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sábado, 16 de junio de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 31.



Dice Fernando Pino Solanas en su tango «Vuelvo al Sur»:

«Vuelvo al sur 
como se vuelve siempre al amor.
Vuelvo al sur
como un destino del corazón […]
Quiero al sur,
su buena gente, su dignidad.
Siento el sur
como tu cuerpo en la intimidad.
¡Te quiero sur!»

Como dice el tango, con esa misma actitud, «volví al sur» en abril de 1998, para presentar en Granada el libro Crónica cantada de los silencios rotos

Aquella vuelta al sur fue para mí especialmente emocionante porque suponía presentar el libro justo donde se había desarrollado uno de los episodios más importantes y trascendentales de la música y la historia de Andalucía a finales de los años setenta: el nacimiento del colectivo Manifiesto Canción del Sur, impulsado por el poeta granadino Juan de Loxa

Un colectivo sureño de jóvenes ilusionados y rebeldes que, cada vez más incómodamente inmersos en el provincialismo represivo y conformista de los años sesenta, decidieron darle aire y vuelo a la pasión por la vida y la libertad que corría por sus venas, o sea, que, como canta Aute, se negaron a seguir siendo «un verbo sin sangre», y lo hicieron cantando (y de nuevo la imprescindible referencia a Celaya) ¡como quien respira!

Ellos fueron, en primer lugar, Juan de Loxa, y con él, Carlos Cano, Antonio Mata, Esteban Valdivieso, Antonio Fernández Ferrer (Nande Ferrer), Miguel Ángel González, Ángel Luis Luque, Enrique Moratalla, Juan Titos, José María Agüí, Raúl Alcover y Aurora Moreno, entre otros. Sin olvidar, por supuesto, a Elodia Campra, que siempre estuvo ahí, junto a todos ellos, aportando su voz, sus sentimientos, sus conocimientos y su sensibilidad.


«Volví al sur» y «volví a Granada» (¡salud, amigo Miguel!) y, en aquella ocasión, antes de llegar, no podía ni imaginarme que precisamente allí, en aquellos días, se iba a abrir el pórtico de uno de los episodios más hermosos de «mi vida entre canciones».

La presentación del libro Crónica cantada de los silencios rotos se celebró el 22 de abril de 1998 en la Cuadra Dorada de la Casa de los Tiros, con la intervención de José Antonio Pérez Tapias (profesor de filosofía de la Universidad de Granada), Juan de Loxa y Enrique Moratalla, que fue uno de los componentes de Manifiesto y que en aquel momento desempeñaba el cargo de Delegado Provincial de Cultura.

En primer lugar tomó la palabra Enrique Moratalla, al que hasta ese momento no conocía en persona. En su doble condición de anfitrión y protagonista del libro, tuvo una breve intervención que fue, al menos para mí, sorprendente e inesperada:

José Antonio Pérez Tapia, Fernando G. Lucini,
Enrique Moratalla
y Juan de Loxa.

«Valoro la intención de este libro porque pienso que es importante, como en él se intenta, reconstruir la historia de Manifiesto Canción del Sur tal y como realmente fue, es decir, poniendo las cosas en su sitio, para que así cada uno de los que fueron sus protagonistas ocupe su lugar, el que en justicia le corresponda. La historia no puede ni debe falsearse.

»Y digo esto porque yo creo, y lo afirmo, que, hasta ahora, sobre Manifiesto Canción del Sur y sobre lo que ocurrió en Andalucía con los cantautores durante la transición, se ha escrito una historia que es parcial, falsa e injusta; y lo digo también porque, con motivo de la edición de este libro, considero que ha llegado el momento en que se escriba la historia verdadera, la justa; una historia donde realmente cada uno asuma su responsabilidad y ocupe el puesto que le corresponde.

»Ése es el motivo por el que doy la bienvenida a esta Crónica de los silencios rotos, porque en ella su autor viene a poner, en parte, las cosas en su sitio».

Aquellas palabras, dirigidas en general a todas las personas que asistieron a la presentación del libro, a mí me llegaron, como autor, muy especialmente. Con ellas, pensé, Enrique le daba la bienvenida al libro, pero a la vez dejaba entrever o «entresentir» que, en lo que se refiere a Manifiesto Canción del Sur, aunque me había aproximado a su verdadera historia, lo había hecho de forma incompleta. Era evidente que, desde su punto de vista, había algo importante que faltaba en aquella «crónica cantada», algo que yo desconocía en aquel momento y cuya presencia reclamaba para que la historia de Manifiesto Canción del Sur fuera realmente justa y verdadera.

