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miércoles, 10 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 15.



Durante los años en que estuve publicando mis crónicas sobre la «canción popular» en Saeta Azul y Noticias Obreras, continué dando clases en el colegio Aula Nueva y seguí pensando e investigando sobre la ya mencionada relación, ya ni sé cuantas veces repetida, entre la canción y la pedagogía. Evidentemente, es un claro empeño que me ha acompañado siempre y que hoy sigue latente en lo que mi buen amigo Antonio Fernández Ferrer, uno de los fundadores del colectivo Manifiesto Canción del Sur, llama, cariñosamente, mi «empecinamiento».

A finales de 1979 se produjeron dos acontecimientos muy importantes en mi vida. Por una parte, conocer personalmente a Paulo Freire y tener la oportunidad de escudriñar con él su pensamiento pedagógico; y, por otra, empezar a dar clases en la Escuela de Magisterio ESCUNI de Madrid. Dos acontecimientos que se fundieron de inmediato y que dieron origen a la publicación de mi segundo libro, Música, canción y pedagogía.


Poco antes de empezar el curso académico 1979-1980, Dolores María Álvarez, directora de ESCUNI, me propuso impartir clases en la Escuela de Magisterio con el fin de hacerles llegar a los futuros maestros mis inquietudes y experiencias sobre la posibilidad de incorporar la «canción de autor» en las aulas y en las programaciones educativas. 

Por supuesto, la propuesta me encantó, la acepté y estuve dando clases en ESCUNI hasta 1988. Recordar a Dolores María, que ya se nos fue, me causa una serena emoción; ella ha sido una persona importante en mi vida profesional, sobre todo porque siempre confió en mis proyectos e hizo todo lo posible por impulsarlos. Además, nos unió una gran amistad. Sencillamente nos quisimos.

Justo en aquel momento, en el verano de 1979 (¡qué casualidad!), yo estaba replanteándome todo y creando un nuevo proyecto educativo incidiendo de nuevo en la necesidad de que la «canción de autor» entrara en las aulas. Proyecto al que decidí llamar «Sinfonía pedagógica en tres tiempos». «Este nombre», comentaría meses después, «surgió como una especie de broma entre amigos. Ahora me resulta familiar, me gusta y creo que traduce el contenido de lo que quiero expresar. Es un proyecto que desde que lo empecé a poner en marcha me produjo la sensación de estar inmerso en una especie de apasionante sinfonía liberadora».

Por entonces, acababa de conocer en persona a Freire y de «reempaparme» de su pensamiento. A la vez, me sentía muy impactado por la reciente lectura del libro Percepción y creatividad, de Óscar Oñativia. 


Con Paulo Freire en la presentación
del libro "Música, canción y pedagogía".
Inmerso en ese espléndido conjunto de referencias, aquel verano retomé el proceso «ver, juzgar y actuar» descubierto en los años sesenta en la obra Revisión de vida de Albet Marechal (que siempre ha sido para mí como una brújula), y lo modifiqué en tres nuevos tiempos: «percibir de forma creadora», «interiorizar críticamente» y «comprometer en la acción toda nuestra realidad corporal»; tres tiempos que, al entrar en relación con la música y la «canción de autor», se armonizaron para dar origen a una auténtica «sinfonía».

Cuando Dolores María me hizo su propuesta de trabajar en la Escuela de Magisterio le sugerí la posibilidad de crear una asignatura optativa que podría llamarse «Música, canción y pedagogía» en la que se presentara y se pusiera en práctica mi recién creada «Sinfonía pedagógica en tres tiempos». A Dolores le gustó el proyecto y, en septiembre, junto a otras asignaturas de libre elección, presentamos mi optativa al alumnado de segundo curso. 

Recuerdo que, desde aquel año que dejé ESCUNI en 1988, «Música, canción y pedagogía» se convirtió en la optativa más elegida. Siempre se cubrió el cupo de matriculación el primer día, en cuanto se abría la posibilidad de que los alumnos realizaran su elección entre las optativas propuestas.

La experiencia vivida aquel primer año con los futuros maestros fue extraordinaria, ¡cómo pude disfrutar y cuánto lo hicimos! Fueron muchas horas de percibir e interiorizar muchas canciones juntos, de comunicamos en torno a lo que aquellas canciones nos hacían sentir. Horas de sensibilidad compartida que no solo tenían una proyección pedagógica, sino que, como grupo, nos permitieron sentirnos y descubrirnos cada día más próximos, humanos y solidarios.

Conforme el curso avanzaba, fui tomando la decisión de escribir un libro que recogiera, en su primera parte, los fundamentos y los principios esenciales de la «Sinfonía pedagógica en tres tiempos», y, seguidamente, las experiencias y las vivencias que, semana a semana, íbamos compartiendo en las clases de ESCUNI.

Empecé a escribir mi nuevo libro aprovechando mi tiempo libre y lo publiqué aquel mismo año en la colección Audiovisuales EDEBÉ, de la Editorial Don Bosco. ¡Claro!, el libro se tituló Música, canción y pedagogía, igual que la optativa.

Quizá lo más novedoso para mí de aquella experiencia fue descubrir el valor del silencio y experimentar su elocuencia. Silencio imprescindible para poder interiorizar la música, disfrutarla y percibir lo que puede llegar a confiarnos o hacernos sentir en un momento dado e inesperado.

En ese sentido, empezamos a trabajar y a experimentar no solo con la «canción de autor», sino además con otras expresiones musicales. Recuerdo por ejemplo, y así queda reflejado en el libro, los montajes audiovisuales y las actividades de expresión que realizamos a partir de las composiciones de grupos como Secta Sónica, el grupo francés OSE con música de Herve Picart, o piezas instrumentales de Jordi Sabatés, Tete Montoliu, Santi Arisa, Manel Camp, Toti Soler o George Winston. Recuerdo también, muy especialmente, los hermosísimos momentos que vivimos aplicando la «Sinfonía pedagógica» a El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns.

Ver desarrollo y resultados de la experiencia vivida
con niños y niñas de 8 años en el siguiente enlace de este mismo blog:
http://fernandolucini.blogspot.com.es/2014_03_29_archive.html

Del libro Música, canción y pedagogía conservo una reseña publicada en la revista Bordón (Revista de la Sociedad Española de Pedagogía) que, en su momento, cuando la leí, me produjo una tremenda satisfacción. En dicha reseña, firmada por Ignacio González Carrasco en junio de 1980, se decía lo siguiente: «Música, canción y pedagogía es el fruto del estudio profundo de la pedagogía de Paulo Freire, junto a una larga experiencia en el campo de la enseñanza. En el libro encontramos el puesto que la música y la canción deben ocupar en el proyecto educativo que busca no solo la liberación del hombre, sino su formación integral como persona. […] Se trata de un libro no solo para educadores y especialistas, sino para quienes comprenden que, en toda cultura, arte y vida están profundamente relacionados».

lunes, 8 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 14.



Antes de proseguir con «mi vida entre canciones» a partir de la década de los ochenta, voy a realizar un paréntesis, creo que necesario, para aclarar desde mi experiencia personal la situación por la que tuvo que atravesar la «canción de autor» y, en particular, sus creadores, a partir de 1975, año en que muere el dictador Francisco Franco y se inicia la transición democrática.

De paso, en este paréntesis también me propongo desenmascarar a todos los «enterradores» (de entonces y de ahora) que, por diferentes motivos, se sacaron y se siguen sacando de la manga una crisis de la «canción de autor» que, personalmente, como vengo diciendo y escribiendo desde hace mucho tiempo, considero inexistente. 

Es curioso, y resulta bastante surrealista, que muchos de esos «enterradores» actuales (que los hay a puñados y muy radicales) ni siquiera habían nacido cuando Aute compuso «Las cuatro y diez», Llach «La gallineta», Cecilia «Dama dama» o Pablo Guerrero «A cántaros». Cuando les escucho o leo sus escritos por las redes sociales y les percibo tan seguros y prepotentes, no puedo dejar de preguntarme: ¿y estos «súperespecialistas» saben realmente de lo que hablan? ¿Cuál es en realidad su memoria y su experiencia histórica? ¿De dónde les viene la información? ¿Se la habrán contado o se la estarán inventando?

Vayamos por partes. Para empezar hay un hecho evidente y difícilmente discutible. Durante los últimos años de la dictadura franquista, sobre todo a partir de 1969, la «canción de autor» y los cantaturores, reafirmando su identidad rebelde, democrática y contestataria, fueron quienes mejor y más clara y directamente supieron expresar, cantando, el hecho cotidiano y real de la represión, el dolor y la barbarie originada por Francisco Franco y sus acólitos, que eran muchos, cerriles y muy peligrosos.

