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martes, 17 de enero de 2012

JAVIER RUIBAL Y SU «ROSA AZUL DE ALEJANDRÍA»

Hace unos meses, Luis García Gil, amigo y magnífico escritor que recientemente publicó el libro "Serrat cantares y huellas" –libro que presenté en el blog el 5 de marzo pasado–, se puso en contacto conmigo para contarme que estaba escribiendo un nuevo libro sobre la obra de Javier Ruibal y para solicitarme una posible colaboración puesto que en su nueva obra había pensado incorporar opiniones y testimonios de personas amigas, admiradoras o próximas al gran cantor gaditano.

Por supuesto le dije que sí. En concreto Luis me pidió que escribiera un texto dedicado a alguna canción de Ruibal, la que más me gustara. No lo pensé mucho, enseguida y sin dudarlo elegí la titulada "La rosa azul de Alejandría". Ahora el libro acaba de ser publicado y, aunque en los próximos días haré de él una reseña detallada, hoy me gustaría compartir aquí el texto que escribí y que figura dentro del libro titulado, por cierto, «Javier Ruibal, más al sur de la quimera» (Ediciones Mayi).



LA ROSA AZUL DE ALEJANDRÍA

«1989. En aquel momento Javier Ruibal, y sus dos primeros discos (“Duna” y “Cuerpo celeste”), ya formaban parte de mi universo sonoro; ese universo musical y poético –íntimo y personal– al que uno acude, en ocasiones, buscando refugio; en otras, realimentando esperanzas, sueños y fortalezas; y, con frecuencia, reforzando las raíces de una identidad –en mi caso sureña– añorada por el alejamiento y la querencia. 

«Sal corazón, que se nos va la vida».... «Para amar, amémonos del todo, no importa de que modo»... «Hacer el amor y nada más»... «Luchar tras la verdad sin tregua».... «Sembrar el camino, contra la soledad, con besos nuevos; compartiendo la ternura».... «Vestir la casa de belleza, de fiesta, de felicidad»... «Atarse al cuerpo, de manos y pies, al de la mujer amada»... Y volar... «Vuela, apura el poco tiempo que nos queda, procúrate unas alas y a volar»... «Darse a vivir, es lo primero». (Eran latidos –”retazos de vida” de las primeras canciones de Ruibal– de los que me había ido apropiando y atesorando en mi memoria).

En aquellas circunstancias, y “enamorao” a la obra de Javier, me llegó su tercer disco “La piel de Sara”... ¡Como pude disfrutarlo!...; tanto que llegó a convertirse para mi en una obsesión.




Todos los sábados y los domingos –de madrugada– dirigía y presentaba en directo un programa de Radio Popular llamado “Donde la palabra se hace música”; pues bien, a partir de una noche de 1989, hubo una canción, del nuevo disco de Ruibal, que, durante largo tiempo, se repetía continuamente –al principio, en medio y al final de aquel programa que duraba dos horas–...; y lo curioso era que si alguna noche, por cualquier circunstancia, no “pinchaba” aquel tema, casi siempre había una llamada telefónica, de algún o alguna “escuchante”, que me la estaba reclamando. (Fue una de esas experiencias mágicas de complicidad, que a veces se producen en la radio).

Aquella canción era “La rosa azul de Alejandría”. Sin duda una de las canciones más bellas que he escuchado en mi vida. (Trataré de expresar los motivos de mi “encantamiento” hacia ella).

Musicalmente es una canción arrebatadora y caliente –o sea, infinitamente mucho más que “cálida”–; es una canción apasionada capaz de revolcarte en su apasionamiento y de hacerlo siguiendo el “rito” y el “ritmo” de la pasión. La introduce un insinuante solo de piano que te va aproximando con ternura, y con cierto misterio, al encuentro con una explosión sonora –pura música– coronada por la voz de Javier; bellísima explosión que va desengranando armonías envolventes, y que supone el inicio de ese revolvimiento sensitivo –del que antes hablaba– que parece que te arrastra placenteramente al culmen de la pasión...; pero no, musicalmente la canción te va introduciendo en la clave del misterio, en la búsqueda de algo que parece ausente e inalcanzable, pero que es imprescindible para la plenitud del deseo y de la satisfacción... ¿dónde se puede encontrar “La rosa azul de Alejandría”?.

Por otra parte, la historia de amor que Javier Ruibal narra en su canción, transcurre en Granada –amo Granada–, y la describe tan bien –con tanta alma, con tanto latido–, que puedo imaginármela. Puedo situar incluso alguna de sus secuencias cerca de Plaza Nueva: en el Paseo de los Tristes, paseando, o sentados en un “pollete”, al pie de la Alhambra y a la luz de la luna.... Me imagino unos ojos muy negros, grandes e inmensamente bellos...  «Sonámbulos por el calor», con un traje muy ligero... Silencio, noche, luna y allá arriba la fortaleza andalusí... «Y la noche no tenía fin entre tu cuello y tus caderas»... Pero algo faltaba...: «Por más que ella la nombraba, yo no entendía, ella buscaba la Rosa de Alejandría».

Y fue justo en este punto, donde la canción de Javier Ruibal logró atraparte... “La rosa azul de Alejandría” –presencia imprescindible, deseada y ausente para el amor real y apasionado– entró a formar parte de mis sueños; de mi derecho a soñar, e incluso al delirio…; y en un gesto de complicidad, tierna y descarada, aquella rosa azul se alió con Samarkanda, y con Ítaca, y con Sinapia y con Albanta, y hasta con la Ciudad del Sol... y desde entonces no he podido desprenderme de ella y prosigo en la aventura de encontrarla... Como diría Carlos Cano –que tanto admiraba a Ruibal«vagabundo voy, detrás de ella, como lobo por la noche, aullando una canción»... y la canción no es otra, es “Las rosa azul de Alejandría”.