He de decir que el comentario formulado aquel día por Enrique Moratalla lo sentí como una provocación positiva y estimulante.

Era evidente que, por las circunstancias que fueran, la información que yo tenía sobre la historia de Manifiesto y que había plasmado en mi «crónica cantada», aunque era real, a Moratalla le había resultado incompleta. Y, en consecuencia, también era evidente que yo tenía el deber de seguir investigando para rescatar aquella historia del olvido.

A la salida de la presentación improvisamos una cena en la que, por supuesto, vino Juan de Loxa, fundador y máximo conocedor del colectivo Manifiesto Canción del Sur. Me senté a su lado y, al comentar lo que acabábamos de vivir en la Casa de los Tiros, le pedí con machacona insistencia que me ayudara a reconstruir y a escribir la historia de Manifiesto de la forma más completa posible.

Juan de Loxa y Fernando G. Lucini.

A Juan la idea le atrajo, le pareció necesaria, y al final de la cena, antes de despedirnos, acordamos emprender juntos aquel proyecto.

Fue un reto que tuve presente durante cuatro años, pero no pude emprenderlo hasta el año 2002, tras abandonar el Grupo Anaya. 

Recuerdo que un buen día me llamó por teléfono Juan de Loxa para comunicarme que había decidido donar su archivo sonoro sobre Manifiesto Canción del Sur al Centro de Documentación Musical de Andalucía (en aquel momento dirigido por Esteban Valdivieso) y que me iban a hacer llegar una copia del mismo para que pudiera empezar a escribir el libro del que habíamos hablado cuatro años atrás.

Conforme me fue llegando y pude ir escuchando la documentación sonora del archivo de Juan de Loxa (básicamente integrado por los cientos de programas de radio dirigidos por el propio Juan en Radio Popular de Granada entre 1968 y 1976), me fui dando cuenta de que allí se reflejaba una parte importante, para mí desconocida y sorprendente, de la auténtica y objetiva historia de Manifiesto Canción del Sur.

Fueron muchas horas de audición convertidas en una aventura apasionante, completada con nuevos viajes al sur para entrevistarme con Juan en su casa-mágica-museo de Plaza Nueva, y con todos los componentes del colectivo que pude, en particular con Esteban Valdivieso.

Trabajar con Esteban fue una auténtica maravilla. Fue trabajar con una persona dotada de una enorme sabiduría musical, una tremenda sensibilidad y una pasión desmedida por la poesía y la «canción de autor». Magnífico compositor, muy buen guitarrista, gran intérprete y poseedor de una larga experiencia profesional de años siendo profesor de música en Educación Primaria y Secundaria. Además de todo eso, fue uno de los más importantes y a la vez más humildes (o sea, grandes), componentes de Manifiesto, un verdadero conocedor de su historia vivida desde dentro. 

Siempre pensé en el acierto político que supuso darle a un hombre como Esteban la dirección del Centro de Documentación Musical de Andalucía. Fui testigo, y doy fe, de que en los años en que trabajó en el Centro consiguió engrandecerlo cultural y musicalmente e inyectarle mucha calidad. Lástima que por circunstancias de «recolocación política», que, por supuesto, rechazo y no comparto, decidieron relegarle de aquella responsabilidad. Esteban volvió a retomar su actividad docente pero para entonces, y en buena medida gracias a él, ya habíamos logrado que el proyecto que teníamos entre manos se realizara.

Esteban Valdivieso.

El resultado de todo aquel trabajo (verdadera investigación) fue la redacción de un libro al que titulé Manifiesto Canción del Sur. De la memoria contra el olvido, al que pude incorporar tres CD's con canciones inéditas de Carlos Cano, Antonio Mata y otros componentes del colectivo; material rescatado del archivo sonoro de Juan de Loxa.

Una vez terminada la escritura del libro y la selección de canciones, concertamos una reunión con Francisco Galindo, director en aquel momento de la Fundación de Autor, y se decidió que la obra la coeditaría la Junta de Andalucía y la Fundación Autor con la colaboración de la Obra Social de Caja Granada. El libro se publicó y lo presentamos oficialmente en Madrid, Granada y Jaén en el año 2004.


Lamentablemente, después de la publicación del libro, murieron Esteban Valdivieso en 2008 y Antonio Mata en 2014. Pérdidas muy dolorosas de dos grandes creadores y amigos muy queridos.