Por otra parte, también fueron ellos, los cantautores, quienes manifestaron y nos contagiaron la esperanza en que, con y desde la unidad y la solidaridad, era posible que «terminara la larga noche y clareara la mañana», como cantaba José Menese con versos de Francisco Moreno Galván. Posicionamiento y actitud valiente, arriesgada y necesaria que, en realidad, no contó con más apoyo que el del sector de la ciudadanía que, identificándose con ellos y con sus canciones, reafirmaba y coreaba, también valientemente, sus denuncias, sus sueños de libertad y su clara voluntad democrática.

Hay que decir y recordar que en aquellos años, bien por la imposibilidad establecida por la censura o por el miedo y el riesgo ante cualquier tipo de represalia arbitraria e impune que pudiera producirse, la «canción de autor» no pudo contar con un apoyo real de los medios de comunicación, ni con la apuesta, por supuesto arriesgada, de la gran industria discográfica. No obstante, es justo reconocer  que en los últimos años de la dictadura surgieron algunas iniciativas de claro carácter local y alternativo que llegaron a ser realmente esenciales para el nacimiento y la difusión de la «canción de autor». Es el caso, por ejemplo, de los sellos discográficos Edigsa, en Cataluña; Xistral, en Galicia; Edumsa, en Madrid; Artezi, Elkar o Herri Gogoa, en el País Vasco; Sonoplay, Nóvola o Acción. 

Aquella falta de apoyo o de respaldo a la «canción de autor» fue cambiando conforme la dictadura empezó a dar sus últimos coletazos y la ciudadanía, en particular el sector juvenil, empezó a tomar conciencia de que, por fin, «estaba despuntando el alba». 

Fue en esas circunstancias cuando, a finales de 1974 y en 1975, apareció, por ejemplo, la revista Ozono, «Revista de música y otras muchas cosas», dirigida inicialmente por Álvaro Feito; o los sellos discográficos Gong (Movieplay) y Pauta (Ariola), que acogieron y promocionaron gran parte de la obra de nuestros cantautores. Iniciativas posibles gracias a que empezó a suavizarse el efecto de la censura y, sobre todo, porque la «canción de autor» pasó a convertirse en un producto cultural socialmente demandado y, en consecuencia, comercialmente interesante y sostenible.


A partir de ahí, entre 1976 y junio de 1977, fecha en que se celebraron las primeras elecciones democráticas, la «canción de autor» se convirtió en una expresión cultural esencial para la gran mayoría de la ciudadanía que reclamaba, cada vez más esperanzada, la democracia y la libertad. 

Es importante recordar en este contexto el Recital de los Pueblos Ibéricos, celebrado el 9 de mayo de 1976 en el campus de la Universidad Autónoma de Madrid. Recital histórico que duró más de ocho horas y al que asistimos más de cincuenta mil personas de todas las edades. Actuaron más de veinte cantautores procedentes de todo el país: Quico Pi de la Serra, Raimon, José Antonio Labordeta, La Bullonera, Bibiano, Benedicto, Miro Casabella, Luis Pastor, Daniel Vega, Julia León, Elisa Serna, Adolfo Celdrán, Pablo Guerrero, La Fanega, Fernando Unsain, Carmen Jesús e Iñaki, Gerena, Mikel Laboa, Víctor Manuel, Gabriel González, los portugueses Fausto y Vitorino, e Isabel y Ángel Parra, de Chile.


De la misma forma, en aquel momento la «canción de autor» se convirtió en un centro de especial interés para la clase política y, en particular, para los partidos políticos de izquierdas que decidieron apoyar a los cantautores solicitando que participasen en sus campañas y sus mítines con el fin de movilizar los sentimientos y los latidos democráticos del electorado.

Recuerdo, en ese sentido, canciones como «Por un poder andaluz», compuesta en 1977 por Carlos Cano para la campaña electoral del Partido Socialista Andaluz; o la canción «Vota bien y mira a quién» creada por Adolfo Celdrán ese mismo año. Canciones evidentemente circunstanciales que se alejan mucho de la calidad real, poética y musical, de la obra global tanto de Carlos como de Adolfo.

«Aquí están los socialistas, / los de la manita abierta, / los que defienden su tierra / del paro y la emigración, / los del olivito verde / y el corazón por bandera, / verde y blanca de la tela / del pueblo trabajador. / [...] ¡Viva Andalucía libre / que es hora de despertar! / ¡Y que vivan los que luchan / por darle la libertad! / Andaluz, que tu voto no migre / pa que así no migres tú. / ¡Por un poder andaluz!». (Carlos Cano)

«Habla pueblo habla / vota pueblo vota / pero no votes / a quien te explota./ [...] Ellos son los supermanes / y nosotros los idiotas. / Los cuentos para los tontos, / esquiroles y pelotas. / Nos piden que les votemos / que callemos y a otra cosa. / Mi voto es para los míos, / los que cambiarán la historia». (Adolfo Celdrán)

Aquella situación, felizmente, varió a partir de 1978, año en que se aprobó la Constitución y en que la reivindicación de los valores y los derechos humanos, así como la denuncia de las situaciones injustas, pasaron a convertirse en dos de las responsabilidades centrales y específicas, tanto en el Congreso como en el Senado, de los parlamentarios y los grupos políticos elegidos democráticamente. La «canción de autor» necesitaba desligarse de las posibles utilizaciones políticas y tenía que recuperar su libertad y su independencia crítica e ideológica.

A partir de aquel momento, los cantautores tuvieron que replantearse su identidad como colectivo y, a la vez, como individualidad, tanto en lo referente al contenido poético de sus canciones como a la calidad de sus composiciones y de su interpretación oral e instrumental. Replanteamiento que, desde mi punto de vista, no supuso ni originó en ningún momento una crisis global del género reconocido como «canción de autor». Fue en esencia un necesario y obligado momento de paréntesis y búsqueda personal del que muchos (una gran mayoría) salieron fortalecidos poética y musicalmente. Bien es verdad que hubo también quienes dejaron de cantar. Y no menos cierto que, de forma imparable, con el paso de los años, no han dejado de surgir nuevas generaciones de cantautores de calidad que, con gran esfuerzo y mucha ilusión, siguen cantando «como quien respira», que diría Celaya.

No sé a qué crisis de la «canción de autor» se refieren los «enterradores» cuando, por ejemplo, en 1979, se publicaron y pudimos disfrutar de grandes obras de la música popular como Canciones de amor y celda, de Amancio Prada; De par en par, de Aute; Los versos del capitán, de Manuel Picón y Olga Manzano; Somniem, de Lluís Llach; Un largo abrazo de agua, de Quintín Cabrera; Romesco, de Gato Pérez; Saba de terrer, de Maria del Mar Bonet; Quan l'aigua es queixa, de Raimon; La leyenda del tiempo, de Camarón, o Fins que el silenci ve, de Joan Baptista Humet, quizá uno de los mejores discos de Humet, que, además, tuve la suerte y el placer de poder disfrutar el día de su estreno en el Palau de la Música de Barcelona, momento que marcó el comienzo de una inolvidable amistad. 


Como no encuentro el menor rastro de la mencionada crisis cuando al año siguiente, ya en la década de los ochenta, se publicaron discos como Valle de lágrimas, de Javier Krahe; Malas compañías, de Joaquín Sabina; De la luna y el sol, de Carlos Cano; El eslabón perdido, de Vainica Doble; Barcelona. Ciutat gris, de Joan Isaac; Bruixes i manduixes, de Marina Rosell; Luna, de Víctor Manuel; Lau-Bost, de Mikel Laboa, o Marismas, del grupo Suburbano.

Tampoco se produjo una crisis de la «canción de autor» años después, en 1986, cuando, ante la incoherencia y la degradación democrática que ya empezaba a mostrarse en nuestro país, cantautores como Javier Krahe con su «Cuervo ingenuo» o Labordeta manifestando su «Desobediencia civil», se opusieron a Felipe González y al gobierno socialista ante su postura de integración en la OTAN.


Crisis ¡no! Hoy por hoy, yo mismo me sorprendo cada día de la enorme cantidad de amantes de la «canción de autor» que visitan mi blog Cantemos como quien respira, la web Canción con todos o el Buen día que, desde hace más de tres años, vengo compartiendo, cada mañana con una canción, en mi muro de Facebook. Sorprendente también la respuesta, tremendamente numerosa y positiva, de la audiencia del programa de Radio Nacional Esto me suena. Las tardes del ciudadano García en el que colaboro los viernes por la tarde con un espacio dedicado a los cantautores.

