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sábado, 9 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 3



Otra de las habitaciones que teníamos en mi casa sureña de la calle Las Novias era el cuarto de estar, el lugar donde la familia pasaba la mayor parte del día, sobre todo las tardes y los fines de semana. Allí, durante el invierno al calor del brasero y el resto del año con un gran ventanal abierto de par en par a la calle, se chismorreaba, se cosía a mano o con la Singer, se hacían bolillos, se escribían cartas familiares, se leía (aunque poco), se hablaba, se recibía a las personas de confianza y se oía la radio. 

Sí, en aquella habitación, sobre una cómoda bastante alta para mí, había una enorme radio (presencia y personaje que, como ya contaré más adelante, ha sido clave en mi vida); radio familiar que, allá por los años cincuenta, sonaba sin parar y, en algunos momentos del día, llegaba a tener una capacidad de convocatoria extraordinaria. 

Recuerdo perfectamente cómo por el 59, cuando volvía del colegio, a las cinco en punto de la tarde, la familia se concentraba en el cuarto de estar alrededor de la radio para escuchar, con silencio absoluto, una radionovela por entregas titulada Ama Rosa, escrita y dirigida por Guillermo Sautier Casaseca. Allí lloraba todo el mundo, ¡hasta mi padre!, aunque, como varón que era, intentaba disimularlo.


Yo me enganché a la radio, como si fuera un imán, poco después. Fue ya en 1960. Me ponía de rodillas sobre una silla para poder llegar con más facilidad al aparato, empezaba a darle vueltas a los mandos y me pasaba horas escuchándola. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había hecho un descubrimiento apasionante. Tan apasionante que lo de estudiar quedó a un lado y, en junio y septiembre de 1960, suspendí el examen de Grado Elemental. Era un mal estudiante, pero ¡cómo me gustaba la radio!

El primer programa que logró engancharme de verdad se llamaba Ustedes son formidables. Lo presentaba Alberto Oliveras. Se emitía a las diez y media de la noche y yo, fuera como fuera, me quedaba a escucharlo. Mi madre solía decirme: «A la cama, que mañana hay que ir al colegio». Y yo: «Espera… Espera… Espera…»; hasta que el programa terminaba. Ahí fue donde descubrí La sinfonía del nuevo mundo, de Antonín Dvořák, y me encantó, ya para siempre asociada a Oliveras.

En aquel programa, gracias a la participación y a la generosa colaboración de los oyentes, se solucionaban todas las semanas muchos y muy graves problemas de la gente y de los pueblos. Cada programa era un reto. Años después aprendí que aquella inolvidable experiencia tenía un nombre: solidaridad; algo que venía a demostrar que los seres humanos, cuando nos lo proponemos, tenemos la posibilidad de ser formidables.

Y gracias a la radio de los sesenta comenzó a irrumpir en mi vida la música y la canción. Al principio de una forma salvaje e indiscriminada. Recuerdo programas y personajes por los que sentía verdadera adicción: Caravana o Vuelo 605, con Ángel Álvarez; Discomanía (¡qué grande Raúl Matas!); o El gran musical, de Tomás Martín Blanco. Aunque, en realidad, lo que más me gustaba y de lo que era un auténtico fan era de lo de los Los discos dedicados; desde que lo descubrí me di cuenta de que allí era donde sonaba lo que de verdad le gustaba a la gente.

Recuerdo que en aquel tiempo lo escuchaba todo, pero pronto empezó a surgir en mi sensibilidad selectiva un principio que, hoy por hoy, considero esencial: me emociona o no me emociona. Principio que, sin duda, considero el más decisivo a la hora de adentrarme en el siempre subjetivo ámbito de la llamada «calidad».