Durante el tiempo que estuve investigando y escribiendo sobre Manifiesto Canción del Sur, tuve la sorpresa, la suerte y el placer de encontrarme en el camino con un grandísimo fotógrafo que también ha sido, y es, presencia importante en «mi vida entre canciones». Me refiero a Juan Miguel Morales López.

Recuerdo que un día, trabajando sobre Manifiesto con Enrique Moratalla, me regaló un libro editado por el Centro Andaluz de la Fotografía en el año 2000 titulado Retratos de cantantes. No lo conocía y me entusiasmó. El autor de todas aquellas imágenes era Juan Miguel. Inmediatamente, le localicé. Hablamos por teléfono y, como por arte de magia, sin conocernos en persona, iniciamos una amistad fuerte y duradera, de las que merecen la pena. Evidentemente, la canción y la sensibilidad fueron testigos de aquella incipiente complicidad.



Pocos meses después, el Ayuntamiento de Zaragoza, dentro del primer ciclo La voz y la palabra, dedicado en 2015 a la «canción de autor», me encargó montar una exposición en la Casa de los Morlanes a la que titulé Cantemos como quien respira

En cuanto me puse a pensar en ella, volví a contactar con Juan Miguel Morales y le pedí que me permitiera incorporar a la muestra algunas de sus fotografías. No dudó ni un segundo en decirme que sí y a los pocos días me las hizo llegar. Lo mejor y más inesperado fue que el día de la inauguración se presentó por sorpresa y nos pudimos dar nuestro primer abrazo, de los «sentíos, sentíos», y para colmo apareció acompañado de Jaon Jara, viuda de Victor Jara, a la que no tenía aún el placer de conocer. En aquellos días Juan Miguel y Omar Jurado presentaban también en Zaragoza su libro Víctor Jara. Te recuerdo Chile.

Juan Miguel Morales y Fernando G. Lucini.

Ya comprenderéis por qué a partir de entonces, tras todo lo descubierto y recibido aquellos años en Andalucía, «Vuelvo al sur» se convirtió para mí en mucho más que un tango: «Vuelvo al sur como se vuelve siempre al amor… ¡Te quiero sur!».

Presentación del libro «Manifiesto Canción del Sur»
en Madrid. 

miércoles, 13 de junio de 2018

MIGUEL HERNÁNDEZ. GRABACIONES ENTRE 1979 A 2008.

Tercer "cuelgue" dedicado a los discos en que podemos encontrar "poemas cantados" sobre poemas de MIGUEL HERNÁNDEZ.


sábado, 9 de junio de 2018

CRÓNICA DE UN CONCIERTO ESPERANZADOR DE "EL CABRERO".



Llevo varios día repitiéndome insistentemente, con Miguel Hernández, aquello de "¡DEJADME LA ESPERANZA!". La causa de ese sentimiento y de ese deseo viene motivada porque estoy harto y cansado de ese vicio nacional de la "envidia" y de la "prepotencia" –insostenibles– con el que tenemos la lamentable costumbre de apagar cualquier LUZ que empieza a nacer sin darle prácticamente la posibilidad de que PRENDA.

Inmerso en este pensamiento acudí anoche al concierto que nos ofreció EL CABRERO en Madrid. Nada más sentarme en mi butaca el escenario del teatro se inundó de una LUZ mágica e intimista. (Mi pequeña cámara supo captarlo en una de la imagen que encabeza este cuelgue.)

Pocos minutos después salió EL CABRERO con un austeridad impresionante... Le acompañaba su guitarrista Manuel Herrera... Y aquella LUZ escénica se hizo "carne" y en muy pocos segundos nos inundó por dentro.

Allí estaba EL CABRERO sobrio, coherente, inalterable, jondo, hermoso, bellísimamente humilde...«una astilla de tierra que vuelve hacia su antigua raíz mineral»... Allí estaba el nutriente de esperanza que esta necesitando... Aplausos, latidos, emociones, sentimientos rebeldes y la LUZ PRENDIENDO... Fuego y llamarada por dentro.

