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miércoles, 27 de junio de 2012

IÑIGO COPPEL. MOTIVOS PARA UN ENCANTAMIENTO

Íñigo Coppel en la Sala Libertad 8

Una de las cualidades que más admiro y que más me emocionan de este creador vasco llamado ÍÑIGO COPPER, al que hoy voy a dedicarle un extenso "cuelgue", es su capacidad para imaginar, crear y contar historias fantásticas –absolutamente maravillosas: críticas, tiernas, emocionantes y hasta divertidas–; historias que discurren entre la verdad deseada y la irrealidad soñada, como la de su encuentro con Carlos Gardel en el Olympia de París; con Bob Dylan y sus fans en uno de sus conciertos parisinos: con Woody Allen, con Elvis..., o con el mismísimo Jesús...; y, en otra perspectiva, historias geniales y magistralmente narradas, como la vivida a los trece años con una tal Laura –hermosa y malvada–, o la de su escapada a la Edad Media y la salvación de su vida gracias al "rock and roll".

Pues bien, en el contexto de esa cualidad de Íñigo, como creador y contador de historias, voy a permitirme iniciar este "cuelgue" contando una historia propia: la historia de como conocí y me quedé "colgao" a las canciones de un tal Coppel nacido en Getxo, y actualmente residente en Madrid.

Ya he dicho en más de una ocasión que mi relación con la "canción de autor" es una relación de "reencuentros" y de "retiradas"... Hace aproximadamente un año y medio –después de la retirada que  emprendí tras escribir los tres volúmenes de mi libro «...Y la palabra se hizo música»–  tomé la decisión de reencontrarme de nuevo con el universo de la "canción de autor" para conocer lo que estaban componiendo y cantando los jóvenes creadores.

Ha sido un año y medio de grandes sorpresas y descubrimientos, y también –he de confesarlo– de significativas decepciones. Entre esas sorpresas ha sobresalido, con creces, el descubrimiento de Íñigo Copper. Fue así:

Íñigo Coppel. (Fotografía de Guillermo Asián).

Con bastante frecuencia, cuando durante este año y medio pasado he ido a los conciertos que me interesaban, o por los que sentía cierta curiosidad, me he solido encontrar con un joven al que no conocía y del que ignoraba que fuera cantante. Curiosamente, siempre que nos encontrábamos, cruzábamos alguna mirada de complicidad aparentemente injustificada, nos saludábamos de forma anónima, escuchábamos música en el mismo local, pero nunca llegamos a hablar –nunca me dijo: «Yo también canto»; o nunca yo le pregunté: «¿Tú cantas?»–.

El caso es que después de encontrarme varias veces con él empecé a sentirme muy atraído por el misterio de este personaje de mirada profunda y muy expresiva, de cierta timidez y, de tremenda humildad. (En cierta medida era una situación muy similar a la forma en que hace años me encontré, conocí, admiré y me hice amigo, en Madrid, del grandísimo Alfredo Zitarrosa).

Hace aproximadamente mes y medio, Dani –que trabaja en Libertad 8– me regaló un CD con dos canciones de Íñigo Coppel –es decir, de aquel personaje desconocido con el que solía encontrarme en los conciertos–; regalo que siempre le agradeceré porque gracias a él empecé a desentrañar el misterio que aquel vasco que de vez en cuando se cruzaba en mi camino...

Aquellas dos canciones me sorprendieron y me engancharon –"Esto es lo que parece" y "Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo"–; tanto me encantaron que le dedique un "cuelgue" en el blog el pasado 12 de mayo. 

A partir de ahí empezamos a hablar y a conocernos un poco. Le invité a participar en los encuentros que hemos celebrado recientemente en Libertad 8, y lo hizo intepretando a Sabina, a Labordeta y el hermosísimo tango "De puro guapo"; participación que me sorprendió sobre todo al descubrir y al sentir lo bien que Íñigo se desenvolvía cantando en registros musicales tan diferentes... Como remate, el lunes pasado asistí por primera vez a uno de sus conciertos –fue en Libertad 8–...; ¡aquello fue definitivo!, el misterio y la magia de Íñigo Coppel definitivamente consiguieron atraparme: Íñigo, con su sencillez y su humildad –de la que muchos de sus compañeros deberían aprender– es uno de los más completos  creadores que tenemos en nuestro país.

Iñigo Coppel en Libertad 8.

Tras toda esta larga introducción, y tras la declaración de mi admiración y mi encantamiento hacia el trabajo de Íñigo Coppel –sé que compartida con muchas más personas– voy a concretar algunas de las cualidades que más me llaman la atención y que más me atraen de su trabajo, es decir, voy a exponer los motivos de mi encantamiento; incluso voy a atreverme a enumerarlos:


Uno: Iñigo Coppel es un compositor y un guitarrista de grandísima calidad...; ¡posee magia e inspiración en sus manos!...; es un auténtico placer sentir y dejarse atrapar por los sonidos "zurdos" que es capaz de arrancarle a su guitarra... A veces echa mano de su armónica, o le pide, por ejemplo, a Manu Clavijo que le acompañe al violín... ¡magnífico!... ¡está muy bien!... pero el protagonismo en sus conciertos ¡es claro!... reside en la sensibilidad de sus manos y de sus sentimientos.


