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sábado, 9 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 3



Otra de las habitaciones que teníamos en mi casa sureña de la calle Las Novias era el cuarto de estar, el lugar donde la familia pasaba la mayor parte del día, sobre todo las tardes y los fines de semana. Allí, durante el invierno al calor del brasero y el resto del año con un gran ventanal abierto de par en par a la calle, se chismorreaba, se cosía a mano o con la Singer, se hacían bolillos, se escribían cartas familiares, se leía (aunque poco), se hablaba, se recibía a las personas de confianza y se oía la radio. 

Sí, en aquella habitación, sobre una cómoda bastante alta para mí, había una enorme radio (presencia y personaje que, como ya contaré más adelante, ha sido clave en mi vida); radio familiar que, allá por los años cincuenta, sonaba sin parar y, en algunos momentos del día, llegaba a tener una capacidad de convocatoria extraordinaria. 

Recuerdo perfectamente cómo por el 59, cuando volvía del colegio, a las cinco en punto de la tarde, la familia se concentraba en el cuarto de estar alrededor de la radio para escuchar, con silencio absoluto, una radionovela por entregas titulada Ama Rosa, escrita y dirigida por Guillermo Sautier Casaseca. Allí lloraba todo el mundo, ¡hasta mi padre!, aunque, como varón que era, intentaba disimularlo.


Yo me enganché a la radio, como si fuera un imán, poco después. Fue ya en 1960. Me ponía de rodillas sobre una silla para poder llegar con más facilidad al aparato, empezaba a darle vueltas a los mandos y me pasaba horas escuchándola. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había hecho un descubrimiento apasionante. Tan apasionante que lo de estudiar quedó a un lado y, en junio y septiembre de 1960, suspendí el examen de Grado Elemental. Era un mal estudiante, pero ¡cómo me gustaba la radio!

El primer programa que logró engancharme de verdad se llamaba Ustedes son formidables. Lo presentaba Alberto Oliveras. Se emitía a las diez y media de la noche y yo, fuera como fuera, me quedaba a escucharlo. Mi madre solía decirme: «A la cama, que mañana hay que ir al colegio». Y yo: «Espera… Espera… Espera…»; hasta que el programa terminaba. Ahí fue donde descubrí La sinfonía del nuevo mundo, de Antonín Dvořák, y me encantó, ya para siempre asociada a Oliveras.

En aquel programa, gracias a la participación y a la generosa colaboración de los oyentes, se solucionaban todas las semanas muchos y muy graves problemas de la gente y de los pueblos. Cada programa era un reto. Años después aprendí que aquella inolvidable experiencia tenía un nombre: solidaridad; algo que venía a demostrar que los seres humanos, cuando nos lo proponemos, tenemos la posibilidad de ser formidables.

Y gracias a la radio de los sesenta comenzó a irrumpir en mi vida la música y la canción. Al principio de una forma salvaje e indiscriminada. Recuerdo programas y personajes por los que sentía verdadera adicción: Caravana o Vuelo 605, con Ángel Álvarez; Discomanía (¡qué grande Raúl Matas!); o El gran musical, de Tomás Martín Blanco. Aunque, en realidad, lo que más me gustaba y de lo que era un auténtico fan era de lo de los Los discos dedicados; desde que lo descubrí me di cuenta de que allí era donde sonaba lo que de verdad le gustaba a la gente.

Recuerdo que en aquel tiempo lo escuchaba todo, pero pronto empezó a surgir en mi sensibilidad selectiva un principio que, hoy por hoy, considero esencial: me emociona o no me emociona. Principio que, sin duda, considero el más decisivo a la hora de adentrarme en el siempre subjetivo ámbito de la llamada «calidad».

Podría hacer una larga enumeración (un verdadero revoltijo) de cantantes y canciones escuchadas en la radio en los inicios de los años sesenta; cantantes y canciones que todavía hoy sigo atesorando en mi memoria musical: José Luis y su guitarra (que, además, era de Jaén, como Karina, Joselito o Raphael); Marisol (¡de enamorar!) y Gelu («Chica ye-ye»); el Dúo Dinámico, Los Cinco Latinos y Los Tres Sudamericanos; José Guardiola y las Hermanas Serrano (de quienes, años después, supe, y no precisamente por la radio, que también cantaban en catalán); Gloria Laso, Luis Mariano, Serenella y una tal Lilián de Celis con su «Chica del 17», «Polichinela» y «Tápame, tápame!». Y muchos y muchas más que recuerdo, incluso internacionales. Citaré algunos sin orden ni concierto, tal y como los escuchaba en la radio con catorce años: Juan Pardo, Carasone, Paul Anka, Machín, Nat King Cole, Rita Pavone, Aznavour, Gilbert Becourt. Doménico Modugno, Elvis, Connie Francis, Mike Ríos, Nina y Frederik (dúo danés-holandés que, años después, en 1969, redescubrí versionando a Atahualpa Yupanqui) y una extraña fijación que llegó a obsesionarme: Ray Conniff y su Orquesta

Inmerso en aquel batiburrillo radiofónico-musical de 1961, en el colegio de los Hermanos Maristas (año en que repetí curso), tuve la suerte de realizar un gran descubrimiento: ¡los discos de vinilo! (singles y elepés). Me fascinó tenerlos cerca y poder tocarlos.



Recuerdo que aquel año, con motivo de las fiestas del colegio, el hermano Germán me encargó poner y quitar los discos que sonaban en el patio por megafonía prácticamente durante todo el horario escolar. Todavía no me he explicado por qué me confió aquella tarea.

Los tres días que duraron las fiestas del colegio me los pasé en la sala donde estaban el tocadiscos y una primitiva y simplísima mesa de sonido. El primer día que abrí el armario de los discos descubrí que, entre músicas y canciones religiosas y algún «clásico», había también algunos de los singles y elepés de los cantantes que escuchaba por la radio. Curiosamente, lo recuerdo muy bien, había varios singles de Ray Conniff.

¡Cómo disfruté! ¡Hasta me sentía importante! El último día de las fiestas del colegio no pude evitarlo y robé un disco a los Hermanos. Había tantos que no se darían cuenta. Y, claro, fue un single de Ray Conniff. Solo recuerdo que tenía cuatro canciones y que una de ellas era «Bésame mucho», una canción que siempre me ha «puesto», sobre todo desde que se la escuché cantar en 1990 a Paula Molina.

Aquel primer single robado fue como un tesoro. ¡Qué magia y qué maravilla el vinilo! Pero en casa no tenía donde poder escucharlo. 

En junio de 1961 aprobé a la tercera el examen de Grado Elemental y mis padres me regalaron, como premio, una pequeña radio Telefunken que llevaba incorporado, en la parte superior, un pequeño tocadiscos en el que solo se podían poner singles. Con mis ahorrillos, e implicando a mi tía Carmen, la pianista frustrada, me compré dos o tres singles más; pero era una pena que en el plato de aquel mini-todadiscos no cupiesen los elepés. Si los singles me encantaban, los elepés eran una verdadera locura; como una especie de enamoramiento imposible en aquel momento.

