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martes, 26 de agosto de 2014

RETRATO ÍNTIMO DE «JAUME SISA»

JAUME SISA - RICARDO SOLFA


Quizá este retrato íntimo es el más bello
que he escrito.  Es simplemente la expresión  de
la tremenda admiración que siempre he sentido hacia
Jaume  Sisa y su temporar reencarnación
en aquel Ricardo Solfa que consiguió enamorarme. 

Un  buen día llegó, con su maleta y con su guitarra bien repreta de hermosas e increíbles locuras y me dijo: «Ey! Salta y vola, que els ocell et faran lloc...»; enseguida descubrí como la lluvia había preñado, sobre su cabeza, hierbas frescas, flores de fuego y semillas de trigo, y así, inesperadamente, se me coló –a traición– en ese rinconcillo tan íntimo de mi personalidad en el que sólo caben los sueños.

Me abrió, de par en par, la puerta de su «cabaret galáctico» –reposo para viajeros cansados, donde los paralíticos bailan claqué y románticos camareros queman el dinero–.

Entré y me hice amigo de aquel «contador de estrellas», que había roto mil telescopios mirando al cielo y que sufría la fiebre de un deseo que va del cero al infinito; conocí a la «chica de porcelana» que buscaba mariposas blancas sobre la nieve; me besó, entre palmeras, una linda y dulce hawaiana –libremente sentada sobre una nube blanca–; pude contemplar, ensimismado, a los pirotécnicos de las serviles palabras leyendo al revés los capítulos de un libro de urbanidad; y salí llevándome, dentro de una cesta, un sol desnudo.

En otro momento, el buen Jaume me invitó –nos invitó a todos los que quisiéramos escucharle– a subir a su barca –que no tiene puerto–..., y fuimos mar adentro...; navegamos ebrios de luna y de silencio de estrellas...; visitamos catedrales construidas de sueños y de barro; contemplamos al gran general paralizado de pies a cabeza; lavamos con fuego nuestras manos y abrimos el patio oscuro de la cárcel del amor...; yacimos embarcados bajo el calor de los cuerpos desnudos y vivimos –más allá del tiempo– una noche plena de luz...; fuimos granos de arena, pozos y espejos; húmeda sabia entre secos riachuelos.

Recuerdo, en el ochenta y uno, una inolvidable «Noche de San Juan» en la que imitamos al sol con grandes fogatas..., y después: la revolución del ochenta y tres –revolución que él imaginó como el establecimiento de una nueva ilusión para poder cambiar el mundo de color–...; pero no, aquello no fue así, aquello no era lo que habíamos soñado: «Esto se acaba, se acaba, y no hay más que aceptar dignamente la ruina; no hay patrón, ni más ley, ni más dios, ni más rey, que el maldito dinero...».


Y se nos fue, y lo perdimos. Hay quien dice que se internó en un psiquiátrico para no perder su sabia locura...; hay quien cree que se quedó dormido bajo el ala apacible del arco iris...; a mí me han contado que no fue así, que una noche –de luna de miel– se encontró, no se sabe dónde, con Machín y con Bola de Nieve y que ambos le convencieron: «La revolución está dentro de ti. ¡Enciendo el motor! ¡La vida es pasión!»..., y que entonces se echó a volar cantando la furia de un bolero..., y que fue tanto su volar, tanta su pasión, y tal su delirio de amor que se autoengendró de nuevo: «Deseo dejar de ser, luego soy, porque sólo aquello que es puede dejar de ser, y ese ser que soy actúa para que mi deseo se cumpla... Por tanto, tendré que ser otro para ser yo mismo y así, en cumplimiento de mi deseo, poder dejar de ser».

El resultado de aquel autoengendramiento fue la quintaesencia de la ternura; «una corazonada en la noche y una sombrividencia de madrugada»...; le robó dos notas musicales a la escala: "Sol" y "Fa", y nos devolvió el desván polvoriento del ensueño: «viejas músicas de siempre a través del sentimiento, oleaje armónico de canciones contra el tiempo».

Y viajó –«viajante de comercio y de ilusiones»–, y allá, en lo alto, agazapado a un monumento que siempre mira al mar, y arruinando la aventura de Colón –«sólo merece la pena descubrir y conquistar corazones»– sueña, canta y espera.

«Por amor a la fruta prohibida
vivir sin otro rumbo mi certeza
y morir de un ataque de belleza
al llegar a una edad indefinida».