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viernes, 6 de septiembre de 2013

VIOLETA PARRA I - «COMO UNA ESTRELLA QUE JAMÁS SE APAGA».

Hoy inicio una nueva serie de "cuelgues" dedicados
a otra de «MIS GRANDES AMADAS CANTORAS DEL ALMA»,
se llama VIOLETA PARRA y es una de las felices culpables
de que lleve muchos años –y los que me queden– 
dando las GRACIAS A LA VIDA

Violeta Parra.

VIOLETA PARRA ha sido sin duda, una de las más grandes mujeres del siglo XX; mujer que supo afrontar la vida con coraje, con sensibilidad y, sobre todo, que ejerció, desde muy pequeña, sus irrenunciables derechos a la igualdad y a la libertad.

Mujer fuerte, rebelde, contestataria y luchadora, que, sin renunciar en ningún momento a la sensibilidad y a la ternura –que fueron, sin duda, unas de las manifestaciones más hermosas de su identidad y de su obra–, supo hacerle frente al machismo de su época y, más aún, a la hipocresía y a la injusticia de que eran culpables en aquel momento –tanto en Chile como en la mayoría de los pueblo latinoamericanos– los sectores sociales y políticos más conservadores y poderosos. Cualidad por la que Nicanor Parra, hermano mayor de Violeta, llegó a definirla, en su poema "Defensa de Violeta Parra", como "un corderillo disfrazado de lobo".

Creadora sin límites, Violeta vivió siempre inmersa en una nada fácil experiencia personal entretejida de luchas y de contradicciones. Navegó de la esperanza a la insatisfacción, del amor a la soledad, de su profunda sensibilidad religiosa a su desprecio hacia la burguesía –descaradamente hipócrita– que alardeaba de su catolicismo, y hacia la incoherencia de muchas de las instituciones eclesiales. Violeta transitó desde la tristeza y el dolor frente a la injusticia a su desbordante gratitud por el inmenso don de la vida.


Artesana y folklorista admirable, consiguió darle vuelo libertad y altura a la tradición y al canto popular que ella misma rescató de la entraña del pueblo chileno. Cantora "chilensis" –y a la vez universal– cuyo canto fue, y sigue siendo "como azadón que le abre surcos al vivir y a la justicia en su raiz".

« [...]. Y su conciencia dijo al fin:
"Cántale al hombre en su dolor,
en su miseria y su sudor
y en su motivo de existir".
Cuando del fondo de su ser
entendimiento así le habló,
un vino nuevo le endulzó
las amarguras de su hiel.
Hoy es su canto un azadón
que le abre surcos al vivir,
a la justicia en su raíz
y a los raudales de su voz.
luces brotaron de cantor».
(Violeta Parra. "Cantores que reflexionan")


Víctor Jara, al referirse a ella y a su obra, hizo la siguientes declaraciones publicadas en la revista "El Caiman Barbudo" –nº 54, marzo de 1972, Cuba–: «Su presencia es como una estrella que jamás se apaga. Violeta que desgraciadamente no vive para ver este fruto de su trabajo, nos marcó el camino, nosotros no hacemos más que continuarlo y darle, claro, la vivencia del proceso actual».

Un camino que, trascendiendo la propia realidad chilena, se convirtió, durante los años cincuenta y sesenta, en punto de referencia para un gran número de cantantes latinoameticanos y europeos; entre ellos en España, por ejemplo, Mikel Laboa –creador vasco–, que la admiraba profundamente a través de sus discos, comprados en Bayona o en Biarritz, o Carlos Cano, que siempre la reconoció como una de sus grandes maestras.

Es importante también recordar, en este momento, a la gran Mercedes Sosa recitando en Brasil –a corazón abierto– un fragmento de la "Defensa de Violeta Parra" escrita por Nicanor:


Violeta nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, pequeño pueblo, cercano a Chillán, situado en Bío-Bío, región centro sureña de Chile.

Su padre, Nicanor Parra, profesor rural, impartía clases de música en la escuela primaria; su madre, Clarisa Sandoval, era campesina, bordadora y una magnífica guitarrera a la que le entusiasmaba cantar. Violeta tuvo diez hermanos; ocho hijos de Nicanor y de Clarisa, y dos nacidos del primer matrimonio de su madre.