Poco tiempo después, en junio de 1962, conseguido el título de Bachiller Superior (¡mi trabajo me costó!), convencí a mi padre para que me comprara un pick-up en el que pudiera escuchar elepés. Me lo compró en una de las tiendas referenciales en aquel momento en Jaén: Manuel Rubio y Compañía, y lo hizo a pequeños plazos, cosa que no supe, como seguidamente os contaré, hasta unos meses después.

El primer elepé que compré, invirtiendo todos mis ahorros adolescentes, fue un regalo que quise hacerle a mi madre. Le encantaba la zarzuela y, en particular, La del manojo de rosas, de Francisco Ramos Castro, Anselmo Carreño y el maestro Pablo Sorazabal. Todavía conservo aquel primer elepé y me sé de memoria varios fragmentos del libreto: «Hace tiempo que vengo al taller y no sé a que vengo… En todas partes te veo, me tiene loco ese cuerpo, hasta la muerte he de quererte». Nunca he llegado a ser un apasionado de la zarzuela pero, mira tú por dónde, aquella consiguió engancharme.

Aquel fue el primero y el único elepé que tuve por aquella época, porque mi padre, pasado el verano, tuvo que devolver el pick-up a Manuel Rubio y Compañía por falta de pago. Yo no terminaba de entenderlo, me cabreé y lloré, pero a las pocas semanas no me quedó más remedio que entenderlo: estábamos en la más absoluta ruina económica. Una familia aburguesada venida a menos que vivía prácticamente de lo que nos daban mis tíos. Éramos sencillamente pobres y las broncas entre mis padres encerrados en el cuarto de los baúles empezaron a ser frecuentes e insoportables; me rompían el alma. Mi padre, sin trabajo e intentando mantener unas apariencias burguesas absurdas y falsas, se veía hundido y sin salida. Más de una vez intentó suicidarse.

Mientras tanto, en Madrid, Jesús Munárriz y Chicho Sánchez Ferlosio empezaron a componer y a interpretar lo que alguien llamó «el otro cantar». Chicho, con el que después mantuve una linda amistad, estaba firmando anónimamente sus primeras canciones, las míticas «La huelga de Asturias» y «Gallo rojo y gallo negro». ¡Y YO SIN SABERLO!


Lluís Serrahima, en enero de 1959, escribía en la revista Germinàbit de la Unió Escolania de Montserrat un artículo titulado «Ens calen cançons d'ara», que tuvo una gran repercusión dentro y fuera de Cataluña. Entre otras, en aquel artículo Serrahima formulaba las siguientes reflexiones: 

«Hem de cantar cançons però nostres i fetes ara […] és greu que no se'n facin de noves, jo almenys no n'he sentides. Podem atribuir-ho a les circumstàncies, però de cançons se'n poden fer de moltes menes i maneres, a més, aquestes circumstàncies no poden per elles mateixes, privar un poble de les seves cançons. És precisament en moments difícils que han nascut gran nombre de cançons, de les boniques, aquelles que els pobles han transformat en una mena d'oració col·lectiva […]. Es tracta, doncs, que surtin cançons d'aquest moment nostre […]. Què fan els músics que ara són joves?». 

«Hemos de cantar canciones pero que sean nuestras y hechas ahora [...] es grave que no se haga nada nuevo, yo por lo menos nada he oído. Esto lo podemos atribuir a las circunstancias, pero se pueden hacer canciones de muchos modos y maneras; aún más, estas circunstancias no pueden, por sí mismas, privar a un pueblo de sus canciones Es precisamente en los momentos difíciles cuando han nacido muchas canciones que el pueblo transformó en oraciones colectivas [...]. Se trata pues de que aparezcan canciones de este momento nuestro [...]. ¿Qué hacen los músicos que ahora son jóvenes?». 

¡Y YO SIN SABERLO!

Cinco años antes, Rafael Alberti, en su libro Baladas y Canciones del Paraná (1953 - 1954) se preguntaba:


También en 1959 Raimon componía «Al vent». ¡Y YO SIN SABERLO! 

Dos años después, en 1961, Michel Labèguerie grabó en Bayona (Francia) dos singles míticos, Labeguerie'ren Lau Canta, que fueron un referente esencial para el nacimiento de la «nueva canción vasca». ¡Y YO SIN SABERLO!



El 29 de mayo de 1961, con el fin de impulsar la música y la canción catalana, se crea en Barcelona la mítica editora discográfica Edigsa, que sería clave para el nacimiento, la producción y la difusión de la «nova cançó». ¡Y YO SIN SABERLO!


El 10 de diciembre de ese mismo año, se organiza un concierto en Barcelona en los locales del CICE (Centro d'Influència Católica Femenina) en el que Espinàs, Miquel Portel, Lluís Serrahima y Remei Margarit interpretaron sus canciones en catalán. ¡Y YO SIN SABERLO! 

Y en 1962 se creó en Cataluña el colectivo «Els Setze Jutges» con el fin de «utilitzar la música cantada en català com a vehicle d'expressió popular que contribuís a normalitzar la llengua i la cultura dels Països Catalans»; grupo inicialmente creado por Josep Maria Espinàs, Remei Margari y Miquel Portel, en el que se fueron integrando progresivamente Delfí Abella, Francesc Pi de la Serra, Enric Barbat, Guillermina Motta, Xavier Elies, Maria del Carmen Girau, Martí Llauradó, José Ramón Bonet, Maria Amèlia Pedrerol, Joan Manuel Serrat, Maria del Mar Bonet, Rafael Subirachs y Lluís Llach. ¡Y YO SIN SABERLO!

miércoles, 6 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 2




Cuando tenía aproximadamente un año y medio, la familia completa se trasladó de Girona a Jaén. Mis recuerdos infantiles de aquellos primeros años sureños no son muchos, pero algunos revolotean aún en mi memoria con nitidez.

Al llegar a Jaén nos instalamos en el gran caserón donde vivía mi abuelo materno; estaba situado en la calle Las Novias, nombre que siempre me ha intrigado, sobre todo por ese plural. ¿A quién y por qué se le ocurrió llamar así a aquella calle empedrada del casco antiguo de la ciudad? 

Me lo he preguntado muchas veces y nunca había logrado averiguarlo hasta que, colaborando recientemente en el programa de Radio Nacional Esto me suena. Las tardes del Ciudadano García, conocí a Miriam Plaza. 

Miriam tiene en ese programa una sección llamada «El nombre de mi calle» en la que los oyentes llaman por teléfono, preguntan el origen del nombre de su calle y ella, tras investigarlo a fondo (no siempre es fácil), lo averigua y lo cuenta en antena de forma rigurosamente documentada.

Un día, charlando en la redacción, le dije a Miriam que iba a llamarla por teléfono, como solían hacer los oyentes, porque yo también quería saber cuál era el origen del nombre de mi calle: Las Novias, de Jaén. Lo hice y, pasadas unas semanas, me sorprendió en directo dando respuesta a mi curiosidad de muchos años atrás. Voy a recuperar lo que consiguió averiguar, porque creo que es una historia bien linda, curiosa y llena de romanticismo.