Con todo lo escrito anteriormente, siento contradecir y decepcionar a quienes afirman (no sé muy bien por qué) que el género musical y poético identificado como «canción de autor» está en crisis. No lo está, ni mucho menos. Lo que sí es cierto es que estamos hablando de una manifestación cultural que, en general, no recibe los reconocimientos que merece, quizá por su capacidad crítica. Manifestación cultural y artística que, por aquello de tomarse en serio el amor y la vida, hay quienes no la pueden soportar.

Cierro este paréntesis evocando dos manifestaciones más que respaldan, subrayan y amplían mis razonamientos. 

La primera, el programa de televisión que realizó Jose Luis Balbín en La clave, el 7 de mayo de 1993, al que tituló ¿Qué fue de los cantautores contestatarios? Un programa en el que participamos Chicho Sánchez Ferlosio, Marina Rossell, Labordeta, Carlos Cano, Gerónimo Grada, Javier Krahe y yo, donde quedó demostrado, una vez más, que de crisis nada. El programa está colgado en mi blog Cantemos como quien respira y recomiendo verlo.


La segunda manifestación es más reciente. Me refiero al poema que ha escrito Luis Pastor y que da título a uno de sus últimos discos: ¿Qué fue de los cantautores? (2012). Me encanta concluir este capítulo con algunos magníficos fragmentos de ese poema:

«[…] ¿Qué fue de los cantautores? / preguntan con aire extraño / cada cuatro o cinco años / despistados periodistas / que nos perdieron la pista / y enterraron nuestra voz. / [...] ¿Qué fue de los cantautores? / Aquí me tienen, señores / como en mis tiempos mejores / dando al cante que es lo mío. / Y aunque en invierno haga frío / me queda la primavera, / un abril para la espera / y un Grândola en el corazón. / ¿Qué fue de los cantautores? / Aquí me tienen señores / aún vivito y coleando / y en estos versos cantando / nuestras verdades de ayer / que salpican el presente / y la mierda pestilente / que trepa por nuestros pies. / [...] Siete vidas tiene el gato / aunque no cace ratones. / Hay cantautor para rato. / Cantautor a tus canciones. / Zapatero a tus zapatos».

sábado, 6 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 13.



Siempre lo he dicho, y lo mantengo: A lo largo de los prácticamente cincuenta años en que vengo amando y reivindicando la "canción de autor" en ningún momento he querido ser (nunca me lo he propuesto) un crítico musical especialista en ese género. ¡No me interesa! ¿Quién soy yo para criticar la calidad del trabajo de nadie? ¿Con qué criterios? 

Para mi, cada día más, el criterio esencial de calidad (yo diría el único) que considero imprescindible en relación a la expresión artística, en cualquiera de sus manifestaciones, no es más que uno: LA EMOCIÓN. "Me emociona", o "no me emociona". Quizá pueda parecer un criterio demasiado simplista, subjetivo y personal, pero qué le vamos a hacer, esa es mi posición ya inmodificable a estas alturas de la película

No, yo nunca he sido, ni voy a ser un crítico de la "canción de autor"; soy simplemente uno de sus cronistas, sin duda, de los más apasionados. He contado su historia y su evolución desde diferentes perspectivas; la he reivindicado y defendido siempre y a través de todos los medios posibles como un género con características propias; y me encanta y siento la necesidad de apoyar, recomendar y difundir todas aquellas canciones, y a aquellos cantautores o cantautoras, que consiguen emocionarme cuando crean belleza y conjugan en armonía palabra, música, sensibilidad y bien cantar. No me importa el tema desarrollado en la canción: con el amor y para la pasión, o contra la violencia y la injusticia, me es igual. ¡Pero que consiga emocionarme!


Esta forma de pensar no siempre es bien comprendida y aceptada, sobre todo por algunos cantautores y cantautoras jóvenes. Hay en algunos de ellos tanto ombliguismo y tanta prepotencia que si un día comentas, o les dices, "no me emociona (o sea, no me gusta) lo que compones y lo que cantas", inmediatamente reaccionan afirmando, con altas dosis de "cabreo" (llegando incluso a negarte el saludo), que les estás criticando. Alguno de ellos incluso me ha llegado a decir que le estaba insultando. ¡Es lamentable!

Pues no, yo no soy crítico, ni quiero serlo. Soy un cronista de la "canción de autor" como género musical y poético; lo que, por supuesto, no me impide sentir y decir, en privado y a quien me apetezca, "me emociona" o "no me emociona", "me gusta" o "no me gusta". Eso sí, también tengo muy claro que no voy a dejar de apoyar, recomendar y difundir apasionadamente aquello que me emocione y que me guste (que es mucho). De lo demás, como dice la copla, "prefiero olvidarme".

Hecha la anterior aclaración, creo que necesaria, voy a dedicar este capítulo de "mi vida entre canciones" a evocar el momento y las circunstancias en que empecé a escribir y a publicar mis primeras crónicas periodísticas.

Ya en los años sesenta escribí algunos artículos (simples colaboraciones muy esporádicas) sobre la relación entre la música y la pedagogía en publicaciones como Mundo Obrero, Triunfo, o Cuadernos para el Diálogo, donde tuve la suerte y el inmenso placer de conocer y mantener una entrañable relación con grandes y admirables hombres como Enrique Miret Magdalena o Joaquín Ruiz Jiménez.


Pero, en realidad, mi primera experiencia periodística más sistemática la inicié, en octubre de 1976, en un periódico escolar editado en Sevilla con un nombre que nunca me gustó, pero que sin duda fue una publicación tremendamente innovadora, me refiero al periódico escolar Saeta Azul que fue galardonado con el Premio Nacional de Prensa Infantil y Juvenil en 1975.

Unos meses después de publicar el libro Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas, recibí una carta en el ICCE, procedente de Sevilla, en la que Manuel Suárez Piñero, editor del periódico escolar Saeta Azul, me solicitaba una entrevista. La verdad es que aunque aquello de la "saeta" y del "azul" no me sonaba muy bien, y me producía, inconscientemente, un cierto rechazo (me hacía recordar a la "Falange Española de las Jons" que tanto detestaba), me cité con él en mi casa y mantuvimos una larga entrevista.

Manuel Suárez Piñeiro me mostró el periódico y me informó de que su fundador, en 1973, y su director, desde entonces, era José María Javierre; periodista (en aquel momento también director del El Correo de Andalucía), hacia el que, sin conocerle personalmente, yo sentía una gran admiración. Hombre de tremenda sensibilidad democrática, magnífico escritor, defensor apasionado de los derechos humanos, y sacerdote rebelde y crítico. (Antonio Lorca, también periodista, llegó a calificarle como "la sonrisa seductora de la Iglesia")

He de decir que, con sola esta información que Piñeiro me proporcionó, mi rechazo previo al periódico, por culpa de su nombre, empezó a desaparecer. Con un fundador y director como Javierre era totalmente imposible que aquella publicación tuviera ningún tipo de connotación llamémosle "derechista", y, por supuesto, aún menos, falangista. Es más, ya desde aquel momento, sentí que iba a ser para mi un gran honor poder conocer y trabajar cerca de un gran periodista como José María.

Después el editor me explicó que Saeta Azul era el primer periódico escolar que se había publicado en España; que salía quincenalmente, y que llegaba a cientos de colegios, y de alumnos y alumnas, fundamentalmente de toda Andalucía.

En concreto, y descendiendo ya al motivo central de la entrevista, Suárez Piñeiro me hizo llegar el deseo de José María Javierre de que yo pudiera colaborar quincenalmente en el periódico con una sección monográfica dedicada a la "canción de autor". El proyecto me pareció muy atractivo y necesario (siempre llevar la canción a la escuela ha sido una de mis obsesiones) y acepté su solicitud asegurándome de que sería totalmente libre no solamente en la creación de la nueva sección, sino, y sobre todo, en la selección y en el desarrollo de sus contenidos. Por supuesto (así era Javierre) les pareció lógico y hasta positivo mi planteamiento y acordamos que en pocos días les mandaría una propuesta para iniciar la colaboración en el curso escolar 1976-1977.

Aquella propuesta, que fue aceptada inmediatamente, consistió en la creación de una sección a la que llamamos Nueva Canción que ocuparía completa la última página del periódico, y en la que, cada semana, haríamos una amplia presentación de la obra (un LP) de uno de nuestros cantautores o cantautoras; presentación, planteada como una especie de "guía para la audición", que se complementaría quincenalmente con unas actividades, o sugerencias didácticas, para poder trabajar dicha obra discográfica en el aula.