Podría hacer una larga enumeración (un verdadero revoltijo) de cantantes y canciones escuchadas en la radio en los inicios de los años sesenta; cantantes y canciones que todavía hoy sigo atesorando en mi memoria musical: José Luis y su guitarra (que, además, era de Jaén, como Karina, Joselito o Raphael); Marisol (¡de enamorar!) y Gelu («Chica ye-ye»); el Dúo Dinámico, Los Cinco Latinos y Los Tres Sudamericanos; José Guardiola y las Hermanas Serrano (de quienes, años después, supe, y no precisamente por la radio, que también cantaban en catalán); Gloria Laso, Luis Mariano, Serenella y una tal Lilián de Celis con su «Chica del 17», «Polichinela» y «Tápame, tápame!». Y muchos y muchas más que recuerdo, incluso internacionales. Citaré algunos sin orden ni concierto, tal y como los escuchaba en la radio con catorce años: Juan Pardo, Carasone, Paul Anka, Machín, Nat King Cole, Rita Pavone, Aznavour, Gilbert Becourt. Doménico Modugno, Elvis, Connie Francis, Mike Ríos, Nina y Frederik (dúo danés-holandés que, años después, en 1969, redescubrí versionando a Atahualpa Yupanqui) y una extraña fijación que llegó a obsesionarme: Ray Conniff y su Orquesta

Inmerso en aquel batiburrillo radiofónico-musical de 1961, en el colegio de los Hermanos Maristas (año en que repetí curso), tuve la suerte de realizar un gran descubrimiento: ¡los discos de vinilo! (singles y elepés). Me fascinó tenerlos cerca y poder tocarlos.



Recuerdo que aquel año, con motivo de las fiestas del colegio, el hermano Germán me encargó poner y quitar los discos que sonaban en el patio por megafonía prácticamente durante todo el horario escolar. Todavía no me he explicado por qué me confió aquella tarea.

Los tres días que duraron las fiestas del colegio me los pasé en la sala donde estaban el tocadiscos y una primitiva y simplísima mesa de sonido. El primer día que abrí el armario de los discos descubrí que, entre músicas y canciones religiosas y algún «clásico», había también algunos de los singles y elepés de los cantantes que escuchaba por la radio. Curiosamente, lo recuerdo muy bien, había varios singles de Ray Conniff.

¡Cómo disfruté! ¡Hasta me sentía importante! El último día de las fiestas del colegio no pude evitarlo y robé un disco a los Hermanos. Había tantos que no se darían cuenta. Y, claro, fue un single de Ray Conniff. Solo recuerdo que tenía cuatro canciones y que una de ellas era «Bésame mucho», una canción que siempre me ha «puesto», sobre todo desde que se la escuché cantar en 1990 a Paula Molina.

Aquel primer single robado fue como un tesoro. ¡Qué magia y qué maravilla el vinilo! Pero en casa no tenía donde poder escucharlo. 

En junio de 1961 aprobé a la tercera el examen de Grado Elemental y mis padres me regalaron, como premio, una pequeña radio Telefunken que llevaba incorporado, en la parte superior, un pequeño tocadiscos en el que solo se podían poner singles. Con mis ahorrillos, e implicando a mi tía Carmen, la pianista frustrada, me compré dos o tres singles más; pero era una pena que en el plato de aquel mini-todadiscos no cupiesen los elepés. Si los singles me encantaban, los elepés eran una verdadera locura; como una especie de enamoramiento imposible en aquel momento.

Poco tiempo después, en junio de 1962, conseguido el título de Bachiller Superior (¡mi trabajo me costó!), convencí a mi padre para que me comprara un pick-up en el que pudiera escuchar elepés. Me lo compró en una de las tiendas referenciales en aquel momento en Jaén: Manuel Rubio y Compañía, y lo hizo a pequeños plazos, cosa que no supe, como seguidamente os contaré, hasta unos meses después.

El primer elepé que compré, invirtiendo todos mis ahorros adolescentes, fue un regalo que quise hacerle a mi madre. Le encantaba la zarzuela y, en particular, La del manojo de rosas, de Francisco Ramos Castro, Anselmo Carreño y el maestro Pablo Sorazabal. Todavía conservo aquel primer elepé y me sé de memoria varios fragmentos del libreto: «Hace tiempo que vengo al taller y no sé a que vengo… En todas partes te veo, me tiene loco ese cuerpo, hasta la muerte he de quererte». Nunca he llegado a ser un apasionado de la zarzuela pero, mira tú por dónde, aquella consiguió engancharme.