Según la presidenta de la Asociación de Guías de Turismo Oficiales de Jaén, que fue la persona con la que Miriam conectó para hacer la investigación, el origen del nombre de la calle Las Novias en la que crecí es el siguiente: 

Parece ser que en el siglo XVII, en esa calle en cuestión, había una casa donde vivía un matrimonio con siete hijas. Eran todas jóvenes, pero no conseguían casarse porque, al parecer, según la leyenda, no eran muy agraciadas físicamente. Un día, una de ellas, la mayor, dando un paseo por el campo, se encontró con un mozo que se fijó en ella; ligaron, se enamoraron y consiguieron casarse. A partir de aquel casamiento, el resto de las hermanas, paseando por el mismo lugar, fueron encontrando sus respectivos novios. Todas las tardes, a la misma hora, aparecían en la calle para visitar a sus amadas, hablar con ellas y «lo que se terciara»; eso sí, en la puerta de entrada o a través de la ventana, que era lo máximo permitido… Pues bien, aquello llamó la atención a los vecinos y a partir de entonces mi calle quedó bautizada popularmente con el nombre de «La calle de las novias». ¡Me encanta! Hoy por hoy me siento orgulloso de haber crecido allí.

¡De película de posguerra! Mi hermano y yo (el de la izquierda)
tomándonos un "¡qué se yo!" "no sé cuando".

Y volvamos sobre mi casa en Jaén. Tenía un largo pasillo al que daban, prácticamente, todas las habitaciones; entre ellas el cuarto de estar donde teníamos la radio, el cuarto de los baúles (que tantas veces pude explorar) y el cuarto del piano, llamado así porque en aquella habitación había un precioso piano. 

Aquel piano, desde que llegamos a Jaén, fue muy importante para mí y tiene su historia. 

En la casa de la calle Las Novias también vivía con nosotros una hermana de mi madre que era soltera y murió siéndolo, la tita Carmen, a la que mi abuelo había obligado a hacer la carrera de piano (¡ordeno y mando!). Ella, obediente (¡como debía ser, sobre todo por tratarse de una chica!), la hizo y completa. Pero lo cierto es que, una vez que terminó aquellos estudios, no volvió a tocar una tecla en su vida y, ¡claro!, el pobre piano (como el arpa de la rima de Bécquer) permaneció allí, «en el ángulo oscuro, totalmente desafinado y de su dueña olvidado». (Por cierto, ¡qué hermosamente musicalizó y cantó Benito Moreno, en 1980, aquella «Rima VII» de Gustavo Adolfo!).

Menos mal que llegué yo y que, un buen día, debía tener tres años, trepé por el taburete, me senté en él, abrí la tapa y primero una tecla, después otra y así hasta acabar con un aporreo incontrolado. Ejercicio pianístico que realizaba con frecuencia y que fue mi primer contacto con aquella magia que sonaba y tanto me sorprendía: ¡la música! Desafinada y sin sentido, pero música a fin de cuentas. En aquellos trances siempre terminaba apareciendo un adulto que me obligaba a bajar del taburete, cerraba la tapa del piano y me decía: «¡Para ya, que nos va a explotar la cabeza!».

Y vuelvo al pasillo de la casa de la calle Las Novias. Allí me pasaba gran parte del día jugando y dándole pábulo a mi naciente y desbordante imaginación. Fue allí donde empecé a saber y a experimentar lo que era soñar. Sueños en aquel momento lúdicos en los que tan pronto era un cura que daba la comunión a mi familia con chocolatinas redondas de Nestlé, como un pianista muy famoso y aplaudido, sueño que nunca se hizo realidad. Por supuesto, lo de ser cura tampoco. 

Otro recuerdo imborrable de aquella primera infancia sureña tiene nombre de mujer. La llamábamos Mariquita, una mujer extraordinaria y muy humilde a la que mi madre le daba unas monedas para que me sacara de paseo. Mujer radicalmente alegre, divertida, buena, libre y diferente; mi primera maestra de la vida con la que realicé mis primeros aprendizajes de lo que era la alegría, la ternura, el optimismo y el amor. ¡Y cómo me quería! Cada vez que me acuerdo de ella, y lo hago con bastante frecuencia, no puedo evitar relacionarla con Teresa, otra gran mujer («récord d'infantesa») a la que Ovidi Montllor le dedicó su bellísima canción «Homenatge a Teresa»: «Ens parlava de l'amor com la cosa més bonica i preciosa. Sense pecats…». Así era también Mariquita. Muchos años después supe que aquella maravillosa mujer fue la abuela del cómico (buen actor) Santi Rodríguez.

En 1950, mis padres decidieron llevarme a un colegio y me metieron en el de las Hijas de Cristo Rey, que estaba en un caserón de la calle Obispo Aguilar. Acababa de cumplir los cinco años y recuerdo que, al principio, aquello fue un trauma. Acostumbrado a la libertad y a la desbordante alegría vivida con Mariquita, aquellas «oscuras» monjas, de hábitos negros y cofias tiesas y almidonadas, no me gustaban nada. Ante aquella situación, me pasaba el día llorando o, mejor dicho, berreando.

Sé lo del berreo porque un día, años después, me contó mi tío Manolo, hermano de mi madre que vivía muy cerca del colegio, que una mañana pasó por la puerta y le llamaron la atención los berridos infantiles que salían por una de las ventanas. Lleno de curiosidad, se paró a escuchar y enseguida descubrió que era yo, su sobrino, el que lloraba. Entró en el colegio, preguntó qué me pasaba y me rescató. A decir verdad, yo de aquello no me acuerdo.

Lo que sí recuerdo es que las monjas, cuando ya no soportaban por más tiempo mis lloreras, me separaban del grupo de compañeros y compañeras y me llevaban castigado al lavadero o al cuarto de planchar, algo que llegó a encantarme porque tenía mucho morbo. ¡Que me castigaran se convirtió en un placer! (hermosa palabra que siempre reivindicaré).

En el lavadero de las monjas me encantaba verlas hacer jabón, y en el cuarto de plancha descubrí, con especial sorpresa, cómo iban adquiriendo rigidez, por el calor, aquellas cofias blancas, tiesas y almidonadas que se ponían en la cabeza, o cómo planchaban su ropa interior. Todo aquello, en realidad, tenía para mí un punto de naciente erotismo; en aquellos primeros castigos escolares fue donde descubrí que las monjas eran mujeres; o sea, que debajo de sus cofias y de sus lúgubres sotanas de entonces, aparte de su vocación, de su humanidad y de su entrega educativa, tenían, por ejemplo, pechos, bragas y sujetadores, igual que mi madre y mi tía, ¡como es normal!

En 1952, los Hermanos Maristas, tras su salida de Jaén en 1940 una vez acabada la Guerra Civil, volvieron a la ciudad para abrir y poner en marcha un nuevo colegio. Lo hicieron, provisionalmente, muy cerca de mi casa, en el antiguo palacio del Capitán Quesada, situado en la Plaza de la Merced. Mis padres, nada más enterarse de la noticia, me sacaron de las monjas y allí que nos llevaron a mi hermano y a mí para ser de los primeros matriculados. El 6 de octubre empezamos el curso.

Palacio de Quesada. Edificio en el que estuvo el primer
Colegio Marista de Jaén.

