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miércoles, 27 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 9.



Cuando tuve que abandonar el Junior y me quedé en la calle sin saber qué hacer de mi vida, mi familia, sobre todo mi madre, me recomendó que me presentara a unas oposiciones que acababa de convocar el Banco de España, no recuerdo muy bien para qué tipo de trabajo.

Yo, preocupado en aquel momento por el futuro, a sabiendas de que aquella propuesta no me interesaba nada, les hice caso y me presenté en la Central del Banco, que sigue estando en Cibeles, para que me informaran y me dieran el papeleo necesario para realizar los trámites burocráticos previos a opositar.

Recuerdo que tuve que hacer una cola muy larga y que, cuando llegué por fin a la ventanilla, una señorita, harta ya de repetir lo mismo un montón de veces al día, decidió no dirigirme la palabra, se limitó a darme un sobre repleto de papeles y a exclamar: «¡El siguiente!».

Ya fuera del Banco (hacía un día maravilloso) y sin abrir el sobre, subí hacia la Puerta de Alcalá donde me esperaba Tonona, que estaba pasando unos días en Madrid. Nos sentamos en uno de nuestros chiringuitos preferidos del Retiro, pedimos una cerveza y creo que, al mirarnos, pensamos lo mismo: «¿Qué hace un tipo como tú con un sobre lleno de papeles para opositar a "no sé qué" en el Banco de España?». Conclusión: el sobre sin abrir quedó abandonado en una papelera y nosotros nos buscamos un banco de los otros que no estuviera muy visible para hartarnos a besos. La decisión estaba tomada. Estudiar Magisterio, que era lo que de verdad me gustaba.


Me matriculé y empecé a estudiar en la Escuela de Magisterio Pablo Montesinos en septiembre de 1967. Fueron tres años de estudio inolvidables, no tanto por lo que aprendí en las clases, que también, sino por lo mucho, muchísimo, que pude leer e investigar a través de la bibliografía que se nos recomendaba en cada asignatura y la que yo mismo me buscaba. Tres años de estudio que concluyeron el 2l de julio de 1970 según figura en mi Título de Maestro de Primera Enseñanza ratificado, ni más ni menos, que por S. E. el Jefe de Estado Español. 

Acabé la carrera con Sobresaliente y muchas ganas y necesidad de ponerme a trabajar. Y con un montón de amigos de quienes lamentablemente he perdido la pista.

De aquellos tres años en la escuela de Magisterio tengo muchísimos y muy buenos recuerdos; así como numerosas experiencias de aprendizaje que luego han sido fundamentales en mi vida. De entre todas hay una que en este momento me parece imprescindible recordar, ya comprenderéis el motivo.

Un día, en clase de Pedagogía General, la profesora Paz Ramos (por cierto, maravillosa e inolvidable) nos sugirió la lectura del libro Amor y pedagogía de Don Miguel de Unamuno. La propuesta me encantó porque hacía bastante tiempo que admiraba mucho a Don Miguel. Hubo una época, estando todavía en Jaén, en que me compré y leí varias de sus obras publicadas en la magnífica colección Austral de Espasa Calpe. 

Por aquella época tenía la costumbre de subrayar en los libros las frases o los párrafos que más me impactaban o llamaban mi atención. Lo hacía con bolígrafo azul o rojo, según la intensidad del impacto; por supuesto, el rojo lo utilizaba en los textos que me producían mayor emoción o con los que me sentía más identificado.

Pues bien, aprovechando la sugerencia de la profesora, antes de comprarme el libro que nos había recomendado, busqué entre mi pequeña biblioteca personal las obras de Miguel Unamuno que viajaron conmigo de Jaén a Madrid. Entre ellas encontré un libro que me llamó la atención porque estaba más deteriorado que los demás. Evidenciaba las huellas y las consecuencias de haber sido más leído y manoseado que los otros. Se trataba de Almas de jóvenes (1958), que recoge ocho ensayos de Unamuno.