La propia Violeta al hablar de su pueblo y de su infancia decía: «Era un pueblecito situado por Chillán hacia el interior de la cordillera. Era un pueblo perdido en el campo a las faldas de las tierras altas; era un pueblo incomunicado con el resto de Chile; un solo camino real lo unía con Chillán y había media hora a caballo, yendo al galope tendido, y más de dos horas si se iba al paso. Mi padre no quería que los hijos cantáramos, y, cuando salía escondía la guitarra bajo llave. Yo descubrí la llave en el cajón de la máquina de coser de mi madre, donde la guardaba, y se la robé. Tenía siete años. Me había fijado cómo él hacía las posturas y aunque la guitarra era demasiado grande para mi y tenía que apoyarla en el suelo, comencé a cantar despacito las canciones que escuchaba a los grandes».

Años después, fue su propio padre quien le enseñó a tocar la guitarra, tanto a ella, como a sus hermanos.

Violeta Parra.

En 1927, con tan sólo diez años, Violeta tuvo que vivir un acontecimiento político que afectó profundamente  a su familia y, en particular a su padre; fue el golpe militar que se produjo en Chile dirigido por el coronel  Carlos Ibáñez; golpe que, con el pretexto de la llamada "despolitización del país", supuso una persecución masiva de obreros y empleados, en especial de profesores, que de la noche a la mañana, se vieron obligados a la cesantía, es decir a perder sus puestos de trabajo; entre ellos se encontraba Nicanor, padre de Violeta.

Acontecimiento y experiencia que, años más tarde, la propia Violeta Parra narró en su obra "Décimas. Autobiografía en versos chilenos".


«Por ese tiempo, el destino
se descargó sobre Chile:
cayeron miles y miles
por causa de un hombre indino.
Explica el zorro ladino
que busca la economía,
y siembra la cesantía,
según él lo considera,
manchando nuestra bandera
con sangre y alevosía.

Fue tanta la dictadura
que practicó este malvado,
que sufr’ el profesorado
la más feroz quebradura.
Hay multa por la basura,
multa si salen de noche,
multa por calma o por boche,
cambió de nombre a los pacos;
prenden a gordos y a flacos,
así no vayan en coche. [...]

Así creció la maleza
en casa del profesor;
por causa del dictador
entramos en la pobreza.
Juro por Santa Teresa
que lo que digo es verdad:
le quitan su actividad,
y en un rincón del baúl
brillando está el sobre azul
con el anuncio fatal.

Le dieron, por mucha cosa,
desahucio muy miserable,
si no le gusta, hay un sable
y un panteonero en la fosa.
Mi mama muy p, conesarosa,
malicia qu’este es el fin
y, ¡con tanto querubín
que dar alimentación!
Mejor tirarse al zanjón,
que d’hambre verlos morir».
("Décimas 26 y 27". Violeta Parra).

Efectivamente, ante la crisis económica que provocó la situación de paro forzoso vivido por Nicanor –que murió dos años mas tarde–, Clarisa, madre de Violeta, tuvo que empezar a trabajar duramente como costurera para poder alimentar a sus hijos.

Violeta Parra junto a su madre. (1959)

Por su parte Violeta, finalizada la enseñanza primaria, dejó de estudiar para ayudar a su madre en las tareas domesticas; y, en 1929, tras el fallecimiento de su padre, decidió crear un grupo musical junto con sus hermanos Lalo, Hilda y Roberto; grupo que se dedicó a recorrer los pueblos cercanos a Chillón,  cantando en las calles, en los mercados, en las plazas, en el tren o donde fuese necesario con el fin de obtener algunos ingresos que, en aquel momento, resultaban imprescindibles para poder mantener, con un mínimo de dignidad, la economía familiar.

Y ahí, con el recuerdo de aquel joven y ambulante cuarteto de los Parra concluyo este "cuelgue" que proseguirá –el próximo lunes– situando a Violeta, en 1932 –con quince años– y residiendo en Santiago.

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