Yo tenía seis años y, una vez más, lo de ir al colegio no me gustaba nada. Recuerdo que en aquel primer curso me escapé varias veces para irme a casa. Nunca me olvidaré de una de aquellas escapadas: Yo corriendo por las calles Merced Alta y Las Novias hasta llegar a mi casa y el hermano Luis corriendo que se las pelaba detrás de mí. Ya en mi casa (yo llegue antes), mi madre le dio al marista un vaso de agua y un abanico para que se refrescara, y a mí me soltó un buen par de bofetadas.

De cualquier forma, a pesar de aquellas escapadas, pasado un tiempo, en aquel colegio fui feliz y me sentí muy querido. No puedo decir lo contrario.

Lo que más recuerdo de aquellos días y del Palacio Quesada donde estaba el colegio, era una escalera de caracol por la que solamente estaba permitido que subieran los «hermanos» y que daba acceso a lo que llamaban «clausura», o sea, a unas habitaciones privadas y misteriosas en las que estaba prohibida la entrada a los alumnos (y digo «alumnos» porque el colegio era solo masculino).

Fue allí donde, por primera vez en mi vida, las palabras «clausura» y «prohibido» empezaron a ser para mí una especie de reto, o quizá de tentación, que me incitaba placenteramente a la transgresión. Nada me interesaba más en aquel momento que subir aquella escalera de caracol y descubrir qué había, qué se escondía y qué se hacía en la «clausura». Pues bien, después de varios intentos arrepentidos a mitad de la ascensión, un buen día llegué hasta arriba del todo, abrí un poquito la puerta y descubrí al hermano José en pantalones y camiseta, o sea, sin sotana, ¡como mi padre y mi abuelo! Pero lo más importante que descubrí aquel día, y todos los siguientes que realicé la ascensión, fue el gran placer que, a pesar del miedo y el riesgo, puede producir la transgresión de lo prohibido.

El 9 de mayo de 1953 hice la primera comunión en el colegio. En abril del 55 el obispo Don Félix Romero Mengíbar bendijo y colocó la primera piedra del futuro nuevo colegio y, en el 56, allá que nos fuimos. 

Yo tenía diez años, era feliz, pertenecía a una «familia bien» andaluza, aunque venida a menos, y todavía, prácticamente, no me había enterado (la verdad es que no sentía la menor curiosidad) de quién era Franco ni de lo que significaba la cruenta dictadura política que en aquel momento estábamos sufriendo en España.

Mientras tanto, en 1955, ¡Y YO SIN SABERLO!, el poeta Blas de Otero había escrito su libro Pido la paz y la palabra («la paz para poder vivir, y la palabra en defensa del derecho a la vida, y del reconocimiento de la dignidad humana»); y Gabriel Celaya, al que años después tanto amé, publicaba su poemario Cantos íberos, libro que llegó a calificarse como «la Biblia de la poesía social» («la poesía es un instrumento entre otros, para transformar el mundo…; es un arma cargada de futuro…; es el canto que espacia cuanto dentro llevamos…; ¡cantemos como quien respira!»).

Blas de Otero y Gabriel Celaya.

En 1956, ¡Y YO SIN SABERLO!, Paco Ibáñez, exiliado en París, componía su primera canción sobre el poema de Luis de Góngora «La más bella niña». Primera «canción de autor» de nuestra historia reciente creada a partir de la musicalización de un poema, o sea, estaba empezando a surgir el renacimiento de un nuevo «mester de juglaría».

Al año siguiente, 1957, en Barcelona, Josep Maria Espinàs, escritor y periodista, tras conocer y entusiasmarse con el movimiento de la vecina Chanson Française y especialmente impactado por la personalidad y las creaciones de Georges Brassens, prepara y desarrolla varias conferencias en catalán bajo el título de George Brassens el trovador del nostre temps; conferencias en las que destacó y reivindicó la necesidad de que la canción catalana adquiriera un contenido social y literario comprometido y de calidad para poder liberarla de la banalidad a la que, en aquel momento, se encontraba sometida. ¡Y YO SIN SABERLO!

Aquel mismo año tuvo lugar también un acontecimiento importante relacionado con el mundo discográfico: la edición de un vinilo del cantante lírico Manuel Ausensi interpretando, en catalán, poemas de autores catalanes como Salvat-Papasseit o Joan Maragall, con música de Eduard Toldrà. Acontecimiento que se repitió en 1958, aunque en un estilo musical y poético completamente diferente, con la edición de dos singles con canciones cantadas igualmente en catalán (primeros discos de la canción catalana moderna). En ambos discos, tanto Las Hermanas Serrano como José Guardiola, que en aquella ocasión firmó como Josep Guardiola, interpretaban y popularizaban, por primera vez, éxitos internacionales traducidos en lengua catalana. ¡Y YO SIN SABERLO!

Por aquellos mismos años, concretamente en 1953, en Argentina, Atahualpa Yupanqui, hijo de criollo y de vasca, grababa su primer LP titulado Una voz y una guitarra; y Violeta Parra, en Chile, su primer single en solitario, un disco compuesto por dos de sus primeras canciones: «Que pena siente el alma» y «Casamiento de negros». E igualmente, ¡YO SIN SABERLO!

lunes, 4 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". PRIMER CAPÍTULO.

Siempre he pensado que "uno escribe para que le lean", al menos este es mi caso. Pues bien, con este pensamiento, y teniendo muy presentes a los amigos y amigas que viven fuera de España a los que les resulta difícil hacerse con mi último libro –"Mi vida entre canciones"– y poder leerlo, he decidido irlo publicando, capítulo a capítulo, –con imágenes incluidas– aquí donde "Cantamos como quien respira". ¡Ningún sitio mejor que este para hacerlo!

Cada dos días iré colgando un capítulo hasta completar los 34 de que se compone el libro... Y para empezar aquí tenemos el primero:



Nací en Girona el 11 de febrero de 1946 y fui bautizado, siete días después, en la mismísima catedral de la ciudad; hechos que acontecieron de forma totalmente accidental pero de los que me siento muy orgulloso. 

Me encanta cada vez que releo la octava página del Libro de Familia de mis padres, en la que, con una perfecta caligrafía a tinta y plumilla de la época, queda demostrada mi «nacencia» catalana, según consta en el tomo 89, página 377, del Registro Civil; o cada vez que contemplo mi partida de bautismo firmada por «el infrascrito», cura coadjutor de la parroquia de la Catedral del Obispado de Gerona (en aquel momento esa «e» en el nombre de mi ciudad natal era radicalmente intocable).

Decía antes que mi nacimiento en Cataluña fue totalmente accidental porque en aquel momento mi padre, que era funcionario del Cuerpo de Prisiones, estaba destinado provisionalmente a la cárcel de Girona; pero, al año y medio de que yo viniera al mundo, le trasladaron a Jaén, provincia sureña en la que habían nacido no solo él, sino también mi madre, mi hermano mayor y gran parte de mi familia.

De aquel primer año y medio de mi vida en Cataluña no conservo más que un recuerdo visual y auditivo (¡único y sorprendente porque a mí mismo me parece imposible!). Vivíamos en una casa de pisos de la que solamente atesoro la evocación de una ventana que daba a un patio de vecinos; patio del que solo conservo la imagen, muy borrosa, de otra ventana que estaba enfrente, pero más abajo que la nuestra. 