Os aseguro que aquel fue uno de los trabajos más hermosos y más gratificantes que he hecho en mi vida; creo que llegó a ser una experiencia innovadora y verdaderamente revolucionaria, sobre todo pensando en los años y en el contexto social y político en que pude desarrollarla. (Ya me gustaría a mi que en este momento se estuvieran realizando iniciativas similares.)

Hace unas semanas, cuando decidí escribir Mi vida entre canciones, empecé a buscar en mis archivos algún ejemplar de aquel periódico escolar y lamentablemente no lo encontré. Es probable que se perdiera en algunos de los varios traslados de casa que he vivido a lo largo de los años pasados. (Sé perfectamente que tenía guardados en una carpeta todo los ejemplares en los que colaboré). 

Al no encontrarlos tomé la decisión de ir a la Biblioteca Nacional, donde se conserva una muy completa hemeroteca, para intentar reencontrarme con aquella documentación que personalmente considero de gran valor histórico

En la Biblioteca Nacional, afortunadamente, me encontré con todos los ejemplares de Saeta Azul en los que había colaborado. ¡Qué vértigo! ¡Fue muy emocionante; hasta se me saltaron las lágrimas! Aquellos periódicos sí que eran presencias y realidades tangibles de Mi vida entre canciones. 

Como no me permitieron ni hacer fotocopias, ni fotografías, me pasé varias horas tomando notas con las que voy a intentar rescatar lo que fue aquella experiencia: 

Escribí quincenalmente en Saeta Azul desde la segunda quincena de octubre de 1976, a la primera quincena de marzo de 1978. Un total de 24 artículos. (Hay que tener en cuenta que durante las vacaciones escolares el periódico no se publicaba.)

El primero de aquello artículos, que fue la presentación y el despegue de la sección "Nueva Canción", lo inicié con la siguiente introducción que, hoy por hoy, pasados tantos años, sigo suscribiendo palabra por palabra. (No olvidemos que iba dirigida a niños y adolescentes en situación de escolarización y que estamos hablando del año 1976):

«Iniciamos hoy esta nueva sección de Saeta Azul dedicada a la música de juventud y la iniciamos pensando mucho en ti porque sabemos que la música te entusiasma. ¿No es cierto?. Queremos ofrecerte y conseguir dos cosas fundamentales: Por una parte presentarte una serie de discos que se van editando y que nos parece son interesantes, y, por otra, darte y daros a todos sugerencias sobre como un disco, una música, una canción puede ser muy importante para vuestra formación porque cuando la canción es buena y posee calidad siempre tiene algo que comunicarnos, un mensaje que transmitirnos, una experiencia que el autor o el intérprete quiere darnos a conocer, y que hemos de saber captar y asimilar.

Piensa que la música y la canción es una forma de lenguaje, una forma extraordinariamente bella de expresión, una forma de recreación de la vida y no solo un producto más de consumo y entretenimiento. Por supuesto hablamos de la "buena canción", no de ese gran conjunto de canciones que no dicen nada y que nada tienen que ver con la vida y con los problemas reales de las personas, de los jóvenes o de ti mismo.» 

Introducción, de aquel primer artículo, que iba seguida de la reseña del disco de Miguel Ríos. La huerta atómica, y de la propuesta de actividad correspondiente.

A continuación voy a realizar una relación de los titulares correspondientes a los 24 artículos que escribí y publiqué en el periódico Saeta Azul. Creo que en su conjunto nos ofrecen una visión bastante completa de nuestra "canción de autor" a mediados de los setenta:

• 1ª quincena de octubre de 1976: Miguel Ríos. La huerta atómica.
• 2ª quincena de octubre de 1976: La canción satírica y las charangas. Forgesound.
• 1ª quincena de noviembre de 1976: León Felipe y sus intérpretes.
• 2ª quincena de noviembre de 1976: Los Juglares y su idilio con la poesía. (LP: Está despuntando el alba de Miguel Hernández.)


• 1ª quincena de diciembre de 1976: Luis Pastor. La voz del pueblo. (LP: Vallecas.)
• 2ª quincena de diciembre de 1976: Un nuevo año de canciones (Resumen anual).
• 2ª quincena de enero de 1977: Canciones para un niño nuevo.
• 1ª quincena de febrero de 1977: En dirección del viento con Mercedes Sosa.
• 2ª quincena de febrero de 1977: Taburiente  o el folclore vivo de un pueblo. (LP: Nuevo cauce.)
• 1ª quincena de marzo de 1977: Los comuneros de Nuevo Mester de Juglaría.
• 2ª quincena de marzo de 1977: Carlos Cano y la nueva canción andaluza. (LP: A duras penas.)
• 1ª quincena de abril de 1977: La Bullonera: Aragón tiene la palabra.
• 1ª quincena de mayo de 1977: Miro Casabella. Ti Galiza.
• 2ª quincena de mayo de 1977: Maria del Mar Bonet y el folklore balear.
• 1ª quincena de junio de 1977: Víctor Jara. Derecho a vivir en paz.
• 1ª quincena de octubre de 1977: Abiertos al futuro con José Antonio Labordeta. (LP: Labordeta en directo.)
• 2ª quincena de octubre de 1977: Manuel Soto Sordera. Cantes de la calle nueva.
• 1ª quincena de noviembre de 1977: El apasionante lenguaje musical de Jordi Sabater.
• 2ª quincena de noviembre de 1977: Fuxan os Ventos. O tequeletequele.
• 1ª quincena de diciembre de 1977: Luis Eduardo Aute. 24 canciones breves.
• 2ª quincena de diciembre de 1977: Buena música y canciones para vacaciones. (Marina Rosell, La Fanega, Lole y Manuel, Joaquín Carbonell, Luis Pastor, Indio Juan, Oskorri, etc.)
• 1ª quincena de febrero de 1978: La Fanega. Voz del pueblo castellano leonés.
• 2ª quincena de febrero de 1978: Misa campesina nicaragüense. Carlos Mejía Godoy.
• 1ª quincena de marzo de 1978: A la luz de los cantares de Carlos Cano.

Concretamente el último artículo, dedicado a Carlos Cano (por cierto, último que escribí en Saeta Azul) lo finalizaba con el siguiente texto dedicado, como diría Blas Infante, a la "patria andaluza":

«Y ahora solo me queda recomendados la audición de las canciones. Seáis de donde seáis, compararlas con eso que se llama "folclorismo andaluz" y juzgar, contrastar y opinar. Y, sobre todo, intentar penetrar, gustar, percibir y sentir esa realidad de país que se llama Andalucía.»

Recuerdo que fue con motivo de la publicación de este artículo cuando conocí personalmente a Carlos Cano, y como a partir de aquel encuentro iniciamos una gran amistad que desembocó en la escritura de su biografía que publiqué en 1983, o sea, cinco años después.

Carlos Cano.

Colaborando en el periódico Saeta Azul, un buen día de febrero de 1977, hablando con Luis Suárez Rufo, que en aquel momento era mánager de Luis Pastor, me propuso que le sustituyera como cronista musical en la revista Noticias Obreras (boletín de la HOAC). (Imposible olvidar a Rufo en Mi vida entre canciones. Se nos fue en el año 2004, pero aquí sigue, en mi universo afectivo y en el de la "canción de autor". Rufo poseía una hermosa y profunda humanidad; compartíamos un gran amor hacia la música; y ha sido, sin duda, un personaje clave –en la sombra– en la historia de nuestra canción popular durante los años setenta y ochenta.)

Rufo en aquel momento estaba saturado de trabajo y le resultaba imposible mandar puntualmente a Noticia Obreras el artículo quincenal que venía escribiendo y publicando desde hace tiempo; fue en esas circunstancias en las que me pidió que le sustituyera; propuesta que me encantó, sobre todo, porque se me abría la posibilidad de escribir y dirigir mis crónicas a un mayor número de personas que nada tenían que ver directamente con el mundo educativo.


El primer artículo quincenal que publiqué en Noticias Obreras estuvo dedicado al grupo canario Taburiente y salió en marzo de 1977 (compaginándolo con mi colaboración en Saeta Azul). 

Curiosamente, el último que escribí, en junio de 1982, lo protagonizó también Carlos Cano. Se tituló Carlos Cano, desde dentro. Recuerdo perfectamente que en aquel momento ya había iniciado mis conversaciones con María de Calonje para escribir su biografía de Carlos y publicarla en la colección Los Juglares, de Editorial Júcar, que ella dirigía. 

miércoles, 3 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 12.



En el ICCE se editaban varias revistas y una colección de libros llamada Educación 96 en la que, poco antes de que yo me incorporara como colaborador, había publicado uno de sus títulos Ricardo Cantalapiedra, concretamente Música pop y juventud. Libro que en muy pocos meses tuvo que ser reeditado.