Nada más terminado el concierto, una señora que estaba a mi derecha le comentó a su compañero: «¡Hermosa noche con duende!»... Al escucharla repentinamente me vino a la memoria algo que dijo un viejo maestro guitarrista: «El duende no está en la garganta, el duende sube por dentro, desde la planta de los pies»... Y es cierto, anoche viendo, sintiendo y escuchando a EL CABRERO pudimos comprobar aquello que decía Lorca: «El duende no es cuestión de facultad, sino de sangre... Hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre»... El cante de EL CABRERO nace de la sangre, de la misma entraña de su corazón; son latidos de vida y de rebeldía, es amor a borbotones.

Anoche EL CABRERO supo azuzar mi ESPERANZA y hoy prende inalterable. Y también prendieron mi esperanza los abrazos que pude darles a dos amigos del alma: Carmen BP y Joaquín (Culturas Indómitas Joakim); fue Joaquín quien me ha regalado la segunda fotografía que adjunto a esta crónica. Por cierto no pude ver a Elena Bermudez, apasionada alma de EL CABRERO, pero estuvo conmigo y yo con ella.

Fotografia de "Culturas Indómitas Joakim".

domingo, 3 de junio de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 30.



A mediados de 1997, trabajando en Anaya en el proyecto Aprender a vivir, viajé varios días a Buenos Aires para coordinar su lanzamiento en Argentina con el Grupo Editorial Aique; equipo de grandes profesionales con los que entablé una muy linda amistad.

Uno de aquellos días, paseando por la Avenida de Santa Fe, me encontré en el escaparate de una librería con un llamativo libro de tapa dura con una atractiva cubierta repleta de reproducciones de carátulas de vinilos. El libro lo había publicado Alianza Editorial ese mismo año y yo no lo conocía. Se titulaba ¡Solo para fans! La música ye-yé y pop española de los sesenta y estaba escrito por Gerardo Irles. Me llamó tanto la atención que entré en la librería y, por supuesto, me lo compré.

Durante los días que permanecí en Buenos Aires aquel libro se convirtió en mi libro de cabecera. Recuerdo que terminé de leerlo en el avión volviendo para Madrid.

El encuentro y la lectura de aquel libro, como seguidamente contaré, fue para mí una total e inesperada provocación. Yo, como consecuencia de mi trabajo en el ámbito de la educación, llevaba una temporada bastante retirado del mundillo de la «canción de autor», aunque en nada había disminuido mi amor por ella (me encanta reconocer que la amo) y mi admiración hacia la mayor parte de sus creadores. 

En principio pensé que aquella lectura me resultaría relajada y divertida, sobre todo porque parecía que iba a centrarse en lo ye-yé y lo pop en la España en los años sesenta, realidad musical que había conocido y vivido en directo, aunque nunca me interesó demasiado. Lo malo fue cuando me di cuenta de que en medio de aquella trama argumental, casi llegando al final del libro, aparecía un capítulo titulado «La canción protesta y el folk». Para empezar, lo de «canción protesta» nunca me ha gustado, lo considero un reduccionismo utilizado frecuentemente con intenciones no demasiado claras. Pero lo peor vino cuando empecé a leer el capítulo y me di cuenta de que no me sentía de acuerdo e identificado con casi nada de lo que en él se contaba.

Deseo dejar claro que con mi apreciación anterior en ningún momento quiero decir que el autor del libro ¡Solo para fans! estuviera equivocado. Aquel era su punto de vista y si pensaba así estaba en todo su derecho de expresarlo. Soy consciente de que sobre los cantautores hay bastantes personas que piensan igual y, por mi parte, hago todo lo posible por respetarlas. Pero eso no impide que al mismo tiempo manifieste con toda libertad mi desacuerdo con algunos de los comentarios que leí en aquellos atardeceres de Buenos Aires:


«El cantautor reunía una serie de variables idiosincrásicas como construir la canción a partir del "yo" en vez del corazón. Pero cuando este "yo" se arraigaba en una tierra, en una cultura o en una lengua, entonces surgía un espécimen distinto». Lo del «corazón» no está nada claro y lo de «espécimen» no me gusta. Y sigue escribiendo: «Entonces se decía que eran canciones con "mensaje", como significando que, al igual que un telegrama, no podían hablar más claro ni con más detalle. Porque hasta entonces los mensajes únicamente se enviaban por Correos». 

O refiriéndose al folk: «A la canción urbana identificada con el pop comercial, la canción folk oponía la supremacía moral de la vida campestre. Era una especie de inmanentismo, por el cual la sombra de un pino, por ser un pino y no el toldo de una terraza de cafetería, serenaba el alma y dotaba al durmiente de una belleza celestial. Pero en el agro existen también fronteras, entre lindes de proletarios y entre aduanas provinciales. Cuando el "yo" bucólico del cantor empezaba a distinguir entre los árboles y los pájaros de su comarca y los de la vecina, entonces brotaba el cantor regionalista. El campo era también geografía política».

