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viernes, 16 de septiembre de 2011

¡MALDITAS GUERRAS! - 100 + 70

Voy a hacer un pequeño paréntesis en los cuelgues que vengo desarrollando dedicados a José Antonio Labordeta para transmitir, y dejar constancia, de una experiencia que viví anoche y que, sin esperarlo, se convirtío en una especie de espaldarazo a mi fortaleza para seguir creyendo en la paz como una posibilidad real; no fue nada extraordinario, fue algo sencillo y cotidiano, pero, a la vez, creo que importante.

Anoche estuve en Libertad 8, donde cantaban Alfonso del Valle y Manuel Cuesta; llegué bastante cansado y no pude quedarme a todo el concierto. 

Ante aquella circunstancia, Manuel que sabe que una de sus canciones que más me gusta y más me emociona es "Tu risa en la Alameda" –tema que suele cantar al final de sus conciertos– decidió cantarla al principio para que yo pudiera escucharla, y disfrutarla, antes de marcharme a casa.


Os propongo recordar primero la letra de esa canción –si tenéis la oportunidad, no dejéis de escucharla–, y luego os cuento los motivos por los que hoy ocupa este rinconcillo del blog que dedico, diariamente, a maldecir la guerra y la violencia.

«Crece entre el fulgor de la ciudad,
este paseo que antaño fue un pantano
que hacinaba los sueños, la enfermedad
convirtiendo lo sumergido en altozano
Aun conservo mis viejos cárteles de cine
que compraba los domingos en el mercadillo
y las cintas de cassette pirata
de Silvio, Dylan y O'Funkillo
Álamos, canales, tajuelos y tres fuentes
habitaban en este paraíso perdido
de vecinos que nadaban contra la corriente
y nadie que dijera todo esto esto está prohibido

Esta noche quiero llevarte a pasear
y beberme a tragos tu risa en la Alameda
dos leones custodiarán mi alma en el Boulevard
Mientras Hércules y César
sonríen desde la arboleda.
Si quieres levantarle la falda a esta ciudad
tienes que venir bajo su manto de estrellas
brindaremos por Paco Zapata en el Central
mientras Hércules y César
contemplan la polvareda.

Si pisas sobre el paseo de la Alameda
pisarás el viejo túnel de un metro que nunca fue
ahora el túnel es un pozo de tormentas
y las putas hace tiempo que abandonaron el edén.
Sevilla renacentista y barroca
refugio para Ulises, hogar de las Sirenas
los labios que saben rozar las bocas
y Bécquer con un verso quita a las musas las penas


Esta noche quiero llevarte a pasear
y beberme a tragos tu risa en la Alameda
dos leones custodiarán mi alma en el Boulevard
mientras Hércules y César
sonríen desde la arboleda
Si quieres levantarle la falda a esta ciudad
tienes que venir bajo su manto de estrellas
brindaremos por Paco Zapata en el Central
mientras Hércules y César
contemplan la polvareda.

Espacio para el arte, el amor, la resistencia
fueron exiliados los mercaderes ambulantes
ahora quieren enterrar el albero en la opulencia
bajo la explotación urbana, olvidar lo que fue antes
Llévame esta noche a beber a la Habanilla
y pídeme un Gin Tonic que esta noche celebramos
que Manolo caracol la lía por Seguidillas
que esta sigue siendo la Alameda que soñamos.

Esta noche quiero llevarte a pasear
y beberme a tragos tu risa en la Alameda
dos leones custodiarán mi alma en el Boulevard
mientras Hércules y César
sonríen desde la arboleda
Si quieres levantarle la falda a esta ciudad
tienes que venir bajo su manto de estrellas
brindaremos por Paco Zapata en el Central
mientras Hércules y César
contemplan la polvareda.

Que hoy habrá revolución,
dará comienzo en la alameda».

Esta bellísima canción de Manuel Cuesta, que la he escuchado cientos de veces –él la canta cada vez mejor–, anoche en Libertad 8 me provocó  dos pensamientos que me gustaría compartir.

En primer lugar, me trajo a la memoria estas palabras de Daniel Barenboim: «No hay solución militar para la paz, y mientras haya quien lo piense, no se conseguirá nada [...]. Creo que a través de la música puede superarse el odio y crearse el diálogo, el entendimiento y la armonía»... ¡Totalmente de acuerdo!... 

Y anoche yo pensaba: «Creo que mientras un ser humano sea capaz de crear canciones como "Tu risa en la Alameda", hay esperanzas para la PAZ y para el cese de la violencia; y lo creo porque estoy convencido de que la "belleza" y la "sensibilidad" son dos de los caminos imprescindibles para nuestra deseada e implacable abolición de las guerras»... "Tu risa en la Alameda" es, sobre todo eso: belleza y sensibilidad.