Ricardo Cantalapiedra, nacido en León, era en aquel momento un magnífico y muy popular cantautor que, como tantos otros jóvenes democráticos y antifranquistas, había surgido de las llamadas "comunidades cristianas de base". Personalmente le conocí y entablamos una buena amistad coincidiendo con el inicio de mi colaboración en el ICCE. En aquel momento Ricardo había publicado varios discos de gran calidad en los que se fundían una tremenda sensibilidad hacia los valores y los derechos humanos, con una directa y muy lúcida capacidad crítica traducida musical y literariamente dentro del género de la sátira. Entre esos discos merece la pena destacar, y no olvidar, tres: El profeta (1972), De oca en oca y canto porque me toca (1973) y En casa de la Maruja (1975).


Hablando una tarde con Ricardo y con la persona que dirigía la colección Educación 96, me propusieron que escribiera un libro recogiendo mis puntos de vista sobre la relación entre la "canción de autor" y la pedagogía, y sobre las técnicas y experiencias que en ese sentido estaba trabajando con niños, jóvenes y educadores. 

No me lo pensé mucho y les dije que sí, ¡que adelante! Inmediatamente me puse a pensar y a ordenar los contenidos que podría tener aquel libro, y en poco más de dos meses lo tuve terminado y entregado. Le llamé Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas. 

Nada más terminar de escribir aquel libro sentí la necesidad de dedicárselo a los cantautores y cantautoras que, en aquel momento, tanto me habían acompañado con sus canciones, y que tanto me habían hecho sentir. Aquella dedicatoria decía así: «A la autenticidad, a la lucha por la verdad, por la libertad y el amor, a Elisa Serna y Labordeta, a Víctor Manuel y a Ana, a Adolfo Celdrán y Gerena, a Cantalapiedra y a Luis Pastor, a María del Mar Bonet y a Paco Ibáñez, a Pablo Guerrero y a Pi de la Serra, a Lluís Llach y a Amancio Prada, a Aute y a Hilario Camacho, a Raimon y a Rosa León y a tantos otros que hoy "son canto y mañana serán vida", con mi fe, compartida con muchos, en su autenticidad y su lucha siempre adelante.»

El libro (hoy difícil de encontrar) lo dividí en tres partes: La primera, más teórica, presentando la relación que debería existir y establecerse en las programaciones escolares entre la canción y la pedagogía. La segunda la dediqué a ofrecer algunas técnicas, o recursos didácticos, para trabajar en ese sentido en las aulas o con planteamientos extraescolares. Y la tercera parte, dedicada a ofrecer una selección de discos y de canciones, agrupadas por temas, que podrían ser escuchadas y trabajadas a través de las técnicas o recursos propuestos.


Hoy, cuarenta años después, al reencontrándome con aquel libro, me encanta constatar que en su tercera parte ya ofrecí entonces una inicial selección de canciones agrupadas por temas, que, en realidad, fue el antecedente (en aquel momento impensable para mí) de lo que en 1984 sería la base de los cuatro volúmenes que escribir con el título genérico de Veinte años de canción en España (1963-1983) y a los que haré referencia más adelante. 

De la misma forma, a través de este reencuentro con mi primer libro, he descubierto (lo tenía olvidado) que concluye con una selección discográfica sobre el flamenco que le solicité a José María Velázquez Gaztelu, prestigioso flamencólogo con el que sigo teniendo una buena amistad. (Siempre he destacado, y lo seguiré haciendo, las muchas y muy hermosas incursiones que han realizado los grandes cantaores y cantaoras flamencas en el universo de la "canción de autor": El Cabrero, Gerena, Morente, Menese, Camarón, José y Vicente Soto, Diego Clavel, Luis Marín, Carmen Linares, Mayte Martín, Miguel López, Calixto Sánchez, El Lebrijano, Niño de Elche, Miguel Poveda, Fraskito y un largo etcétera.)

Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas., lo presentamos en diciembre de 1975, en una de las aulas del ICCE, apadrinado por Ricardo Cantalapiedra, Víctor Manuel San José y Ana Belén. Recuerdo que también participaron en el acto Patxi Andión y el dúo Los Juglares, integrado por Ángeles Ruibal y Sergio Aschero. (Por cierto, al mes siguiente, organicé un concierto de Los Juglares, en el ICCE, en el que nos presentaron su disco Está despuntando el alba, dedicado íntegramente a la poesía de Miguel Hernández.)

Asociadas a la publicación de este primer libro hay dos anécdotas que me gustaría compartir:

Estaba ya el original del libro en imprenta y a punto de publicarse, cuando una noche Tonona y yo acudimos a uno de los conciertos de Amancio Prada en el Pequeño Teatro (TEI) de la calle Magallanes, de Madrid, donde presentó su disco Vida e morte (1974), editado inicialmente en Francia por la discográfica La Boîte à musique. 



A mi, la voz, la presencia, la música y las canciones de Amancio, por lo que hasta entonces había escuchado, me gustaban muchísimo. Aquel día, durante el concierto me dejó sencillamente fascinado; tanto, que a la salida pude hacerme con una fotografía suya tocando la guitarra y pensé que esa, y no otra, tenía que ser la que ocupara la portada de mi libro. 

A la mañana siguiente llamé muy temprano a la imprenta para solicitarles por favor que retiraran, si fuera posible, la cubierta que les había mandado, para sustituirla por un nueva, que iba a hacerles llegar, en la que había decidido cambiar la imagen. Me pusieron todo tipo de pegas para hacerlo, pero al final lo aceptaron, eso sí, haciéndome saber que ese parón supondría un retraso en la salida del libro. No me importó, merecía la pena. 

Hace unos días me comentaba Amancio que tras aquellos conciertos en el Pequeño Teatro decidió trasladarse a vivir a Segovia, y que estando allí alguien, que no recuerda, le llevó mi libro. «Me sorprendió muchísimo. Me asombró que alguien reparara en mi hasta ese punto de ponerme en la portada de su libro.» Evidentemente para mi, aquel gesto, en aquel momento, era imprescindible.

La segunda anécdota que me apetece compartir ocurrió poco después. El día 19 de noviembre de 1975, por la mañana, me llamaron del ICCE para decirme que a media tarde tendría los primeros ejemplares de mi libro y que, si quería, pasara a recogerlos. Llegada la tarde me fui para allá todo nervioso. Fue muy emocionante. Lo recuerdo bien: tocar, ver, oler y pasar las páginas de uno de aquellos libros (mi primer libro) me produjo un placer inmenso. Y allí, en la cubierta, estaba, por fin, la imagen de Amancio Prada retocada en amarillo.

Regresé a casa, lo celebramos, y al día siguiente me desperté muy temprano. Era 20 de noviembre. Tenía muchas ganas de enseñarle el nuevo libro a mis amigos y alumnos. Y, mira por donde, ¡que casualidad!, antes de salir de casa nos llegó, primero el rumor, y enseguida la confirmación, de que Francisco Franco había muerto. 


Ante la noticia no lo dudé ni un momento, me fui a Aula Nueva (donde se decidió suspender las clases) con mis libros debajo del brazo y al medio día, durante la comida fundimos, con un brindis, una doble celebración: la salida del libro y el que aquel día podría ser el final de una cruel dictadura. Fue una coincidencia que nunca he olvidado.

Sobre el libro Nueva Canción: Disco-forum y otras técnicas se publicaron varias reseñas en prensa y en revistas pedagógicas, que me hicieron muy feliz. Siempre es una alegría que se reconozca y se valore tu trabajo. De aquellas reseñaS voy a reproducir, seguidamente, tres fragmentos:

«Dentro del apasionante mundo de la música, en estos momentos más que en ningún otro, está naciendo en nuestro país, con una fuerza auténticamente imparable, el fenómeno de la nueva canción popular. La canción que se hace postura frente a las inquietudes, esperanzas, aspiraciones, búsquedas y problemas del pueblo y de los hombres que viven en él. Una canción, que rompiendo con el comercialismo y los fáciles textos y arreglos musicales, se hace grito y portavoz de una realidad que a todos nos interpela e implica: nuestra propia realidad más existencial, nuestra propia vida.

Se trata, en síntesis, del nacimiento de un nuevo lenguaje, de una nueva forma extraordinariamente bella y comprometida de expresión, que crea un cauce también nuevo de comunicación popular. Un nuevo cauce sencillo y espontáneo a partir del cual el hombre puede no sólo autoeducarse, sino incluso llegar a un encuentro consigo mismo y con lo que está latiendo de una forma más o menos consciente en su intimidad.