Insisto, como ya he afirmado en capítulos anteriores, en que no soy un crítico. Soy un comentarista apasionado y, como tal, comento que el capítulo sobre la «Canción protesta y el folk» de aquel libro no me gustó. Lo encontré superficial e incompleto y, sinceramente, creo que no venía a cuento.

Pero es que, además, la lectura me suscitó unas ganas tremendas de volver a España y hablar con el director de Alianza Editorial, que en aquel momento era Víctor Freixanes, para sugerirle, o mejor, pedirle, que me publicara un libro que sentía la urgencia de escribir para recuperar, desde mi punto de vista y mi experiencia, la historia y la gran aportación que supuso aquella canción llamada «protesta» (odio este término) y el folk. 

A Víctor Freixanes le encantó el proyecto y tuve todo el apoyo de Alianza para publicar mi Crónica cantada de los silencios rotos. Voces y canciones de autor 1963-1997. Por cierto, me alegró mucho que, aproximadamente al año y medio de publicarlo, el director de cine Moncho Armendáriz hiciera una película a la que tituló, precisamente, Silencio roto.


Volver a escribir sobre la «canción de autor» fue un trabajo apasionante y el resultado fue una crónica de la que hoy sigo sintiéndome muy satisfecho. El libro incluyó un pliego con una colección de portadas de discos clasificadas en tres grupos: «Canción del exilio», «Canción y dictadura» y «Nueva canción y arte contemporáneo», así como un apartado al que titulé «Retratos íntimos», ilustrado con caricaturas de Alfredo González, retratos literarios dedicados a Luis Eduardo Aute, Rogelio Botanz, Carlos Cano, Pedro Manuel Guerra, Pablo Guerrero, Paco Ibáñez, Imanol, Mikel Laboa, José Antonio Labordeta, Lluís Llach, José Menese, Luis Pastor, Manuel Picón y Olga Manzano, Amancio Prada, María Dolores Pradera, Raimon, Xavier Ribalta, Silvio Rodríguez, Marina Rossell, Joaquín Sabina, Chicho Sánchez Ferlosio, Elisa Serna, Joan Manuel Serrat, Jaume Sisa, Suburbano y Víctor Manuel. Por supuesto, aunque sin tapa dura, en la cubierta y en la contra, diseñadas por mi buen amigo Vicente Serrano, aparecen dos fotografías de un montón de carátulas de vinilos tomadas por José Saborit.


De este libro guardo en concreto el recuerdo de una experiencia que fue muy importante y muy esperanzadora. Hacía tiempo, prácticamente durante los diez últimos años, que, aunque seguía escuchando a algunos cantautores de siempre y de la nueva generación, no había hecho un seguimiento sistemático de su evolución y renovación. Hecho que, de alguna forma, me limitaba a la hora de extender mi crónica cantada hasta 1997. Por eso, una vez terminado el libro, cuando pensé que ya estaba listo para ser publicado, sentí la necesidad de hacer un parón y retrasar unas semanas su entrega. 

Durante aquel parón me compré muchos discos, entre ellos los dos CD's Cantautores. La nueva generación, editados por Fonomusic en 1997 y 1998, escuché cientos de canciones nuevas que no conocía y, a raíz de eso, nació un epílogo cuyo título le robé a Silvio Rodríguez: «Te convido a creerme cuando digo futuro». Lo escribí pensando en todos aquellos jóvenes cantautores que acababa de descubrir. Entre ellos, y seguro que me olvido de algunos, Ismael Serrano, Alfonso del Valle, Carlos Chaouen, Joaquín Calderón, Antonio de Pinto, Tontxu, Andrés Sudón, Inma Serrano, Paco Bello, Javier Álvarez, Agustín Ramos, Antonio Rei, César Rodríguez, Lola Sandoval, Luis Felipe Barrio, Matías Ávalos, Máximo García Benítez (que editaba un magnífico boletín informativo titulado Músicas para el fin del mundo), Quique González, Rafa Mora, Juan Trova, Merche Corisco, Moncho Otero, Rosana, Jorge Drexler, Carlos Colino Segio Sleiman, Rubén Buren, Fede Comín, Elena Bugedo, Carlos de Abuin, Pedro Herrero, Paco Sanz, Niña Pastori, Fania, Ana Benegas, Manolo Tena, Miguel Dantart, Pedro Guerra, Andrés Molina y Rogelio Botanz (tras disolverse el grupo Taller Canario). Y muchos más que iría descubriendo años después y que venían a demostrar, una vez más, que la «canción de autor» estaba viva y era un «espécimen» (como diría aquel) lleno de vitalidad y esperanza.


