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lunes, 3 de octubre de 2016

RETRATO ÍNTIMO DE «LUIS EDUARDO AUTE»

Dibujo de Alfredo González.
LUIS EDUARDO AUTE

Hace ya varias semanas que he sentido una gran necesidad 
de recuperar este "retrato íntimo" que escribí 
en mi libro "Crónica cantada de los silencios rotos" publicado en 1998; 
recuperarlo para expresar –a través de él– el inmenso cariño 
y la tremenda admiración que siento hacia Eduardo desde hace mucho tiempo.
Hoy, que oficialmente ya es público que se está recuperando
–por lo que nos sentimos inmensamente felices– me he decidido
a compartirlo aquí donde "cantamos como quien respira". 
¡Ojalá muy pronto, lo antes posible, podamos abrazarle! 


Me encontré con él y con sus canciones en el tiempo en el que buscábamos, desesperadamente, «rosas en el mar»«los pies desnudos, la voz al viento; las manos limpias, la sangre ardiendo»– y clamábamos al firmamento: «La verdad, ¿dónde estará la verdad?»...

Lo recuerdo muy bien, fue para mi como «una llama que apartó tinieblas en los claroscuros de mis pensamientos»...; incendió …«la vida que fluye en las ramas del árbol que llevo en el cuerpo» y «resucitó mis músculos dormidos» –sed de sentimientos–...; me enseñó a escuchar «la débil voz y el inexorable latido que brota de hombre que nunca quiso ser máscara del hombre», y entré en su «templo encomendando mis espíritu al vientre consumado de mi bien amada».



Enganchado a sus canciones, descubrí que la vida es «rito», «sarcófago» y «espuma»; que es «alma», «fuga» y «nudo»; ternura, deseo y desamor –«enamorarse o morir»; pasión y laberinto de tinieblas –«cuerpo a cuerpo»; «esfera del azar..., fe de armonía»...; «milagro de la luz en las pupilas»...: querencia, alevosía y arrebato: «¡A vivir que la vida no es medida, ni porvenir!..., que queda todo, todo, todo por sentir».

Él se negó a «ser tiempo en el espacio» apuntalando un mar –promesa de libertad– que es como «un niño que canta sobre cuarenta prisiones»«un niño que se despierta como una ola gigante; lleva en el puño una perla y un coral rojo en la sangre»–; él aprendió del niño-Pablo los secretos de «Albanta», donde «el amor es la flor más perfecta que crece en el jardín»; y convencido radical de que «el fuego es el orden», emprendió su inexorable batalla: «al alba, en pie de guerra y con un beso por fusil»«habrá que hacer acopio de fusiles que disparen girasoles»; Van Gogh, desde su nube, está dispuesto a descargar «bombas de flores»–.

Alguien le dijo: «Mira, Eduardo, no te esfuerces, déjalo estar; ayer amores, hoy ni flores...»; estuvo unos instantes con la vida arriada, perdido en laberintos de «quién soy yo y a dónde voy...», pero pronto –irreversible militante de la belleza– recordó: «Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento»... y así, con su coherencia personal –esa coherencia solidaria, sensible y apasionada que nunca le abandona–, aquí sigue: manteniendo su empeño de «combatir molinos»«creyendo que la razón, sin el ensueño, produce desatinos»–; huyendo de las prisas –«yo quiero amarte paso a paso, con pausas insumisas»–; descaradamente sacrílego frente a la hipocresía y el poder –«sé bien que no es la mano del Rey Midas la que vendrá a salvar mi naufragado corazón»–; y hermosamente inmoral contra la moral de los que persisten en el empeño de «acribillar latidos para que suenen relojes»«aunque me expulsen de sus paraísos, no pienso doblegarme a sus avisos... ¡no quemarán mis alas!»–.


Alas trazadas en palabras que no cesan de danzar «siguiendo la singladura que un albatros le marcó»; alas en la desnudez y en la pasión de sus pinceles; alas en cada una de sus secuencias cuando penetra, enamorado y atrevido, en el lenguaje cinematográfico –últimamente en el lenguaje de la animación–; alas de amigo entrañable al que es imposible dejar de querer.


«Necesito confesaros
antes de decir adiós
que mi voz quiere ser vuestra
como es mía vuestra voz
compartiendo sentimientos
de alegría y de dolor
todas las contradicciones
que padece la razón».
("Entre amigos").

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