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jueves, 18 de abril de 2013

... Y LA PALABRA SE HIZO MÚSICA. "PUEBLO DE ESPAÑA, ¡PONTE A CANTAR!" (4ª Parte)









Continuo la copia de un nuevo apartado de mi libro
"Crónica cantada de los silencios rotos" (1998);
concretamente el titulado: 
«Pueblo de España, ¡ponte a cantar!» (4)


En 1969 el colectivo catalán Els Setze Jutges se disuelve. Éste fue un acontecimiento sobre el que me gustaría detenerme un momento dado que, en torno a él, y a las causas que lo motivaron, se ha hablado y se ha escrito mucho y, con frecuencia, con una carga expresiva clara y maliciosamente demagógica. (Por una parte, las reflexiones que seguidamente voy a hacer podrán servirnos también para aclarar, o al menos para centrar situaciones similares que se produjeron alrededor de esos años en otros lugares del Estado).

Antes de entrar en los detalles creo importante partir de un principio que, de olvidarse, invalidaría, por lo menos para mí, cualquier reflexión o cualquier crítica que pueda hacerse sobre los acontecimiento vividos en un tiempo pasado, me refiero, en concreto, a la necesidad de juzgar y valorar esos acontecimientos situándolos siempre en su contexto, es decir, en lo que los hombres y las mujeres de ese tiempo, y en ese espacio, estaban viviendo y experimentando. (Pienso que es fácil, y también muy cómodo, juzgar y ser crítico; lo difícil, y eso es lo justo, es saber valorar los acontecimientos intentando conocerlos a fondo y sumergiéndonos en ellos con el corazón limpio, es decir, con la honradez imprescindible que se requiere para intentar buscar siempre la verdad, conscientes de aquello que nos decía Aute en una de sus primeras canciones breves: «Como una llama que aparta tinieblas [...], así es la verdad»).


«Como una llama que aparta tinieblas
quemando las dudas en los pensamientos,
como ese río que nunca se seca,
que sigue su cauce arrastrando a las piedras,
como esa sangre que cae sin miedo,
sangre que limpia paisajes y penas,
así es la verdad.

Como esa vida que decimos nuestra
y que nos reconoce por su único dueño,
como esa vida que es causa primera
y que lucha por serlo a golpes de fuerza,
como esa vida que no quiere muertos,
como esa vida que no quiere esperas,
así es la verdad».

Intentaré pues apartar las tinieblas en la medida de lo que sé y de lo que pueda, sobre aquella histórica disolución del colectivo Els Setze Jutges en 1969.

En primer lugar fue un hecho natural que surgió como consecuencia de la propia dinámica y evolución que experimentó el grupo, con el paso de los años, respecto a sus objetivos o metas fundacionales. Cuando nació, no lo olvidemos, el pueblo, en este caso, el pueblo catalán había perdido su voz; –y no me estoy refiriendo sólo a los intelectuales y a la burguesía, sino sobre todo, al «home del carrer» (al "hombre de la calle" al que tan genialmente le cantó Quico Pi de la Serra–.


«A este hombrecillo que todo lo hace bien,
que siempre camina, que siempre camina,
a este hombrecillo que nada puede hacer,
lo llamaré desde ahora el hombre de la calle.

Nunca se levanta tarde, se afeita muy bien
–la patilla izquierda, la patilla izquierda–,
desayuna una pizca, porque no tiene más;
mirad si lo hace bien el hombre de la calle.

Saca un cigarrillo, ¡ay no!, que no tiene,
cuando fuma es de gorra, cuando fuma es de gorra:
los amigos, si lo ven, se hacen los distraídos...
¡qué poco fumarás, hombre de la calle.

Baja en ascensor, ¡ay no!, que no tiene,
camina deprisa, camina deprisa,
en el rellano de abajo, encuentra a Roser,
te pones colorado, hombre de la calle.

La mujer no lo sabe, ¡ay no!, que no tiene,
¡qué mal pienso!, ¡qué mal pienso!,
se le murió, ya ni sabe de qué;
eso es un pecado, hombre de la calle.

Abre su cochecito, ¡ay no!, que no tiene;
no tiene una peseta, no tiene una peseta,
no quiere cambiar el último billete...
¡ya ves qué papel, hombre de la calle.

A pie va al trabajo, de eso sí que tiene;
mucho menos querría, mucho menos querría,
si no hay dinero, tampoco hay Roser...
¡lo tienes muy crudo, hombre de la calle.