Mi madre, de vez en cuando, me cogía en brazos, se asomaba conmigo a aquella ventana y, con bastante frecuencia, en la de enfrente aparecía el rostro de una señora, de la que físicamente no recuerdo nada, que siempre me decía en catalán: «Vols venir, maco?» («¿Quieres venir guapo?»). Y nada más. No recuerdo más que aquella borrosa señora asomada a la ventana y aquellas tres palabras. Evocación que siempre ha permanecido en mi memoria.

"Caminante no hay camino..."
Con mi hermano Jose en Girona y empezando a caminar.

Aquel único recuerdo hace tiempo que lo relaciono con la seducción que siempre me ha provocado la nova cançó, hoy por hoy convertida en parte muy importante de mi universo sonoro. He de reconocer que a ella le debo algunos de los rasgos de mi identidad que más estimo. Tanto es así que he llegado a la clara constatación de que verdaderamente existen los «genes ambientales». En este caso, los genes que, como aquel «Vols venir, maco?» tierno, anónimo y siempre recordado, me hacen sentirme vitalmente vinculado al pueblo catalán, a Cataluña y, en concreto, a la cançó y a la literatura catalana.

Por ejemplo, empecé a sentir por primera vez los latidos más atractivos y sugerentes de la «libertad» y la posibilidad de hacerla mía y alcanzarla el día que, con diecisiete años, descubrí y escuché en Jaén la canción «Al vent» en un single de vinilo publicado por Raimon en 1963 que me regaló un «cura rojo» de vocación tardía (más adelante volveremos a recordarlo).

Llegué al definitivo convencimiento de que Sueño, luego existo (título de uno de mis libros escrito en 1996 que, precisamente, nació y empecé a escribir en Barcelona) porque, desde 1979, llevo incrustadas en mis creencias y en mi sensibilidad la voz, los versos y la fuerza expresiva de Lluís Llach reivindicando su derecho a soñar; derecho que comparto apasionadamente.

«Somniem.
Sí inevitablement, el somni d'avui com possibilitat del demà [...]
Per això, que ningú no s'avergonyeixi de dir, 
que ningú no s'avergonyeixi de cridar:
somniem, si, constantment, somniem sense límits en els somnis,
somniem fins l'inimaginable.
Somniem sempre,
i ho esperem tot, hem après l'art d'esperar, aquest art d'esperar
en nits interminables d'impotència; sabem esperar i ho esperem tot, tot…»
(«Somniem». Lluís Llach.)

En los momentos en que se me debilita suelo realimentar mi esperanza leyendo el poema «El pi de Formentor» de Miquel Costa i Llonera, o escuchando la canción que sobre ese poema compuso e interpretó Maria del Mar Bonet junto con Lautaro Rosas en 1981. No sé cuántos cientos de veces he escuchado esa canción.

«Lluitar constant i vèncer, reinar sobre l'altura
i alimentar-se i viure de cel i de llum pura...
oh vida! oh noble sort!
Amunt, ànima forta! Traspassa la boirada
i arrela dins l'altura com l'arbre els penyals.»
(«El pi de Formentor».
Miquel Costa i Llobera - Maria del Mar Bonet / Lautaro Rosas.)

En fin, podría dar muchos más detalles de cuánto me han influido vitalmente mis primeros «genes ambientales» de identidad catalana; ya lo iré haciendo; tiempo y páginas me aguardan para seguir rescatándolos y reivindicándolos.

domingo, 5 de noviembre de 2017

ASÍ FUE EL PROYECTO "ALBANTA" - AUTE CANTA EN DIRECTO

Hoy en el "buen día" que vengo dando, todos los días, 
en mi muro de facebook –desde hace ya más de cuatro años–
he recuperado y compartido la canción "Albanta"
de Luis Eduardo Aute. Con ese motivo me ha parecido
oportuno retomar este "cuelgue" que publiqué hace tiempo 
aquí donde "Cantamos como quien respira".

A lo largo de mi vida he tenido y he sentido varias pasiones que siempre se han encontrado y han convivido inseparablemente, dos de ellas son la CANCION y la PEDAGOGÍA; en realidad ambas han sido los ejes sobre los que ha girado siempre mi trabajo, mi pensamiento y, sobre todo, mis sueños –llamémosle "proyectos"–.

Uno de esos proyectos, entretejido en el encuentro de la canción con la pedagógía, surgío en 1992 y le llamé así:


Efectivamente, a aquel proyecto le di el nombre de ALBANTA, título de la canción que LUIS EDUARDO AUTE compuso y grabó en 1978.

No podía ser de otra forma: ALBANTA era la esperanza, el futuro, el sueño posible...; la posibilidad de un mundo y de una realidad que tenemos la obligación de construir donde «AMAR SEA LA FLOR MÁS PERFECTA QUE CREZCA EN NUESTRO JARDÍN»...

Eso era básicamente lo que queríamos transmitirles a los profesores y profesoras, y a los alumnos y alumnas de Educación Infantil y Primaria, que desearan participar en el Proyecto ALBANTA.
Ilustración de Jesús Gabán.

Creé y coordiné el Proyecto con un maravillo equipo de maestros, maestras e ilustradores y, por supuesto, en todo momento estuve en contacto con Aute para irle contando la buena marcha del asunto.

Cuando ya estuvo concluida la elaboración de los materiales y de las orientaciones didácticas de todo el proyecto, decidimos hacer un vídeo de presentación. Hablé con Eduardo y lo grabamos en su casa; fue allí donde me hizo un hermoso regalo que jamás olvidaré: cantar a la guitarra su canción tras una explicación breve que yo mismo ofrecí sobre el origen y los objetivos del Proyecto.

Ese vídeo es el siguiente:



«Yo se que allí,
allí donde tu dices,
vuelan las alas del agua
como palomas de escarcha
y el mar no es azul
sino vuelo de tu imaginación
en Albanta.

Que aquí, ya tú lo ves,
es Albanta al revés...

Yo se que allí
allí donde tu dices,
no existen hombres que mandan
porque no existen fantasmas
y amar es la flor
más perfecta que crece en tu jardín
en Albanta.

Que aquí, ya tú lo ves,
es Albanta al revés...»
("Albanta". Luis Eduardo Aute).

Como curiosidad complementaria os cuento que uno de los materiales que publicamos fue precisamente un cuento al que llamamos precisamente "ALBANTA". Ésta fue su cubierta;


Valgan todas estas evocaciones que estoy haciendo hoy para denunciar creativamente las ineptitud, la ineficacia y la insensibilidad democrática del actual Ministerio de Educación que, entre otras de sus desafortunadas y caóticas decisiones ya se cargó, en su anterior legislatura, por ejemplo, la Educación en la Ciudadanía, es decir, la educación responsable en los grandes valores democráticos dentro de nuestra escuelas....

Y es que está claro, lo que se está produciendo, hoy por hoy en nuestro país, es lo que Aute dice en el estribillo de su canción:

«Que aquí, ya tú lo ves, es Albanta al revés...»

martes, 24 de octubre de 2017

CANCIÓN Y LITERATURA - BASE DE DATOS: ISABEL ESCUDERO.