La primera presentación de Crónica cantada de los silencios rotos la hicimos en la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 26 de febrero de 1998. Una gran fiesta-concierto en la que intervinieron más de 35 cantautores e intérpretes entre los que en este momento deseo recordar especialmente a Chicho Sánchez Ferlosio, Hilario Camacho, Carlos Montero, Indio Juan, Quintín Cabrera, Imanol y José Menese que hoy, lamentablemente, están ausentes.

Con motivo de la presentación del libro inauguramos el mismo día la exposición Arte y canción en la Sala Juana Mordó del Círculo, que pudo visitarse del 26 de febrero al 15 de abril. Fue la primera exposición que monté, le sucederían muchas más. Aquella ofrecía un testimonio vivo de la estrecha relación que la «canción de autor» tuvo desde sus inicios con el arte contemporáneo. Se expusieron obras originales de Dalí, Antonio Saura, Genovés, Guinovart, Manuel Monpó, Manolo Millares, Mariscal, Modest Cuixart, Joan Miró, Tapies, Joan Vila-Grau, El Cubri, Iván Zulueta, Francisco Moreno Galbán, Zumeta, Eduardo Úrculo, Luis Eduardo Aute, Benito Moreno, Octavio Colis, Manuel Boix, Hernández Pijuán, Enrique Ortiz Alonso, Rafael Alberti y Ortega; obras que fueron creadas y utilizadas para ilustrar carátulas de LP's publicados en los años sesenta, setenta y ochenta.


Tras la presentación en Madrid de Crónica cantada de los silencios rotos, hicimos otras cuatro de las que guardo un muy entrañable recuerdo.

Presentamos el libro en Granada, organizado por la Consejería de Cultura, el 22 de abril de 1998, en la Cuadra Dorada de la Casa de los Tiros, con la intervención de Juan de Loxa, José Antonio Pérez Tapia y Enrique Moratalla que, en aquel momento, era el Delegado Provincial de Cultura. Aquella presentación fue para mí de enorme importancia porque, como se verá en el capítulo siguiente, supuso el origen de una vuelta al Sur urgente e imprescindible.

Recuerdo también la presentación del libro en la Ermita de San Miguel de La Laguna, el 6 de mayo, con la participación de Elfidio Alonso, Luis Morera (del grupo Taburiente), Rogelio Botanz, Cali Fernández, Alberto Cañete, Inés Gutiérrez, Marisa y Pepe Paco; o la que hicimos en el Café Levante de Cádiz, el 28 de mayo, apadrinada por Juan Luis Pineda y Nacho Campillo.

Tampoco olvidaré nunca el día que me llamó el cantautor Paco Enlaluna desde Cataluña para decirme que había comprado el libro, que estaba entusiasmado y que le gustaría hacer una presentación en La Vaquería de Tarragona. Por supuesto, le dije que sí y para allá que nos fuimos. La presentación estuvo a cargo de Joan Isaac y el periodista Miquel Roso. Después actuaron Paco Enlaluna, Rubén Aguilar, Albert Jordà, Olga (La Jungla) y José Ángel Hernández, miembro de Mediodía 15. Fue una noche maravillosa.

De Crónica Cantada de los Silencios Rotos se publicaron numerosas críticas, comentarios y reseñas, De todas ellas me voy a permitir recordar y reproducir una que fue quizá la que más me emocionó, sobre todo viniendo de Trini de León Sotelo, periodista y alma de la, en aquel momento, extraordinaria sección de cultura del periódico ABC:

«He aquí un libro hecho con amor, aunque el sentimiento merece llamarse pasión. Nadie crea que nace del pasado con el fin de que impere la melancolía. No. Lucini mira el ayer para retomar emociones válidas para quienes las sientan y para quienes deseen saber de ellas. El tiempo se explica más y mejor a través de sus canciones porque en aquellos versos estaba la vida. [...] El lenguaje de este libro es el del alma que vibraba al mismo compás en muchos españoles. Es hermoso escucharlo».