Paralelamente a ese fenómeno sociocultural y en torno a él, están surgiendo secciones especializadas en revistas y periódicos, así como diferentes obras que lo abordan en uno u otro sentido. Una de esas obras es el libro "Nueva canción: Disco-forum y otras técnicas", de Fernando González Lucini.» (Revista Yelda. Diciembre 1976.)

«Educación y música pop son dos términos que han parecido, y aún parecen, antagónicos a muchos […]. Trabajos como el que reseñamos de Fernando González Lucini puede hacer que se desmorone esa opinión, porque a lo largo de esta breve y concisa obra abre perspectivas inéditas a los educadores para el empleo de esta música con fines formativos.

Y son los Labordeta y Llach, los Celdrán y Aute, las Serna y Bonet y toda esa larga serie de cantantes que se han planteado su oficio con unas miras distintas de las listas de éxito, quienes aparecen continuamente. Fernando González Lucini logra así desdoblar su libro en obra imprescindible para educadores conscientes del lenguaje que emplea el joven de hoy, y en guía valiosa para quienes pretenden adentrarse en un tipo de música que la mayor parte de las veces debe emplear medios paralelos de difusión, por las dificultades que encuentran en los cauces normales.» (José Ramón Pardo. "Blanco y negro". 17 de enero de 1976.)

«Los pueblos (nuestros pueblos de España) van a cantar en vasco o en gallego, en catalán o en castellano. […] Si los políticos entendieran de música y juventud, si leyeran, pongamos (es un poner), tu capítulo "la canción y la música, experiencia y medio de comunicación interjuvenil", a lo mejor un día se estudiaba en las Cortes un documento sobre la nueva canción.» (Demetrio González. "Revista de Pastoral Juvenil". Diciembre, 1975.)

lunes, 1 de enero de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 11.



Si como decía Don Miguel de Unamuno, y yo siempre lo he creído, «el pueblo necesita que le canten, que le rían y que le lloren mucho más que el que le enseñen», evidentemente uno de los primeros retos que se me plantearon como maestro, una vez que al fin, terminada la mili, pude iniciar con tranquilidad el curso 1974 - 1975 en Aula Nueva, fue incorporar la "canción de autor" en mis clases, o sea, integrarla, siempre que fuera posible y sin forzarlo, en los procesos de enseñanza y aprendizaje que cotidianamente programaba.

Fue entonces cuando, trabajando con alumnos de 10 años, quinto de E.G.B., empecé a buscar y a seleccionar canciones que fui incorporando en mis clases de Lengua y Literatura, en Ciencias Sociales –entonces se le llamaba Conocimiento del Medio–, en Educación Artística y por supuesto en las clases de Religión y de Ética, que en algún momento, años después, se reforzaron con el área de Educación del Comportamiento Afectivo-Social, y, más recientemente, con la polémica, y para mí imprescindible, Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos.

En aquel mismo curso escolar, y con planteamientos extraescolares, empecé también a trabajar con alumnos de secundaria la técnica del disco-forum; la creación de montajes audiovisuales, con diapositivas, a partir de los sentimientos suscitados y de las situaciones planteadas en determinadas canciones; y un seminario permanente sobre "canción de autor" centrado en la audición, análisis y disfrute de la obra de determinados cantautores (algunos totalmente desconocidos para quienes participaban en el seminario); y en el conocimiento y la interiorización de los planteamientos descritos o reflejados, a través de la "canción de autor", sobre experiencias o temas monográficos como la libertad, la solidaridad, el amor, la esperanza, la paz, el racismo, la pobreza, la emigración o la soledad.


Hoy en día, pasados más de cuarenta años, me resulta profundamente gratificante recibir, a través de las redes sociales, mensajes o correos de antiguos alumnos de los años setenta que todavía recuerdan aquellas clases y, que me aseguran, lo cuál me resulta muy emocionante, que fue en aquellos momentos, y a partir de entonces, cuando empezaron a descubrir este género al que llamamos "canción de autor" hacia el que, de alguna forma, continuaban sintiéndose interesados.

He de decir que en realidad, todas aquellas iniciativa pedagógicas no me fueron difíciles de emprender gracias a que, ya a mediados de los setenta, mi discoteca personal crecía por días con discos que me compraba siempre que podía, o que me empezaron a mandar algunas casas discográficas que tomaron la decisión empresarial de apoyar la "canción de autor", y que se sintieron interesadas por mi trabajo. (Hay que tener en cuenta que en aquel momento este tipo de canción tenía un mercado amplio que comercialmente resultaba rentable.)

Entre aquellas empresas discográficas estaban, por ejemplo, Edigsa, que continuaba editando prioritariamente a los grandes autores catalanes, y que creó los sellos Herri-Gogoa, para ediciones en euskera, y Xistral, para autores gallegos. (Jamás olvidaré a Cucha Salazar que, en aquel momento era la representante y el alma de Edigsa en Madrid, y que años más tarde creó, junto a Mario Pacheco, la magnífica discográfica Nuevos Medios).

Destacar especialmente también ¡como no! el trabajo discográfico que desarrollaron a mediados de los setenta dos empresas que fueron claves para la promoción y el desarrollo de la "canción de autor" en nuestro país: Movieplay y Ariola. Movieplay  con la creación del sello GONG, dirigido y producido por Gonzalo García Pelayo con las colaboraciones de Antonio Gómez y Julio Palacios; y Ariola con el sello PAUTA dirigido por Charo García (¡cuántos preciosos ratos compartidos!) con el asesoramiento de José Manuel Caballero Bonald. (En este momento, mirando hacia atrás y hacia adelante, tengo que citar también el trabajo y la sensibilidad de grandes hombres relacionados con el universo discográfico de la "canción de autor" como Alain Milhaud, Manolo Díaz o Manolo Domínguez.)


Entre los discos, atesorados en mi discoteca, que solía utilizar en las clases y en las actividades pedagógicas a lo largo de los años 1974 y 1975 estaban, por ejemplo, los siguientes: Cantar i callar y Tiempo de espera, de Labordeta. Silencio y 4444 veces por ejemplo, de Adolfo Celdrán. A pesar de todo y De paso, de Hilario Camacho. Los primeros LP's de Cecilia. A cántaros y En el Olympia, de Pablo Guerrero. 24 canciones breves, Rito y Espuma, de Aute. Cada vez más cerca, Apocalipsis y La casa de San Jamás, del grupo Aguaviva. Dame la mano, Todos tenemos un precio y Cómicos de Víctor Manuel. Con viento fresco, de Julia León. Nuestra Andalucía y Andalucía vive, de Jarcha. De alguna manera y Al alba, de Rosa León. Retratos, Once canciones entre paréntesis, Palabra por palabra o Como el viento del norte, de Patxi Andión. De oca en oca y canto porque me toca y En casa de la Maruja, de Ricardo Cantalapiedra. Heliotropo y el primer álbum de Vainica Doble. Desde Santurce a Bilbao blues band y Las madres del cordero, de Moncho Alpuente. Todo está muy negro (disco colectivo) y Fidelidad, de Luis Pastor. Tierra y Calle del Oso, de Ana Belén. Cantes del pueblo para el pueblo y Cantes andaluces de ahora, de Manuel Gerena. Homenaje flamenco a Miguel Hernández, de Enrique Morente. Desde Para piel de manzana a Ara que tinc vint anys, pasando por Miguel Hernández y Dedicado a Antonio Machado de Serrat. Ara i aquí, Com un arbre nu, A l'Olympia, I si canto trist y Viatje a Itaca, de Lluís Llach. De A l'Olympia a Qu`volem aquista gent, de Maria del Mar Bonet. De Campus de Bellaterra a Disc antològic de les seves cançons, de Raimon. Tot l'enyor de demà y Onze cançons amb esperança, de Xavier Ribalta. És tard, de Joan Isacc. Cançó de carrer, de Ramón Muntaner. De Salvat-Papasseit a Un entre tanta, de Ovidi Montllor. De A l'Olympia a Triat i garbellat, de Pi de la Serra. De Visca l'amor a Guillermotta en el país de las Guillerminas, de Guillermina Motta. Ahi ven o maio, de Luis Emilio Batallán. …Eta maita herria, üken dezadan plazera, Oro laño mee batek… y el primer LP de Benito Lertxundi. Bat-Hiru y Bertolt Brecht, de Mikel Laboa. Los primeros LP's de Xabier Lete y Lourdes Iriondo. Canto la poesía de mis compañeros, de Soledad Bravo. Fulgor y muerte de Joaquín Murieta y Caraballo mató a un gallo, de Manuel Picón y Olga Manzano. Aquí donde nos ven y Canciones de amor armado, de Claudina y Alberto Gambino. De Poemas y canciones a A mis amigos, de Alberto Cortez. Y los primeros discos que nos llegaron de Horacio Guarany, Facundo Cabral, Mereces Sosa, Víctor Jara, Atahualpa, Violeta Parra, Daniel Viglietti, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés.