Dentro de la sección del Blog dedicada a ofrecer una "base de datos" referida a la "poesía cantada" de nuestros grandes poetas, hoy vamos a centrarnos en torno a la gran poeta ISABEL ESCUDERO, fallecida el pasado mes de marzo; poeta con la que tuve el placer y el lujo de disfrutar de su sensibilidad y de su amistad.

ISABEL ESCUDERO

Antes de ofrecer el listado de poemas de ISABEL ESCUDERO que han sido musicalizados y cantados, voy a reproducir dos fragmentos de dos artículos dedicados a Isabel; considero que son dos hermosas aproximaciones a su personalidad y a su obra.

«A ISABEL ESCUDERO (Quintana de la Serena, Badajoz, 1944) los poemas le bajaban del aire en bandadas para comer de su mano. Por eso son breves. Por eso se remueven inquietos en una página, esa jaula de papel, hasta que viene alguien y, recitándolos, cantándolos, los lanza de nuevo hacia el cielo. Por eso todos pían, gorjean, crascitan, crotoran, silban: una algarabía sus libros se abran por donde se abran, una fiesta del canto común (de la razón común, de la razón desmandada), una reivindicación de esa libertad superior que consiste en tener la cabeza a pájaros (la que tienen los árboles y los niños; o don José Bergamín y don Antonio Machado; o los romances anónimos y las diversas manifestaciones del folclore). Isabel denominaba a esos poemas harapos, farolillos, candiles, aullidos, coplas libertarias, adivinanzas, olvidos, estampas, cantares, haikus, proverbios, mínimas, bromas, cifras, aromas, proverbios o juegos: las especies de su gran corazón ornitológico, a las que alimentaba con palabras nutritivas hasta que, y ese era su objetivo, pudieran independizarse de ella y desplegar las alas más allá de su vista.

Isabel Escudero fue profesora de la Facultad de Educación de la UNED, co-responsable de la mítica revista “Archipiélago”, compañera de Agustín García Calvo y autora de media docena de libros inagotables: entre otros, “Fiat Umbra” y “Nunca se sabe”, en la editorial Pre-Textos, “Cifra y Aroma”, en Hiperión, o “Cancionero didáctico: cántame y cuéntame”, publicado por la Uned.» (Jesús Aguado. Diario “El País”. 9 de marzo de 2017.)

«Frecuentemente, en los recitales de ISABEL ESCUDERO, salías herido o con alguna de sus coplas o cantares clavado en una pared del cerebro, unas palabras que desvelaban un secreto que hasta entonces no habías sabido enunciar pero que, gracias a que estabas hecho de lo mismo que ella, gracias a que ella tenía el talento o la magia de leer lo invisible, quedaba ya para siempre descubierto. "Yo sé que me moriré algún día/ Si no lo supiera/ no me moriría".

En los poemas de Isabel Escudero las cosas hablan, no dejan de hablar, las cosas concretas de la vida: cuando aparece un concepto, es para hacerlo trizas. "El juego del Amor es / un juego tan complicado, / que el que pierde no sabe / cual de los dos ha ganado". Y su magia consiste en aplicar una lupa que desvele el secreto del mundo: "En una gota de agua / caben tres ríos. / Y en cada instante / el infinito". Para abrazar esa colección de secretos, es necesario liberarse de todo ideal capcioso, de las mentiras de la realidad, de toda fe: "Llevo la fe prendida / con alfileres / para que cuando sople el aire / se me la lleve". La verdad del aire contra la mentira de la fe. Eso era, eso es la poesía que escribió –que cazó en el aire para todos nosotros– Isabel Escudero (Juan Bonilla. Diario “El Mundo”. 8 de marzo de 2017.)

ISABEL ESCUDERO 
y AGUSTÍN GARCÍA CALVO 

(Fotografía de Carlos Bullejos.)


POESÍA CANTADA DE ISABEL ESCUDERO

AMANCIO PRADA.
Disco: "De la mano del aire" (2015).
– "Nana de cupido" (Música: Amancio Prada).
Disco: "Dulce vino del olvio" (2015).
– "Ya verás muñeca" (Música: Amancio Prada).
Disco: "La palabra más tuya" (2015).
– "Ya verás muñeca" (Música: Amancio Prada).
ANTONIO SELFA.
Disco: "De la mano del alba" (2015).
– "De la mano del alba" (Música: Antonio Selfa).
Disco: "Nunca se sabe" (Colectivo) (2014).
– "Un gallo es un ángel" (Música: Javi Sanmartín).
Otros poemas musicalizados por Antonio Selfa:
– "Jardín loco" (Música: Antonio Selfa).
– "Regalo de Abril" (Música: Antonio Selfa).
– "Canción sin causa ni fin" (Música: Antonio Selfa).
– "¿Adónde irá el pájaro?" (Música: Antonio Selfa).
– "¿Qué querrá de mí?" (Música: Antonio Selfa).
– "Rumbita de los doctores" (Música: Antonio Selfa).
– "Condiciones de luna" (Música: Antonio Selfa).
– "En el aire queda" (Música: Antonio Selfa).
– "La avena loca" (Música: Antonio Selfa).
– "Voz de seda" (Música: Antonio Selfa).
– "Ropita tendía" (Música: Antonio Selfa).
– "Si te llamo" (Música: Antonio Selfa).
DANIEL MATA.
Disco: "Poesía cantada" (2010).
– "Audiovisual" (Música: "Daniel Mata).


QUESIA.
Disco: "Nunca se sabe" (Colectivo) (2014).
– "Arando" (Música: Javi Sanmartín).
Disco: "Cifra y aroma" (2015).
– "Cifra y aroma" (Música: Quesia Bernabé).
– "Cerezas a manojos" (Música: Quesia Bernabé).
– "Dice el cielo" (Música: Quesia Bernabé).
– "La seda del almendro" (Música: Quesia Bernabé).
– "Adónde irá el pájaro" (Música: Quesia Bernabé).
– "La vida es lo que se pierde" (Música: Quesia Bernabé).
– "Condiciones de luna" (Música: Quesia Bernabé).
– "Olivo" (Música: Quesia Bernabé).
– "De memoria" (Música: Quesia Bernabé).
– "En medio de la noche" (Música: Quesia Bernabé).
– "Sonámbula luna" (Música: Quesia Bernabé).
– "Cayó al pozo la luna" (Música: Quesia Bernabé).
– "Me alcanza" (Música: Quesia Bernabé).
– "Amor a muerte" (Música: Quesia Bernabé).
– "A la sombra de un burro" (Música: Quesia Bernabé).
– "El árbol me llama" (Música: Quesia Bernabé).
– "Alma mía" (Música: Quesia Bernabé).
– "El cadáver de mi amor" (Música: Quesia Bernabé).
– "Solo con verlo" (Música: Quesia Bernabé).
– "La avena loca" (Música: Quesia Bernabé).
– "Se aquieta el alma" (Música: Quesia Bernabé).
– "Cascabel" (Música: Quesia Bernabé).



SINE DIE (Paco y Juan Fernández)
Disco: "Al punto de amanecer" (2001).
– Romancillo del manojito de cerezas.
Disco: "Mientras llega el invierno" (2006).
– Romancillo sefardí.
– Canción sin causa.


