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martes, 30 de noviembre de 2010

CANCIÓN Y LITERATURA. Daniel Mata abraza a los poetas.

Escuché cantar a "Daniel Mata en el callejón del gato" hace aproximadamente cinco años, fue cuando grabó y editó su CD "Mientras duermen los sueños" (2005); después fue pasando el tiempo y me perdí su "Tocando fondo" (2008), disco que ahora, gracias a él, he recuperado junto con su último trabajo al que ha llamado sencilla y directamente "... Poesía cantada" (2010).

De entrada, intuyo que Daniel ama la poesía; y digo "intuyo" porque todavía "ni he compartido el pan con él", "ni le he mirado a los ojos" (cosas que espero poder hacer algún día), expresiones que él mismo utiliza en su canción "Equivocaciones, vocaciones" –por cierto genial– para arremeter contra los veredictos que suelen lanzar algunos críticos musicales –y no musicales– cuando hablan o escriben con elocuencia, pero de forma totalmente despersonalizada.

¿Y en qué me baso para declarar el amor de Daniel a la poesía? Me baso, por una parte, en la pasión que ha "echao" en su último disco –que seguidamente voy a comentar–, y, por otra parte, me baso también en la última canción de su disco anterior en la que afirma que desde el espacio no se ven los periódicos, los expedientes, los contratos, los presidentes, el dinero, los horóscopos, las estadísticas, los mapas físicos o el futuro...; desde el espacio solo se ve la poesía chiquitita, porque en realidad, como él también afirma, "todo lo que brilla de verdad es pequeño".

Pues bien, ahora Daniel Mata se ha decido a "descender del espacio" para abrazar ese brillo pequeño, sutil y penetrante que tiene la poesía, y hacerlo un poquito más potente –en la medida de sus posibilidades– entregándole su voz y, sobre todo, la alegría sureña de su música libre, "desmelená" y sin limitaciones de forma, de género, de ritmo o de estilo.


Y así, en su canto, se abre camino, una vez más, la voz de Miguel Hernández con Tengo estos huesos; el desgarro inconformista de Carlos Edmundo de Ory en Parece ser que el hombre –que me ha evocado el balanceo procesional del Ecce Homo por cualquier calle de Cádiz o en Triana–; Traje mío, traje mío, de Rafael Alberti; Juan Ramón Jiménez: Andando, andando; Antonio Machado con Un libro de amores; Pedro Salinas; José María Gómez Valero; David Eloy Rodríguez o Ángel Gónzalez.

Quisiera destacar también la recuperación que hace David de dos escritoras extraordinarias: Isabel Escudero –nacida en Badajoz– y Gloria Fuertes, madrileña que nos dejó en 1998 y que, por nada del mundo, deberíamos olvidarla.

"...Poesía cantada" concluye, y me parece un gran acierto, con una canción de Georges Brassens, poeta y cantor universal; canción que tiene plena actualidad y que sigue reivindicando La mala reputación como una cualidad que, a veces, es buena y necesaria.

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