A todos aquellos discos se unían también los grabados fuera de España, o en el exilio.

Hondarribia.

los años setenta Tonona y yo, con los hijos, solíamos pasar todo el verano en Hondarribia (entonces le llamábamos Fuenterrabía), y aprovechando que teníamos muy cerca la frontera con Francia solíamos pasar a Hendaya, por Irún, para comprar aquellos discos que en nuestro país estaban totalmente prohibidos. A veces incluso nos desplazábamos hasta Biarritz para conseguirlos. Encontrarlos y comprarlos era fácil, lo peor era luego colarlos por la frontera. Al final, acudiendo a todo tipo de triquiñuelas (como cambiarles sus fundas por otras de Sara Montiel o de Julio Iglesias; o esconderlos furtivamente debajo de las alfombrillas de los coches) siempre conseguíamos pasarlos.

Entre aquellos discos del exilio logré incorporar a mi discoteca, entre otros, la serie España de hoy y siempre. Los unos por los otros, de Paco Ibáñez; Canciones de la resistencia española, de Chicho Sánchez Ferlosio; Vida e morte, de Amancio Prada; Quejido, de Elisa Serna; Canciones de España y de América Latina, de Carmela; Canciones del pueblo. Canciones de Rey y Aprés le silence, de Ismael; La guerra civil española y Miguel Hernández, de Paco Curto; Orain borronean y Herriak ez du barkatuko, de Imanol; Chansons de Lorca, de Mara; Manifiesto y Volver, no es volver atrás, de Pedro Faura (seudónimo de Bernardo Fuster); Guanyarem, Ganaremos, de Joan & José; El hombre nuevo cantando, de Pedro Ávila; y los discos colectivos Galicia canta (LP grabado en Venezuela en 1970 con la participación de Benedicto, Xavier González del Valle, Xerardo Moscoso, Miro Casabella, Guillermo Rojo, Xoán Rubia, y Xulio Formoso), Contra la muerte. Espagne en marche (grabado en París, en 1974, por Elisa Serna, Imanol y Michel Arbatz), y Cerca de mañana (LP editado Francia en 1972 el que participaron Benedicto, Imanol Larzabal, Pablo Guerrero, Adolfo Celdrán, Julia León, Elisa Serna, Lluís Llach, Bibiano, Suso Vaamonde, Xavier Ribalta, Luis Mendo y Emilio Martínez.)

Gracias a la celebración del seminario permanente sobre "canción de autor", al que antes hacía referencia, y a través de uno de sus participantes, tuve la oportunidad de entrar en contacto con Demetrio González, director del ICCE (Instituto Calasanz de Ciencias de la Educación) que estaba situado en la calle Eraso 3 de Madrid; centro que tenía, entre una de sus prioridades, la realización de cursos y actividades enfocadas a la formación del profesorado. 

Tras varias conversaciones con Demetrio y su equipo, acordamos poner en marcha mi colaboración con el objetivo de incorporar la música y la "canción de autor" en sus programas formativos.

A partir de aquel día empecé a colaborar en las revistas del ICCE, presentando y comentando determinados discos, e iniciamos un curso sobre el tema de "La música y la canción de autor en el aula" dirigido a profesoras y profesores de Secundario y Bachillerato.


De aquel primer curso, que fue realmente muy interesante, tengo un recuerdo que seguidamente voy a compartir porque creo que es muy significativo de lo que suponía la represión y la censura en aquel momento. Momento especialmente crítico (mayo de 1975) porque ya empezaban a circular noticias e informaciones de que Franco estaba muy enfermo y en estado muy grave.

Una tarde planteamos en el curso el tema de la "libertad" y su presencia en la "canción de autor". Hacía mucho calor, y teníamos las ventanas del aula abiertas de par en par. Estábamos escuchando, concretamente, el Canto a la libertad, de José Antonio Labordeta, cuando, de repente, entró en el aula el recepcionista del Centro con dos policías. Por lo vistos dichos policías estaban haciendo "la calle" por Eraso, escucharon que salía por nuestra ventana un canto –ellos nos dijeron "un grito"– a la "libertad", y decidieron que aquello era inadecuado y no estaba permitido. Por mucho que intenté explicarles quiénes éramos y lo que estábamos haciendo, no me hicieron ni caso. Nos mandaron desalojar el aula y, sin más ni más, me confiscaron todos los discos que ese día había llevado al curso. Nunca más volví a recuperarlos. Después intentaron que el curso se suspendiera y no lo consiguieron; al día siguiente lo continuamos celebrándolo en otra aula y ¡eso sí! con las ventanas cerradas.

Pocos meses después, el 20 de noviembre, murió Franco. Aquel día fuimos muchos los que nos creímos que por fin había llegado el momento de lo que, tan apasionadamente, nos anunciaba Labordeta: «Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad.»

sábado, 30 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 10



Ya con el título de maestro, Carmina Pascual, gran amiga y directora del colegio madrileño Aula Nueva en el que ya había colaborado como auxiliar en 1967, me ofreció trabajo y, por supuesto, acepté. Pero, en realidad, tendrían que pasar casi tres años para que pudiese empezar a dar clase de forma estable y definitiva. Como todos los «españolitos» varones, tenía que hacer la mili (¡me niego a llamarlo servicio militar!) que en aquel momento duraba dos años, era obligatoria y resultaba una absoluta pérdida de tiempo, sobre todo para personas como yo que, desde muy pequeño, he rechazado la violencia, he odiado las guerras y las armas y, en ese sentido, he adquirido una clara y definitiva vocación de desertor y antimilitarista.

Teniendo en cuenta aquella circunstancia, empecé a dar clases en Aula Nueva en el curso 1970-1971, consciente de que al curso siguiente, después de solicitar y agotar todas las prórrogas posibles, no me iba a quedar más remedio que regalar dos años de mi vida a los militares. Menos mal que, como después contaré, trampeé la situación como pude y conseguí que aquel tiempo llegara a ser bastante más útil y hasta más apasionante de lo que podía haberme imaginado.

El 6 de abril de 1971, aprovechando las vacaciones de Semana Santa, Tonona y yo decidimos casarnos y lo hicimos en Tenerife. Ese mismo día nos volvimos a Madrid y celebramos la noche de bodas en casa de mi madre aprovechando que ella, que fue la madrina, se había quedado a pasar unos días más en Tenerife. 

No hicimos viaje de novios, en primer lugar porque no teníamos dinero y, en segundo, porque habíamos alquilado un mini piso vacío justo al lado del de mi madre y teníamos que amueblarlo y acondicionarlo a ser posible antes de que yo tuviera que volver al colegio.

Jamás olvidaré aquel piso de la calle Quintiliano. Pasamos estrecheces, tuvimos mucho frío y vivimos mucho amor. Decidimos tener hijos pronto y en los ocho años que vivimos en aquella casa nacieron tres: Fernando, Javier y Maite (Dácil, la cuarta, nació poco después en un piso un poquito más grande que alquilamos en la calle Gómez Ulla).

Este ha sido mi equipo.

Tonona, que era aparejadora, aunque lo intentó, no logró encontrar trabajo. Por aquel tiempo, trabajar de aparejadora en Madrid, y recién casada, era prácticamente imposible. Por otra parte, ella había optado libremente, con una desbordante ternura y generosidad, por hacerse responsable directa de la crianza y la educación de nuestros hijos; tarea que, como todas las demás, procuramos compartir. Fue una experiencia que siempre que recuerdo me evoca la canción «Nos ocupamos del mar», de Javier y Jorge Krahe que justo descubrimos por aquel entonces, concretamente en 1973, interpretada por Rosa León en su primer LP, De alguna manera: «Nos ocupamos del mar / y tenemos dividida la tarea; / ella cuida de las olas / yo vigilo la marea / […] Todas las cosas tratamos / según es nuestro talante. / Yo lo que tiene importancia / ella todo lo importante. / Es cansado / por eso al llegar la noche / ella descansa a mi lado / mis manos en su costado».

Aquella primera casa, en Quintiliano, y años después la que alquilamos en Gómez Ulla, llegó a parecer, como decía Indio Juan, la «casa del cantautor». Recuerdo momentos, tenderetes, risas, canciones, conspiraciones, proyectos y charlas hasta altas horas de la madrugada con Olga Manzano y Manuel Picón, Hilario Camacho y Jean Pierre Torlois, Taburientes, Los Juglares, Los Calis, Claudina y Alberto Gambino, Moncho Alpuente, Pepe Menese, Carlos Cano, Caco Senante, Quintín, Ricardo Cantalapiedra, o, muy en particular, con nuestros muy queridos Amparo Gastón y Gabriel Celaya (Tonona y yo éramos como sus hijos).


