 1975, apareció, por ejemplo, la revista Ozono, «Revista de música y otras muchas cosas», dirigida inicialmente por Álvaro Feito; o los sellos discográficos Gong (Movieplay) y Pauta (Ariola), que acogieron y promocionaron gran parte de la obra de nuestros cantautores. Iniciativas posibles gracias a que empezó a suavizarse el efecto de la censura y, sobre todo, porque la «canción de autor» pasó a convertirse en un producto cultural socialmente demandado y, en consecuencia, comercialmente interesante y sostenible.


A partir de ahí, entre 1976 y junio de 1977, fecha en que se celebraron las primeras elecciones democráticas, la «canción de autor» se convirtió en una expresión cultural esencial para la gran mayoría de la ciudadanía que reclamaba, cada vez más esperanzada, la democracia y la libertad. 

Es importante recordar en este contexto el Recital de los Pueblos Ibéricos, celebrado el 9 de mayo de 1976 en el campus de la Universidad Autónoma de Madrid. Recital histórico que duró más de ocho horas y al que asistimos más de cincuenta mil personas de todas las edades. Actuaron más de veinte cantautores procedentes de todo el país: Quico Pi de la Serra, Raimon, José Antonio Labordeta, La Bullonera, Bibiano, Benedicto, Miro Casabella, Luis Pastor, Daniel Vega, Julia León, Elisa Serna, Adolfo Celdrán, Pablo Guerrero, La Fanega, Fernando Unsain, Carmen Jesús e Iñaki, Gerena, Mikel Laboa, Víctor Manuel, Gabriel González, los portugueses Fausto y Vitorino, e Isabel y Ángel Parra, de Chile.


De la misma forma, en aquel momento la «canción de autor» se convirtió en un centro de especial interés para la clase política y, en particular, para los partidos políticos de izquierdas que decidieron apoyar a los cantautores solicitando que participasen en sus campañas y sus mítines con el fin de movilizar los sentimientos y los latidos democráticos del electorado.

Recuerdo, en ese sentido, canciones como «Por un poder andaluz», compuesta en 1977 por Carlos Cano para la campaña electoral del Partido Socialista Andaluz; o la canción «Vota bien y mira a quién» creada por Adolfo Celdrán ese mismo año. Canciones evidentemente circunstanciales que se alejan mucho de la calidad real, poética y musical, de la obra global tanto de Carlos como de Adolfo.

«Aquí están los socialistas, / los de la manita abierta, / los que defienden su tierra / del paro y la emigración, / los del olivito verde / y el corazón por bandera, / verde y blanca de la tela / del pueblo trabajador. / [...] ¡Viva Andalucía libre / que es hora de despertar! / ¡Y que vivan los que luchan / por darle la libertad! / Andaluz, que tu voto no migre / pa que así no migres tú. / ¡Por un poder andaluz!». (Carlos Cano)

«Habla pueblo habla / vota pueblo vota / pero no votes / a quien te explota./ [...] Ellos son los supermanes / y nosotros los idiotas. / Los cuentos para los tontos, / esquiroles y pelotas. / Nos piden que les votemos / que callemos y a otra cosa. / Mi voto es para los míos, / los que cambiarán la historia». (Adolfo Celdrán)

Aquella situación, felizmente, varió a partir de 1978, año en que se aprobó la Constitución y en que la reivindicación de los valores y los derechos humanos, así como la denuncia de las situaciones injustas, pasaron a convertirse en dos de las responsabilidades centrales y específicas, tanto en el Congreso como en el Senado, de los parlamentarios y los grupos políticos elegidos democráticamente. La «canción de autor» necesitaba desligarse de las posibles utilizaciones políticas y tenía que recuperar su libertad y su independencia crítica e ideológica.

A partir de aquel momento, los cantautores tuvieron que replantearse su identidad como colectivo y, a la vez, como individualidad, tanto en lo referente al contenido poético de sus canciones como a la calidad de sus composiciones y de su interpretación oral e instrumental. Replanteamiento que, desde mi punto de vista, no supuso ni originó en ningún momento una crisis global del género reconocido como «canción de autor». Fue en esencia un necesario y obligado momento de paréntesis y búsqueda personal del que muchos (una gran mayoría) salieron fortalecidos poética y musicalmente. Bien es verdad que hubo también quienes dejaron de cantar. Y no menos cierto que, de forma imparable, con el paso de los años, no han dejado de surgir nuevas generaciones de cantautores de calidad que, con gran esfuerzo y mucha ilusión, siguen cantando «como quien respira», que diría Celaya.

