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lunes, 11 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 4



A decir verdad, mi adolescencia provinciana de principios de los sesenta transcurría teñida de una gran monotonía. Me aburría mucho. Aquello era simplemente «vivir» y yo buscaba y deseaba algo más

Un bachillerato que nunca me interesó, pero que debía ir aprobando a trancas y barrancas para tener contentos a mis padres y que no me castigaran. Conseguía evitar muchos de aquellos castigos falsificando por un lado (y, por cierto, con gran maestría) los boletines escolares que tenía que enseñar en casa y, por otro, en los boletines auténticos, la firma de mi padre confirmando que los había leído. Después yo mismo los entregaba en el colegio con un tremendo descaro. Que yo recuerde, nunca me pillaron.

Una familia típicamente burguesa venida a menos y con la imperiosa y absurda necesidad de guardar las apariencias. Yo era un «niño bien» de los Lucini, pero la realidad era que por aquel entonces mi familia más cercana estaba en la ruina y totalmente desintegrada.

Me recuerdo perfectamente vestido de dominguero con unos pantalones tan zurcidos en la entrepierna (porque solía romperlos con el roce de mis hermosos muslos) que parecían cartones. Los zurcidos no se notaban a la vista (la Singer hacía milagros), pero a mí me hacían polvo las piernas. ¡Qué escozores! Paseo «pa'arriba» y paseo «pa'abajo», de la Plaza de la Catedral al parque y, a veces, por San Ildefonso a la Alameda. Y las «niñas Pum», que cuando salías a la calle, ¡Pum!, siempre te las encontrabas; eternamente solteras. 

Tardes invernales de póker con Alfonso, en casa de Villegas, y tardes de rebotica en la farmacia de la Plaza de Cruz Rueda (nosotros la llamábamos la Plaza del Conde), en la que trabajaba  de mancebo uno de mis mejores amigos. Desde allí espiábamos a la muchachas que residían enfrente, en uno de los famosos Centros de la Sección Femenina. Había días de verano que nos quedábamos hasta bien entrada la noche y con el «periscopio» atento para no perdernos detalle en cuanto les llegaba la hora de acostarse o cuando alguna se despertaba para ir al baño. ¡Qué lindas que estaban!


Guateques vigilados por mamás impertinentes (nunca supe bailar); y unos primeros amores platónicos: «Hola», «¿Quedamos?», «¡Me gustas mucho!»; casi siempre reprimidos y silenciosos; y frecuentes despedidas a nombres y cuerpos de muchachas que me atraían enormemente y que luego poblaban mis sueños, pero a las que jamás llegué a tocar ni a besar.

Por otra parte, a partir del día que me di cuenta de la violenta (y evidente) crisis de pareja que vivían mis padres, empecé a sentir una gran tristeza, mucha inseguridad y una terrible angustia. Desde entonces, el desamor y el maltrato siempre me han despertado un desgarro que me rompe el corazón.

Junto a todo aquello me tocó vivir, como a la inmensa mayoría de los muchachos y las muchachas de la época, un absoluto oscurantismo respecto a la verdadera realidad social y política que se estaba viviendo en Andalucía y en España. Se aparentaba que todo iba bien, pero yo cada día sentía con más fuerza el despertar interior de una rebeldía sin nombre que, sin quererlo, se acrecentaba frente a todo lo que me envolvía. 

Conforme iba creciendo sentía que tenía que reprimir cada vez más mis sentimientos, lo de sentir y lo de enternecerme no era nada masculino. Mis padres, mis profesores y algún que otro insano confesor que pasó por mi vida, parecían tener como objetivo reprimir mi realidad corporal, mi ternura y mi sensibilidad. Y, sobre todo, cada vez era más consciente de que se me ocultaban y silenciaban grandes palabras y experiencias que en mi interior intuía buenas y placenteras (¡bendito sea el placer!), pero que el sistema se encargaba de calificar como prohibidas y pecaminosas. 

¡Ay, el pecado! Palabra sucia y maldita que me creó tantas y tantas absurdas culpabilidades. Hoy por hoy, pienso que aquello del pecado fue, sin duda, una de las más falsas amenazas represivas que he conocido y he padecido en toda mi infancia y adolescencia.

Un buen día, en el discurrir de aquella monótona adolescencia de incipiente rebeldía, tuvo lugar un encuentro inesperado que empezó a producir un hondo cambio en mi vida. Fue un domingo a la entrada de la Parroquia del Sagrario, junto a la Catedral de Jaén. Se me acercaron unos muchachos desconocidos de mi edad y me preguntaron si quería participar en unas reuniones que celebraban todos los domingos en la parroquia. Sin pensarlo mucho les dije que sí y a los pocos minutos me vi integrado en una de aquellas reuniones. 

Era un grupo de jóvenes de Acción Católica, lo que en aquel momento se conocía como la JACE. Más tarde supe que, en realidad, se trataba del germen de lo que pronto empezarían a llamarse «comunidades cristianas de base». 

En aquellas reuniones dominicales fue donde escuché por primera vez, con todo su valor y su fuerza, las palabras «solidaridad», «libertad», «justicia», «amor» y «compromiso»; y también fue allí donde empecé a percibir la profunda y misteriosa sensación de que algo nuevo e insospechado empezaba a hervirme la sangre. Allí me enteré de lo que eran los derechos humanos y la democracia, y de lo cruel que podía llegar a ser una dictadura (la nuestra). Escuché hablar por primera vez de Machado, Miguel Hernández, Ángela Figuera Aymerich, Celaya o Carlos Álvarez, y empecé a leer y a disfrutar sus versos. ¡Cuántas palabras y cuántas realidades espléndidas se me habían estado ocultando! ¡Cuánto tiempo y cuánta vida perdida!