El 15 de julio de 1971 llegó el momento temido, uno de esos momentos de mi vida que recuerdo con más rabia e impotencia. Tenía que presentarme por la mañana temprano en el C.I.R. (Centro de Instrucción de Reclutas) número 1 para empezar aquella mili que, para empezar, consistía en estar encerrado más de dos meses, soportar por narices un «machismo ibérico» de pata negra, doblegarte a una disciplina militar que tenía como objetivo anular la personalidad, aprender a usar las malditas y repugnantes armas y preparar, durante horas y horas, ese acto patriótico ridículo y absurdo de la jura de bandera.

Tonona estaba embarazada de nuestro primer hijo y decidimos que durante aquellos meses de acuartelamiento en los que difícilmente nos podríamos ver (las visitas dominicales al C.I.R. eran patéticas), se marcharía con sus padres a Tenerife.

Recuerdo perfectamente aquel día 15 de julio. El viaje en tren hasta Comenar Viejo. La llegada masiva de muchachos al campamento, la mayoría mucho más jóvenes que yo, cada uno con su macuto. Unos soldaduchos agresivos que nos daban órdenes y nos gritaban sin saber el motivo. Largas horas esperando no se sabía qué y tirados por el suelo. Un tipejo con galones que pasó por mi lado y me dijo: «Levántese, póngase firme y salude. Pa' que se vaya acostumbrando!». Y yo lloraba. 

Sí, lloraba de soledad, de rebeldía ante lo absurdo y de añoranza. ¡Qué difícil se me hacía pensar en Tonona tan lejos y en el hijo que ya empezábamos a sentir tan cerca! ¡Me buscaba las alas y no me las encontraba por ninguna parte!

Mi cartilla militar.

Durante varios días tomé la decisión de autoanularme y refugiarme, siempre que me fue posible, en el radiocasete con el que escuchaba las cintas que me había grabado previamente en casa temiéndome lo que podría ocurrir. ¡Cuánto me ayudaron, sin saberlo, Lluís Llach, Aguaviva, Humet, Aldolfo Celdrán, Serrat, Morente, Maria del Mar Bonet, Víctor y Vainica Doble! ¡Qué bien me habría venido tener en aquel momento la grabación de la canción «Un, dos, tres, cuatro» que Javier Álvarez interpretó y grabó en su primer disco publicado en 1995!).

Finalmente, pasada una semana, tomé una decisión. ¡Ya estaba bien! Tenía que alzar el vuelo y escaquearme como fuera de las horas de instrucción, de las teorías guerreras, de los pasos ligeros y de las interminables horas en el puesto de guardia. Lo pensé un buen rato y, de repente, se me ocurrió una posible estrategia para conseguirlo. 

Estaba sentado frente a mi barracón y me di cuenta de que sobre la puerta de entrada había un gran espacio de pared completamente en blanco. Así que, sin pensarlo mucho, fui directamente al despacho del capitán de mi unidad (creo que así se llamaba) y le comenté que estaría muy bien pintar un gran tanque en aquel muro; seguro que sería un puntazo para el día de la jura de bandera y la visita del capitán general. A aquel patriotazo le pareció una idea genial. Por supuesto, le dije inmediatamente que yo podía ocuparme de ello. Afirmación totalmente gratuita y arriesgada porque, en realidad, no tenía ni idea de como dibujar un tanque, y mucho menos a tamaño gigante y en una pared. No había pintado un tanque en mi vida. «Lo que pasa», le comenté, «es que hay que poner un andamio. La pared es grande y tardaré en hacerlo». ¡Sin problema! Llamó al sargento y le dijo: «Que se ponga ahí un andamio ahora mismo y que el recluta Lucini empiece cuanto antes a pintar el tanque». Para realizar aquella misión me dieron de baja de la instrucción, de las teóricas, de las guardias y hasta de la cocina, ¡y a pintar!

Aquella misma noche pensé que haría el dibujo utilizando el sistema de cuadricular lo más posible la ilustración de un tanque tomada de un libro, reproducir la cuadrícula en la pared y después, despacito (había que alargar el proceso lo más posible), ir copiando, primero a lápiz y luego con un pincel, lo que se veía en cada recuadro. Me instalaron el andamio, me puse a pintar, me salió sorprendentemente bien, me felicitaron e, incluso, cuando lo terminé, hasta conseguí un permiso especial de fin de semana.

Por otra parte, le hice saber al capitán que yo era maestro. Así que por las tardes empecé a darle clases a un compañero recluta, albañil de profesión, que era analfabeto integral. En aquel tiempo, el analfabetismo existía ¡y de qué manera! Recuerdo que conseguí enseñarle a leer y a escribir en dos meses utilizando un método, o mejor una estrategia, que tuve que improvisar. 

Empecé leyéndole, a petición suya, las cartas que cada semana le mandaba su novia y escribiéndole las respuestas que él mismo me dictaba. Pasados unos días, le hice sentir que aquella correspondencia era en realidad algo muy íntimo y le propuse que, aprovechando que lo de las cartas era una necesidad y una gran motivación para él, podría intentar enseñarle a leer y a escribir y, así conseguir que pudiera comunicarse con su novia en privado y sin necesitarme. Recuerdo que las dos primeras palabras que le enseñé a leer y a escribir fueron «te amo». Al final, Rafa consiguió escribir cartas muy simples y repletas de faltas de ortografía, pero os aseguro que rebosantes de cariño y agradecimiento. Después del campamento estuvimos en contacto un tiempo. Hoy no sé que habrá sido de él. Me haría muy feliz volver a encontrarle.

El último episodio de mi pasada por Colmenar Viejo que me apetece compartir es la forma en que me fue otorgado un atributo personal que figura en mi expediente militar y del que me siento muy orgulloso: «Inútil en lanzamiento de granadas». 

"¡Un, dos, tres...!" Jurando bandera por narices y, por supuesto,
maldiciendo la guerra, las armas y la violencia. Eso sí, conseguí
que me otorgaran el atributo de: "Inútil en lanzamiento de granadas".

El caso es que durante la mili, cuando nos llevaban a hacer prácticas de tiro y había que hacer pruebas de lanzamiento de granada, yo las lanzaba de tal forma que su trayectoria era muy corta y tenía tan poco alcance que acababa siendo una verdadera amenaza no para el enemigo, sino para los propios atacantes. Me hicieron repetir el lanzamiento no sé cuantas veces y ¡nada! Aquello me producía tanta repugnancia que cada vez procuraba hacerlo peor, con menos energía y menos impulso. Al final el sargento me dijo: «¡Eres un inútil!». Y ante el riesgo que podía provocar mi inutilidad en caso de guerra, decidieron que eso quedara inscrito en mi expediente. ¡Bendita inutilidad!

El 30 de septiembre de 1971, tras la jura de bandera, finalizó mi instrucción militar en Colmenar y me trasladaron a la Escuela Politécnica Superior del Ejército, en Madrid, donde conseguí trabajar por las mañanas de secretario de un nuevo capitán. Dada mi condición de casado y a la espera de un hijo, conseguí que me concedieran el pase pernocta, que era un permiso especial para pasar las tardes y las noches fuera del cuartel, menos cuando me tocaba padecer aquellas interminables horas en el puesto de guardia.

Tonona volvió de Tenerife y reemprendimos la vida juntos manteniéndonos de lo que me pagaban en el colegio por las horas que iba por la tarde, y dando, los dos, clases particulares. Por las noches empezamos a ir a algunos conciertos en los que conocimos personalmente a Elisa Serna, Pablo Guerrero, Luis Pastor (que ya vivía en Vallecas), Ricardo Cantalapiedra, Ana Belén, Víctor, Gerena y Aute.

El 25 de marzo de 1972 nació nuestro primer hijo, Fernando. Y, felizmente, el 15 de julio de 1973, acabé la mili y pasé oficialmente a la reserva. Aquel día pensé, lo recuerdo muy bien: «¡A la mierda! ¡A mí no me volvéis a pillar ni loco!».


Mientras tanto, Carlos Cano, en representación del colectivo sureño «Manifiesto Canción del Sur», participó en el Primer Homenaje Mundial de la UNESCO a Federico García Lorca, celebrado en París el 14 de diciembre de 1972. Homenaje en el que, además de Carlos, participaron Amancio Prada, Enrique Morente, Manuel Gerena, Manuel Cano, Francis Bebey (de Camerún) y Drahomira Biligova (pianista nacida en Bratislava).

Carlos Cano, diciembre de 1972, en París.

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