Le duele la cabeza, ¡ay no!, que no tiene;
antes la tenía, antes la tenía;
un día la perdió y no la encontró más...
no tienes nada de nada, hombre de la calle».

«Aquest homenet que tot ho fa bé, / que sempre camina, que sempre camina, / aquest homenet que res no pot fer, / des d'ara en direm l'home del carrer. / No es lleva mai tard, s'afaita molt bé/ –la patilla esquerra, la patilla esquerra–, / esmorza poquet, perquè no en té més; / mireu si ho fa bé, l'home del carrer. / Treu un cigarret, ai no, que no en té; / quan fuma és de gorra, quan fuma és de gorra: / els amics, si el veuen, fan tots el distret... / que poc fumaràs, home del carrer. / Baixa amb ascensor, ai no, que no en té, / camina de pressa, camina de pressa, / al replà de sota, troba la Roser, / et poses vermell, home del carrer. / La dona no ho sap, ai no, que no en té, / malament que penso, malament que penso, / se li va morir, ja ni sap de què; / això és un pecat, home del carrer. / Obre el seu cotxet, ai no, que no en té; / no té una pesseta, no té una pesseta, / no vol descanviar el seu bitllet darrer... / ja veus quin paper, home del carrer. / A peu va al treball, d'això sí que en té; / molt menys en voldria, mol menys en voldria, / si no hi ha calés, tampoc no hi ha Roser... / ho tens molt pelut, home del carrer. / El cap li fa mal, ai no, que no en té; / abans en tenia, abans en tenia; / un dia el va perdre i no el trobà més... / no tens res de res, home del carrer».


De repente tres personas, ¡tres!, se plantean, nada más y nada menos, que poner toda su capacidad, toda su ilusión y todo su empeño en que esa voz castrada o silenciada pudiera recuperarse; gesto que en aquellos momentos no sólo era atrevido, sino arriesgado y revolucionario. (Me estoy refiriendo a los tres fundadores del colectivo  Els Setze Jutges: Josep M. Espinàs, Remei Margarit y Miquel Portel).

Lógicamente, en un principio aquel empeño exigía unidad y solidaridad en los criterios y en las actuaciones personales y de grupo, aquello no fue una plataforma cómoda para suscitar "estrellas" o clubs de "fans", tan típicos de la época; aquello suponía un auténtico posicionamiento cultural que implicaba tanto una opción política comprometida, como unas actitudes personales nada fáciles de mantener. Fue, creo yo, lo que Cataluña necesitaba en aquel momento.


Con el paso de lo años –aproximadamente ocho años– el objetivo propuesto se fue cumpliendo; es más, como veremos después, y como yo mismo pude advertir en mi propia experiencia, aquella iniciativa logró traspasar las fronteras de Cataluña, sirviendo de revulsivo para que otros pueblos de España iniciaran su propia revolución cultural y política a partir de la creación de una forma alternativa de comunicación, como fue, y sigue siendo, la genéricamente identificada como "nueva canción", o "canción de autor".

Por otra parte, como resultado lógico de la evolución y del paso del tiempo los componentes de Els Setze Jutges también evolucionaron individualmente y, algunos de ellos, vivieron la experiencia –adquirida en el trabajo cotidiano– de pasar de ser voluntariosos músicos y poetas, a convertirse en músicos y poetas "de verdad", pero además empeñados en hacer un tipo de canciones que fueran a la vez populares, comprometidas, de gran calidad estética y con sabor a vida cotidiana; y hacerlo, además, cada uno desde sus peculiaridades, es decir, desde su particular manera de entender la creación artítica, y desde sus propias formas expresivas o de lenguaje. A partir de ahí y de sus actuaciones en público, que cada vez fueron más abundantes dentro y fuera de Cataluña, aquello de que la idea del "yo" era indisoluble de la idea del "nosotros" resultaba imposible, no tanto por ellos mismos, sino porque el público, la gente del pueblo, desde su sensibilidad, así lo había decidido. (Ese fue claramente el caso, por ejemplo, de Lluís Llach, de María del Mar Bonet, o de Joan Manuel Serrat).


Con todo esto, los integrantes del grupo, en 1969, tomaron conciencia de que sus objetivos, como colectivo, se habían cumplido, y de que la libertad de creación, precisamente gracias a lo que habían conseguido colectivamente, era ya lo que en la época se llamaba "un nuevo signo de los tiempos". A partir de ahí, sabiamente, decidieron la disolución como tal de Els Setze Jutges. (Ojalá actuaran hoy así otros grupos y colectivos culturales y políticos que se empeñan en mantener "tinglados" insostenibles; pienso que, en el fondo, porque llevan en la sangre aquello que Erich Fromm llama "El miedo a la libertad").

