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jueves, 22 de diciembre de 2016

RETRATO ÍNTIMO DE «ROGELIO BOTANZ»

ROGELIO BOTANZ

Este "retrato íntimo" fue, y es, para mí, muy especial. 
Lo escribí después de participar en el primer concierto en directo 
que le vi y le escuché a Rogelio. Salí de la Sala de Conciertos, 
llegué a mi casa, me puse a escribirlo y a los pocos días
lo publiqué en mi libro "Crónica cantada de los silencios rotos".
Hoy deseo evocarlo aquí para felicitar a Rogelio por su
cumpleaños, y para unirme a todos los buenos amigos que van –y
vamos– a celebrar su nueva etapa de "JÚBILO".


A ROGELIO BOTANZ, aunque suele asociársele al Movimiento de la  Nueva Canción Canaria –como componente del grupo "Taller", y aunque ha sido muy recientemente cuando hemos podido empezar a disfrutar de sus canciones, en directo, fuera de las Islas, hay que considerarlo como uno de esos jóvenes y grandes genios del arte y de la música que son inclasificables; un genio que ama tanto y tan apasionadamente su actividad creadora que, en realidad, lo que menos le preocupa es entrar en el aparatoso maremágnum del "marketing" y de la "superproducción" con todos sus "floripondios" incluidos. (A Rogelio no le queda tiempo para eso.)

A él lo que verdaderamente le entusiasma es investigar, crear, jugar con su imaginación y su fantasía, experimentar nuevas formas expresivas y, sobre todo, disfrutar comunicando y compartiendo, con los que quieran escucharle –sean muchos o pocos–, sus historias cantadas, sus ritmos, sus danzas, sus juegos expresivos, o sus sanas locuras –sanas por lo que tienen de liberadoras– como es, por ejemplo, la puesta en marcha en cualquier espacio –grande o pequeño– de su perfecta, simbólica, increíble y, por cierto, siempre eficaz "máquina para correr".




Rogelio Botanz procede de Legazpia (Guipuzkoa) y lleva incrustadas en sus entrañas la alucinante belleza de aquellos paisajes, la nobleza del alma vasca, y la fuerza humana y trabajadora de Euzkadi. (Con frecuencia, en sus recitales, nos habla de su familia y se le percibe sinceramente enternecido cuando evoca a su madre o a aquel padre, "afilador de guadañas", que supieron engendrarle tanta pasión por la vida). 

A los veintiún años se traslada a Tenerife, para hacer la "mili" y, enamorado de aquella isla y de sus gentes, decide quedarse a vivir allí; una opción que asume con todo lo que implica, desde su sensibilidad y desde su responsabilidad, el dedicarse plenamente al conocimiento y a la investigación de la cultura canaria, y en particular de la música isleña.

En el entramado de estos breves apuntes biográficos, se configuran en Rogelio tres rasgos característicos de su personalidad –y, coherentemente de sus creaciones–: la fuerza de su capacidad expresiva; su fluidez imaginativa, y su concepción ética y social de la existencia.




Las canciones, las danzas, los juegos rítmicos y musicales de Rogelio Botanz destacan por la fuerza y la solidez con las que nacen y con las que él sabe transmitirlas. Son canciones, danzas y ritmos que penetran y se contagian de inmediato, movilizando, no ya los sentimientos, sino toda la realidad corporal. Cantar, bailar, jugar y disfrutar con Rogelio, en cualquiera de sus recitales, es inevitable.

Por otra parte –y, sin duda, claramente influido por su vocación de "maestro" y por las tareas educativas que habitualmente emprende– las creaciones de este vasco/canario derrochan imaginación; cada una de ellas es como una aventura fascinante cuajada de símbolos; de atrayentes y misteriosos personajes; y de mundos fantásticos que cualquiera puede libremente recrear. En cada un de sus creaciones se desvela un especie de "micromundo" de sensaciones en el que se entremezclan de forma inseparable todos los lenguajes.




Finalmente, la personalidad y la obra de Rogelio transpiran una ética hondamente positiva y radicalmente democrática; es, la suya, una ética fundamentada en el valor de la "igualdad", alimentada en el enriquecimiento de la "interculturalidad", y proyectada –siempre de forma alegre, lúdica y generosa– a la creación de ámbitos para el encuentro, para el diálogo y para la gran fiesta de los que creemos que a los seres humanos es mucho y más bello lo que nos une, que lo que puede separarnos y enfrentarnos.

En la obra de Rogelio se cumple aquello que Antonio Gala nos anunciaba: La música en un día impar, quizá nos hará comprender que somos todos hermanos incompletos, y que todos somos un ritmo o un estrofa o un silencio de la eterna armonía universal.