Me sorprendió que el libro lo tuviera tan subrayado, sobre todo el ensayo «Los naturales y los espirituales». ¡Subrayado y en rojo!, de lo que deduzco que la primera vez que que lo leí, calculo que a principios de los sesenta, debió de causarme una gran impresión.

Volví a leer aquel ensayo fijándome especialmente en los textos subrayados y me di cuenta de que no solo seguía identificándome con ellos, sino que incluso había algunas expresiones y afirmaciones del gran filósofo que, pasados los años, tenían incluso una mayor significación para mí, sobre todo en aquel momento en que buscaba y empezaba a encontrar la relación necesaria entre la «canción de autor» y la pedagogía.

Estos son tres de aquellos textos subrayados:

«Hasta las más elevadas hipótesis de la ciencia y de los intelectuales hay que hacerlas poesía, que es el alimento que recibe el pueblo, no hay doctrina que se asimile mientras no se haga poética».

«Debemos todos abrirnos ante el pueblo el pecho del alma, desgarrarnos las vestiduras espirituales, y mostrándole nuestras entrañas decirle: “He aquí el hombre”. Y el pueblo que se eduque a ver hombres acabará por buscarse, zahondar en sus entrañas espirituales, descubrir en ellas la fuente de la vida, y decir a los demás pueblos: "¡He aquí el pueblo!”».

«El pueblo necesita que le canten, que le rían y que le lloren mucho más que el que le enseñen».

¡Totalmente de acuerdo! Ya lo creía entonces y hoy en día mucho más. «El pueblo necesita que le CANTEN mucho más que el que le enseñen». Breve pero genial e inolvidable lección magistral de Don Miguel de Unamuno.

Mientras tanto, entre 1967 y 1970, la «canción de autor» seguía naciendo y extendiéndose por todos los rincones de nuestro país sin que nada ni nadie pudiera detenerla, o sea, burlando hábil y descaradamente a la censura.

El 24 de marzo de 1968, en Galicia, ADE (Asociación Democrática de Estudiantes), apoyada por algunos profesores y catedráticos universitarios, tomó la iniciativa de organizar un primer recital de «canción gallega» en la Escuela de Peritos Agrícolas de Lugo en el que iban a actuar dos jovencísimos cantautores: Benedicto y Xavier González del Valle. El recital no pudo celebrarse porque, aun habiendo sido previamente autorizado, fue prohibido por el gobernador civil una hora antes de iniciarse.

Aquella inexplicable suspensión se convirtió en una especie de reto que desencadenó una mayor y cada vez más urgente necesidad de cantar en gallego. Justamente un mes después, el 26 de abril, se organizó un nuevo recital en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago que sí pudo celebrarse y en el que actuaron, además de Benedicto y Xavier, Xerardo Moscoso, Vicente Araguas, Guillermo Roxo y el poeta Alfredo Conde. A partir de ahí surgió el nacimiento del colectivo de cantautores «Voces Ceibes» al que se unieron, entre otros, Suso Vaamonde, Miro Casabella y Bibiano. 


En esa misma línea de creación poética y musical surgieron también otras voces como las de Xoan Rubia o Jei Noguerol. Imposible olvidar a Andrés do Barro que, en otro contexto, grabó en 1969 su primer single con cuatro canciones interpretadas en gallego.

Ese mismo año, 1968, el poeta Juan de Loxa fundó en Granada el colectivo «Manifiesto Canción del Sur» integrado por Antonio Mata, Carlos Cano, Esteban Valdivieso, Nande Ferrer (Antonio Fernández Ferrer), Enrique Morataya, Ángel Luis Luque, Juan Titos, Pascual Pérez de Chaparro, José María Agüí, Miguel Ángel González, Raúl Alcover y Aurora Moreno. Colectivo sureño que se presentó oficialmente en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Granada el 14 de febrero de 1969.


