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sábado, 16 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 6.



Llegué a la estación de autobuses de Madrid y, después de hacer varias averiguaciones, pude encontrar por fin el Colegio Mayor Pío XII que era donde se iban a celebrar las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes de Acción Católica. No conocía a ninguna de las cincuenta y dos personas que habían llegado de diecinueve provincias distintas pero, curiosamente, en cuanto nos vimos, al presentarnos y contarnos de dónde veníamos, sentí una gran complicidad con todos ellos.

Muy cerca del Pio XII se encontraba el colegio de las Escolapias, donde estaban celebrando sus Jornadas Nacionales las responsables de las llamadas, también absurdamente, «menores», o sea, como los «aspirantes» pero en femenino. En aquel momento, lo de la coeducación no existía: «Los niños con los niños y las niñas con las niñas».

Aquella primera noche, un grupo de los recién llegados nos acercamos al colegio de las Escolapias y salimos con varias compañeras a cenar y a tomarnos un helado. Hacía una noche preciosa y nos encontrábamos tan a gusto que, no sé si dándonos cuenta o provocándolo, se nos pasó la hora del cierre de los colegios y no pudimos entrar hasta la mañana siguiente. Así que nos pasamos toda la noche paseando, hablando, disfrutando y echando alguna que otra cabezada en los bancos de la Castellana.

Hablamos de muchos temas, nos contamos muchas cosas e incluso nos hicimos más de una confidencia. Lo de «los chicos con las chicas» ciertamente funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! 

Uno de los temas de conversación, como era lógico dadas las circunstancias, fue que en las jornadas que íbamos a celebrar en los días siguientes teníamos que unirnos para conseguir al menos dos objetivos: suprimir y cambiar lo de «menores», «aspirantes» e «instructores», y hacer un colectivo único en el que chicos y chicas pudiéramos trabajar juntos.

Pasada la noche, dejamos a las «instructoras» en las Escolapias y regresamos al Pío XII. A las diez de la mañana empezamos las Jornadas.

Uno de los asuntos que se plantearon aquellos días fue la renovación del Secretario General del Equipo Nacional de Aspirantes. En aquel momento desempeñaba el cargo Santiago Baña y, por cuestiones personales, estaba a punto de dejarlo.

El Secretario General tenía que ser una persona dispuesta a ser «liberada», así se le llamaba, lo que significaba vivir en Madrid y tener una dedicación exclusiva. 

La sede del Equipo Nacional de los Aspirantes, junto con el resto de los demás equipos nacionales, Menores, JOC (Juventud Obrera Católica), JARC (Juventud Agrícola y Rural Católica), JEC (Juventud Estudiantil Católica), JIC (Juventud Independiente Católica), HOAC, Revista Signos, etc…, estaba en la calle Alfonso XI, donde actualmente se encuentra la COPE. Un lugar del centro de Madrid que nada tenía que ver en absoluto con lo que hoy es, hay y se hace dentro de ese edificio.

A los llamados «liberados» se les asignaba un pequeño sueldo mensual. Trabajaban y dormían en el mismo despacho en el que había una cama plegable que se abría por las noches. Las comidas y  cenas se hacían en un lúgubre comedor privado que había en el sótano y que resultaba muy económico. Comedor que, con cierta frecuencia, recibía la visita de la policía, y en el que se produjo más de una redada. Situación normal porque muchos de los jóvenes que vivían entonces en aquella casa eran considerados «rojos», comunistas, y, por tanto, antifranquistas, aunque oficialmente consentidos y, en cierta medida, protegidos por un sector progresista (¡que lo había!) de la jerarquía de la Iglesia Católica.

Cuando se planteó en la reunión la renovación del Secretario Nacional de los Aspirantes, yo, sin pensarlo mucho, me presenté como candidato. Lo tenía muy claro. Por una parte sentía verdadera necesidad de salir de Jaén y, por otra, aquella era una oportunidad para transformar, desde dentro, un «aspirando» ante el que me sentía cada vez más implicado y más crítico.

Además, pensé que aquella nueva situación me permitiría, en cuanto me fuera posible, encontrar la forma en que mis padres y mi hermano se mudaran a Madrid. Su situación personal, económica y social en Jaén se hacía cada vez más insostenible. Mi padre estaba bastante enfermo y se me rompía el alma cada vez que pensaba en él, consciente de que se sentía moralmente deshecho y fracasado.

Presentada mi candidatura, fue aprobada y, a partir del 1 de septiembre de 1964, fui Secretario General de los «Aspirantes» de Acción Católica. 

Al día siguiente volví a Jaén para anunciarles a mis padres la noticia y para pedir la baja en el Servicio Nacional del Trigo. Dos días más tarde me desplacé definitivamente a Madrid. En la maleta metí muy pocas cosas, lo imprescindible, entre ellas aquel single de Raimon que me regalaron un año antes; en realidad era como mi amuleto. «El cor al vent buscant la llum».

Creo que fue entonces la primera vez que sentí en mi vida la experiencia y el vértigo de la libertad, mi «pequeña libertad», como realidad posible.

Me instalé en uno de los pequeños despacho-dormitorios de la quinta planta interior de Alfonso XI y  Madrid me atrapó al instante. Se dice que es una ciudad acogedora y es cierto. El tiempo y los acontecimientos parecieron dispararse.