VARIOS INTÉRPRETES
Disco: "Nunca se sabe" (2014).
– José Saborit: "Nunca se sabe" (Javi Sanmartín).
– Laura Rausell: "En el cielo malva" (Javi Sanmartín).
– David Pareja: "Flor del olvido" (Javi Sanmartín).
– Lola Mascarell: "Lluvia de primavera" (Javi Sanmartín).
– Manuel Ramírez: "Eso de la muerte" (Javi Sanmartín).
– Rosa M. Artero:  "Flor de azafrán" (Javi Sanmartín).
– Vicente Gallego: "Miserere" (Javi Sanmartín).
– Concha Martínez: "Despertar" (Javi Sanmartín).
– Javi Sanmartín: "Distancia (Javi Sanmartín).

martes, 17 de octubre de 2017

DESDE MI ATALAYA. «PEQUEÑA HISTORIA DE UN GRAN PROYECTO QUE EMPIEZA A HACERSE REALIDAD.»


En el año 2003 me reencontré con Antonio Mata y recuperamos una amistad surgida en los setenta. Reencuentro que tuvo lugar con motivo de la edición de mi libro "De la memoria contra el olvido. Manifiesto Canción del Sur".

En 2014, pocos días antes de morir, Antonio me llamó por teléfono para comentarme que le gustaría publicar un libro de poemas y para pedirme si yo podía ayudarle a realizar su deseo. Por supuesto lo dije que sí aunque desconocía totalmente lo que podía haber escrito desde que a finales de los años setenta había dejado la canción.

Aquel deseo de Antonio no pudo realizarse entonces porque, lamentablemente, murió a los pocos días de que hablamos por teléfono. No obstante su deseo permaneció en mi como un "deber"; como una especie de justo compromiso con un amigo –gran poeta– que amaba muy profundamente la canción.

Pasaron unos meses y Concha –su compañera– un buen día me hizo llegar unas carpetas repletas de poemas escritos por Antonio, la gran mayoría manuscritos y muchos de ellos ilustrados.

Tener entre mis manos, y poder ver y leer todo ese conjunto de poemas fue para mí –desde el principio– muy emocionante, no solamente por su calidad literaria, sino, sobre todo, por tratarse del testimonio de un gran creador que, aún en la marginalidad y en el anonimato, nunca dejó de escribir hermosos poemas y canciones. 

Fue entonces cuando me puse a llamar a distintas "puertas institucionales", fundamentalmente andaluzas, pidiéndoles que me ayudaran económicamente a poner en marcha y publicar el poemario de Antonio. Yo no tenía, ni tengo medios personales para hacerlo. En ninguna de las puertas a las que llamé tuve respuesta. La obra de Antonio,  no les interesaba.

Pasado un tiempo –y con enorme frustración– hablé con Concha y ante mi incapacidad para poder hacer realidad el sueño de Antonio, quedamos en que le devolvería las carpetas que me había hecho llegar con la obra inédita del amigo poeta cantautor.

Aquel momento coincidió con el traslado de casa que he realizado recientemente, y con el inicio de la escritura de mi libro "Mi vida entre canciones"; motivos por los que fui atrasando y, finalmente, me olvidé de devolverle a Concha las carpetas.

Ya en la nueva casa, al abrir una de las cajas transportadas, me reencontré con los poemas de Antonio Mata y tomé la decisión de que en cuanto acabara mi nuevo libro retomaría el de Antonio para editarlo fuera como fuera, o sea, para cumplir su deseo contra viento y marea.

Pensé en pasar absolutamente de las instituciones y de "mendigarles" una ayuda, y en aventurarme a poner en marcha una campaña de "verkami" como la que acababa de emprender y concluir con éxito para la edición de "Mi vida entre canciones".

Hablé con Concha, se lo consulté, le pareció bien, y el día 19 de Septiembre lancé la campaña. Una campaña que estoy viviendo intensamente porque no está siendo nada fácil teniendo en cuenta que Antonio Mata es prácticamente desconocido, y que el "ejercicio de la memoria" en nuestro país suele brillar por su ausencia.

La campaña de "verkami" ha ido muy bien gracias a 89 amigos y amigas que han colaborado y me están ayudando. Amigos y amigas, la mayoría, a los que personalmente me he dirigido –a veces con cierto descaro– pidiéndoles directamente y sin rodeos su colaboración.

En este momento faltan 30 euros para llegar al 100% del objetivo propuesto –3000 euros– que hará posible la edición del libro. A partir de ahí, en los días que falten para concluir la campaña de "verkami" seguiré solicitando nuevas aportaciones para la edición de un disco con canciones inéditas de Antonio, que él no soñaba, pero que yo si que sueño en regalarle. ¡Ojalá sea posible!

lunes, 9 de octubre de 2017

UNA LOCA Y APASIONANTE AVENTURA: «VEINTE AÑOS DE CANCIÓN EN ESPAÑA (1963-1983)».

(Texto tomado del capítulo 19 del libro 
"Mi vida entre canciones")

En el año 1983, mientras publicaba la biografía de Carlos Cano y poníamos en marcha la Asociación de la Música Popular, inicié también una aventura apasionante. Quizá de las más apasionantes que he vivido en «mi vida entre canciones». Me refiero a los tres años que dediqué a la creación y posterior publicación de los cuatro volúmenes de «Veinte años de canción en España (1963-1983)».


En aquel momento, mientras mi casa se iba llenando de vinilos (todos relacionados, directa o indirectamente, con la «canción de autor»), en mi sensibilidad y mi memoria auditiva se acumulaban miles de canciones que revoloteaban alborotadas. Era como si aquel universo sonoro, musical y poético, me hubiera invadido definitivamente. Canciones que se entremezclaban y se fundían entre sí, aportando cada una, desde su individualidad, nuevos matices y perspectivas a las otras. Y todo ello introduciéndome en el conocimiento sensitivo de la realidad, o sea, de la vida, sin racionalismos; a golpe de sentimientos y latidos. 

Aquel acercamiento activo que mantuve con nuestra «canción de autor» fue tan intenso y tan plural, que llegué al convencimiento (que hoy sigo manteniendo) de que, con el paso de los años, nada relacionado con la vida y la existencia humana le había sido ajeno. O lo que es lo mismo, que toda la realidad humana, en todas sus vertientes y manifestaciones, había sido cantada.

Frente a este convencimiento, que en realidad era una intuición, sentí la necesidad de comprobarlo objetivamente y pensé que la mejor forma de hacerlo era a través del análisis y la clasificación temática de esas miles de canciones para, luego, relacionarlas entre sí, buscar sus posibles complementariedades y, a partir de ahí, elaborar un pensamiento global referido a cada uno de los temas seleccionados. De hecho, en 1975, en el libro «Nueva canción: disco fórum y otras técnicas», ya había iniciado algo similar, aunque con menos discos y menos canciones.