Dos: Para Iñigo Coppel como creador y como intérprete la música y la canción no tienen ni límites, ni fronteras...: ¡ama la música! ¡la ha escudriñado! ¡y la lleva dentro!... y lo mismo le da un "rock and roll" que un "blus"; un "tango" que una "balada"...; Dylan y los poetas "beat"; Paul Simon, Brel, Cohen, Gardel, ElvisLabordeta o sus propias composiciones... ¡sorprendente su multimusicalidad!... Imposible aburrrirse o dejar de disfrutar en sus conciertos.


Tres: Íñigo Coppel canta con sinceridad, sintiéndolo en las venas; el suyo es un canto que rezuma autenticidad y pasión...; es un canto que conmueve y emociona, que sorprende y solivianta...; es canto libre –como el de Víctor Jara–, y en libertad...; ¡canta "como" y "lo que" le viene en gana!.... ¡y además bien!... Ya se lo dijo el buen Jesús: «Íñigo que ningún soplapollas te diga como tienes que cantar».




Cuatro: El canto de Íñigo Coppel es comprometido; late y tiene corazón... Él sabe bien que así ha de ser, y acaba de dejarlo muy claro en la canción "Íñigo Coppel en el Olympia", tema –todavía en proceso de creación– con el que inició su concierto del lunes:

«Siempre fue el gran sueño de mi vida
cantar en el Olympia de París
y la gracia me fue concedida,
dejadme que os lo cuente, “mes amis”,
Yo estaba tan desesperado,
había perdido la ilusión,
y entré en aquel lugar sagrado
a cantar mi última canción,
comencé a andar por los pasillos,
oí a las sombras gemir,
me cegó un fuerte brillo
y Él se apareció ante mí,
reconocí su sonrisa,
su porte y su esplendor,
lloré y me arrodillé deprisa,
“Eres Gardel, el gran cantor”.
El Maestro dijo: "Amigo,
sé muy bien adonde vas,
ven, camina conmigo
y no te quedes atrás.
“¿Y estas almas en pena?,
¿Quienes son?” -le pregunté.
“Aquí cumplen su condena
todos los músicos que
traicionaron a su canto
o cantaron sin pasión,
por eso llevan con espanto
en su mano el corazón...”».

Y quinto –y aquí me planto, aunque podría seguir enumerando cualidades–: Las canciones de Íñigo Coppel poseen una «poÉtica» de gran calidad literaria y humana; es la suya una «poÉtica» cargada de sensibilidad; sensibilidad presente, por supuesto, en sus hermosas canciones de amor, como "Esto es lo que parece"«te quiero y no me importa nada más. Yo te quiero y... ¡qué importa lo demás!»–: pero que va mucho más allá; sensibilidad especialmente emocionante, por ejemplo, cuando el lunes pasado dejó la guitarra, se sentó al piano, tomó su armónico y nos cantó "Recuerda el viento".


«Oh, ya lo sé, mi hermano
tú no eres un piano
recuerda el viento
recuerda el viento

Tú fuiste un bello roble
tú fuiste libre y noble
recuerda el viento
recuerda el viento

pero ellos te talaron
al suelo te empujaron
recuerda el viento
recuerda el viento

y en este bar de cantautores
a nadie le importa que llores
recuerda el viento
recuerda el viento

Dejas que canten y te abran,
“Libertad” es su gran palabra
que sabrán ellos
que sabrán ellos

Acaso piensan que son libres
se equivocan, no son libres
recuerda el viento
recuerda el viento

Yo te comprendo, amigo
dejame beber contigo
recuerda el viento
recuerda el viento

Yo también sé de derrotas
mi espalda está tan rota
recuerda el viento
recuerda el viento

Si supieras que me han hecho
y el dolor que hay en mi pecho
recuerda el viento
recuerda el viento

Quizá con este vino
olvidemos el destino
por un momento
recuerda el viento

y brindemos por aquellos
que aún son libres y son bellos 
recuerda el viento
recuerda el viento

¡Salud! ¡Salud! Mi hermano,
dejame darte la mano
y recuerda el viento
recuerda el viento».

¡Magnífico Iñigo Coppel!... En pocos meses podremos disfrutar de su nuevo disco; mientras tanto una recomendación...; la siguiente:

1 comentario:

  1. Fernando G.L., ha sido un placer leerte y recordar la verdad de cada una de tus palabras. También había oído hablar de él y apenas sabía a quién se referían. Hasta que un jueves de MXV (Música por la voluntad) escuché la de la edad media... y el día del primer concierto al que fui en el LIBERTAD, recuerdo haber dicho algo parecido a "que pare de cantar o perderé la cuenta, ya no sé cuál es mi favorita". Me temo que no he encontrado respuesta... el canto al piano es impresionante; el darlo todo por una cabeza cuando las apariencias no engañan, también; ese toque chulesco en la de "que atiendan los traidores al son de los tambores"...; oirle cantar tangos fue un regalazo. Lo que también recuerdo del primer concierto (comprobado en el resto) es la ironía, el sentido del humor. Y ese lenguaje musical del que técnicamente poco puedo comentar, pero que como público... piaccere!

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