Aquel fue el primero y el único elepé que tuve por aquella época, porque mi padre, pasado el verano, tuvo que devolver el pick-up a Manuel Rubio y Compañía por falta de pago. Yo no terminaba de entenderlo, me cabreé y lloré, pero a las pocas semanas no me quedó más remedio que entenderlo: estábamos en la más absoluta ruina económica. Una familia aburguesada venida a menos que vivía prácticamente de lo que nos daban mis tíos. Éramos sencillamente pobres y las broncas entre mis padres encerrados en el cuarto de los baúles empezaron a ser frecuentes e insoportables; me rompían el alma. Mi padre, sin trabajo e intentando mantener unas apariencias burguesas absurdas y falsas, se veía hundido y sin salida. Más de una vez intentó suicidarse.

Mientras tanto, en Madrid, Jesús Munárriz y Chicho Sánchez Ferlosio empezaron a componer y a interpretar lo que alguien llamó «el otro cantar». Chicho, con el que después mantuve una linda amistad, estaba firmando anónimamente sus primeras canciones, las míticas «La huelga de Asturias» y «Gallo rojo y gallo negro». ¡Y YO SIN SABERLO!


Lluís Serrahima, en enero de 1959, escribía en la revista Germinàbit de la Unió Escolania de Montserrat un artículo titulado «Ens calen cançons d'ara», que tuvo una gran repercusión dentro y fuera de Cataluña. Entre otras, en aquel artículo Serrahima formulaba las siguientes reflexiones: 

«Hem de cantar cançons però nostres i fetes ara […] és greu que no se'n facin de noves, jo almenys no n'he sentides. Podem atribuir-ho a les circumstàncies, però de cançons se'n poden fer de moltes menes i maneres, a més, aquestes circumstàncies no poden per elles mateixes, privar un poble de les seves cançons. És precisament en moments difícils que han nascut gran nombre de cançons, de les boniques, aquelles que els pobles han transformat en una mena d'oració col·lectiva […]. Es tracta, doncs, que surtin cançons d'aquest moment nostre […]. Què fan els músics que ara són joves?». 

«Hemos de cantar canciones pero que sean nuestras y hechas ahora [...] es grave que no se haga nada nuevo, yo por lo menos nada he oído. Esto lo podemos atribuir a las circunstancias, pero se pueden hacer canciones de muchos modos y maneras; aún más, estas circunstancias no pueden, por sí mismas, privar a un pueblo de sus canciones Es precisamente en los momentos difíciles cuando han nacido muchas canciones que el pueblo transformó en oraciones colectivas [...]. Se trata pues de que aparezcan canciones de este momento nuestro [...]. ¿Qué hacen los músicos que ahora son jóvenes?». 

¡Y YO SIN SABERLO!

Cinco años antes, Rafael Alberti, en su libro Baladas y Canciones del Paraná (1953 - 1954) se preguntaba:


También en 1959 Raimon componía «Al vent». ¡Y YO SIN SABERLO! 

Dos años después, en 1961, Michel Labèguerie grabó en Bayona (Francia) dos singles míticos, Labeguerie'ren Lau Canta, que fueron un referente esencial para el nacimiento de la «nueva canción vasca». ¡Y YO SIN SABERLO!



El 29 de mayo de 1961, con el fin de impulsar la música y la canción catalana, se crea en Barcelona la mítica editora discográfica Edigsa, que sería clave para el nacimiento, la producción y la difusión de la «nova cançó». ¡Y YO SIN SABERLO!


El 10 de diciembre de ese mismo año, se organiza un concierto en Barcelona en los locales del CICE (Centro d'Influència Católica Femenina) en el que Espinàs, Miquel Portel, Lluís Serrahima y Remei Margarit interpretaron sus canciones en catalán. ¡Y YO SIN SABERLO! 

Y en 1962 se creó en Cataluña el colectivo «Els Setze Jutges» con el fin de «utilitzar la música cantada en català com a vehicle d'expressió popular que contribuís a normalitzar la llengua i la cultura dels Països Catalans»; grupo inicialmente creado por Josep Maria Espinàs, Remei Margari y Miquel Portel, en el que se fueron integrando progresivamente Delfí Abella, Francesc Pi de la Serra, Enric Barbat, Guillermina Motta, Xavier Elies, Maria del Carmen Girau, Martí Llauradó, José Ramón Bonet, Maria Amèlia Pedrerol, Joan Manuel Serrat, Maria del Mar Bonet, Rafael Subirachs y Lluís Llach. ¡Y YO SIN SABERLO!

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