El trabajo a realizar estaba claro y era una investigación realmente provocadora. Tenía muy claros sus objetivos y disponía de una gran parte del material discográfico que necesitaba para iniciarlo. El problema que se me planteaba era cómo llevarlo a la práctica. Era un trabajo muy intenso y, teniendo en cuenta los medios de que disponía en aquel momento, resultaba una auténtica locura, sobre todo teniendo en cuenta que, por ejemplo, en aquel momento no podía disponer de un ordenador y no me quedaba otra alternativa que acudir a la más pura artesanía. Menos mal que ahí estuvieron Tonona, que se entregó al proyecto en cuerpo y alma (sin ella habría sido imposible) y María José Garralón, amiga de toda la vida y amante de la «canción de autor» gallega que nos estuvo ayudando en todo lo que pudo.

Ilustraciones de Luis Eduardo Aute
para el primer volumen de "Veinte años de canción en España"
y de Amalia Avia para el tercer volumen.

Diseñamos una ficha que incluiría la letra de cada canción, su autor, el disco al que pertenecía y la referencia temática. Si la canción estaba compuesta en catalán, en euskera o en gallego, la ficha se duplicaba, una en castellano y otra en la lengua correspondiente. Imprimimos varios miles. Nos compramos unos ficheros metálicos donde poder ir guardándolas debidamente clasificadas y ¡a trabajar! 

Lo primero que hice fue un listado de temas relacionados con la identidad humana (sobre todo desde la perspectiva de los valores básicos) y con la realidad social vivida en aquel momento en nuestro país. Temas que, a lo largo del proceso de investigación, se fueron concretando y ampliando. Entre ellos, la libertad, la igualdad, el amor, la solidaridad, la amistad, el miedo, la vida y la muerte; o temas relacionados con problemas concretos como la pobreza, la represión, la guerra, la violencia, la emigración y la destrucción de la naturaleza.

A partir de ahí nos pusimos a trabajar intensamente en la elaboración del fichero. Nuestra hija Dácil había nacido y ya éramos seis en la familia.

En el curso de la investigación fueron surgiendo problemas que tuvimos que afrontar con mucha imaginación e invirtiendo todos nuestros ahorros. Tuvimos que buscar y pagar a traductores para los textos catalanes, vascos y gallegos que en los discos no venían en versión castellana; tuvimos que transcribir canciones escuchándolas varias veces porque las letras no se incluían en las carpetas de los discos; realizamos varios viajes para ampliar la información y comprar algunos discos importantes que nos faltaban y que eran difíciles de conseguir en Madrid. En fin, un trabajo duro y de muchas horas que en realidad nos resultó muy gratificante. Tonona y yo éramos muy conscientes de que merecía la pena lo que estábamos haciendo.

De aquellos viajes que hicimos para completar la información y nuestra discoteca recuerdo en especial, por lo mucho que me impactó, el de San Sebastián. Conseguimos una entrevista con Antton Valverde, tremendo cantautor del que me había hablado Xabier Lete. Nos citamos en el taller de artes gráficas que dirigía y el encuentro fue sencillamente maravilloso. En poco tiempo me ofreció una visión global deslumbrante de la canción vasca. ¡Cuánto aprendí aquel día y cuánto se reforzó en mí la admiración que ya sentía por la canción en euskera! Al día siguiente nos pasamos toda la mañana y parte de la tarde buscando y comprando los discos que Antton nos había recomendado. Compramos hasta quedarnos sin un céntimo e inmediatamente nos volvimos a Madrid. Recuerdo el regreso devorando aquellas carpetas y deseando llegar a casa para poder escuchar los discos: Maite Idirin, Txomin Artola, Aitor Badiola, Iñaki Eizmendi, Errobi, Gorka Knorr, Imanol, Oskorri, Peio Ospital y Pantxoa Carrere, Urko. ¡Y muchas más traducciones por hacer!

Pasados varios meses, cuando tuvimos hechas y clasificadas la mayoría de las fichas, me puse a trabajar en cada uno de los temas seleccionados. Primero analizaba el contenido poético de cada canción y anotaba el aspecto o la dimensión temática que abordaba; después establecía las relaciones temáticas que me iba encontrando entre ellas y, por último, redactaba un ensayo sobre el tema propiamente dicho que incluía los textos poéticos que lo fundamentaban. Redacción escrita a máquina, corregida y vuelta a escribir. Ese fue realmente el momento en que sentí la necesidad de darle las gracias a la vida por haberme permitido aprender mecanografía durante el tiempo que estudié para perito mercantil. Como ya conté anteriormente, esa fue la única asignatura que me interesó en mi paso por la Escuela de Comercio.

Ilustraciones de Isabel Villar
para el cuarto volumen de "Veinte años de canción en España"
y de Rafael Alberti para el segundo volumen.

Mientras realizaba todo ese trabajo, primero me preocupó y luego llegó a obsesionarme qué hacer con los resultados de aquella investigación para que no se quedara en casa o, en otras palabras, qué hacer para darla a conocer y compartirla. En aquel momento empezaba a tener muy claro que el resultado que iba obteniendo era de tal magnitud que superaba con creces la posibilidad de publicarlo en un solo libro. Pensaba que, en caso de editarse, habría que hacerlo, al menos, en cuatro volúmenes.

Inmerso en aquella preocupación y rodeado en casa de fichas, discos y canciones, tuve la suerte de conocer a otro maravilloso personaje que compartía muchas de mis locuras, Javier Aisa. Javier era el coordinador del consejo de redacción de la Editorial ZERO de Madrid (Grupo Cultural Zero), una editorial que había surgido durante la transición y que era heredera ideológica de la mítica editorial ZYX que había sido clausurada a la fuerza por el gobierno en 1969. Le conté a Javier la investigación que estaba haciendo y él, que también amaba la «canción de autor», me propuso publicar el proyecto en su editorial aunque teniendo en cuenta que era una empresa pequeña, prácticamente familiar, y con muy pocos medios. No obstante, le pareció bien lo de publicarlo en cuatro volúmenes. El trabajo realizado, según él, lo merecía. Como os podréis imaginar, sin dudarlo ni un segundo y sintiéndome un ser de lo más afortunado, le dije que sí y firmamos el contrato.

Y así fue. A la investigación la llamamos «Veinte años de canción en España (1963-1983)» y la publicó el Grupo Cultural Zero en cuatro volúmenes que fueron saliendo anualmente entre 1984 y 1987. 

Dos años después, Javier Aisa, por desgracia, tuvo que cerrar la empresa y los libros pasaron a formar parte del catálogo de Ediciones de la Torre. Jose María Gutiérrez de la Torre, su fundador y director, reeditó los cuatro volúmenes en 1989. La vida ha sido buena y tierna conmigo, jamas podré agradecerle su generosidad tanto como se merece.

NOTA: UNO de los ejemplares de estos libros –totalmente agotados– voy a ofrecerlo próximamente como "recompensa muy especial" dentro de la campaña de "verkami" que he lanzado recientemente para hacer posible el libro-disco "EN LA RAÍZ DEL SILENCIO. CON ANTONIO MATA". Ver la campaña en el siguiente enlace: 

¡ALEGRÍA DE PODER COMPARTIR UN GRAN ACONTECIMIENTO!...

ALEGRÍA DE PODER COMPARTIR ESTE GRAN ACONTECIMIENTO: A partir del próximo 25 de septiembre va a reponerse en cines la película CHICHO o MIEN...