El segundo pensamiento que anoche me atrapó giró en torno a lo que Manuel dice al final de su canción: «La revolución dará comienzo en la alameda»...; la revolución auténtica, la revolución de la PAZ –en nuestro caso– comienza y se hace posible en lo cotidiano, en el día a día, en lo sencillo, en las pequeñas cosas, en la calle, en la ternura.... «en la alameda»... ¡Gracias Manuel!

LABORDETA V - "VENGO A CANTARLE A LA EMIGRACIÓN"

José Antonio Labordeta.

Entre los paisajes y los personajes que Labordeta nos ha fotografiado en sus canciones, merece la pena destacar aquellos que, durante muchos años, sufrieron el impacto y la crueldad de la emigración, realidad social que José Antonio ha abordado ampliamente, con una gran riqueza y variedad de matices, y con especial sensibilidad.

En este sentido me limitaré tan sólo a ir hilvanando los textos de sus canciones estructurándolos en cuatro secuencias: el origen y las causas de la emigración, la dolorosa salida de los emigrantes hacia otras ciudades españolas o extranjeras, el dolor y la soledad de los que se quedan y de lo que se abandona, y el regreso –cuando se produce–, reencuentro, no siempre liberador, con lo que tanto se amaba.

José Antonio Labordeta.

El origen y las causas de la emigración aragonesa, al igual que en otros pueblos de España, entronca directamente con la realidad social de la pobreza y de las desigualdades sociales; es decir, con la miseria y con la injusticia sufrida por un amplio sector de la ciudadanía carente de los horizontes y de los medios económicos suficientes para poder sobrevivir en su propio hogar con un mínimo de dignidad.

«Estate toda la vida
amorrao a los secanos
pa que luego, desde arriba,
te los quiten de las manos».
("Cuando se agosta el campo").

«Hace tiempo que nos dicen
que ya todo se andará:
Aquí lo único que anda
es la gente que se va
que camina con su casa
y nunca más volverá»
("Cantes de tierra adentro").

Situación desesperada, vivida con la más radical impotencia, y ante la que sólo se encontraba una salida: cerrar la casa, o dejar en ella a parte de la familia amada, para buscar, en el desarraigo de otras tierras –en algún lugar del mapa– el pan y el trabajo, que en la suya les eran negados.

«A esto del mediodía
y el sol subido,
detenemos el tajo
para un suspiro
y entre bocao y trago
contemplo al chico
que el día que madure
se irá contigo...
... contigo a no sé donde
aquí no hay sitio,
ni lugar, ni trabajo
para este crío».
("A varear la oliva")


Con la casa a cuestas y con la rabia que produce abandonar lo que se ama, fueron muchos miles de hombres y de mujeres aragoneses –especialmente campesinos– los que se vieron obligados, de forma irremediable, a tomar los trenes de la emigración.

José Antonio, en su canción "Todos repiten lo mismo" –posiblemente una de sus canciones más duras y de mayor amargura– nos describe la imagen dolorosa de esa salida.
«Si en algún camino encuentras
gente con la casa a acuestas
no les hables de su tierra
que te mirarán con rabia.
Con la rabia en la voz y el viento,
con la rabia en sus palabras,
con la rabia que produce
abandonar lo que se ama».
("Todos respiten lo mismo")

La tercera secuencia que Labordeta nos ofrece, sobre la experiencia y el drama de la emigración, tiene como escenario la situación desoladora en la que quedan el paisaje y los pueblos tras el abandono, a veces masivo, de trabajadores, y, con frecuencia, de familias enteras que, huyendo de la pobreza, se ponen en camino a la búsqueda incierta de una nueva esperanza.

«Sólo quedan los viejos
y los barrancos
como esqueletos rotos
contra la tarde.
Tardes que se hacen noches,
noches enteras
esperando la vuelta
que nunca llega».
("Las arcillas")

De nuevo en esta perspectiva, José Antonio logra introducirnos en esa situación desoladora, a través de su conexión vital, afectiva y poética con los seres humanos que la protagonizan, y, en particular con los ancianos.
En concreto, hay tres canciones en las que Labordeta nos sumerge en esa realidad, configurando una descripción de los hechos, profunda, de radical humanidad y muy conmovedora.  Esas tres canciones son: «La vieja», «Carta a casa» y «Poema».