A los pocos días de mi llegada, Fernando Oliván, que era el Presidente del Equipo Nacional de Aspirantes, tomó la decisión de dejar su cargo y, en un «plis-plas», yo, que acababa de debutar como Secretario, tuve que asumir la presidencia y formar mi propio y renovado equipo de trabajo en el que, desde un principio, ¡por supuesto!, pedí la colaboración de las compañeras de «Menores» que residían en la sexta planta del mismo edificio.

De aquel primer grupo de trabajo con el que tuve la suerte de compartir momentos y experiencias inolvidables, no puedo dejar de evocar, entre otros, a colaboradores y entrañables amigos como José Manuel Estepa, de Andújar (Jaén); Alfredo Larreta, de Navarra; Daniel, Miguel, Fuentes y Pili Bobes, de Asturias; Paco Tapia, de Granada; Fernando Urbaneja, de Burgos; Javier Badiola y Merche Lavía, de Bilbao; Julián Mota, de Sevilla; Joaquín Domingo, de Girona; Mercedes de Frutos, de Segovia; o Blanca, Ramón y Margarita, de Madrid. Todos ellos fueron un impulso de vida.

Mi posición en aquel momento era clara. Asumía gustoso aquella nueva responsabilidad, pero con la condición de plantearme y poner en marcha, de inmediato, una renovación pedagógica del llamado «Aspirantado». Objetivo que, tras muchos encuentros y reuniones de trabajo y de consulta por toda España (no paré de viajar durante tres meses) conseguimos alcanzar en la primavera de 1965 con la aprobación oficial y puesta en marcha del Movimiento Junior, colectivo infantil y adolescente comprometido, en la medida de sus posibilidades reales y no como simple «aspiración», a reivindicar y defender los derechos humanos y los valores evangélicos más auténticos.

No voy a entrar en más detalles respecto a lo que fue y cómo se desarrolló la puesta en marcha del «Junior», así lo llamábamos, porque esa es una larga y apasionante historia que en sí misma necesitaría todo un libro. Lo menciono porque fue ahí y en ese tiempo donde consolidé mi pensamiento y mi vocación pedagógica. Y porque, al desplazarme a Madrid y tener que viajar por todo el Estado, tuve la oportunidad de aproximarme de forma directa y tener un primer conocimiento del universo de la «canción de autor» que en aquel momento estaba empezando a surgir y que pronto se convertiría, junto con la pedagogía, en uno de los tres pilares esenciales, o coordenadas, de mi personalidad y mi proyecto de vida.

La pedagogía, la «canción de autor» y, ya en aquel momento, mi claro y decidido posicionamiento de lo que se entendía por entonces como una persona de izquierdas; radicalmente antifranquista y apasionado amante de la libertad. De mi libertad personal y de la de aquella España «de todos los demonios» que, como escribía Jaime Gil de Biedma, tenía y tiene el derecho «a que sea el hombre el dueño de su historia». Hermoso y duro poema que, en 1978, musicalizó y cantó Paco Ibáñez en su disco A flor de tiempo.

Mi primera aproximación directa a la «canción de autor», entre 1964 y 1965, tuvo varios frentes.

En uno de mis viajes a Barcelona para reunirme con los responsable del naciente Movimiento Junior catalán, tuve la oportunidad de comprarme la primera biografía de Raimon escrita por Joan Fuster (Ediciones Alcides. Barcelona, 1964). Estaba escrita en catalán pero, por supuesto, no me importó. También tuve la magnífica oportunidad de asistir una noche a un concierto del grupo Els 4 Gats en el que participaba Quico Pi de la Serra. Fue la primera vez que le vi y que le escuché cantar, y me quedé fascinado con su música (¡maravilloso cómo toca la guitarra!), sus textos y sus comentarios breves, cargados de ironía y de «disparo certero». Al día siguiente, antes de regresar a Madrid, me regalaron el segundo single de Quico, que acababa de publicar Edigsa, en el que interpretaba cuatro canciones, entre ellas, «L'home del carrer» y «Els fariseus». ¡Impresionantes!


En la reunión que tuve poco después en Donostia, un compañero, consciente del interés que empezaba a despertarme la «canción de autor», me trajo desde Hendaya el primer LP de Paco Ibáñez (¡Góngora y Lorca!) que había grabado recientemente en París. Lo escuchamos juntos en su casa. ¡Todo un descubrimiento! Góngora y Lorca empezaron a existir de verdad en mi vida desde aquel momento, y gracias a Paco.

Y en la Navidad del 65 aterrizó Víctor Jara en mi vida. Una amiga chilena de la JOC (Juventud Obrera Católica) me habló de Violeta Parra y de él. Escuchamos juntos las dos canciones de Víctor grabadas en su primer single en solitario: «La cocinerita» y «El cigarrillo». Me resultó sorprendente y muy esperanzador descubrir que la «canción de autor» existía y era también una realidad más allá de nuestras fronteras.


En aquel momento, inmerso en un intenso proceso de crecimiento y construcción personal, justo en aquellas Navidades, le encontré a mi hermano un trabajo en una librería y conseguí que mis padres se vinieran con él a Madrid. Yo seguí viviendo en mi despacho del Junior y ellos se instalaron en un pisito amueblado que nos prestó generosamente una buena amiga. Aquello supuso el punto final de una etapa de mi vida y el inicio de la aventura insospechada y apasionante que me estaba aguardando. Años más tarde comprendí, gracias a Joan Manuel Serrat, que la vida me empezaba a dar un inmenso beso en la boca. «De vez en cuando la vida / nos besa en la boca / y a colores se despliega como un atlas».

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