Fue también en aquel contexto iluminador, crítico e incipientemente revolucionario, donde descubrí que todo aquello entraba en total contradicción con la forma de «ser cristiano» que me habían inculcado en casa y en el colegio. Fue allí donde supe (y cuánto me alegré) que ser cristiano de verdad y en serio consistía en creer y en vivir todo lo que, poco a poco, estaba empezando a descubrir en aquellas reuniones parroquiales y medio clandestinas.

Acababa de cumplir los diecisiete años, febrero de 1963, y un buen día, a la salida de una de aquellas reuniones de la parroquia, un cura «rojo», de los que se llamaban «de vocación tardía», que formaba parte de la comunidad, el cura Manuel, me regaló un single con cuatro canciones que acababa de publicarse y que le habían mandado unos amigos de Barcelona. «Está cantado en catalán», me dijo, «pero ya verás, es muy bueno y tiene mucha fuerza. Te va a gustar». Era el primer single de Raimon y uno de los primeros del sello discográfico Edigsa.


Como yo ya no tenía donde pincharlo me fui con el single a casa de Carolina, una vecina que en aquel momento me gustaba mucho, y, activando todos mis «genes ambientales», escuché, no recuerdo cuántas veces, las cuatro canciones del disco: «Som», «A colps», «La pedra» y «Al vent»; canciones que, de repente, se convirtieron en el pórtico de la historia personal y compartida que hoy escribo y llamo: Mi vida entre canciones.

Fue una tarde inolvidable. ¡Me encanta y me fortalece poder recordarla! No me fue necesario conocer la lengua de aquel muchacho de Xátiva. Los acordes de su guitarra y sus palabras, más que palabras gritos y sentimientos, resonaron en mi sensibilidad como si estuvieran construidas con una lengua universal que me resultaba familiar. Pequeñas palabras, la mayoría monosílabos rotundos, que me fueron desvelando una identidad y unas ganas de vivir que me resultaron a la vez nuevas y excitantes: «som», «terra», «serem», «a colps», «vida», «mort», «fe», «cel», «mar», «nit», «pau», «vent», «cor», «mans»,  «ulls», «llum», «déu», «món»,  «al vent», «al vent», «al vent»… 

Aquella tarde, ya de anochecida, un revuelo de sentimientos me hizo descubrir lo que, doce años después, nos decía Rosa León en su primer elepé, Al alba, cantando al poeta jerezano Carlos Álvarez: «Alguna vez a todos, a mí mismo, / nos ha crecido un árbol en las manos, /  o un mar sobre la frente, / o la esperanza como alfombra extendida, / a nuestro paso, /al encontrar un verso entre la hierba».



Así fue mi primer encuentro con la «canción de autor». «Al vent», simplemente una canción, fue el pórtico de Mi vida entre canciones. Lo he dicho y lo he escrito muchas veces: en gran medida, gracias a la «canción de autor» he ido construyendo mi personalidad y, sobre todo, mi humanidad y mi sensibilidad. Si soy lo que soy es gracias a los latidos que me han hecho sentir cientos de canciones.


Años después pude constatar que aquella misma experiencia que empecé a vivir en 1963, coincidía con la vivida y cantada por dos grandes creadores: Antton Valverde y Carlos Cano

«Herri-kantuen aide artean
ikusi nuen mundua;
ipuiak ziren edo kondaira 
edo-ta frutu santua.
Haien oihartzun eraginzalez
erein zidaten barrua.
Geroztik erne ta hazi zitzaidan
lore gorri bat ariman;
hemen daramat, hemen bizi-dut 
ertetzen zaidan kantuan;
gerrako garrak etzuten erre
zelai kiskarratuetan,
izotzak arren gordinik dago
ondoko giro nahastuan;
gogorragoa giroa eta
gorriagoa orduan!.»

«Aprendí a ver el mundo /  a través de las canciones del pueblo... / sembraron mi espíritu / de sus ecos sugerentes. / Desde entonces brotó y creció / una roja flor en mi alma; / aquí la llevo, aquí me vive / en la canción que sale de mi garganta. / Pese a todo y a la helada, pervive lozana / en un medio brutal y enrarecido / y cuando más duro y más cruel es el ámbito, / más bella se vuelve.» [Antton Valverde. «Euskal kantuen meza» («Una vieja canción»), 1975].

«La canción», escribe Carlos Cano, «me dio voz, me abrió ventanas, me apartó sombras, me hizo libre, me puso alas, venció fantasmas, me alimentó ternuras, me quitó el miedo a la soledad, me unió a la gente, me dio una luz, sentimiento, dolores y alegrías, alamedas, caminos, ideas, horizontes, esperanzas, tierra, cielo y una luna clara para soñar».

Mientras tanto, en 1962, el cantautor vasco Mikel Laboa dio su primer recital, cantando en euskera temas tradicionales. Fue dentro de un festival organizado por los estudiantes vascos, celebrado en el teatro Argensola de Zaragoza. ¡Y YO SIN SABERLO!

En 1963, Chicho Sánchez Ferlosio grabó su primer disco clandestino editado en Suecia; se tituló Canciones de la resistencia española, un álbum ilustrado por José Ortega que contenía, entre otras, las canciones «Los gallos», «La paloma» y «Canción de Grimau». Curiosamente, en aquella grabación, no se citaba a Chicho por ningún lado, ausencia que se justificaba con la siguiente leyenda: «Se silencia el nombre del autor por razones de seguridad». ¡Y YO SIN SABERLO!


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