También se suele asociar a la disolución del grupo la crisis que provocó la actitud de Serrat cuando decidió empezar a cantar en castellano, sin dejar por ello de seguir haciéndolo también en catalán. Ciertamente aquella crisis existió y debió ser tensa. En el fondo Joan Manuel venía a cuestionar y, de hecho, a romper un axioma que hasta entonces no se ponía en discusión y que constituía una de las bases de la identidad del colectivo: la utilización del catalán como forma radical e incuestionable de enfrentamiento contra el sistema centralista, en particular, por sus actitudes represoras y culturalmente colonialistas.

Joan Manuel Serrar,  Josep Maria Espinàs y Quico Pi de la Serra
en la Plaça del Sol en Gràcia (1965) (Fotografía de Josep Puvill).

Aquella posición decidida y consciente de Serrat, fue un acto de libertad personal difícilmente enjuiciable sin haber vivido la experiencia desde dentro y en su contexto. No obstante, poco tiempo después, en 1972, el propio Joan Manuel, tomando un poema de Miguel Hernandez, nos diría algo que, al menos a mí, me hizo pensar mucho.


«Para la libertad sangro, lucho y pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho. Dan espumas mis venas
y entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño
y aún tengo la vida».

No seré yo quien se dedique a analizar los actos de su libertad –no me interesa–, lo que sí me atrevo a afirmar, porque es claro, objetivo y evidente, es que su decisión, aunque sin duda dolorosa en aquel momento para un sector de la cultura catalana, en ningún caso supuso la más mínima debilidad respecto a su posicionamiento y a su compromiso ideológico y cultural en defensa de la democracia y los derechos humanos. Y digo esto, para salir al paso –no sé si todavía es necesario; en aquel momento lo fue– de la asociación que se hizo de su actitud con la búsqueda de planteamientos más comerciales, con todo lo que de "mala leche" implica esa observación. Yo solo diré que su ingente obra posterior está ahí, en catalán y en castellano; coherente y radicalmente comprometida siempre con la grandeza de los humano. Y también, que culturalmente este país no tendrá nunca suficientes palabras para agradecerle a Serrat la capacidad y la sensibilidad que tuvo para saber devolverle al pueblo, por ejemplo, la palabra y el alma de dos de sus más grandes poetas: Antonio Machado y Miguel Hernández.


Entre la grabación del disco dedicado a Machado (1969) y el dedicado
a Miguel Hernández (1972), Joan Manuel grabó, por ejemplo,
un LP llamado Serrat 4 (1970), con canciones todas ellas en catalán.

Por supuesto a las razones que acabo de enumerar respecto a la crisis y a la disolución del colectivo catalán, habría que añadir aquellas otras comunes a las de cualquier otro colectivo humano que emprende una tarea en la que se tienen que conjugar los planteamientos soñadores y utópicos compartidos con la realidad que implica la personalidad, la vida y las necesidades de cada uno de sus miembros, normalmente irrepetibles. Me estoy refiriendo, en concreto, a las tensiones que, sin duda, surgieron desde el principio, en función del mayor o menor tiempo de dedicación de cada uno de los jutges al grupo, de sus medios o posibilidades económicas individuales, o de la conflictividad que siempre surge en un proyecto como aquel entre la teoría y la práxis. (Concretamente, y como pura anécdota, recuerdo algo que contaba Quico Pi de la Serra medio en serio y medio en broma: «Los más jóvenes, como Guillermina, Barbat o yo, pasábamos bastante y no íbamos ni a reuniones, ni a tribunales de pruebas, ni "hostias"».

Al final, también en los últimos años de existencia del grupo, cuando ya por su propia evolución personal y artística algunos de los componentes empezaron a plantearse un nivel más serio de profesionalidad –los artistas son también profesionales que necesitan planificar, organizar y rentabilizar su trabajo– , surgieron nuevos problemas relacionados con ese otro mundo paralelo en el que todos los artistas se ven implicados irremediablemente; me refiero, en concreto, al complejo "tinglado" de los representantes, los empresarios, las contrataciones, los "cachés", las casas discográficas, la promoción, etc.

(En el próximo "cuelgue" abordaré otras manifestaciones musicales que se produjeron en Cataluña por aquellos años al margen del colectivo Els Setze Jutges, por ejemplo, el Grup de Folk).

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