A su vez, en Sevilla, Gonzalo García Pelayo y Gualberto García fundaron Smash, una banda de rock progresivo, y crearon el llamado «Manifiesto del borde», definido por el crítico Jesús Ordovás en su obra Historia de la música pop española (Alianza, 1987) como «el primer documento escrito en el que un grupo de rock español se plantea el hacer música como algo unido indisolublemente a una visión del mundo y a una forma de vida. […] La diversión no es el cachondeo, sino la bronca que te pega la belleza».

Simultáneamente, en la Universidad de La Laguna (Tenerife) se organizaron, dentro del programa de actividades culturales universitarias, los llamados «recitales de poesía y canciones», de los que surgió en 1970 el colectivo canario «Pueblo, Palabra y Canción» en el que participaron, entre otros, Juan Carlos Senante, Julio Fajardo, Pepe Paco, Suso Junco, Manuel Luis Medina y grupos como Taburiente, Canto 7, Magna 12, Chácara, o Pluma y Voz.

También en 1968 José Antonio Labordeta, aragonés, grabó su primer single en la empresa discográfica Fidias-Edumsa con el sello Andros; un disco que incluyó cuatro de sus primeras canciones: «Réquiem por un pequeño burgués», «Los leñeras», «Los masoveros» y «Las arcillas». Esta grabación que pasaría prácticamente inadvertida hasta su reaparición en 1971, incorporada al libro de José Antonio Cantar y callar, pórtico de lo que inmediatamente iba a originar el nacimiento de una «nueva canción aragonesa» a la que, junto a Labordeta, se incorporaron, entre otros, Tomás Bosque, Joaquín Carbonell, Ana Martín y Valentín Mairal.


En esos mismos años, Joan Manuel Serrat decidió empezar a cantar en castellano, sin dejar de hacerlo también en catalán, y publicó su LP dedicado a Antonio Machado. Mientras Lluís Llach nos ofrecía un álbum recopilatorio de sus primeros éxitos en catalán. También grabaron sus primeros discos Maria del Mar Bonet, Quico Pi de la Serra, Guillermina Motta, Ovidi Montllor, Enric Barbat, Rafael Subirach, Delfí Abella, Dolores Laffitte, Pau Riba, Jaume Arnella y Xabier Ribalta. En el País Vasco lo hicieron Mikel Laboa, Benito Lertxundi, Lourdes Irionso, Xavier Lete e Imanol. Los nuevos cantautores gallegos nos ofrecieron sus primeras grabaciones con el sello discográfico Xistral, de Edigsa, y se grabó y editó en Venezuela el disco Galicia Canta con Benedicto, Xerardo Moscoso, Miro Casabella Guillermo Roxo, Xoan Rubia, Xurxo Formoso y la colaboración de Celso Emilio Ferreiro. Aute publicó Diálogos de Rodrigo y Ximena y sus 24 canciones breves, Patxi Andión nos compartió sus Retratos y Manolo Díaz, tras grabar sus primeros discos, lanzó junto a José Antonio Muñoz al grupo Aguaviva con su primer LP Cada vez más cerca. Aparecieron las maravillosas Vainica Doble, los primeros singles de Pablo Guerrero, que había llegado a Madrid procedente de Extremadura, y las primeras canciones de Víctor Manuel llegadas de Asturias. Grabaron Hilario Camacho, Elisa Serna, Adolfo Celdrán y surgió el grupo Almas Humildes, liderado por Antonio Resines. Moncho Alpuente apareció con su grupo Las Madres del Cordero y nos sorprendió muy gratamente con el espectáculo Castañuela 70. Por su parte, Ismael y Paco Ibáñez seguían en el exilio cantando a nuestros poetas.

Y yo en Madrid, estudiando Magisterio, informándome y empapándome de todo ese «nuevo cantar» naciente, empezando a tener mi primera colección de vinilos y, ya en aquel momento, totalmente convencido de lo que, años después, escribiría Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de uno de mis libros: que la «canción de autor» es «paisaje de un tiempo, huella de quienes la cantaron y fotografía de los suspiros tolerados y prohibidos de una sociedad».

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