No sé a qué crisis de la «canción de autor» se refieren los «enterradores» cuando, por ejemplo, en 1979, se publicaron y pudimos disfrutar de grandes obras de la música popular como Canciones de amor y celda, de Amancio Prada; De par en par, de Aute; Los versos del capitán, de Manuel Picón y Olga Manzano; Somniem, de Lluís Llach; Un largo abrazo de agua, de Quintín Cabrera; Romesco, de Gato Pérez; Saba de terrer, de Maria del Mar Bonet; Quan l'aigua es queixa, de Raimon; La leyenda del tiempo, de Camarón, o Fins que el silenci ve, de Joan Baptista Humet, quizá uno de los mejores discos de Humet, que, además, tuve la suerte y el placer de poder disfrutar el día de su estreno en el Palau de la Música de Barcelona, momento que marcó el comienzo de una inolvidable amistad. 


Como no encuentro el menor rastro de la mencionada crisis cuando al año siguiente, ya en la década de los ochenta, se publicaron discos como Valle de lágrimas, de Javier Krahe; Malas compañías, de Joaquín Sabina; De la luna y el sol, de Carlos Cano; El eslabón perdido, de Vainica Doble; Barcelona. Ciutat gris, de Joan Isaac; Bruixes i manduixes, de Marina Rosell; Luna, de Víctor Manuel; Lau-Bost, de Mikel Laboa, o Marismas, del grupo Suburbano.

Tampoco se produjo una crisis de la «canción de autor» años después, en 1986, cuando, ante la incoherencia y la degradación democrática que ya empezaba a mostrarse en nuestro país, cantautores como Javier Krahe con su «Cuervo ingenuo» o Labordeta manifestando su «Desobediencia civil», se opusieron a Felipe González y al gobierno socialista ante su postura de integración en la OTAN.


Crisis ¡no! Hoy por hoy, yo mismo me sorprendo cada día de la enorme cantidad de amantes de la «canción de autor» que visitan mi blog Cantemos como quien respira, la web Canción con todos o el Buen día que, desde hace más de tres años, vengo compartiendo, cada mañana con una canción, en mi muro de Facebook. Sorprendente también la respuesta, tremendamente numerosa y positiva, de la audiencia del programa de Radio Nacional Esto me suena. Las tardes del ciudadano García en el que colaboro los viernes por la tarde con un espacio dedicado a los cantautores.

Con todo lo escrito anteriormente, siento contradecir y decepcionar a quienes afirman (no sé muy bien por qué) que el género musical y poético identificado como «canción de autor» está en crisis. No lo está, ni mucho menos. Lo que sí es cierto es que estamos hablando de una manifestación cultural que, en general, no recibe los reconocimientos que merece, quizá por su capacidad crítica. Manifestación cultural y artística que, por aquello de tomarse en serio el amor y la vida, hay quienes no la pueden soportar.

Cierro este paréntesis evocando dos manifestaciones más que respaldan, subrayan y amplían mis razonamientos. 

La primera, el programa de televisión que realizó Jose Luis Balbín en La clave, el 7 de mayo de 1993, al que tituló ¿Qué fue de los cantautores contestatarios? Un programa en el que participamos Chicho Sánchez Ferlosio, Marina Rossell, Labordeta, Carlos Cano, Gerónimo Grada, Javier Krahe y yo, donde quedó demostrado, una vez más, que de crisis nada. El programa está colgado en mi blog Cantemos como quien respira y recomiendo verlo.


La segunda manifestación es más reciente. Me refiero al poema que ha escrito Luis Pastor y que da título a uno de sus últimos discos: ¿Qué fue de los cantautores? (2012). Me encanta concluir este capítulo con algunos magníficos fragmentos de ese poema:

«[…] ¿Qué fue de los cantautores? / preguntan con aire extraño / cada cuatro o cinco años / despistados periodistas / que nos perdieron la pista / y enterraron nuestra voz. / [...] ¿Qué fue de los cantautores? / Aquí me tienen, señores / como en mis tiempos mejores / dando al cante que es lo mío. / Y aunque en invierno haga frío / me queda la primavera, / un abril para la espera / y un Grândola en el corazón. / ¿Qué fue de los cantautores? / Aquí me tienen señores / aún vivito y coleando / y en estos versos cantando / nuestras verdades de ayer / que salpican el presente / y la mierda pestilente / que trepa por nuestros pies. / [...] Siete vidas tiene el gato / aunque no cace ratones. / Hay cantautor para rato. / Cantautor a tus canciones. / Zapatero a tus zapatos».