«Siempre te recuerdo vieja
sentada junto al hogar,
acariciando la lumbre,
la cadiera y el pozal.
La tristeza de tus ojos
de tanto mirar,
hijos que van hacia Francia
otros hacia la ciudad.
Miguel dice que va bueno
y parió la del Julián.
Tú te quedas con tus muertos
rezándoles sin parar,
pensando que en esta vida
sólo se puede llorar.
Siempre te recuerdo vieja
sentada frente al portal,
repasando antiguas mudas
que ya nadie se pondrá».
("La vieja")


«Te escribo hoy para contarte
lo que va sucediendo por la casa,
por las gentes del barrio,
los amigos, por la fábrica vieja,
lo que sucede y pasa.
Aquí madre está vieja,
igual que el tiempo,
y el abuelo Manuel ya lo internamos
por aquella locura de insensato
de salvar del naufragio al sindicato.
De María las nuevas no son buenas
pues anda enferma, dicen, por Gerona;
menos mal que a Raúl, lo han contratado
de travesti en un salón encopetado.
Y a mí, ya me ves, de casa a la oficina
y luego, por las calles,
a ver cómo se pierde el tiempo 
en las esquinas».
("Carta a casa").

«Te escribo, Juan, hermano,
ahora que la lluvia recorta suavemente
los ruidos en la calle,
para hablarte de que ayer allá arriba,
en el pueblo vacío del lento somontano
enterramos la abuela en aquel cementerio
cubierto de yerbajos, arbustos
y lápidas deshechas por el tiempo,
las nieves y el olvido [...]
La dejamos quieta allí, bajo la yerba,
las nubes pasajeras, los cierzos agoreros y los riscos.
Luego, cuando salimos, ya no quedaba nadie en el contorno.
Y aquí,en la ciudad de nuevo,
el abuelo, viendo caer el agua tras de los vidrios
ha murmurado lento, con sonrojo:
hoy seguro que llueve también
sobre la abuela, allá arriba, en el pueblo».
("Poema")

Unidas a estas tres canciones, son también numerosas otras en las que Labordeta vuelve a ofrecernos una nueva galería de personajes entrañables que no recorrieron, en un principio, los senderos de la emigración, pero que, un día, incapaces de soportar la soledad también optaron por la huida hacia las ciudades.

Entre esos personajes: Miguel –que protagoniza la canción "Coplas del tión"– que contemplaba cómo se marchaban del pueblo todas las mozas, y que decidió vender toda su hacienda para bajarse a la ciudad y colocarse en una tienda, antes que quedarse para tión, es decir, solterón: «Me aguantaré los modales, el ruido, la polución; todo antes de que me entierren solitario y de tión»; y como él "Severino el sordo", pregonero rural, que meditando sobre su situación de soledad y sobre la inutilidad de su oficio, llega a la siguiente conclusión: «Un día cojo la cabra, la trompeta y el tambor y me voy a Zaragoza y que pregone el patrón».



Y, junto a ellos, hombres y mujeres que, como Pedro Acín Bescós, optaron por quedarse aferrados a la tierra y a la esperanza «aguardando el temporal».

«María me dice: "Coño
marchénos de una vez".
Yo me hago el sordo y me digo:
"Esto no se puede perder".
Y aquí sigo en la matraca
de sembrar sin recoger,
a ver si algún día alguien dice:
"Ayúdenos de una vez"».
("Coplas de Santa Orosia")

Y, por último, una cuarta secuencia, protagonizada por los emigrantes que un día regresaron a la tierra natal; regreso, a veces voluntario, y, a veces, forzado por las circunstancias, que, en cualquier caso, siempre se producía en el marco de una profunda contradicción entre la emoción desbordante que supone el reencuentro con la tierra y el hogar, y la experiencia desalentadora y frustrante del dado irreparable que el tiempo y la distancia ocasionaron en sus vidas sin haber logrado, a pesar de ello, las expectativas y la liberación soñadas en aquel día, para muchos muy lejano, en el que iniciaron su exilio.

José Antonio Labordeta, aproximándose a esta cuarta secuencia, nos ofrece, en 1985, su "Crónica del regreso"; crónica cantada en la que de nuevo reaparece su lenguaje directo, testimonial y sensitivo, teñido, una vez más, de un realismo dramáticamente existencial.

«Me han cerrado la casa en silencio,
me han mandado otra vez para aquí,
a la piedra terrible, al secano,
cuando yo me he dejado los años
donde uno trabaja por mil.

Y de golpe me encuentro en mi casa,
forastero en donde nací,
forastero también en el tajo
donde yo levanté con mis manos
lo que uno trabaja por mil».
("Crónica del regreso")

José Antonio Labordeta.